|
Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
No me preguntes
cómo pasa el tiempo
Kalendario
manual y guía de forasteros
en Santafé de Bogotá capital del Nuevo
Reyno de Granada, para el a
ñ
o de 1806.
Antonio Joseph García de la Guardia
Banco de la República, Bogotá, 1988
Almanaque de Bogotá y guía de forasteros
José María Vergara y Vergara
Carvajal S.A., Cali, 1988
|
|
|
|
|
Si uno piensa en el tamaño, en el aislamiento
geográfico, en ese perfil de aldea común a ambas, no fueron muchos los cambios entre la
Bogotá de 1806 y la de 1866, al punto que se podrían enumerar: la primera
1806se llamaba Santafé de Bogotá, y la segunda 1866 era apenas
Bogotá; una era la orgullosa y precaria capital del virreinato, otra era la tan precaria
pero menos orgullosa capital de los Estados Unidos de Colombia, y esta diferencia implica
toda una actitud, toda una cultura, distinta entre ambas aldeas, que eran la misma, sin
cambios tecnológicos sensibles, con excepción de la novedad de la fotografía y la
navegación en buque de vapor por el Magdalena. Piense usted, por ejemplo, en las
diferencias entre la Bogotá de 1906 y la de 1966: del gas ala luz eléctrica, del propio
al teléfono, de las recitaciones a las telenovelas; una localidad a una semana o más de
distancia del mar, y otra la misma, ya distinta a dos horas de Cartagena en super-constellation de Avianca o a 55 minutos en el novedosísimo reactor o jet. En
1906 usted se podía caminar la ciudad a pie y, si acaso, tenía la alternativa de tomar
el tranvía de mulas que llegaba a la región sdbbrbial de Chapinero. En 1966 usted tenía
que
montarse en un carro para ir un sábado por la noche a ver carreras clandestinas de
autos piloteados por niños y niñas bien, en una calle límite de la zona urbana, la
calle 100
entonces sonaban los Beatles. En 1906 esto era un pueblo de cien
mil almas, un pueblo grande, algo así como una Girardot de hoy, una Sogamoso, para dar un
ejemplo un poco más refrigerado. En 1966, Bogotá era una ciudad dedos millones de
habitantes.
La transformación de la Bogotá del 06 al 66 del
presente y agonizante siglo, es radical. En cambio, se puede decir que la Santafé del 06
y la Bogotá del 66 del siglo pasado, son básicamente la misma aldea, monótona,
católica y pluviosa.
La versión moderna de las guías de forasteros
sería un híbrido entre guía turística, almanaque mundial y páginas amarillas del
directorio telefónico. De la primera, toma los mapas o claves geográficos, los sitios de
interés, los resúmenes históricos, la información sobre transporte. De los almanaques
mundiales contiene el calendario con énfasis especial en las celebraciones
religiosas, las fiestas de guardar, y el santoral y las fases de la luna. Y con las
páginas amarillas se identifica en contener listas de profesionales y servicios. Y, al
igual que las guías turísticas, almanaques y directorios telefónicos para nuestro
tiempo, en el siglo XIX no fueron escasas las guías de forasteros en las ciudades
americanas y europeas.
La ocasión de la efeméride de
Bogotá en 1988 propició que el Banco de la República y Carvajal S.A. tuvieran la misma
idea, a saber: reeditar sendas guías de forasteros de Bogotá; el primero una de 1806; la
segunda, otra de 1866. Su sentido de oportunidad está muy relacionado con la vigencia que
han tomado los estudios de historia de las costumbres y de historia de las mentalidades.
El solo observar y comparar lo que una sociedad considera datos
útiles (o sea, el material que, por definición, contiene una guía de forasteros)
daría para muchos análisis y recopilación de información. El autor de la guía de 1806
considera importante incluir en el calendario que el 6 de agosto se
obtiene
indulgencia plenaria visitando la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Las
Nieves. Don José María Vergara y Vergara también consideró esencial ese mismo
dato, sesenta años después; sólo que en 1866 la indulgencia se obtiene yendo a Las
Nieves el 22 de abril y no el 6 de agosto. Sesenta años son toda una vida, son más que
muchas vidas, y en esos sesenta años el tiempo no parece que hubiera transcurrido. (No me preguntes cómo pasa el tiempo), se titula
uno de los libros del poeta mexicano José Emilio Pacheco).
