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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
Las lenguas del
pincel
Así hablan los
artistas
María Cristina Laverde Toscano,
Alvaro Rojas de Ħa Espriella
Ediciones de la Universidad Central, Bogotá,
1986, 206 págs., ilustrado
Picasso opinaba que, así
como cierta clase de aves, al dejarlas ciegas, mejoraban la calidad de su canto, los
pintores deberían carecer de lengua para que, en lugar de hablar tanto, se concentraran
en su oficio.
Lo cierto es que muy
pocos artistas quieren perder la lengua y, más aún, muchos han escrito sus memorias,
opiniones o teorías. Entre los clásicos más célebres está Leonardo, con su Tratado
de pintura, y se han editado las obras literarias de Durero, la autobiografía de
Cellini, las cartas de Rubens, los diarios de Delacroix, las cartas de Degas, Cézanne y,
por supuesto, las de Van Gogh. Entre los modernos, están los diarios de Klee y sus
reflexiones teóricas, así como los escritos de Dubuffet, Matisse y muchos otros.
En nuestro medio se
recuerdan todavía las entrevistas con las "vacas sagradas" de Fausto Panesso, y
en Medellín, las que Félix Angel publicó con artistas jóvenes de la ciudad en 1977, en
las que se incluyó él mismo.
Doce conversaciones con
diez pintores, un escultor y una familia de artesanos, originalmente destinadas para una
revista universitaria, integran esta publicación, en la que no solamente hablan los
artistas. También los entrevistadores, dominados por un espíritu profesoral. Profesan
admiración por el Arte y el Creador; profesan una buena fe en las cualidades de sus
entrevistados; profesan una incesante admiración por las obras y mucha confianza en las
palabras. Antes que tomar distancia, pronto simpatizan admirativamente con el
interlocutor. Sostienen diálogos más bien generales e informativos, aptos para una
revista, pero que la duración de un libro hace más exigentes. Pero también intentan, a
veces, desentrañar las motivaciones del artista, su autopercepción, la trayectoria
seguida y el análisis de ciertos momentos o detalles peculiares de una obra.
A pesar de que
comparativamente resultan trabajos desiguales, y probablemente ninguno figuraría en una
antología de las entrevistas colombianas, por su rigidez y convencional calidad
literaria, son trabajos correctos. Dejan la impresión de que, si se hubiera profundizado
a partir de una investigación más amplia sobre cada personaje y su momento artístico,
los autores habrían podido detenerse a considerar episodios deinterés histórico
dormidos en la memoria de los entrevistados, consientudinariamente olvidados por la
crítica y los ocasionales historiadores Y aquí es donde precisamente cobra importancia
la entrevista como testimonio y como fuente, y no sólo como pieza literaria o de
divulgación.
La primera conversación
tiene lugar con Pedro Alcántara Herrán e inevitablemente se centra en la política.
Marginalmente tocan el tema del taller, los métodos y técnicas de trabajo. El pintor,
dejando de lado lo que considera "falsas modestias", declara haber alcanzado una
gran madurez estética, pictórica y política, y sentirse parte de la vanguardia nacional
y latinoamericana. De mayor interés resulta el recuento sobre su trabajo a partir de los
años sesenta, las dificultades, logros,cambios temáticos y técnicos.
Las tres siguientes
entrevistas son con Débora Arango, Beatriz González y María de la Paz Jaramillo. El
diálogo con Arango resulta una de las de mayor interés documental y personal, porque es
una de las pocas entrevistas que se conocen con ella y porque aporta al conocimiento de su
vida y obra, y ofrece precisiones alrededor de los conflictos que suscitaron sus pinturas.
Con Beatriz González tiene lugar una consideración sobre "la pintura de lo
popular", esa forma de volver "culto" lo "inculto", adquiriendo
de paso la expresión un poder crítico y humorístico que exige una persistente
renovación para detener su rumbo al agotamiento.
"La escena humana y
la crítica de la apariencia", se titula la entrevista con María de la Paz, cuya
obra, caracterizada por el mal dibujo y la deficiente pintura, se considera un espejo
crítico de la sociedad, la condición de la mujer, las relaciones de pareja. Sus
limitadas condiciones técnicas se escudan muchas veces en desfiguraciones gratuitas,
revestidas de estridente colorido, de la retórica de la pintura "trasgresora
irreverente y de poca complacencia social".
Otra retórica, esta vez
la del travestista, el hampón y el ángel, se desarrolla con Angel Loochkartt en un
trasfondo de carnaval costeño y lienzos embadurnados.
Fernando Oramas sostiene
una de las charlas menos interesantes del libro. Especula sobre el mural y, como en los
años cuarenta, reclama al Estado paredes para hablarle al pueblo.
Demasiado breve, el
encuentro con Marco Ospina, pionero del arte abstracto en Colombia, se convierte, por el
contrario, en texto de mucho interés por tratarse de un pintor injustamente olvidado,
representante del llamado arte moderno colombiano.
Eduardo Ramírez
Villamizar, mucho más conocido por el reposicionamiento reciente de su obra, vuelve a
contar su historia y la definitiva influencia de Machu Picchu en la renovación de su
mundo geométrico, donde, ayudado por el óxido, insiste en el orden y la armonía
subjetiva.
Omar Rayo termina
hablando más de su museo en Roldanillo que de cualquier otra cosa. Se toca rápidamente
su temprano bejuquismo, su iniciación como caricaturista, para seguir insistiendo en el
yo-yo.
La entrevista que resulta
a la postre más trivial es la de Lucy Tejada, donde parece reflejarse, más que cierta
poesía de su obra, un sutil desgano. De corte periodístico en el peor de los sentidos,
está llena de motivos generales.
Jorge Elías Triana es el
personaje más desperdiciado, porque tendría mucho que contar del arte colombiano del
medio siglo. Apenas se menciona su relación con el muralismo mexicano y con los demás
pintores de su generación. Sin duda, el mejor trabajo sobre Triana sigue siendo el de
Alvaro Medina incluido en su libro Procesos del arte en Colombia.
La última entrevista
está dedicada a la familia Vargas Muñoz, ceramistas artesanales de Pitalito. Artesanos
hablando al lado de artistas de éxito, la conversación permite seguir el surgimiento y
desarrollo de una tradición familiar, y su vinculación al mercado, lo que, en último
término, es lo que ha permitido que perdure esta forma de expresión popular.
Los artistas están de
moda, como lo comprueba este libro, útil para satisfacer la curiosidad de los
escrutadores de intimidades de taller y válido como fuente parcial para estudios
críticos e históricos.
Más que la debilidad de
hablar de sí mismos o el hacer reflexiones filosóficas o estéticas, el oficio de los
artistas es el arte. Y aunque cortarles la lengua, como proponía Picasso, parece una
medida excesiva, el tiempo se encargará de borrar muchas de estas palabras y, sin ellas,
habrá que ver cuáles obras sobrevivirán a los vaivenes del gusto y del mercado.
SANTIAGO L0ND0ÑO V.
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