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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
Haciendo caminos
Guerra a la guerra
Carlos Pizarro León- Gómez,
Tiempo Presente, Bogotá, 1988, 137 págs.
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En el momento de escribir esta reseña,
el gobierno de Barco ha comenzado negociaciones con el M-19. Una nueva esperanza de paz
negociada levanta su luz frágil sobre el horizonte turbio de la guerra. Son muchas las
preguntas que surgen de esta coyuntura y que buscan, desesperadas, una respuesta
tentativa, de manera que el futuro aparezca siquiera un poco más cierto. De entre el
número infinito de las preguntas sin respuesta que alimentan la dificultad de apropiarse
el presente y de prever el mañana, hay por lo menos una a cuya respuesta puede contribuir
la entrevista del periodista español Sebastián Alzate Castillo con el comandante
Pizarro, jefe máximo de la organización guerrillera M-19: ¿Por qué negocia el M-19?
¿Se trata acaso de que está militar o políticamente derrotado, o ambas cosas a la vez?
¿O se trata, más bien, del hecho ideológico de que su proyecto político puede situarse
dentro de un marco, dentro de una visión del mundo compatible con la de los actores
sociales y políticos que cargan sobre sus hombros el Estado y el régimen? ¿Y, supuesto
que por una o por otra razón o por ambas se llegue a un acuerdo sobre la desmovilización
y reincorporación del M-19, cabe esperar que dicha organización militar, una vez
transformada en partido político, habrá de constituir un espacio ideológico común, un
lugar de convergencia donde puedan dialogar los defensores del statu quo y sus
opositores armados de izquierda? ¿Será el M-19, en ese sentido, un puente que habrá de
jalonar la reincorporación de grupos ideológicamente más radicales y militarmente más
fuertes, como son las Farc, el ELN y el EPL? ¿O habrá de servir la reincorporación del
M-19 para que el gobierno refuerce comparativamente su legitimidad, de manera que
puedajustificar un aumento en la criminalización de los grupos restantes y, con ello, un
incremento en la represión y un escalamiento de la guerra?
Dejando de lado la
cuestión más empírica relativa a las correlaciones de fuerzas entre el gobierno y las
guerrillas, así como de éstas entre sí, tenemos que la respuesta a las preguntas
puramente ideológicas sólo puede alcanzarse a través de una comparación entre los
proyectos político-ideológicos del M-19 y de la república liberal-conservadora de un
lado, y del M-19 y de las guerrillas comunistas del otro. La entrevista que aquí
reseñamos, orientada casi toda hacia la caracterización del proyecto
político-ideológico del M-19, es, en tal sentido, un buen material de análisis, un buen
punto de partida para la comprensión de por qué hoy, todavía bajo la dirección suprema
del comandante Pizarro, el M-19 se apresta a negociar. El libro arroja, así mismo,
algunas luces en torno a las perspectivas y tareas que el M-19 podría cumplir en el
evento de que se transforme en partido político.
Estilísticamente, la
obra es de difícil acceso. En vez de un lenguaje frío, preciso y analítico, el
comandante Pizarro utiliza un lenguaje rimbombante, etéreo en las conceptualizaciones y
populista en el efecto buscado. En un tono coloquial se sirve, por ejemplo,
permanentemente de la analogía entre las lides políticas y deportivas. Hace alarde
permanente de amor patrio y de disponibilidad para el diálogo con el hombre sencillo a
través de su recurso erudito a hablar de la "selección Colombia", de sus
entrenadores y de sus jugadores. ¿Por qué este gusto, sospechosamente estudiado, por la
propaganda "veintejuliera"? ¿Se trata simplemente de una cuestión de estilo?
¿O se trata, simultáneamente, de una cuestión concepcional? ¿Es que el comandante
Pizarro y con él el M-19 tiene acaso una conciencia clara del parecido entre
las guerras deportivas y el juego de la política? Con otras palabras, ¿cabría pensar
que el M-19 heredó del "costeño" Bateman algo así como una concepción
"lúdica" de la guerra y de la competencia políticas, es decir, del quehacer
político en general? Por lo menos una cosa está, en ese sentido, clara: Pizarro
reivindicael espíritu de juego, afirmando la necesidad de una práctica político-militar
capaz de improvización y, sobre todo, llena de "alegría".