Hay una diferencia entre las dos
guías: el Kalendario manual y guía de forasteros..
. ,
como reza la
portada, fue compuesta de orden del superior gobierno por el D. D. Antonio Joseph
García de la Guardia, Contador General de Diezmos, y Colector Administrador de
Annualidades del Arzobispado. El Almanaque de
Bogotá de don José María Vergara y Vergara fue una empresa privada que proyectaba
llegar a ser una publicación permanente, periódica y asistida con esmero y
que aspiraba a convertirse en una guía nacional.
El origen oficial del Kalendario de 1806 se refleja en sus páginas: una
lista de las cabezas de la burocracia y la milicia. Pero el momento cumbre del Kalendarjo, inmediatamente después de las
iniciales listas de los virreyes y los arzobispos, está en una nota que, precediendo el
almanaque y con el título de Cómputos del año, comienza y acaba así:
El presente año es de la Encarnación del Señor
1806; de la Creación del Mundo
7005; del Diluvio Universal 4763;
[..
.
] del Ilmo. Señor
Doctor Don
Juan Baptista Sacristán Digmo. Arzobispo de ésta Diócesis:
el 2.
Siete mil cinco años después de
la creación del mundo y cuando un Sacristán llevaba 2 de arzobispo de Santafé, don
Antonio José García de la Guardia elaboró las listas de los principales empleados del
virreinato, comenzando por El Excmo. Sr. Don Antonio Amar y Borbón, Arguedas, y
Vallejo de Santa Cruz, Caballero profeso del orden de Santiago, Teniente General de los
Reales Exércitos, Virrey, Gobernador y Capitán General del Nuevo Reyno de Granada;
Presidente de la Real Audiencia de Santafé, Superintendente General de la Real Hacienda y
Rentas Estancadas, Subdelegado de la de Correos & Cia y detrás de él y de sus
títulos, un séquito de secretarios, escribanos, abogados (ˇcáspita!, de todas, la de
abogados es la más larga lista), procuradores, fiscales, jueces, oficiales, priores,
cónsules, concilianos. Todos con su dirección, solamente; pues cuando el mundo tenía
siete mil cinco años, el teléfono no había llegado a su año cero.
A punto de terminarse la lista de la, digamos,
burocracia virreinal de Santafé, casi al final, está la Real Expedición Botánica y
algunos nombres que son parte de la historia patria: José Celestino Mutis, Francisco
Antonio Zea, Francisco José de Caldas, Jorge Tadeo Lozano.
Están después, del alcalde para abajo, las
autoridades municipales, de la Real y Pontificia Universidad y sus profesores (las
materias eran: teología
que la daba el rector, de vísperas, de teología
dogmática, de metafísica, de física, de lógica y de retórica, impartidas estas dos
últimas por el mismo profesor). Siguen las autoridades y profesores del Colegio Mayor de
Nuestra Señora del Rosario; el currículo era mucho más amplio: teología moral
profesor, don Andrés Rosillo, vísperas, derecho canónigo, derecho real,
derecho civil impartido por Camilo Torres, matemáticas
enseñadas por
José Celestino Mutis, con suplencia de Caldas, medicina, filosofia y latinidad.
Sigue la Real Diputación Médica, y los datos
sobre Santafé terminan con la Real Biblioteca y el nombre del bibliotecario, don Manuel
del Socorro Rodríguez.
Vamos en la página 93, de las 261 del Kalendario, y a partir de aquí las listas aluden a
la red burocrática del virreinato entero, de acuerdo con las sedes de cada estructura de
poder; y también la red eclesiástica. Así, muestra primero las autoridades militares,
tanto de Santafé, como de las demás sedes importantes del virreinato: Quito, Cartagena,
Panamá, Popayán, Cuenca, Santa Marta, etc. Luego están las autoridades eclesiásticas,
durante cincuenta detallad as páginas que incluyen hasta los curas de todas las
parroquias del arzobispado de Santafé y todo el enorme montaje de tribunales y juntas que
se administraban desde la capital, y del cual formaba parte, precisamente, el autor de
este Kalendario. Igual hace con dos temas más:
la Real Hacienda
en todas sus sedes del virreinato, en todas sus
ramificaciones y los cuarteles.
