Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 20, Volumen XXVI, 1989

 

Un importante aporte documental


El Tercer Reich / Argumentos, núms. 13-21
Rubén Jaramillo Vélez (director)

Fundación Editorial Argumentos, Bogotá, 
1988, 400 págs.

 

Pocos meses antes de morir, en 1979, Herbert Marcuse declaró en una conferencia en Francfort: “Toda interiorización, todo recuerdo que se haga público y no se aferre al recuerdo de Auschwitz y sea menospreciado por Auschwitz como insignificante, es fuga y evasiva; y un concepto de progreso que no comprende un mundo en el cual Auschwitz sigue siendo todavía posible es, en sentido peyorativo, abstracto”. La advertencia de Marcuse no sólo era política —las posibilidades del asalto de la brutalidad fascista siguen latentes en cualquier sociedad liberal— sino que insinuaba una precaución histórico-moral: Alemania y el mundo contemporáneo no pueden olvidar que si el hombre, “esa alta creatura que permitió a Dios y a la Razón” (Goethe), había llegado en pleno siglo XX al auge de su realización científica y espiritual, también podía descender al Infierno y borrar todo lo de magnánimo y vivo que había buscado con desenfreno durante siglos; o para decirlo en términos más apropiados, los de Walter Benjamin, “que cada uno de los instantes vividos del pasado se conviertan en una citación al orden del día”. Es atento a esta intención -“ reiniciar un diálogo”, “proseguir un combate”—, que el director y compilador de este volu­men, Rubén Jaramillo Vélez, ha querido, según sus palabras, “lograr un objetivo: contribuir a disipar la amnesia general, en el sentido del olvido positivista del tiempo vivido, del horizonte histórico y el acaecer real y social de la verdad y el conocimiento” que facilitó el triunfo del nazismo en Alemania y volverlo a revisar rememorativamente cuatro decenios después
(pág. 10).  

El primero de los ensayos que integran la compilación, Los desarrollosde la contrarrevolución alemana y los orígenes del nazismo: 1918-1933, está escrito por el propio director. Jaramillo Vélez hace una cronología relatada o seminovelada —no historiográfica— de los sucesos políticos que discurrieron entre noviembre de 1918 y marzo de 1933, fechas habitualmente citadas para confrontar el conflicto alemán desde la caída del emperador Guillermo II, el káiser esnobista y bobo, hasta la Declaración de Plenos Poderes que dio a Adolf Hitler la dirección soberana, autárquica, y el título máximo de Ftihrer, cancelando así la corta y caótica vida de la República de Weimar e inaugurando la “era apocalíptica” del Tercer Reich. Siguiendo de cerca los libros de Jean-Pierre Faye y E. Stadler sobre el asunto, se narran los oscuros orígenes del (NSDAP Natio­nalsozialistische Deutsche Arbeiter­partei: Partido obrero nacionalsocialista alemán) posteriormente a la derro ta alemana sufrida en la primera guerra mundial; el acercamiento de los diferentes grupos derechistas durante toda la mitad de la década de los veinte en contra de la naciente república dirigida por el socialdemócrata Friedrich Ebert; el surgimiento de “vanguardias espirituales” pangermanistas, racistas y nacionalistas (compuestas por el traductor y poeta Arthur Moeller van den Bruck, Chamberlain —“el dios ario y antijudío”—, el conde viajero Keyserling —tan admirado y seguido por Victoria Ocampo en Argentina y por Germán Arciniegas en Colombia— y en general el círculo de la revista Gewissen) que, junto a banqueros e industriales asustados ante la inminencia de una revolución socialista en Alemania (baste recordar a Vógler, Borsig, Von Siemens, Félix Deutsch, Thyssen, Mankiewitz, dueños de las industrias del acero, ferrocarriles, electricidad y del poderoso Banco Alemán), apoyarán primero a Eduard Stadler —fundador de un Secretariado para el estudio y la lucha contra el bolchevismo— y luego a un cabo anónimo pero con una oratoria recalcitrante: Adolf Hitler. De cervecería en cervecería berlinesas el anónimo se daría a conocer dando por descontado su triple odio: al Tratado de Versalles de 1918, a los judíos y marxistas y al “capitalismo no creativo”, es decir, al capitalismo exclusivista que no permitía el ingreso de dineros de las clases medias. Entre 1923 y 1930, los nacionalsocialistas se consolidarán como partido aprovechando las dudas y temores reformistas de los socialdemócratas, utilizando en su favor el fracasado putsch muniqués de Luden­dorff y Hitler, el terror económico producido a raíz del colapso financiero estadounidense de 1929 y en general la crisis alemana que dejó en 1930 a un millón de obreros desempleados (págs. 35-44).  Ya nadie tenía dudas: el mariscal presidente Paul von Hindenburg, encerrado por la propia Constitución de Weimar y por el furor acuciante y fanático de los militantes del partido obrero nacionalsocialista, dará posesión como canciller al antiguo cabito y futuro Führer del Reich, Adolf Hitler. En cuestión dedos meses se morirá Hindenburg y se cerrará el Reichstag (parlamento). Seis años después, con la invasión alemana a Polonia, comenzaba la segunda guerra mundial. 

