Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 20, Volumen XXVI, 1989

 

Bogotá, la “Atenas suramericana , era el sitio apropiado, con todas las de la ley, para el gobierno de Concha (14) . Activa ciudad de 125.000 habitantes, contaba con fábricas, talleres de artesanos, tranvías y trenes. La moderniza­ción había acentuado las diferencias entre ricos y pobres. En 1913, Phanor Eder, quien por largo tiempo residió en la ciudad, escribía que en las calles se podía observar paseando en su automóvil a algún elegante bogotano —rico, culto, educado en universidades extranjeras, que hablaba tres idiomas y vestía a la última moda europea—, mientras en casuchas malolientes y malsanas se hacinaban indios y mestizos andrajosos, embrutecidos, descalzos, semiham­brientos y analfabetos (15) . Más allá de la ciudad, fincas y pueblos ocupaban las sabanas de Cundinamarca, dejando escasa tierra sin aprovechar. Allí, los señores hacendados criaban ganado vacuno y caballos y cultivaban trigo, cebada y papa. Para observadores como Eder, la estable vida “civilizada” en el templado interior contrastaba notablemente con la existencia “primitiva” de los colombianos de las llanuras tropicales.

Los llanos orientales de Colombia están constituidos por praderas naturales que descienden suavemente de la cordillera Oriental de los Andes para unirse con los llanos venezolanos en altitudes cercanas al nivel del mar. Raudas corrientes fluviales atraviesan la llanura para alimentar las aguas del Orinoco. Predomina la vegetación herbácea tropical, pero a lo largo de los ríos se presentan franjas boscosas húmedas. A causa de la baja altitud, la situación ecuatorial y el régimen de vientos alisios, los llanos experimentan cambios climáticos extremos: nueve meses de fuertes lluvias y tres, de diciembre a febrero, durante los cuales impera una total sequía. Desde los tiempos de Jiménez de Quesada, este extraordinario entorno atemorizaba a los colombianos que llegaban del interior. Una típica reacción fue la del capitán Alberto Santos, quien describía así su visión de Arauca en 1916: 

Arauca es un pueblito por el estilo de las aldeas del Tolima, perdido en la inmensidad del llano, cuyo término no se vislumbra en ninguna dirección. Toda la llanura se halla cubierta de espeso pasto, cuya altura sobrepasa la de un hombre a caballo. [...] Imáginese esta llanura sin caminos, de manera que uno puede extraviarse en cualquier momento, que en invierno se inunda a punto tal que los ríos no se pueden distinguir, ya que todo es un inmenso lago, y en verano se cubre de una paja seca que impide caminar a pie! Allí hay animales salvajes y culebras. Añada a este cuadro el sofocante calor, los mosquitos y otros insectos más o menos horrendos, y tendrá usted los llanos de Arauca, dejando de mencionar únicamente las enfermedades (16) .  

En 1911 el presidente Carlos E. Restrepo convirtió 26.600 kilómetros cuadrados del noroeste de Casanare, que formaba parte del departamento de Boyacá, en la comisaría especial de Arauca. Aproximadamente 150.000 vacunos e incontables caballos pastaban en esas planicies (17) . A diferencia de sus domesticados congéneres de las sabanas de Cundinamarca, vivían en abandono, sin beneficiarse del forraje preparado, la sal ni los medicamentos. La ausencia de cercas y la vecindad de Venezuela estimulaban la depredación de las manadas por parte de indios y cuatreros. Con todo, la producción de cueros y carne de res constituía la principal industria de Arauca y determinaba la división de la sociedad rural en tres clases: propietarios, peones y llaneros. 

Los propietarios calculaban su riqueza, más que en hectáreas, en cabezas de ganado. Puesto que nadie poseía título legal alguno, toda la tierra en Arauca se clasificaba como baldía o pública. Cada quien reclamaba sin ceremonia la tierra ocupada por su ganado, y no eran raras las posesiones de 2.500 kilómetros cuadrados (18) . Si poseía menos de dos mil reses, su establecimiento se denominaba fundación. Las haciendas con más de dos mil cabezas se conocían como hatos. Los propietarios ejercían la mayor parte del poder económico y político en la comisaría, pero, a diferencia de los hacendados de Cundinamarca, poco en común tenían entre sí. Algunos vestían como caballeros y vivían en casas espaciosas. Otros, no menos ricos, andaban descalzos, comían con las manos y vivían en chozas (19) , En 1894, el ingeniero francés Jorge Brisson se topó con uno de estos últimos: el gamonal de Cravo. Nacido en Venezuela, don Socorro Figueroa había llegado en 1876 a Colombia, donde fundó el caserío de Cravo. Dieciocho años después y a la edad de 85, poseía doce mil cabezas de ganado y apreciables cantidades de oro. Su desvencijada casa, rodeada por los otros diez ranchos de la aldea, la ocupaban sirvientes, hijos naturales, nietos y mujeres indígenas. Astuto aunque completamente iletrado, era el reyezuelo de la región (20) .  