Más que una guía de forasteros,
el Kalendario de 1806 es una lista de los
poderes, incluido por supuesto, el eclesiástico. Allí no está comprendido lo que el
lenguaje de hoy llamaría sector privado, no están los bienes y servicios que
ofrece la capital, como se verá que aparecen en el Almanaque
de don José María Vergara y Vergara.
Carvajal S.A., la multinacional caleña, ha creado
su propia tradición anual de publicar impecables ediciones semifacsimilares de
inconseguibles y curiosos libros colombianos. En años pasados editó entre
otros el libro sobre el Orinoco del padre Gumilla, la Historia de Lucas Fernández
de Piedrahíta, un lujoso libro de autógrafos y, para 1988, como homenaje a Bogotá y de
regalo a su lista de Vips, saca a luz el Almanaque
de Bogotá y guía de forasteros que publicó don José María Vergara y Vergara en
1866.
Los tragacantos de la tapa son el mejor augurio.
Estamos ante un librito hermoso, físicamente hermoso, para deleite de bibliófilos, de
estetas, de coleccionistas. Los señores de Carvajal introdujeron un texto previo, firmado
por Eduardo Santa, texto un tanto superficial y de alcance informativo limitado.
Tras el prólogo, viene el
almanaque para 1867. Como sesenta años atrás, a Vergara y Vergara le parece necesario
preceder el mes de enero con unas observaciones, en este caso no propiamente sobre la edad
del mundo iríamos en 7065, según el Kalendario
sino sobre el calendario gregoriano, su uso y sus divisiones, hasta llegar a la
sutileza máxima: el día se divide en artificial y natural:
día artificial es el espacio de
tiempo que se detiene el sol desde que nace hasta que se pone; llámase así porque
durante él se ocupa cada cual en sus negocios u oficios. El día natural consta de 24
horas; los caldeos, persas y otros pueblos antiguos, empezaban a contarlo desde que sale
el sol hasta que vuelve a salir y los hebreos desde el ocaso del sol. Para el cristianismo
comienza el día desde medianoche, porque en aquélla hora nació Jesucristo. La hora se
divide en cuatro cuartos o sean 60 minutos, el minuto en 60 minutos segundos [sic], y así
sucesivamente.
La guía de forasteros no comienza sino en la
página 236 y cubre las siguientes 130 páginas. Lo anterior es, de hecho, una breve
historia de Colombia, redactada por don José María a la manera de un cuadro
cronológico de los soberanos y magistrados de la Nueva Granada (hoy Estados Unidos de
Colombia), desde los cipas [sic] hasta nuestros días, donde se destaca la
biografía del presidente en ejercicio. Esto se le lleva 215 páginas, osca que el Almanaque, más que tal, es libro de historia.
Al igual que en el Kalendario, después de los gobernantes se incluye
la lista de obispos y arzobispos de Bogotá. Y después, como novedad, la lista de los
mártires de la independencia (aquí el reseñista propone un ejercicio de computador:
cruzar las listas del Kalendario de 1806 con las
listas de mártires de la independencia del Almanaque
de 1866: con seguridad aparecerían más nombres de los citados aquí como profesores
o expedicionarios); continúa un artículo dedicado al salto de Tequendama y otro
dedicado a otras curiosidades, como el puente de Icononzo y el hoyo del aire, en Vélez.
Sólo ahí, página 297, comienza la guía de Bogotá.
