Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 19, Volumen XXVI, 1989

La silvomanía en aumento


José Asunción Silva, bogotano universal
Juan Gustavo Cobo Borda
Biblioteca de Bogotá, Villegas Editores,
Bogotá, 1988, 382 págs.

“Parece que escribía versos”: de la grosera conjetura de la prensa de su época a la justa magnificación de su obra en el presente, José Asunción Silva ha ganado la única batalla en la que debe participar un escritor: la batalla por el reconocimiento de la dignidad y valor de su oficio. Y tanto más valioso resulta ese triunfo cuanto que en la lucha el autor ha comprometido también su propia vida. Vida y poesía: Silva es sin duda el más patético ejemplo de filiación entre el dictum poético, convertido en misión única, y una existencia lacerada por la penuria e incomprensión de sus contemporáneos. En todo superior al cretinismo ambiente, Silva trasladó a su poesía la majestad e inteligencia del individuo, denostado e injuriado por una sociedad de medio pelo, y merced a esa sabia transferencia alcanzó a fundir en tan magnífica alianza el sueño de todo auténtico creador. Vida y poesía: o lo que es lo mismo: Silva y su leyenda, el autor y su escritura, el yo que sueña y el aura de sus interpretaciones.

A Silva comenzaron a interpretarlo al día siguiente de su muerte. Incapaces de comprender el orbe sensible y estético de su obra, sus críticos optaron por endilgarle una bien surtida urdimbre de consejas, desde su situación financiera hasta su tensa relación con el milieu, sin olvidar, por supuesto, la piedra de toque de un bien ventilado incesto. Parece que el único incesto válido hoy en día es el que cualquier avisado lector puede comprobar entre la vocación del autor y la devoción —rayana en el solipsismo— por la página escrita. Vida y poesía: una vez más el noble lema goetheano se impone y, al mismo tiempo, calfica la obra del más universal de los escritores colombianos en toda su historia. Y aquí es necesario invocar unos cuantos elementos que, en la época del poeta, eran inimaginables, incluso en mentes tan lúcidas y alertas como la de Sanín Cano. ¿Qué papel ocupa Silva en la poesía de su tiempo? ¿Cuál es su espacio dentro de la estética del modernismo? ¿Qué importancia tiene su novela De sobremesa en la prosa finisecular? Estas y muchas otras cuestiones, siempre teñidas por el aura legendaria que comenzó a abrirse camino con las circunstancias de su muerte, son las que desde hace casi cien años aumentan la bibliografía crítica y exegética sobre el autor. Se advierte incluso cierta tendencia a la mitificación de Silva como personaje y, en buena parte, ello es comprensiblé gracias a ciertas correspondencias evidentes entre su vida y la de su álter ego en De sobremesa, el deletéreo y decadente poeta José Fernández y Andrade de Sotomayor. Esto, sin embargo, debe no sólo no extrañar sino dejar de preocupar, pues una cosa es la vivificante apoteosis del individuo, que por fin triunfa desde el mito sobre la indiferencia y crueldad de sus contemporáneos, y otra la investigación puramente científica sobre el valor y pervivencia de su escritura. Villon y Rimbaud tienen su mito y eso no disminuye en nada la grandeza exegética de su legado; Poe y Baudelaire sobreviven merced a la doble escritura de su presencia en el mundo: la ambigüedad de sus vidas y la transparencia infinita de sus obras. Eso es lo contrario de lo que le pasó a Chénier: su muerte lo hizo más grande que su poesia, que en realidad vale muy poco. O ese personaje de Camus que se suicidé para llamar la atención sobre su obra y ciertamente lo consiguió, sólo que los entendidos dictaminaron que dicha obra era tan patética y pobre como la muerte elegida por su autor.