Los peones eran los jornaleros mestizos de los hatos y fundaciones. Cultivaban para los propietarios maíz, arroz, yuca y una variedad de plátano llamada topocho, a la vez que atendían sus propias parcelas de subsistencia denominadas conucos. Sus viviendas eran aún más simples qué la de “don” Figueroa: techos de hojas de palmera sostenidos por estacas clavadas en el suelo. Las mujeres empleaban la mayor parte del día en atender las ollas colocadas sobre fogones formados con piedras. Sus niños, semidesnudos y melancólicos, sufrían de paludismo. Al profesor Hiram Brinham, que pasó por Arauca en 1907, los peones le parecieron sucios y desaliñados. Su comida era lamentable e infrecuente. Los insectos nocivos proporcionaban constante tormento. En definitiva, concluye, “parecen contentarse con menos que cualquiera de los pueblos civilizados que he conocido” (21) .  

El llanero, descrito por J.M. Samper como “el más curioso tipo entre los muchos producidos en la Nueva Granada por el cruce de razas”, era un peón a caballo (22) . Aunque bien poco difería, en cuanto a bienestar material, del jornalero sin caballo, el llanero presentaba un porte más atractivo. Pastor de inmensas y libres manadas, jinete, torero, nadador, soldado de caballería y poeta de las llanuras, era él 

el lazo de unión entre la civilización y la barbarie, entre el criollo y el indio feroz casi antropófago, entre la ley que sujeta y la libertad sin freno moral, entre la sociedad con todas sus trabas convencionales, más o menos artificiales, y la soledad imponente de los desiertos, donde sólo impera la naturaleza con su inmortal grandeza y su solemne majestad (23) .  

No existe hasta el momento estudio alguno sobre el llanero histórico, y los relatos de la mayoría de los viajeros lo retratan con el mismo romanticismo expresado por Samper. Notable excepción es Bingham, quien, lejos de sucumbir al encanto de estos vaqueros, los encuentra “salvajes, levantiscos e indolentes, despreocupados por trabajar, a no ser que lo hagan a caballo” (24) . Otros observadores hacen hincapié en el carácter paradójico del llanero. Capaz de cabalgar todo un día con una taza de café como único alimento, lo es también de permanecer varios días tendido en la hamaca, fumando (25) . Generalmente supersticioso y desconfiado, permanece inquebrantablemente leal a su propio código ético. Al llanero le gusta el aguardiente y le apasionan las peleas de gallos. Es capaz de bailar toda la noche sin cansarse. Como combatiente guerrillero, su habilidad es incomparable. Acaso su supuesta independencia dio pábulo a la imaginación de los viajeros. En 1904 escribía H.J. Mozans: “Dadle al llanero caballo, lanza, escopeta, poncho y hamaca... y su hogar estará en cualquier sitio donde lo encuentre la puesta del sol” (26) .  

 

Eloy Sánchez se unió a los insurrectos el 30 de diciembre de 1916 (El Gráfico, vol. 7, núm. 338, mar. 24. 1917).

Humberto Gómez, santandereano (1887) jefe de la insurrección de Arauca (El Gráfico. Bogotá,
vol. 7, núm. 338. mar. 24, 1917).

Los propietarios, peones y llaneros eran los “racionales” de Arauca. Aunque poseían diversos grados de riqueza y libertad, racialmente todos ellos eran mestizos. Salvo algunos propietarios, poco se distinguían en su alimentación, vestimenta, vivienda y diversiones, ni existía, por supuesto, cosa parecida a las divisiones de casta del interior. Los otros habitantes de las llanuras eran indios nómadas: guahíbos, sálivas y tunebos. Siglos de abusos los habían convertido en acérrimos enemigos de los “civilizados”. Los guahíbos, particularmente, asaltaban los hatos apartados, mataban a los propietarios y robaban el ganado. Los aislados esfuerzos de los misioneros para establecerlos en aldeas habían logrado escasos resultados, y los llaneros seguían considerando a los indígenas como una especie de tigre al que había que acorralar y cazar (27)

Fundado en 1780 por venezolanos, el poblado de Arauca se hallaba situado en la ribera derecha del río homónimo y era la capital de la comisaría. En 1910 tenía quinientas viviendas y 3.472 habitantes (28) , muchos de los cuales eran extranjeros: venezolanos, franceses, italianos y turcos, que habían llegado cuando Arauca servía aún de puerto para el tráfico por el Orinoco con Ciudad Bolívar. La crecida del río Arauca, entre junio y agosto, permitía a los buques de vapor hacer escala en el pueblo, pero a fines del decenio de 1890 el dictador venezolano Cipriano Castro suspendió este servicio. En “invierno”, el poblado y su puerto, unidos por una larga calle, sobresalían como un archipiélago en medio del territorio inundado (29) .  

