Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 19, Volumen XXVI, 1989

Por la lucha de los sociólogos


Colombia: Democracia y sociedad,
Nora Segura de camacho (compiladora)
CIDSE/FESCOL, Bogotá, 1988, 395 págs.

El libro recoge 13 ponencias y 11 comentarios especialmente preparados para el Tercer Coloquio de Sociología convocado por la Universidad del Valle (1987). La introducción y presentación respectivas están a cargo de la compiladora, profesora Nora de Camacho.

El Coloquio encaró el desafío enunciado por FESCOL, uno de los patrocinadores de la publicación: "Sin duda —dice la presentación—el panorama interpretativo de la crisis colombiana es hoy más oscuro y confuso que la misma crisis

Para iluminarlos, se piensa, está la sociología, que desde la fundación de la unidad académica especializada en la Universidad Nacional, ha tenido tiempo para madurar... Pero el desempeño profesional y la especialización en las habituales divisiones del trabajo académico (sociología rural, industrial, de la educación, de la familia, de la "violencia" y así sucesivamente) han impedido el acceso de la sociología política y de la ciencia política a las corrientes centrales de la sociología colombiana, tal y como es propuesta y practicada profesional y universitariamente.

Situación que se aprecia a lo largo de las 395 páginas del texto y da pie a suponer que la creación de unidadesde investigación y docencia especializadas en la política es una medida necesaria y debe extenderse.

Desde las primeras páginas, los textos van sembrando un desasosiego que no cesa y más bien crece a medida que avanza la lectura. Si la experiencia de esta lectura pudiera formularse en una, y una sola pregunta, la mía seria ésta: żEn dónde están los sociólogos colombianos cuando se enfrentan a la naturaleza de la política, al funcionamiento del poder, de los partidos y grupos de interés, a los tipos y formas que asume la protesta social, a los mecanismos de la participación política, o cuando deben discernir el tema central del mundo contemporáneo y del cual no estamos exentos los colombianos, el "cambio", planteado en los términos de reforma-revolución?

Las ponencias no registran el peso de la tradición del pensamiento sociológico que, para citar los fundadores más reconocidos. De Tocqueville, Marx, Durkheim, Weber, sustenta explícitamente las bases teóricas y metodológicas que, posteriormente, han sido desarrolladas por la sociología política del siglo XX (Mosca, Michels, Gramsci, Adorno, Marcuse, Fromm, Duverger, Dahl, Lipset, Touraine).

Esto es evidente si se piensa que los temas abordados en el Coloquio, iglesia y religión, familia y comunidad local, "movimientos sociales" y sindicalismo, "violencia", todos ellos referidos a la "democracia" encuentran formulaciones diáfanas en los clásicos y sus continuadores. No quiero decir que deban ser citados en notas de pie, sino leídos y, por parte de los sociólogos, leídos analítica y sistemáticamente, como elemento de su bagaje profesional, o, al menos, como referencia obligada cuando se escribe sobre el tema de la democracia.

A guisa de ejemplo veamos por qué el autor de esta nota, lector no especializado y que lee sociología de modo casual y como un medio para comprender mejor el pasado, siente desasosiego ante el libro en cuestión.

Primero, el tema de iglesia, religión y democracia. El ponente abre con claros clarines: "La sociedad colombiana se caracteriza por ser una democracia formal y restringida a cuya configuración ha contribuido decisivamente el catolicismo formal y tradicionalista predominante entre nosotros. Tanto esa democracia como ese catolicismo son componentes de un mismo proceso social complejo en medio del cual se han reforzado y consolidado mutuamente" (pág. 22). Enfoca entonces el Concordato para probar su tesis, diciéndonos de paso que la iglesia católica es fuerte (frente a un Estado débil) puesto que tiene el "monopolio legitimo de la coacción moral sobre los colombianos", dispone de los medios de "administrar los bienes de salvación"y tiene potestad en terrenos como la educación, el estado civil de las personas, los medios de comunicación y los planes de desarrollo social en varias regiones del país (pág. 23). Otro objeto de su análisis es el "sentimiento católico" de los colombianos, calificado de "superficial, dogmático, tradicionalista y formal" (pág. 26). Sobre este tipo de "sentimiento" es fácil para la iglesia reforzar los aspectos tradicionalistas del sistema político (págs 23-25).

El comentarista emprende una búsqueda de la definición de "democracia" que vaya más allá de lo jurídico y político y llegue al plano social (pág. 36). Esta búsqueda lo va paseando por De Tocqueville, Kant, Marx, Léfort... para concluir, aceptando con Virginia Gutiérrez de Pineda, que la religiosidad de los colombianos ha tenido significaciones muy diversas, relacionadas con los contextos regionales en las cuales ha estado inscrita (pág. 43). De allí sería imperioso seguir más de cerca el fenómeno de la "doble moral" afianzada por el catolicismo tradicional que, ahora, se viste con trajes paisas, santandereanos, cundiboyacenses (pág. 43). El comentarista concluye que "no quedaría otra cosa que mcitar al lector para que si encuentra importantes las conclusiones construidas, continúe él mismo, sobre la base de preguntas elaboradas, la indagación sobre estos temas, de gran significación actual... y trascendencia"
(pág. 46). Abandonado así, a su propia iniciativa, el lector tal vez formule preguntas amparadas por hallazgos historiográficos y por perspectivas teóricas bien establecidas.

Una dificultad de ponente y comentarista estriba, a mi juicio, en que mezclan arbitrariamente bajo el término "religión" (o indistintamente "iglesia") los elementos de sus ethos característicos, sus sistemas de creencias y sus elementos institucionales.

