Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 19, Volumen XXVI, 1989

Talleristas y escritores


Taller de escritores, diez años
Varios autores
Biblioteca Pública Piloto, Medellín, 1988,
219 págs.

Que un taller de escritores arribe a su primer decenio de actividad ininterrumpida, demuestra, una vez más, que la institución taller de escritores se ha convertido en el legado que deja la Colombia literaria de los años ochenta a la historia del país.

Entendidos por algunos como eficaz instrumento para la forja de escritores (sí, forja; por eso son talleres), y considerados por otros como una verdadera plaga, los talleres se han ido multiplicando lenta pero efectivamente, hasta el punto que lo extraño hoy por hoy es que existan revistas, universidades y bibliotecas que no los mantengan como brazo operativo.

Por supuesto, algunos talleres merecen especial atención, bien por la nombradía de sus coordinadores, bien por la obra colectiva e individual que han ido revelando. Entre ellos cumple papel destacado el taller de escritores de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Creado en 1978 por varios gomosos (así los califica Manuel Mejía Vallejo, director del taller), el de la Biblioteca Pública decidió celebrar sus dos primeros lustros (con seguridad vendrán más), como debe ser: editando un libro.

El libro no recoge los textos creados por la totalidad de miembros del taller. En el prólogo de este volumen colectivo, Mejía Vallejo explica por qué: “Esta antología sólo recoge trabajos de los que, pertenecientes al Taller de la Piloto, han publicado cuando menos un libro” (pág. 9).

Tal precisión limita el libro a “los de mostrar”, es decir, a los editados del taller. Los inéditos (no sabemos si el grupo de la Piloto alberga inéditos, pero lo sospechamos) no tienen oportunidad en el volumen. Ni siquiera son mencionados (lo cual es una descortesía, por decir lo menos).

Es una antología, no una muestra colectiva, no un volumen grupal. Tal característica, importante, pues entregaría una nueva dimensión al libro, no es advertida sino así, muy de paso, como si no obedeciera a un proyecto editorial bien claro.

La colección Trabajo de Taller (de la cual el libro en mención es su décimo volumen), le ha entregado al país interesantes muestras de lo que surge del interior de este grupo de autores. Valga recordar el libro de viñetas (si la memoria no es infiel, el poeta Darío Jaramillo lo llamó “libro de cuadros") Es tarde en San Bernardo, de José Libardo Porras. Ahora, si consideramos a Taller de escritores, diez años como una antología, debemos decir ya que, en tal condición, olvidó su más destacables antecedentes, soslayó el necesario balance creativo que pudo habernos dado con excusa de celebración, como festejo.

Es nuestra decisión entender el volumen como la muestra de los trabajos más recientes del grupo de talleristas editados. Así, la valoráción cambia, pues permite un ligero asomo respecto de lo nuevo que se sigue forjando al tenor de las reuniones cotidianas que practican estos escritores.

Ellos son Verano Brisas, Jairo Morales Henao, David Pineda Salazar, Juan Diego Mejía, Everardo Rincón Colorado, Edgar Trej os, Luis Fernando Macías, Wilealdo García Charria, Gilberto Luque, Sergio Vieira, Orlando Gallo, José Libardo Porras, Lucía Victoria Torres y Héctor Ignacio Rodríguez. Algunos son poetas, otros prosistas, y otros poetas y prosistas al mismo tiempo. Y, claro, la mayoría de ellos jóvenes.

Pero vayamos al libro, no sin antes advertir que, si uno pretende evaluar la producción de cada uno de los autores, la muestra es verdaderamente escasa. Un dato: de Héctor Ignacio Rodríguez tan sólo se incluyen dos poemas. Así, es fácil comprender que si el volumen amerita un juicio, éste debe ser sobre el taller visto de conjunto, y no sobre sus individualidades. Por cierto, ya se ha dado esa opción con los volúmenes de autor publicados anteriormente.

Manuel Mejía Vallejo, en el prólogo del libro, se cura en salud. Y afirma: “[en este volumen] no se advierte el sello de taller —lo que algunos desinformados piensan que es un Taller—, pues, a pesar de la juventud de los incluidos, no se advierten influencias inmediatas, o ellas han sido absorbidas por un personal capacitado para el verso o el relato. Hay aquí mundos individuales, caminos diferentes a los trillados, búsquedas y hallazgos de indudable valor” (pág. 8).

Debo confesar que, en cuanto a la mecánica y la rutina propias de un taller de escritores (también he visto que los llaman, con cierto eufemismo, talleres literarios), sé bien poco, casi nada. Me imagino que un taller debe de estar más cerca del concepto de tertulia entre amigos con vicios comunes, que del seminario feo yjarto con un profesor que sabe mucho y que, además, inventa. Si es lo primero, la experiencia vital debe ser enriquecedora; silo segundo, diría con Jota-mario que “es preferible perder el año y no perder el tiempo”, y —obvio— me dedicaría a cosas más felices.