El siguiente trabajo es la traducción del ensayo de Theodor W. Adorno La teoría freudiana y el patrón de la propagandafascista (1951), elaborada del original inglés por Roberto Perry C. y revisada en la versión alemana por el director de Argumentos. El creciente interés por la “personalidad autoritaria” —básicamente fundado por Max Horkheimer en un trabajo de 1949 que lleva el Mismo nombre— se debe al psicoanálisis y a la aplicación de la teoría libidinal en el caso del caudillo fascista. El meticuloso análisis de Adorno se fundamenta en la biografía y personalidad de Hitler, en la disección de sus discursos y de los actos públicos y privados, que, estudiados a través de un trabajo de madurez de Sigmund Freud —Psicología de las masas y análisis del yo— de 1922, permiten comprobar a Adorno que “la construcción psicológica con que Freud ejecuta la iconografía del líder la corrobora su impactante coincidencia con el tipo del líder fascista, al menos en lo que concierne a su perfil público”, esto es, “que la comunidad del pueblo fascista corresponde con exactitud a la definición freudiana según la cual una masa es ‘una multitud de individuos que han puesto un objeto, uno y el mismo, en el lugar de su ideal del yo, a consecuencia de lo cual se han identificado entre sí en su yo’ “ (págs. 76-77). Adorno, indirectamente, enfatiza el hecho de que todo caudillo político busca ident!ficarse —en sentido psico­analítico— con las masas, con el ánimo no de representarlas sino de dominarlas a su antojo (piénsese, parcialmente, para el caso colombiano, en Gaitán o en Laureano Gómez). Fenómenos modernos como la cultura de masas, la publicidad política, la manipulación management de la venta de imagen y la respectiva ausencia de control estatal, permiten al “candidato” asumir rasgos narcistoides y de índole paranoica que lo convierten progresivamente en un “Yo redentor” colectivo, en un Dios humano con poderes ilimitados..., en definitiva en un fascista, en un pequeño Hitler, en un futuro asesino. “Puesto que al fascismo —concluye Adorno— le resultaría imposible ganarse a las masas mediante argumentos racionales, su propaganda se tiene que desviar del pensamiento discursivo; se debe orientar psicológicamente, y tiene que movilizar procesos regresivos, irracionales e inconscientes” (pág. 91).  

Los premisas delfascismo de Hans Jacobsohn Forero es quizá el ensayo más débil del volumen. Documentalmente reducido a insistir en las teorías de Lenin sobre el imperialismo (El imperialismo,fase superior del capitalismo, 1917) y de otro marxista-leninista, Daniel Guérin (Fascismo y gran capital, 1973), el trabajo se dirige a demostrar cómo en Italia y en Alemania, después de 1918, las burguesías imperialistas de estos países se unificaron en torno a impedir el triunfo de la revolución socialista en toda Europa —hipótesis parcialmente cierta— y cómo los Estados Unidos se prestaron ideológica y financieramente para respaldarlos incondicionalmente —esto no es una demostración sino un dogma típicamente leninista-sacral: los ricos malos se unen contra los proletarios buenos—. La anotación que se hace aquí ha sido expuesta con mayor amplitud en una reseña reciente sobre este número de El Tercer Reich (en Historia Crítica, revista del departamento de historia de la Universidad de los Andes, núm. 1, enero-junio de 1989, págs. 110-113).  