Si bien los historiadores colombianos echamos en un mismo saco Iglesia y Estado como si se tratase de religión y sociedad, podemos esperar de los sociólogos que nos digan que no se pueden sumar peras y manzanas.

Parecería que para los sociólogos a cargo de esta sección son irrelevantes las exigencias de dos perspectivas ampliamente conocidas: una "histórica", que permite ubicar el Estado, la sociedad, la Iglesia y el catolicismo latinoamericano frente a la Reforma, a la Contra-Reforma y a la Revolución Francesa de una parte y, de otra, el "modelo sociológico" que establece patrones de secularizaciónparipassu con la "modernización".

Si para "elaborar" sus preguntas los autores de esta sección hubieran tenido en mente referencias de esta índole quizás habrían enfrentado inevitablemente realidades tales como el papel del catolicismo en la simbología de la identidad nacional, el por qué de Camilo Torres, de Golconda, de la teología de la liberación; o los éxitos de las políticas de control natal, la rápida penetración de sectas protestantes entre las clases populares, los elementos religiosos del ELN o la congruencia (anticapitalista) entre el organicismo católico que viene de la Contra-Reforma y el socialismo moderno, como se aprecia cristalinamente en la propuesta doctrinaria y en la praxis social de instituciones tan influyentes como el CINEP... etcétera.

Segundo, el tema de los movimientos sociales recibe, sin duda, mejor tratamiento, considerando la misma redacción de los textos.

No obstante, ponente y comentarista asumen que los "movimientos sociales", por el sólo hecho de ser populares son democráticos. Lo antidemocrático por antonomasia es el sistema político colombiano que ni siquiera garantiza "los derechos de la oposición política y que sigue reprimiendo los movimientos populares... aunque "la reforma municipal (de 1986) en sus rasgos básicos busca democratizar, abrir el municipio a la participación ciudadana..." (pág. 57). La conexión entre los "movimientos sociales" (vistos como la "sociedad civil", o sea la arena de la lucha de clases en términos de Marx) y el Estado (considerado aquí como el aparato administrativo-represivo de la clase dominante) es conflictiva en Colombia porque el elemento mediador, "los partidos políticos", se ha dedicado a construir un aparato estatal y a establecer gobiernos minoritarios "en el sentido de utilizar el Estado al servicio de sociedades completamente inequitativas y con irritantes (tal vez el autor ha querido decir, indignantes) niveles de concentración de la renta y los ingresos" (pág. 61).

La conclusión no deja de sorprender: el Estado debe contribuir a crear una sociedad civil democrática" (pags. 61-62). Más agudo, el comentarista concluye que "la clave de la crisis de representatividad no está en los partidos mismos, sino en la ausencia de movimientos sociales fuertes de las clases subalternas" (pág. 62). Un punto de llegada similar ofrece Rocío Londoño en su estupendo estudio del sindicalismo (pág. 197).

Se atribuye a Durkheim haber planteado con mayor profundidad que nadie el tema de la debilidad o fortaleza de las "instituciones intermedias" o "secundarias", entre la familia (o el individuo) y el Estado.

El enfoque del fenómeno de los "movimientos sociales" en términos clásicos marxistas de lucha de clases y Estado sería insuficiente. La democracia, aquí entendida como la protección que el Estado, en tanto fuerza colectiva, brinda a la libertad y a la dignidad del individuo, tiene que ver con elementos reales tales como la libertad de asociación o el papel amplio de "instituciones intermedias" (por ejemplo, sindicatos, gremios, universidades autónomas, ...) y de las estructuras locales de poder en un esquema "pluralista". żNo es acaso la "escasez de grupos secundarios", patente por ejemplo en las bajas tasas de sindicalización, en las consecuencias prácticas del clientelismo político, en la ausencia de las tradiciones políticas pluralistas, una de las causas de la espontaneidad, desarticulación y fragilidad de los "movimientos sociales" que, en general, pueden ser fácilmente cooptados antes de que generen instituciones secundarias"?

żLa debilidad de tales "instituciones intermedias" no está afectada por la irrupción de los fenómenos de la "transición demográfica", la urbanización, la movilidad ocupacional?

Tercero, las secciones que siguen (con la excepción del trabajo sobre el corregimiento de Guachené, en el norte del Cauca) eluden el concepto "democracia" y deciden que mejor valía solaparlo entre masas de datos sobre salud, pobreza y colonización.

En el caso de la "familia" hay disponible una vasta literatura derivada de la "personalidad autoritaria" (Adorno, Fromm, Horkheimer, etal.) y de los fenómenos de socialización política de los niños (viene a la memoria el libro de Rafael Segovia sobre México) que, de ser considerados más explícitamente, habrían contribuido a ampliar el foco histórico y aumentar la profundidad-analítica de la ponencia que intenta criticar los montajes "de una analogía de corte organicista, en donde la dimensión macro, refleje sincrónicamente las características de cada una de sus microunidades".

Con todo, sería miope y, mezquino, no destacar en esta nota la esperanza que cimentan eventos y publicaciones de esta índole. Baste recordar los puntos centrales del mensaje de la profesora Nora de Camacho en la instalación del Coloquio para apreciar la madurez del intento, la calidad del pensamiento independiente que se ha gestado en esas necesarias "instituciones intermedias" que son las universidades y, volviendo a uno de los autores aquí citados, el énfasis puesto en las ideas morales, todo ello requisito para que los sociólogos colombianos continúen desempeñando su papel de "luchar contra las fuerzas del tradicionalismo".

MARCO PALACIOS