Cuarenta mil habitantes que vivían en las cuatro
parroquias de la ciudad (la Catedral, Las Nieves, Santa Bárbara y San Victorino)
habitaban en 2.720 casas, podían comprar en 3.127 almacenes y tiendas, escoger entre
treinta templos católicos, tres logias masónicas o un oratorio protestante y
podían ser sepultados en dos cementerios católicos o en uno protestante.
|
|
|
|
|
|
En 1866 ya no se trataba de un
virreinato sino de una orgullosa república federal. Y, a imagen y semejanza del Kalendario, el Almanaque comienza con el presidente ($9.660 de
sueldo anual) y sigue con las
entonces secretarías hoy ministerios,
todo su personal, la Corte Suprema, el Congreso, los diplomáticos (había ministros, osca
los embajadores de hoy, de Estados Unidos, Gran Bretaña, Perú y Francia) y todas las
oficinas del Estado, por nombre del funcionario, cargo, sueldo anual y dirección. Igual
para el gobierno eclesiástico y para el gobierno del Estado Soberano de Cundinamarca, que
se cierra con el cuerpo de serenos, el hospital y la prisión, el colegio de San
Bartolomé, el del Rosario y el Seminario. Las materias han variado fundamentalmente desde
las épocas del Kalendario; ahora en el Rosario
se ofrecen las siguientes cátedras:
legislación y derecho civil, economía política y
derecho de gentes, procedimientos judiciales, aritmética y álgebra, física y química,
geografía e historía, inglés y contabilidad, francés y español, ciencias
intelectuales y caligrafía. A lo anterior se añade la
escuela de medicina y un ya largo
rol de colegios particulares y públicos.
Siguen los catálogos de las profesiones y
servicios. Nuevamente (ˇcáspita!) la profesión con más colegas es la de abogado,
seguida por los médicos, divididos en tres categorías: alópatas, homeópatas y
extranjeros. Están las listas de agencias de periódicos, de libros, de
telégrafos, de máquinas y herramientas, de dentistas y de pendolistas
bastante extensa en aquellas vísperas de la invención de la máquina de
escribir, de imprentas, de publicaciones (había 15, tres de las cuales eran
diarias: el Registro Oficial, El Nacional y El Mensajero), de litografías, fotografías,
encuadernaciones, boticas y farmacias. Se remata esta parte con capítulos especiales
sobre la ajencia del jarabe de las Alvarez y la ajencia de la tintura
antinerviosa.
Se abre el Almanaque, en seguida, al capítulo de
los monumentos públicos y continúa después con párrafos descriptivos sobre las
fábricas de loza, paños, fideos y chocolates, las agencias y los itinerarios de los
correos, los vapores del Magdalena y las líneas marítimas. Ir de Santa Marta a Honda, en
primera clase, costaba 80 fuertes; la ruta inversa valía la mitad; los niños y
sirvientes pagaban medio pasaje y las bestias dos terceras partes.
El Almanaque, más parecido que nunca a las
páginas amarillas, termina con las listas de manufacturas, artes y oficios:
modistas, camisero francés, sastrerías, sombrererías, peluquerías y perfumerías,
retratistas al óleo y en miniatura, iluminación de retratos fotográficos, pintores y
estuqueros; músicos, estatuarios en yeso, arquitectos, relojeros, maquinistas,
grabadores, joyeros y plateros; fundidores de estribos, fabricantes de aparatos
hidráulicos, bombas, carruajes, barriles, toneles, pianos, violines, guitarras y un sin
fin de profesiones y servicios, entre los que se destacan las casas de tresillo
complicado juego de cartas.
Acaso uno de los pensamientos
más persistentes del reseñista, mientras lee listas y coteja datos, se refiere a esa
especie de candidez, de inocencia primitiva que denotan estas guías:
ˇah! dice,
lavocecita burlona, pobres santafereños, tan seguros de tantas
cosas como la edad del
mundo (en 1989 iríamos en 7188), tan modernos, tan actuales, tan poseídos de la vanidad
de cada época, que es creerse rasero del ridículo de todo tiempo anterior. Y nada cambia
tanto como las certezas alópatas, homeópatas y extranjeras que el hombre de cada
período considera como la conquista definitiva de su tiempo. Entonces, esa candidez, ese
estupor paleolítico que la burlona vocecita hallaba en nuestros abuelos de hace 120 y 180
años, se transforma en dardo, en espejo de nuestro tiempo y en la pregunta acerca de
cuáles de los conceptos o datos plenamente claros de
nuestros días sean la materia
prima de la sonrisa condescendiente de nuestros irreverentes tataranietos.
JOSE URIBE CASTRO
|