Ahora bien: la retórica
populista de Carlos Pizarro parece ser, en todo caso, un modo de aplicar el postulado,
enunciado en el libro, de ser el M-19 una guerrilla de "comunicadores" (pág.
129). ¿Qué habrá detrás de esta, por lo menos aparente, preferencia del discurso sobre
los disparos? ¿Es el M-19 una organización cuyos miembros en cuanto herederos del
espíritu de la Anapo sueñan con las plazas públicas que un día, acaso a su
pesar, abandonaron? Leyendo la entrevista en comento, lo que no se entiende es por qué
escogieron el camino de la guerra, si su discurso apenas sí difiere del que corresponde a
una izquierda democrática y reformista. Pizarro no tiene, en tal sentido, recato ni
reparo algunos en afirmar que duda de la eficacia de la revolución" como medio para
lograr la construcción de la sociedad deseada. Anota con claridad meridiana cómo no cree
en el hecho de que el triunfo militar tenga que reflejar la correlación de fuerzas que
asciende al poder y que tendría con ello derecho a definir la orientación del futuro
(pág. 115). En tal sentido apunta también su crítica recurrente del marxismoleninismo
ortodoxo como religión secular y de su certidumbre fanatizada de futuro. El
"diálogo" se presenta a cada página como el único expediente apropiado para
hacer los caminos del mañana, en ausencia de "verdades reveladas" (pág. 50).
Después de haber destruido la necesariedad metafísica del triunfo de la verdad
revolucionaria y de haber reducido con ello la lucha revolucionaria a la condición
precaria de ser un deber moral a contrapelo de la contingencia y la impredecibilidad del
futuro, procede el comandante Pizarro a afirmar, parafraseando a Clausewitz:
"cada hombre
nuestro esfundamentalmente político, un hombre que tiene que enfrentar el quehacer
político de este país y un hombre cuyo destino es hacer la guerra para vencer la guerra
y de ser posible para evitar que el horizonte de la guerra se extienda hasta la
victoria, buscando que este proceso clausure lo más rápido posible y entre en un
proceso de soluciones, ojalá no violentas, hacia el triunfo" (pág. 72).
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Contra el militarismo y
el voluntarismo foquista preconiza Pizarro la subordinación de lo militar a lo político
y lo que es, desde un punto de vista práctico, tanto o más importante, su concepción de
la guerra como un medio para negociar. La solución ideal no debe ser, pues, para él, el
producto contingente de una victoria militar, sino la expresión acaso
más racionalde un compromiso. Y si la frase es etérea, de manera que salte la
sospecha de que ha sido sobreinterpretada por quien escribe esta reseña, entonces otro
botón de muestra: "El uso de las armas, en este momento, es un uso,
fundamentalmente, para buscar, a partir de su ejercicio y la sintonía con la clase
dirigente, una solución política al conflicto" (pág. 25).
Pero la cosa va aún más
lejos. Cuando se asciende al análisis del marco político-ideológico propiamente dicho y
se trata de precisar el significado de las dos o tres ideas-fuerza que hacen la sustancia
del escrito en cuestión, asombra ver cómo el proyecto del M-19 apenas se distingue del
de los partidos tradicionales colombianos. El viejo ideario republicano, los mitos
democrático-liberales, se repiten, en múltiples acepciones, a través de las páginas.