Muy útil e informativo es el denso estudio de Oscar J. Guerrero sobre Carl Schmitt y la revolución legal del Tercer Reich. Aunque ningún profesor de derecho constitucional o de historia de las ideas políticas en Colombia se ha dado por enterado de la existencia de este trabajo, es de suponer, entonces, que persiste el juicio sobre Schmitt que en nuestro medio han mantenido juristas como Antonio Rocha, Luis Carlos Sáchica o Carlos Restrepo Piedrahíta. Schmitt no merece estudio “porque es nazi y antidemocrático”, como dice uno de ellos; y aunque éste no es juicio académico sino una declaración de inferioridad intelectual, tal actitud corresponde en esencia a la misma con la que el juristeólogo españoleto Francisco Ayala descaliñcara al jurista alemán y que se encuentra en el prólogo a un libro de Donoso Cortés: Schmitt es ateo (y por consiguiente anticatólico, antiespañol, antilatinoamericano y, por supuesto, anticolombiano) porque en su Politische Theo­logie(1922, 1a. edic.) dice que “todos los conceptos esenciales de la moderna Teoría del Estado son conceptos teo­lógicos secularizados”. Este libro fundamental para la comprensión del concepto de soberan fa’, de las relaciones entre la Iglesia y el Estado moderno —comprobando el radical dominio de la primera en los paises hispánicos— tiene apenas comparación con un trabajo anterior y uno posterior de Schmitt: Lo dictadura (1922) y Concepto de la política (1932), siendo éste quizá la última gran discusión con La filosofla del derecho de Hegel y un libro de impor­tancia semejante a El príncipe de Maquiavelo. Julián Guerrero realza con particular énfasis las diferencias de Schmitt con la Constitución de Weimar de 1919, su antiparlamentarismo —circunstancia que precisamente aprovecharía el partidó de Hitler para disolverlo— y su res­puesta académica en 1934 a la situación histórico-jurídica alemana, respuesta reaccionaria aunque consecuente con la teoría de la constitución germana vigente, y contenida en su lapidaria frase: “Der Führer vertei­digt das Recht” (“El Führer hace —o realiza— el derecho”, pág. 124).  

El aporte más valioso de este volumen colectivo es la traducción hecha por Jaramillo Vélez de dos textos de Martin Heidegger, textos parcial y tendenciosamente citados hasta ahora en el mundo de habla hispana: Lo autoafirmación de la universidad alemana (1933), su discurso de posesión como rector de la Universidad de Friburgo, y El rectorado 1933-1934.  

Hechos y pensamientos, una estricta aclaración de la confusa situación —no una retractación, como anota el traductor del texto—. Los dos escritos van prologados por el hijo de Heidegger, quien con razón señala que “parece necesario hacer de nuevo accesible a la opinión pública el texto de este discurso sobre el cual muchos hablan e incluso escriben sin haberlo leído”, reconociendo que Heidegger “no negó su compromiso transitorio” con el régimen nacionalsocialista (págs. 155-156) pero, y como explica el mismo Martin Heidegger en su entrevista póstuma de 1966 al semanario Der Spiegel: “Ante todo, debo decir que durante mi rectorado no actué políticamente en ninguna forma” (existe versión castellana de esta entrevista en Revista de Occidente, núm. 14, Madrid, 1976, págs. 4-15). Sin embargo, no será extraño escuchar o leer —y así ha sucedido durante los últimos treinta años—, cuando sea necesario desechar al “último gran metafísico”, al decir que Heidegger no sólo fue un colaboracionista y funcionario de los nazis sino que “toda su filosofía es fascista”. Ante pobreza y cobardía semejante, él mismo previene en la mencionada entrevista: “Presumo que la polémica se reavivará de nuevo y siempre que se encuen­tre un pretexto”. Regresando —así se hará una aproximación mejor al problema—, regresando directamente al discurso como rector de Friburgo, Heidegger no responde a las solicitudes demagógicas nazis de “teorizar sobre una ciencia fáctica, útil y valorativa para el pueblo”, sino que vuelve a las preguntas primeras: ¿Cuál es la esencia del saber? ¿Cuál es la esencia de la ciencia en que se fundamenta la universidad? A lo que responde con los griegos: “Ciencia es mantenerse preguntando en medio del ente que continuamente oculta su totalidad [...] No estaba en su intención —en la de los griegos— equiparar la praxis a la teoría sino, por el contrario, entender la teoría misma como la más alta realización de una praxis auténtica. Para los griegos no es la ciencia un ‘bien cultural’, sino el más íntimo centro determinante de la existencia entera como pueblo y estado” (pág. 60). Es de prever que ni el ministro de Educación ni el nuevo cuerpo docente y de estudiantes nazis entendieron el sentido de estas palabras. Frente al revanchismo oportunista de un Víctor Farías o del Günter Grass de Años de perro, el filósofo y director del Archivo Hegel de Berlin Otto Pöggeler ha reaccionado, entre otros, en busca de aclarar sinceramente la relación de Heidegger con las autoridades del Tercer Reich: “Bajo la impresión de los acontecimientos que condujeron al año de 1933 y de los que después vinieron, Heidegger planteó la cuestión de saber de qué manera están entretejidos entre sí las dimensiones poéticas, del pensamiento y políticas. Pero tuvo que aprender de los acontecimientos de la época que ya no podía hablarse para nada de un pueblo en el sentido que había hablado el Idealismo alemán con respecto a la polis griega” (Cf. Otto Pöggeler, Filosofía y política en Heidegger, Editorial Alfa, Buenos Aires, 1984, 1a. edic. en alemán de 1972-1974).  

