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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
ĦQué ladrillo,
señores!
Los materiales del hombre
Villegas Editores,
Bogotá, 1988, sin paginación
Está visto que el
invento del caracol para este oficio es más poético. En cambio, de un libro que sostenga
la puerta de la brisa marina lo único que se espera es tropezar. Este libroSeñor
Ladrillo no es la excepción por su tema, el ladrillo, pero está
desaprovechádo. Visualmente, el ladrillo es un objeto que, soportado por una estructura o
como parte de ella, es grato, cálido; lleno no sólo de adjetivos sino de cualidades
reales; es perfecto arquitectónicamente y, como el editor mismo lo enuncia, es parte de
la arquitectura colombiana.
Haber tomado como tema el
ladrillo y hacer de él un "ladrillo"acepción que, dentro de nuestro
idioma, ha tomado esta palabra para describir algo pesado y malo es un error, porque
de verdad es tema para un buen libro.
Menciona el editor que es
el pilar de cualquier cultura; que con él, por su dimensión y peso, se puede maniobrar
fácilmente. Que, si recorremos el camino de los materiales del hombre, el ladrillo está
en el primer paso que se de. Saca a relucir la idea de que en algunas religiones está
escrito que el hombre proviene del barro. Que en la realidad el proceso para llegar al
ladrillo también parte del barro. Y escribe un prólogo con aspecto bíblico, en el que
lo único que le falta por decir es que en el principio fue el ladrillo y lo demás es
polvo. Comparto la idea de que el ladrillo es, en verdad, el material; sobre todo en clima
frío y seco, de lluvia, en la sabana, cerca de los chircales. Pero exponer la idea tan
religiosamente me parece sólo un pretexto para jugar con ella de manera figurativa o,
mejor, literalmente decorativa. Lo que es el concepto de diseño arquitectónico no está
dado en el libro. Hay una luz, un reflejo, un juego fotográfico que permite ver mil
maneras del ladrillo como objeto fotografiado, pero no está incluido como objeto de
conjunto dentro de un planteamiento arquitectónico, aunque haya construcciones
fotografiadas.
Se va más bien por el
detallismo de lo labrado en ladrillo, del objeto rectangular vuelto columna cilíndrica,
la pared, la escalera vista desde el aire, la foto de interior, el detalle, sólo el
detalle, que minimiza la actitud de un objeto.
Describir arquitectura en
fotos no es fácil, y aunque no son necesarios varios ángulos, el que se tome debe dejar
constancia exacta de lo que hay construido; un plano que no lo muestre así no describe,
muestra sólo parte. Una cosa es fotografiar arquitectura y otra cosa es hacer alarde de
habilidad fotográfica a propósito de cualquier tema; por ejemplo, de arquitectura.
Entre los libros animados
de Editorial Norma, cuando aparece, a través de una ventana, un dragón y salta, el truco
es truco; hay volumen, que al salir de entre una página sorprende. Pero aquí, esas
hojas, con un huequito localizado en una página blanca, que dejan ver al través un trozo
de barro rojo o una pared con un obrero que flota sobre ella, son truculencia, truculencia
que no crea expectación (que parece ser lo que se busca). Primero, muy pequeño, algo que
se ve; y luego, al pasar la página del huequito, lo mismo, lo mismo un poco más grande.
Es deleite de un diseño que se nota más de lo que muestra, y no lo deja ver realmente
porque la mirada del espectador, del lector, se queda en el diseno y no en la imagen que
está ahí plasmada; que pierde su carácter y pasa a ser víctima de un juego en el que
se diluye, desaparece, tiene que ser buscada; y esto cansa, no permite el deleite de quien
observa el libro.
Desde el punto de vista
tipográfico, Señor Ladrillo tiene calidad en la impresión. Lástima la falta de
información acerca de cada imagen. Si, por ejemplo, la esquina de un edificio, las flores
en ladrillo o los teclios de algún lugar crean la curiosidad de conocerlo para ver la
construcción, es imposible. No hay localización alguna, ni referencia de nada; sólo una
lista de fotógrafos seguida de números, al final del libro.
El ladrillo que
conforma la ciudad; aquel que envuelve nuestro espacio sin tiempo; ese material que nos ha
acompañado en momentos de amor, de juego, de sueño; que se siente y que se vive, es como
la ciudad, el resultado de una labor de equipo; una obra colectiva. Es de todos y para
todos. Nos incumbe. Nos emociona. Nos afecta. Hace parte de nosotros mismos, de nuestra
cultura y de nuestra vida de todos los días. Aprender a amarlo, a respetarlo, a
valorarlo y a utilizarlo dígnamente es función esencial de nuestro comportamiento urbano
y condicionador ineludible del hábitat de nuestro futuro. Por eso lo llamamos
respetuosamente "Señor Ladrillo" y le dedicamos este libro, con la seguridad de
que le estamos haciendo un homenaje a uno de los elementos más hermosos y representativos
del arte útil para el hombre.
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Con estas frases cierra
el editor un texto que se inicia con una cita de García Márquez, en la que se refiere a
las novelas como una obra que se va fraguando al sobreponer un ladrillo tras otro.
Es un libro, para no ir
más lejos, sin ninguna cualidad informativa acerca de un tema que nos rodea.
Un libro decorativo. Uno
de esos libros que conversados se pueden volver adjetivos. Un libro hecho "...como
vaciar concreto...".
JOAQUÍN ORTIZ
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