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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
Viaje en champán
Los bogas de Mompox
David Ernesto Peñas Galindo
Tercer Mundo, Bogotá, 1988
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Se les
encuentra en los cuadros típicos de comienzos del siglo XIX, con los remos en movimiento,
rodeados del paisaje solitario y tranquilo de la ribera: son los bogas del río Magdalena.
Verdaderos motores del transporte fluvial que antecedió por muchos años a la navegación
en buques de vapor en Colombia, se les identifica generalmente con una época cuya
descripción quedó enriquecida por las numerosas observaciones escritas por los viajeros
que se aventuraban en estos parajes. Su origen, sin embargo, se encuentra en la Colonia.
La presencia de los bogas en el Magdalena se remonta a los años de los encomenderos,
cuando el tributo de los indios se trasladó a la lucha contra la corriente del río en
busca de Honda. En su ensayo, David Ernesto Peñas Galindo se propone recomponer las
piezas de esta historia trazando la formación de una nueva raza: la historia del zambaje
atada al destino de Mompox y, por supuesto, al del río Magdalena.
Peñas Galindo define de antemano los propósitos
de su trabajo: se trata de un juego de montaje, sin mayores pretensiones
historiográficas. Según sus propias palabras, surge gracias a los recientes
estudios de María del Carmen Borrego Pla sobre Cartagena de Indias, y a la maravillosa
recopilación documental sobre el río Magdalena que elaboró Aníbal Noguera. En
efecto, ambos trabajos constituyen, en esencia, sus fuentes documentales más
sobresalientes.
El centro de sus
observaciones en Mompox, centro comercial también de la Colombia colonial que extiende su
importancia como tal hasta bien entrado el siglo XIX. Las investigaciones de Borrego Pla
le sirven de fuente primordial en la primera parte de su ensayo: la fundación de Mompox
por los cartageneros para contrarrestar las aspiraciones samarias, el comportamiento
libérrimo de los encomenderos, la utilización de los indígenas en la boga y su
extinción como consecuencia de una agotadora jor
nada. Según
Peñas Galindo, confluyen en Mompox todos los elementos de una sociedad sin ley:
encomenderos que no obedecen, proliferación del contrabando, cohabitación libre entre
esclavos negros e indígenas desamparadas. La aparición del zambaje ocurre en un período
de transición que se esfuma en el salto temporal que sucede a la descripción de Mompox
como capital del contrabando neogranadino. Peñas Galindo se limita a explicar cómo en
Mompox se da una convergencia de razas y culturas. ¿Y por qué el zambaje?
Según Peñas Galindo, porque convenía a todos: proveía a las indias de esposo y a
los negros de cónyuge, y a los blancos les dejaba un sustancioso producto de mano de obra
para ser utilizado en la boga. Tosco, brutal, indolente, semisalvaje,
son algunos de los adjetivos que se endilgaron entonces a los zambos, condenados a los
últimos rincones de la escala social. Víctimas de la larga travesía por el río,
sometidos a la voluntad del boga y a las penurias del clima, a los ojos de los viajeros
civilizados, los zambos sólo podían estar en los confines de la barbarie.
La pesadilla comenzaba al momento mismo de
contratar el champán, aquella larga embarcación dueña del transporte fluvial y que se
distinguía por el rústico camarote ubicado en el centro, de techo redondo de palmeras y
cañabrava. Y por la tripulación, compuesta casi exclusivamente de bogas. Había que
pagar por anticipado al timonel, quien, a su turno, avanzaba las piastras a los posibles
bogadores. La totalidad del riesgo era asumida por el viajero, quien eventualmente debía
soportar con paciencia la desaparición de
algún boga, y con el también la de su dinero. ¿Y la autoridad? Aparentemente no
existía para tales efectos, como no parecía existir durante la travesía cuando se
imponía la voluntad de los bogas: en el ritmo del viaje, en la prolongación de los
descansos, en la misma finalización de la jornada no existía para el viajero certidumbre
alguna en el cumplimiento de un supuesto compromiso.
Las picaduras de
mosquito parecen haber preocupado tanto a los via
jeros como el
comportamiento de los bogas, sus gritos y blasfemias. La malla contra los zancudos formaba
parte indispensable de los pertrechos de viaje, al lado de los víveres, de la hamaca, de
la escopeta y del aguardiente que con frecuencia servía para darles ánimo a los bogas.
Las anécdotas abundan, y algunas veces se repiten, y son tan pintorescas que, en
ocasiones, no parecen reales.
Pero lo son, aunque es difícil precisar si las
circunstancias que rodearon la navegación por el río se mantuvieron inmodificables
durante los tres siglos en que los zambos fueron, según Peñas Galindo, los
dueños del Magdalena. Los relatos que trae a cuento Samper, Parra, Le Moyne,
Kastos, Humboldt, extractados todos del libro de Aníbal Noguera se circunscriben a
los finales del siglo XVIII y al siglo XIX. ¿Sería acaso que las reformas borbónicas,
la independencia, la liberación de esclavos, las medidas liberales, o los sucesivos
regímenes políticos que se inauguraron tras la república no tenían eco alguno en la
vida del Magdalena?
Quizá. Aunque su respuesta no forma parte de los
propósitos de su ensayo, este interrogante queda abierto, como muchos otros, tras la
lectura del trabajo de Peñas Galindo, convertido sí en una introducción a la historia
racial de la región momposma, cuya exquisita narración permite perdonar su pobreza de
fuentes documentales.
EDUARDO
POSADA CARBO
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