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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
Mirar históricamente:
mirar críticamente
Pensar
la historia
Luis Antonio Restrepo
Editorial Percepción, Medellín, 1987,
288
págs.
Reseñar un libro que casi consideramos
fundamental dentro del campo que le es propio (teniendo en cuenta que hoy en día casi
nada salido de la imprenta es fundamental) justifica el método de la glosa y
justificaría, si aquí hubiera espacio, el del ensayo. Es decir, que aparte de que
llegamos a ciertas conclusiones sobre el libro, nos lanzamos a la aventura de buscar otras
conclusiones para lo planteado en el libro. Porque Pensar
la historia no sólo nos propone el aspecto muy particular de hacer una revisión a la
lectura de Marx, Nietzsche y Foucault, sino que nos arrostra con el compromiso intelectual
tan problemático y discutido de pensar históricamente (en) toda rama del
saber humano.
Lo que para Luis
Antonio Restrepo supone pensar la historia es el reconocimiento de que la historia
es un problema; es más: el problema central de la filosofía de nuestros tiempos. La
existencia tortuosa del hombre de hoy se fundamenta en todo tipo de bloqueos que el
filósofo
debe agrupar
según las diferentes relaciones de poder presentes en el individuo y la sociedad. Este
problema, en cuanto ha sido el centro de la reflexión foucaultiana, hace de Foucault el
verdadero sucesor de quienes han cuestionado la historia, quienes han hecho de ella el
soporte
presente o ausente de sus construcciones filosóficas.
Se trata, por
supuesto, de partir de Hegel. Uno se pregunta si no se trata, también, de llegar a él.
El mismo Foucault reconoció que apartarse de Hegel era un poco caer en la trampa con la
que el filósofo idealista había rodeado toda su filosofía de la historia. Hegel
resuelve todos los problemas históricos los sociales, los pedagógicos, los
económicos y hasta los psíquicos en la elaboración de un ente perfecto y
predestinado, según su idea mesiánica, que es el Estado. No contempla, como último
utopista, que ese Estado va a tener problemas. Pero que los tenga o no, ya no es algo que
se va a discutir, después de Hegel, bajo las mismas condiciones epistemológicas: desde
Marx, debe comenzar a hacer carrera, en la historia de la filosofía, la crítica de la
metafísica. El mismo Marx reconoce, en el postfacio de la segunda edición del primer
tomo de El capital, la importancia de Hegel en
cuanto expositor del método dialéctico-histórico. El secreto del método radica para
Marx en invertir la dialéctica hegeliana, siguiendo las orientaciones de otro
hegeliano de izquierda, el señor Ludwig Feuerbach, en convertir el predicado
en sujeto, y este sujeto en objeto, lo que equivalía a transformar el mismo
problema, antes objeto de una filosofía especulativa, en objeto de una filosofía no
idealista para la cual el sujeto de la historia no debe
ser el Estado, sino la sociedad en su motor último, es decir, el proletariado, con la
consecuente abolición de la metafísica por una filosofía científica. Ese carácter
científico, pretendía Marx, debía ser la base de la crítica histórica (sólo
entonces, desde Marx, la historia comienza a asociarse con el pensamiento crítico, idea
que ni el positivismo ni el evolucionismo lograron continuar, pero que volvió a surgir en
el siglo XX,
con el impulso
particular, casi contradictorio, de Nietzsche). Por otra parte, el idealismo del monstruo
de Stuttgart también está presente, vía Schopenhauer, en la obra temprana de Nietzsche,
manifiesto en una metafísica del arte y en la consideración del genio, si bien dentro
del ahistoricismo radical que caracterizó a Schopenhauer; pero aquí también es posible
hallar la raíz hegeliana: el hombre solo, el hombre ahistórico y más el hombre
genial es el hombre sin Estado. ¿No era esta carencia producto, más bien, de la
misma realidad histórica, que no de la historia de las ideas? Si nos es dable hacer la
distinción, entonces quizá estemos ante una dualidad característica del hombre moderno:
sus ideas no son actuales, no le hacen cosquillas a la realidad, no pueden ayudar a
transformarla. En Hegel la Idea se encarna, se hace realidad, historia; ahora hablamos de
las ideas y la realidad. No puede ser más ejemplar de este desencanto
crítica el siguiente párrafo de Nietzsche, sacado por Luis Antonio Restrepo
de una de sus
Intempestivas: ...
