Boletín Cultural y Bibliográfico, Número 19, Volumen XXVI, 1989

Retorcida retórica


El árbol de la casa de las muchachas flor
y otros romances
José Manuel Freidel
Ediciones Otras Palabras, Medellín, 1988,
87 págs.

Una obra de teatro puesta en escena es, mal que bien, un mundo. Un mundo del que depende la pasión de un público; una audiencia que, cautiva o ausente, es agredida por una situación ajena.

Depende del director la actitud; de los actores, como personajes, la veracidad con que se viva esa intención; de cada uno de todos los demás seres ahí presentes, la atmósfera.

Todo lo que ahí sucede se refleja en cada uno de los rostros que afecta. La energía —si entendemos por energía una corriente contagiosa que se asimila en varios seres humanos— inunda un espacio teatral y se estaciona en él, se personifica y se vuelve un “duende”. Del teatro y del espíritu que ahí se ha mantenido durante el trabajo, dependen los “duendes” que lo habiten. Cada nuevo montaje es un reto, no sólo por el trabajo físico que implica como disciplina profesional, sino por la batalla que se libra contra cada uno de los espíritus que ya habita la trasescena del teatro; espíritus celosos de nuevos “duendes”. Espíritus, celos, pasión, son lo que mueve el mundo en general, y en el teatro existe la posibilidad del desdoblamiento, esa esquizofrenia por todos deseada en que un personaje —o varios, o uno mismo— deja de existir cuando es necesario.

Esto en cuanto al teatro en la escena, visto ahí, a cierta distancia. Pero la esencia, lo sustantivo del teatro, el texto, está antes, escrito, y determina todo.

Si el texto es una secuencia narrativa, el director está guiado por él y crea según su poder de intensidad; de lo contrario, si el texto no narra, sino que simplemente estimula una situación, el director revela, a través de las imágenes, su sensación. De cualquier manera, lo que hay es una intención de trasmitir, un gesto de generosidad con él mismo; y para no hablar sólo del director, sino de todo lo que conforma el elenco de un montaje, con ellos, con uno que los ve.

El escritor, que muchas veces dirige, o que al ver su montaje dirigido por otro tiene una segunda versión, está solo. El con el mundo que crea. Los hay de todo tipo: algunos, de noches insomnes antes de asesinar a su protagonista; otros, de extraños encuentros entre los personajes y la cotidianidad. Hastade los que torcidamente inventan situaciones reales para recrear su imaginación. Se dedican, en pleno siglo XX, a una profesión destinada a desaparecer. Son humanos diferentes, diferentísimos de los demás, que somos capaces de leerlos, de ver sus obras, de escribir sobre ellos. Diferentes, porque encienden en la realidad una realidad más tangible que la de cualquier otro género literario (sin tener siquiera género dentro de lo literario), son menos efímeros que un poeta y más cándidos que el novelista o el escritor de cuentos; narran, por conducto de otros pobres hombres, la historia que ahí, sobre unas tablas, devora a cualquier humano; ingenuos, como en este caso, en el que específicamente me refiero a los textos de José Manuel Freidel publicados recientemente por Otras Palabras en Medellín: El árbol de la casa de las muchachas flor y otros romances.

Los otros romances —Romance del bacán y la maleva, Romance de la bella Berta y Berto el bandido, Una raya en la vida de Lucrecia y Romance de Juana y el jilguero— son breves secuencias, donde aparecen entre siete y trece personajes de cortas intervenciones, exceptuando El romance del bacán y la maleva, en el que participan tres personajes.

Son sátiro-cómico-trágicos; los cuatro, si se trata de hacer ver como cuenta cada uno su historia. Están escritos en verso rimado, de esos que cantan uno seguido del otro y dan la sensación de una tropa de pequeños saltando cuerda mientras entonan, al ritmo de las palmas: “El cacique juancho pe-pe-pe, fue a buscar a su mujer-jer-jer...

Cabe decir aquí que el teatro no es un género literario, como ya se anoté; es simplemente la transcripción textual de secuencias escénicas; es la memoria de un montaje, anterior al montaje, pero memoria, porque recuerda el hecho por el texto. Ni siquiera el teatro clásico, ni el romántico, por la manera en que están escritos, son un género dentro de la literatura; sería sorno decir lo mismo de los guiones cinematográficos.

En el libro de Freidel, entonces, tenemos cuatro textos cortos de teatro y un romance. Todos escritos a la manera de romance, pero sólo uno de verdad romance: El árbol de la casa de las muchachas flor. Un texto en que el autor pretende a cada frase descifrar una verdad, pretende ser revelador a través de una prosa repleta de metáforas, que crea con un lenguaje inusual, rebuscado, y con el que no revela nada. Llena de arandelas una historia que se podría contar en dos páginas y se mata en adjetivos, entre tantos que no califican: atacan.

Es, en definitiva, una excusa de almíbar para un texto que puede ser narrado sin tantos vericuetos.

José Manuel Freidel nació en Medellín en 1951. Hace quince años escribe y dirige sus montajes con el grupo de teatro La Fanfarria, además de dirigir los grupos de teatro de la Universidad de Medellín y la Escuela Popular de Arte (Epa).

  SEGUNDO CAMPO