Por eso, mucho temo que pasaré por desinformado.

Con todo, el libro sí delata un sello de taller, lo cual no es malo para el libro pero sí para un taller que se preocupa —al menos en el discurso- por no crear impronta, sello de fábrica, que dicen por ahí los publicistas. Los poetas, por ejemplo, se inscriben en una tradición que acepta menos la capacidad de sugerencia de la palabra y más su condición unívoca. Hacen una poesía que nace de la precisión y no de la equivocación; una poesía que se resiste a la imagen, que desdeña la metáfora para quedarse con la exposición, con la referencia culta, con el dato histórico; o con la ironía, hoy convertida en un mal necesario, según algunos (algunos que piensan que la poesía debe ser irónica y no poética). Dotados, sí, pero con un tratamiento similar del lenguaje, los poetas del taller de la Piloto son demasiado hermanos entre sí. Ninguno deambula por otros parajes del hecho poético; ninguno delata lecturas y preferencias distintas de las de sus compañeros. Son peligrosamente parecidos, alumnos del mismo pupitre en la misma escuela:

Saber que viajamos
en el carruaje de la vida
contando constelaciones
sin nombres,
me lo dice elfrío
y el horizonte púrpura
de la madrugada
(David Pineda S ., En la madrugada, pág. 65).

todo en nosotros escapa
con urgencia
y algo de
ti queda varado
junto al río
viendo correr el agua
de los años que ya nunca.
(Everardo Rendón, Compañera mía. pág. 87).

  Démonos del todo como sifuera la última vez.
Cuanto tengo es para
ti —y no
es poco—.
Estoy lleno de naturaleza por
dentro
así como estoy lleno de natur
a leza por fuera.
(José Libardo Porras, Amémonos como locos, pág. 108).

  Los mejores años han pasado.
Es cierto.
Todo lo imposible fue intentando
y nada pudo ser. Sólo vientos
contrarios.
(Edgar Trejos, Nos alejamos, pág. 115).

El hecho, por sí solo, no es malo, eso debe quedar claro; es más: algunos poetas logran momentos de verdadera poesía. Pero nuestra preocupación se origina en que esta poesía nazca de hombres que pertenecen a un taller. Supongo: al ostentar condición de talleristas, seguramente comportan una disciplina de lecturas común, solucionan sus discusiones literarias por vía de lo democrático-interno, como pasa con todos los grupos, con todas las capillas. De ahí a las influencias y las huellas rastreables en la producción personal, no hay sino un paso.

La situación es similar con los narradores. La única diferencia es de género y de páginas.

Los riesgos que se corren son varios, pues la presión de lo colectivo atenta, siempre, contra los proyectos de todo creador. La conocida reflexión de Kavafis 1 no pierde aún su validez; menos ahora, cuando testimoniamos cómo la cantidad adora el mal gusto y la vulgaridad.

Nuestra advertencia no niega que en el Taller de la Piloto se encuentren escritores por los que se pueda apostar. Mencionaría a Porras, a Vieira, a Luis Fernando Macías. Claro que es una mención apresurada, aunque entusiasta; y, ciertamente, no nace de los textos que aparecen en este libro, sino en otros conocidos y releídos de antemano.

Como todo producto de taller, este volumen tiene imperfecciones. Mas, es importante en la medida en que atestigua una experiencia que en Colombia han decidido vivir y viven muchos hombres y mujeres que sienten muy dentro lo que los ilusos llamamos vocación; esa misma gente que Mejía Vallejo califica como “personal capacitado para el verso o el relato”.

Pero sería bueno repetir, hasta el cansancio —y con la vénia de quienes están bien informados al respecto—, que de un taller no egresan escritores: egresan talleristas, así algunos de ellos —por lo general los menos— sean escritores de veras.


JULIO DANIEL CHAPARRO H.

 

1 Lo que Kavafis afirmó y hemos repetido tantas veces: “Cuando un escritor sabe con bastante certeza que se venderán solamente unos pocos volúmenes de su edición, obtiene una gran libertad en su trabajo creador. El escritor que tiene ante si la seguridad o al menos la probabilidad de vender toda su edición o quizá ediciones subsecuentes, es a veces influido por ventas futuras, casi sin quererlo, casi sin darse cuenta de ello. Habrá momentos en que, sabiendo cómo piensa, qué le gusta y qué hade comprar el público, el escritor hará pequeños sacrificios, redactará cierto trozo de manera diferente, se saltará otro. Y no hay nada más destructivo para el arte (tiemblo con sólo pensar en eso) que cierto trozo sea redactado de manera diferente, o sea omitido”. Esa posibilidad que hacía temblar a Kavafis —y que, a lo mejor, lo mantiene estremecido en su tumba—, es la misma que a nosotros nos hace desconfiar de los talleres literarios. (regresar1)