Silva crece por partida doble: algún día una ópera canonizará su vida, no sin cierto rictus romántico, y lo convertirá en Silva Super Star, sin que tal hecho mengüe la atención de los entendidos en torno a su obra; los profesores, los amantes de la poesía, los poetas mismos aumentarán mientras tanto el haber de la otra columna con sus interpretaciones y aportes, con la devoción a esa vida perdurable que es el Nocturno o De sobremesa, cabezas de puente de una herencia cada vez más válida. Y es de esta segunda columna de lo que trata esta nota. En la incontenible bibliografía sobre el poeta bogotano, ya son tres las valoraciones múltiples y en su conjunto se aproximan al centenar los ensayos, evocaciones, reseñas y estudios sobre el autor de Vejeces. La última, preparada por J.G. Cobo Borda, ofrece algunas peculiaridades que vale la pena hacer resaltar. En primer lugar, la inteligente aproximación que el poeta Fernando Charry Lara hace —una vez más— a algunos de los aspectos más conflictivos de la obra de Silva, en especial el lugar que ocupa en el mapa modernista. ¿Precursor? ¿Adelantado? Charry Lara es convincente: Silva no se anticipé; sencillamente se impuso, cronológica y sensitivamente, como la cabeza visible de la primera promoción modernista. Con él comenzó el modernismo y no se limité a ser, como piensan algunos, mero prolegómeno de la avanzada universal de Rubén Darío:   fue, sencillamente, el hermano mayor, en estética y espíritu, y no temprano comensal en el banquete que habría de transformar la sensibilidad de la época y, de paso, inaugurar la Independencia literaria de América Latina. Con Silva, y luego con Darío y los demás, nuestro continente patenté el primer gran boom de las letras americanas y contribuyó de forma sustancial a renovar el apergaminado espíritu español: sin modernismo americano no hay noventaiochismo español. Sin embargo, lo que para nosotros es ya una certeza para algunos chauvinjstas no lo es tanto. Basta observar buena parte de la bibliografía sobre el siempre apasionante tema del modernismo —no en vano se cumplen hoy sus cien primeros años— para comprender el alcance de ciertos notarios de la literatura, empeñados en sobrevalorar a unos y minusvalorar a otros de los grandes poetas de la dos generaciones modernistas. Lo demuestra la arbitraria selección de la poesía de Silva que hacen Ivan A. Schulman y Evelyn Picon Garfield en su libro Poesía modernista hispanoamericana y española (antología), publicado por Taurus (Madrid, 1986). Los poemas no son los más representativos y la iimportancia de Silva se ve relegada casi a una brillante curiosidad. Y a propósito de este libro, no deja de ser curioso constatar aquí una de las “perlas” más llamativas del siglo: cuando los autores hablan de la muerte de Delmira Agustini escriben: “El marido la asesiné el 6 de julio de 1914, y luego se suicidó él mismo...” (pág. 267). ¿Quién suicidó a Silva? ¿Tendrán que ver las circunstancias de la muerte del poeta bogotano con la lamentable selección de sus poemas?

Cobo Borda, en un largo y feliz monográfico, analiza en detalle la obra poética del autor de Gotas amargas, aunque la importancia de su enfoque se centra en Intimidades —el poemario fundacional de su herencia literaria— y De sobremesa, novela que es algo más que un bibe­lot, como sostiene Cobo a tenor de alguna opinión de Jorge Zalamea. Baste, si no, comparar el universo perturbador de esta novela con el clima decadente y candente de la narrativa fin-de-si é cle: contemporánea de Huysmans, Lorrain, Wilde y D’Annunzio, como lo hemos demostrado en un extenso trabajo, De sobremesa se anticip a a la novela “de artista” latinoamericana y, lo que es aún más importante, a la presunta novela “modernista”, apartado monopolizado injustamente por Lo gloria de don Ramiro, de Enrique Rodríguez Larreta. Tampoco nos parece convincente la interpretación que hace Cobo a propósito del dandismo en Silva: Baudelaire es cita obligada, ciertamente, pero la naturaleza del personaje la analiza mejor que nadie Barbey D’Aurevilly, quien no sólo escribió un iluminador libro sobre el tema sino que a menudo es citado por el propio Baudelaire. En cualquier caso, la visión de Cobo es de las más amplias que se han hecho sobre el poeta bogotano, y cabe destacar la cantidad de enfoques diversos, entre los cuales gana la atención del lector el estudio sobre la prehistoria del poeta y su entorno: la ciudad de Bogotá que Cobo pinta es magnífica: cualquiera comprende por qué se maté Silva.