Arauca contaba con muchos almacenes y casas comerciales. Realizaba un activo intercambio con las localidades venezolanas de El Amparo, al otro lado del río, y San Fernando de Apure. Los comerciantes exportaban cueros de res, ganado y plumas de garza, e importaban licores, textiles, alimentos, zapatos y mercancías en general. En las oficinas administrativas funcionaban el gobierno comisarial, la aduana, la tesorería nacional, el tribunal de circuito, la alcaldía y el concejo. Había, igualmente, una guarnición de policía de frontera, tres escuelas y una iglesia regida por misioneros agustinos recoletos.

Los vínculos de Arauca con Bogotá, distante 595 kilómetros, eran débiles. Ningún camino conducía directamente al interior, pero sí era posible llegar a Cúcuta, por la vía de San Cristóbal, a través de Venezuela. El correo enviado desde Bogotá tardaba cuarenta días, viajando por los ríos Meta y Orocué. La más cercana estación telegráfica a Cúcuta resultaba prácticamente inaccesible, y otra en Pore (Casanare) distaba 48 kilómetros (30) . Todavía Arauca constituía un minúsculo bastión de la vida urbana de Colombia en la frontera. Brisson se encontró allí con personas cultas y observó que, si bien las riñas de gallos estaban generalizadas, también eran frecuentes las fiestas a las cuales las damas asistían elegantemente vestidas (31) . En 1907, Hiram Binghman pasó una agradable velada en uno de los bares del pueblo, bebiendo cerveza y discutiendo sobre filosofía con cinco médicos, mientras escuchaban música de flauta y guitarra (32)

 

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(14)   No hay certeza sobre cuándo fue acuñada la expresión “Atenas Suramericana”, pero en el prefacio a S. Pérez Triana, Down the Orinoco in a Canoe, Londres, 1902, R.B. Cunningham dice de Bogotá que es “una especie de Atenas chibcha”. El clérigo estadounidense H.J. Mozans intitula “The Athens of South America” el capítulo sobre Bogotá, en su relato de viaje Up the Orinoco and Down the Magdalena, Nueva York, 1910. (Regresar a 14)

(15)   Phanor J. Eder, Colombia, Londres. 1913. págs. 217-218. (Regresar a 15)

(16)   Entrevista al capitán Alberto Santos en El Nuevo Tiempo, 29 de mayo de 1917.(Regresar a 16)

(17)   Miguel Triana, Al Aleta, Bogotá. 1913. pág. 152.  (Regresar a 17)

(18)   Ibíd   (Regresar a 18)

(19)   Hiram Bingham, Journal of an Expedition across Venezuela and Colombia, 1909, Nueva Haven, 1909, pág. 113.  (Regresar a 19)

(20)  Jorge Brisson, Casanare Bogotá, 1896, pág. 120. R.P.F.D. Delgado hace interesantes descripciones de los propietarios y los hatos en Excursiones por Casanare, Bogotá, 1910,
págs. 100-120. (Regresar a  20)

(21) Bingham, op. cit., pág. 113. (Regresar a 21)

(22)   José María Samper, Ensayo sobre las revoluciones políticas y la condición social de las repúblicas colombianas, Paris, 1861, pág. 91. (Regresar a 22) 

(23)   Ibíd. (Regresar a 23)

(24)   Bingham, op. cit., pág. 113. Otros relatos de viaje que contienen descripciones del llanero son Brisson, op. cit.; Mozans, op. cit.; Pérez Triana, op. cit.; Ernest Rothlis­berger, El Dorado, Bogotá, 1963; Delgado, op. cit.; Tríana, op. cit.; Emiliano Restrepo, Una excursión al San Martín, Bogotá, 1955. Trazos más realistas de la vida del llanero se pueden espigar en los informes anuales de los comisarios especiales de Arauca, reproducidos en las Memorias del ministro de gobierno, desde 1911 hasta ˇ930. La mejor descripción del llanero contemporáneo es la de Guillermo Ramírez, “San Luis de Palenque; el llanero y su presente”, en Economía Colombiana, vol. II, agosto de 1954, págs. 21-38. (Regresar a 24)  

(25)   Informe del comisario especial de Arauca, en Memorias del ministro de Guerra (en adelante citadas como MMG), 1914, pág. 98. (Regresar a 25) 

(26)   Mozans, op. cit, pág. 130. (Regresar a 26)

(27)  Informe del comisario especial de Arauca, en MMG, 1919, t. II, pág. 269. (Regresar a 27)

(28)   Carlos E. Restrepo, Mensaje del presidente, 1914, págs. 66-67. (Regresar a 28)  

(29)   F. J. Vergara y Velasco, Nueva geografia de Colombia, Bogotá, 1901-1902, págs. 680-682. (Regresar a 29)

(30)   Eder, op. cit., pág. 229. (Regresar a 30) 

(31)   Brisson, op.cit., pág. 84. (Regresar a 31) 

(32)  Bingham, op. cit., pág. 109. (Regresar a 32)