Los tres restantes trabajos corres­ponden en su orden a una traducción irregular de Lo movilización total (1930) de Ernst Jünger, que, al carecer de una presentación previa que contextualice al autor y esboce el asunto de que trata este documento, lo hacen árido e ilegible. Pese a que los Diarios son parcialmente conocidos en nuestro medio, persiste el estigma del Jünger colaboracionista —otro acusado— pero, finalmente, se desaprovechó esta oportunidad de informar al estudiante interesado. El extenso dossier preparado por el sacerdote jesuita Vicente Durán titulado Los Iglesias cristianas y el Tercer Reich, peca en la presentación de una parcialidad incierta (por ejemplo: “Siguiendo a Kahler, pues, podríamos decir que con Lutero estaba preparado el camino que llevaría a Alemania hacia el Tercer Reich”, pág. 228), parcialidad que es contrarrestada con los documentos que incluye en el dossier, entre ellos el concordato firmado por los gobiernos del Vaticano y Alemania a través de sus dos representantes el cardenal Eugenio Pacelli y Franz von Papen, y otros siete documentos que vinculan, en favor o en contra, a las diferentes sectas luteranas, y protestantes en general, con el régimen de Hitler. Interesante también es el testimonio teológico-literario de Susan Shapiro sobre las consecuencias del genocidio nazi. El último de los ensayos es un extenso resumen de libros sobre El proceso de Nuremberg elaborado por Manuel Amaya, resumen periodístico muy didáctico que relata eljuicio que condenó —o, en su defecto, absolvió— a los veintidós principales dirigentes del Tercer Reich: Bormann, Hess, Donitz, Géring y Ribbentrop, entre los más comprometidos. En la sección de “Reseñas” se destacan las elaboradas por Jaramillo Vélez sobre el libro de 5. Payne El fascismo y la del tomito del psicoanalista Erik H. Erikson sobre Infancia y sociedad.  

Pese al esfuerzo de la revista Argumentos por vincular a la discusión académico-universitaria la necesidad de tener presentes los fenómenos políticos y culturales inherentes al Tercer Reich —y que no son exclusivos de la República Federal Alemana— este número, al parecer, no ha suscitado el interés previsto. ¿Desacostumbrado el tema?, o ¿es que el profesorado colombiano carece de elementos intelectuales para polemizar sobre el asunto? Hasta el momento, estos son interrogantes en espera de pronta respuesta, pues, efectivamente, el horror fascista sigue vigente y a punto de irrumpir en cualquiera de los países latinoamericanos. El novelista austriaco Robert Musil, varios años antes del triunfo de Adolf Hitler, había preguntado sobre el alma del fascismo: "¿Acaso un espíritu aventurero, un cuchillo que baja del cielo, un ángel exterminador, la locura angelical, acaso la guerra?”.

 

CARLOS SÁNCHEZ LOZANO