el que ha
aprendido a doblar el espinazo y bajar la cabeza ante el poder de la historia,
ese tendrá un gesto de aprobación mecánica, un gesto a la china ante cualquier género
de poder, ya sea el de un gobierno, ya el de la opinión pública o bien el de la mayoría
numérica, y moverá sus miembros al compás de un poder cualquiera. Si cada hecho es en
sí una necesidad racional, si todo acontecimiento es la victoria de la lógica o de la
idea, no
nos queda más
que arrodillamos y acatar así todas las formas de éxito.
Sin embargo, resulta interesante constatar que, en
escritos sobre los griegos, Nietzsche hablará de minorías con fines altos,
de su idea de cultura como cierta uniformidad colectiva y, con estas dos premisas, de la
necesidad de la esclavitud para la existencia de una cultura. Es aquí donde quizá quepa
una auténtica crítica de la teoría del Estado de Hegel, desdoblando el concepto de
Estado y reduciéndolo al de Cultura. ¿Qué es un Estado sin problemas? ¿Un Estado en
que la acción del individuo se limita a la
consecución colectiva de fines altos? El problema estaría, realmente, en
medir el grado de representatividad de esos fines. Dentro de una aristocracia homérica,
por ejemplo, la minoría dominante noble, guerrera representa a toda la
sociedad, representa lo griego. ¿Habría semejanza política entre Prusia y la antigua
aristocracia griega? Si se ha de responder que no, bastaría con argumentar el tan
trillado como cierto ahistoricismo de la Grecia antigua (cfr. Spengler para las
hienas). ¿Cultura e historia no serán términos opuestos? Lo que
propuso Hegel fue una realización histórico-cultural (mire el historiador de hoy qué
hay de eso en el Segundo y en el Tercer Reich[s]).
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Una pura
historia problemática es lo que queda del Estado hegeliano, y así
parece haberlo entendido Foucault, que se define a sí mismo como un genealogista.
Entiende por genealogía el análisis de todo problema que sea cuestión
presente. Todo problema actual tiene una historia, y la filosofía, para él, debe
seguir ese hilo hasta los orígenes (lo que implica que los orígenes no están presentes,
no son actuales). Esos problemas históricos se expresan en las diversas relaciones de
poder (especialmente las del saber) a lo largo de la historia del hombre. Por eso
escribe
Foucault la fibosofia es hoy enteramente política y totalmente
historiadora. Es la política inmanente a la historia, la historia
indispensable para la política. Es la filosofía actual,
supeditada.no equilibrada o necesaria a la realidad histórica.
Lo que implica
la negación de una cultura o la problematización del Estado es la aparición
de la disidencia social también disidencia institucional o marginalidad. De
ahí que sea sintomática la preocupación de Foucault por hacer las genealogías de la
locura, la delincuencia o la sexualidad. De ese interés foucaultiano parte la llamada de
atención de Luis Antonio Restrepo. Dentro de la evolución de una sociedad con
fines altos, hay una estrecha vinculación entre poder y saber; si ya no ha de
medirse el grado de representatividad de esos fines, ha de medirse su grado de disidencia
no forman parte del proyecto social institucional; el grado de disidencia, que
generala actitud crítica desde una perspectiva histórica, delata siempre la vacuidad de
las instituciones de poder y saber y crea la conciencia de la libertad. Aquí
encajan los dos últimos ensayos del libro, a saber, Pedagogía y obstáculos
epistemológicos y El juicio de Galileo. El primero se centra en el
problema de adecuar el conocimiento a la realidad, para que exista una verdadera
educación; hoy por hoy no hay mayor educación a la realidad que el conocimiento
crítico; por tanto, el conocimiento libre de la autosuficiencia de la objetividad.
