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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
Poetas muertos.
Poemas vivos
Versos memorables.
Las cien más famosas poesías colombianas
Selección de Rogelio Echavarría
Planeta, Bogotá, 1989, 190 págs.
Este libro pretende
recoger aquellos cien poemas que, por esa misteriosa imposición que es la memoria, el
público en general ha considerado como parte de su patrimonio común. El poeta Rogelio
Echavarría (1926) pide en su breve introducción que el lector tenga en cuenta tres
aspectos: que la cifra es arbitraria; que la inclusión de muchos poemas se debe al favor
popular; y por último, que la selección sólo se ha hecho con las obras de los poetas
muertos. Por lo tanto, nos encontramos frente a una antología desacostumbrada. O mejor,
en la línea de las que siguieron a la de Marcelino Menéndez y Pelayo. Empezando con
Hernando Domínguez Camargo y finalizando con Gonzalo Arango, la antología de Echavarría
recorrerá tres siglos de poesía colombiana.
En el estrecho y claro
espacio en el que se mueve, la antología es útil para aquellos que quieran refrescar la
memoria o para aquellos que se acercan por primera vez a la lírica nacional.
La patria, el amor, la
muerte y la religión parecen ser las constantes de la poesía colombiana. De dudoso
gusto, tanto literario como estético, la mayoría prefiere el énfasis patriótico o el
lloriqueo amoroso. Pero si éste es nuestro pasado literario, qué le vamos a hacer. Por
más razones que se encuentren a la Memoria sobre el cultivo del maíz en Antioquia de
Gregorio Gutiérrez González o a Los cazadores y la perrilla de José Manuel
Marroquín, estos seguirán siendo poemas que se recuerden, se reciten a las ocho de la
mañana en los patios de los colegios; aunque la crítica se incline hacia otras obras que
a su parecer reúnen condiciones de verdadera obra literaria, el gusto general y la
memoria colectiva retendrán aquello que espontáneamente los conmueva. Encontramos, pues,
una bifurcación entre el lector estudioso y el lector común, entre la crítica y el
público. Pocas veces coinciden: Silva, Barba Jacob, León de Greiff. Pero también en el
Tuerto López y Eduardo Carranza. Es interesante observar el hueco, el lugar que ha ido
ganando en la memoria el gran Aurelio Arturo. Pero, ¿qué es la memoria: lo que impone
una generación o lo que imponen las generaciones? Suponemos que esto último, aunque cada
una aporta sus preferencias y sus rechazos. Y cada generación valorará a las anteriores
según sus ideas, según sus modas, según sus convicciones.
Se ha hablado demasiado y
demasiado bien, con todajusticia, de obras como las de Silva o las de Barba Jacob. Pero en
esta antología se advierten hermosos poemas que de alguna forma llaman poderosamente la
atención. Un claro ejemplo de esto es Eduardo Castillo. En los tres sonetos que escoge
Echavarría, la alta calidad y la elegancia se unen de manera indisoluble. En los tercetos
de Tristitia rerum se percibe un eco de Heráclito y de Rimbaud:
Tan sólo tú penetras
y conoces,
¡oh Poeta! oh Vidente! sus serenos
pensares y oyes
sus calladas voces.
Y vas a ella con piedad,
de modo
que si no lo ama todo,
por lo menos
tu corazón lo compadece todo.
Nacido en 1889 la
misma fecha en que nace Alfonso Reyes y muerto en 1938, Eduardo Castillo conserva un
aliento modernista con gran personalidad, que lo sitúa como un gran poeta colombiano y
como un talento de la lengua castellana.
Si nos ponemos
puntillosos, tendríamos que incluir la hermosa Elegía de Ciro Mendía
("Venías de la estirpe de la rosa"); o Volver a verte, de Rafael Maya; o
Soneto insistente o la Epístola mortal, de Eduardo Carranza; o Se juntan
desnudos o Si mañana despierto, de Jorge Gaitán Durán. Pero como Rogelio
Echavarría nos dice, la cifra de cien es apenas simbólica, ya que "la selección
con número fijo es casi imposible, azarosa".
Es curioso. Leyendo esta
antología, llega un momento en que el lector se pregunta más por los vivos que por los
muertos. Es difícil concebir una selección de la poesía colombiana sin Alvaro Mutis,
sin Charry Lara, sin el propio Rogelio Echavarría, sin José Manuel Arango, sin Giovanni
Quessep, sin William Ospina, etc. Pero esto es harina de otro costal.
Por lo pronto, le queda
al lector la posibilidad de juzgar su propia literatura, y de formar su propio gusto, de
darle un contenido histórico a la propia sensibilidad.
RAMÓN COTE BARAIBAR
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