Las palabras nación y democracia son indudablemente el Leitmotiv que
atraviesa, más como un soplo difuso que como un hilo definido, toda la conversación. En
detrimento de la claridad discursiva, pero acaso en favor de la confianza ideológica
entre los enemigos, cae Pizarro en una suerte de pannacionalismo. La nación es todo, es
el comienzo y debe ser, después de superado el desgarramiento de la lucha de clases, el
fin de la historía colombiana (pág. 16); es condición empírica de posibilidad e ideal
normativo, es una y es plural, es colombiana y es latinoamericana, es el único
interlocutor legítimo en el diálogo para la paz y es la paz misma, en cuanto dotada de
"objetivos coherentes y totalizantes" (págs. 96-97). Hasta la existencia de la
Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar se explica a través del concepto de nación: la
unidad de la Coordinadora es una mediación presente de la unidad futura de la nación
colombiana (pág. 112). Y como si fuera poco, es todavía nación mestiza y nación marco
para el juego civilizado de las mayorías y las minorías (pág. 18). En síntesis y
prescindiendo del tono mitologizante, cabría decir que el programa político del M-19
se inscribe en un proyecto autónomo y autóctono de construcción del Estado-nación.
También la palabra democracia resulta, en los labios del joven y apasionado
comandante Pizarro, impresionantemente multívoca. Es, por lo pronto, camino y fin,
procedimiento y valor. Sorprende la exactitud con que la noción de democracia adoptada
por el M-19 copia a Rousseau. El ideal "griego" de una democracia directa,
autogestionaria y de pequeños propietarios (págs. 18 y 25), y no el ideal de una
sociedad comunista, informa los sueños de la pequeña organización partisana liderada
por Pizarro, en consonancia con el ideal bolivariano recreado en la imaginación tropical
de Bateman. El ideal de una democracia autogestionaria es en Pizarro tan radical, que no
le hace concesiones a la idea del Estado como monopolio de la violencia ni siquiera
después que un nuevo pacto social haya creado las condiciones para la realización de la
justicia y de la libertad. Las "milicias populares", hoy caracterizadas como un
puente entre la organización militar propiamente dicha y el movimiento de masas (págs.
82-83), no están concebidas como una institución transitoria, sino como un ideal que
debe acompañar siempre a la vida democrática. La autogestión se transforma, así, de
manera inmediata, en autodefensa (págs. 23-24). Todo lo demás es dominación y
explotación.
El texto deja, de todas
maneras, entrever una curiosa tensión, acaso ineluctablemente propia de toda
organización militar de carácter irregular y con un bajo nivel de institucionalización.
Del relato puede inferirse cómo el M-19 se debate entre el caudillismo como
modalidad personalizada y autoritaria del ejercicio del poder y el esfuerzo por
articularse según formas democrático-partícipativas de la organización (págs. 45,
50-51). Si bien el comandante Pizarro trata de minimizar el valor de su propia imagen e
importancia dentro de la organización guerrillera, cuando se refiere a Bateman lo hace en
tono mitologizante. Bateman es presentado como un segundo Bolívar, profético y
visionario, capaz de congregar, con la alegría de su gesto y la versatilidad de sus
respuestas, a la totalidad de la nación. Acaso sea de veras difícil sobrevivir a la
soledad atormentada de la selva y a la cercanía incesante de la muerte sin rodearse de un
epos exorcisante de tan hondas carencias. La vida militar comporta muy
probablemente deformaciones en la percepción de la realidad política en la cual se está
inscrito y a la cual se quiere dar respuesta. Llama, en tal sentido, la atención el
carácter marcadamente confabulatorio que se le atribuye a la "oligarquía". Se
la describe una y otra vez como un verdadero conciliábulo obstinado en la defensa
egoísta de sus intereses y en la persecución minuciosamente planeada del M-19 y de la
guerrilla en general. En estos términos se interpretan, entre otros hechos, la ruptura de
la tregua durante el gobierno de Betancur y el drama lamentable del Palacio de Justicia.
En síntesis y prescindiendo de las pequeñas y grandes inconsistencias entre los
ideales y la práctica político-militar que se muestran en la existencia de una pequeña
organización guerrillera como es el M-19 a través de las palabras de su máximo
líder, una cosa parece estar clara: si el marco político-ideológico constituye de
veras una variable importante para la definición de la capacidad negociadora del M-19, el
diálogo con el gobierno debe ser posible. Este juicio quiere ser, a pesar de su tono
concluyente, una invitación a la lectura. El texto es, de todas maneras, tan retórico y
multívoco, que resiste muy seguramente mil lecturas diferentes.
IVAN OROZCO ABAD
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