Se abren a continuación tres apartados, entre los que destacan el primero, elaborado con testimonios y evocaciones de personas y autores vinculados profesional o sentimentalmente a la vida del poeta. Siempre será invaluable la versión de J.E. Manrique, compañero del poeta en Bogotá y en París, testigo y cómplice de muchas de sus aventuras, y, sobre todo, autor de la etopeya de Silva en la intimidad: fue él quien, a pedido del poeta, le señaló el lugar exacto del corazón donde más tarde Silva alojaría la bala. De igual importancia son los testimonios de D. Arias Argáez (algo mundanos y sabrosos, como la historia de la garçonni é re), P.C. Dominici (el poeta en Caracas) y C.F. Restrepo (un flash sobre Silva y Sanín Cano en la aburrida cotidianidad bogotana). En el segundo bloque del libro, en principio llamado a ser el más importante, las expectativas se resienten: los críticos no aciertan o la compilación se limita a reproducir reseñas, notículas o artículos que poco aportan a la valoración de Silva. Destacan, sin embargo, los trabajos de C. Meléndez, excelente sinopsis bibliográfica del autor y que resulta a la vez incitante y modélica. Lo mismo puede decirse del ensayo de C. García Prada sobre Silva y Rivera, así como el aporte, al borde de lo lírico, de R. González Tuñón. Probablemente esta tercera valoración acusa una comprensible sustracción de materia, ya que las compilaciones anteriores (Cobo-Santiago Mutis, Colcultura; y la de Charry Lara, Procultura) agotaron buena parte del repertorio. En cualquier caso, la compilación mejor elaborada y la que ofrece resultados más felices es la que hizo el poeta Charry Lara, aunque ninguna de las tres incluye un texto capital sobre Silva, texto que tiene la virtud de universalizar a De sobremesa, gracias al papel que el poeta le brinda a la figura de Helena. En efecto, bajo el título “Mujeres prerrafaelitas”, el ensayista austríaco Hans Hinterháuser evoca el papel de esas mujeres en general, yen particular la Helena de Silva dentro del contexto de la literatura finisecular, en su hermoso libro Fin de siglo. Figuras y mitos (Taurus, Madrid, 1980).

La última parte del libro nos regala una curiosidad que linda lo patético y pone de presente la incurable estupidez de nuestros políticos. Ante un artículo justo y sensato de A. Torres Rioseco sobre la literatura colombiana en 1923, salta a la palestra Laureano Gómez, investido motu proprio en paladín de nuestros valores más provincianos para demostrarle al crítico chileno su ignorancia. Quería el señor Gómez entronizar la aldea bogotana en la triste escala arquitectónica de cartón piedra que la excesiva bondad de un turista llamó Atenas sudamericana, y para ello echó mano de una erudición de anuario municipal pletórico de poetastros y figuras de tercera línea, hoy inmencionables siquiera. Al furibundo político se le acabaron los denuestos contra quien, de forma por demás generosa y lúcida, intentaba trazar en el exterior un balance que, curiosamente, hoy resulta plenamente válido sobre nuestros autores más representativos. Y muchos años después del dicterio del líder conservador, el crítico, apoyándose en un texto de R. Maya, vuelve a suscribir lo dicho en su momento, con lo que la pedestre paideia del caudillo consigue sumirnos en algo que dentro del país pasa inadvertido pero que fuera de él suele llamarse vergüenza ajena. En el esquema de tal polémica, Silva es la gran figura con la que inicia y termina Torres Rioseco su sustancial aporte:   para Laureano Gómez, Silva no es más que un pretexto para salpicar de bilis totalitaria la visión objetiva de todos aquellos que, como Torres Rioseco, por lo menos se preocupaban por buscarle un espacio continental a nuestros valores más auténticos.

R.H. MORENO-DURÁN