Reconocer la subjetividad, la actualidad, es el principio del conocimiento
crítico. Pero éste, que poseerían los espíritus libres
en
términos de Nietzsche afronta las dificultades de contextualizarse en una
pedagogía institucional, una pedagogía sin historia, escribe Restrepo. En
este contexto, se hace del conocimiento solamente un conocimiento científico, llamado
objetivo, y para lograrlo se establece la pseudocientífica metodología de la enseñanza:
si se sigue el método institucional se llega al conocimiento, se enseña la
verdad, lo objetivo. Conclusión tan ridícula como difundida. Crítica de base: todo
conocimiento científico se ciñe a la experiencia, y tan rápido como la experiencia se
modifica. La experiencia es histórica, hasta cierto punto inabarcable, circunstancial.
Una peculiar
manifestación de la disidencia está expuesta en El juicio de Galileo, en
donde Restrepo hace el seguimiento de los factores ideológi
cos, sociales
e históricos que intervinieron en el mencionado juicio. Galileo aparece como
representante del espíritu libre, en la línea de Copérnico y de Giordano
Bruno, a mitad de camino entre la suerte del astrónomo revolucionario y la del panteísta
de Nola. El primero formula sus conclusiones científicas antes del Concilio de Trento,
cuando todavía no se ha reavivado la intervención de la Iglesia en asuntos científicos,
en busca de unificar, como en la Edad Media, la ciencia de la fe; el segundo
tiene que arrostrar, y lo hace sin disimulos y sin escrúpulos por la provocación, la
inquisición que se rearma en el tridentino:
es quemado
como hereje. Galileo defiende en un principio, cuando todavía es posible la discusión,
la separación de los asuntos científicos de los de fe: de alguna manera, las verdades de
fe no son investigables, y, cuando Galileo tiene que mostrar su adhesión al sistema
copernicano, arguinenta que Copérnico investigó la construcción de las
partes del universo, por lo cual be resulta inadmisible que se le dé como explicación de
la inocencia de Copérnico el hecho de que éste sólo hacía una suposición, propia del
cálculo científico, sujeto a error, y que no presentaba la movilidad de la tierra como
una verdad. Pero la posición de la Iglesia, tendiente a la unidad entre ciencia y fe, se
mantiene un siglo después de las publicaciones copernicanas y con mayor énfasis,
mientras que la ciencia, asumida por Galileo, es cada vez más libre, sin reticencias
teológicas; la radicalización, por parte de la Iglesia, se resume en estas frases del
papa Urbano VIII: aunque muchos hechos parezcan probar que la tierra gira en torno
al sol, es teóricamente posible que Dios en su infinito poder
haya conseguido los mismos
efectos haciendo girar el sol en torno a la tierra, como dicen las Sagradas
Escrituras. Con esta posición, el caso está cerrado para Galileo: no podrá
difundir más las falsas ideas copernicanas.
Finalmente, hay
que destacar el sentido de la argumentación de Galileo. Para él, el carácter de las
Escrituras es el de una vulgata, unos textos que han sido escritos para
comprensión del vulgo, por lo cual son interpretables, y lo que en ellas es
verdaderamente discutible son las interpretaciones. Con esto, está haciendo de la Biblia
un texto histórico en cuanto libro simbólico. Por esta razón, el intérprete de la
Escritura debe procurar coincidir con las conclusiones naturales: no es la Escritura la
que condiciona el conocimiento científico, es éste el que da las pautas, no para llegar
a verdades de fe, que, como tales, son eternas, sino para interpretar apropiadamente la
Escritura. Su historización de la fe se centra en la siguiente pregunta: ¿Quién
osará afirmar que lo conocible del mundo es ya conocido?. Pero con esta
pregunta-afirmación Galileo entra ya en el grupo de los disidentes, incapaz de aliarse
con una relación estática (institución) de poder. Con esa argumentación, Galileo hace
entrar en crisis
actitud
crítica la historia de su tiempo, y la lanza hacia atrás (antes de Trento y la
Edad Media) para empezar a sembrar la ciencia del futuro.
OSCAR TORRES DUQUE
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