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Boletín Cultural y Bibliográfico
, Número 19, Volumen
XXVI, 1989
Guerra santa
a las computadoras
Tras las rutas de Maqroll El Gaviero
Varios autores
Edición a cargo de Santiago Mutis Durán,
Proartes/ Revista Gradiva, Cali, 1988
Hay escritores que tienen una soberana mala suerte
con los editores a secas. Pienso de inmediato en Julio Ramón Ribeyro, a quien no sólo le
cambian los títulos de sus libros sino que incluso han llegado a identificarlo como un
conocidísimo dramaturgo africano (eso le ocurrió a una foto suya en una antología
universal).
El epígrafe de
Los emisarios
1
de Alvaro Mutis reza de la siguiente manera:
los emisarios que tocan a tu puerta,/tú mismo los llamaste y no
lo sabes.
Pero en el primer tomo de su Obra literaria
2
hay una errata magistral
que altera la belleza de esos versos atribuidos, por cierto, a un poeta sufí de
Córdoba a la par que les da un sentido distinto y peculiar:
Los emisores...
Ese sentido nos interesa porque los emisores han
ido tomando poquito a poco las páginas que en un momento pertenecían con exclusividad al
poeta. Mutis le cede la posta al Gaviero, y los comentadores traducen los
gestos de Maqroll para concluir que también son los de Mutis.
El libro que nos concierne es la continuación de
los dos tomos de Obra literaria y también del
volumen que inició la serie: Poesía y prosa
3
. Es más, varios de los
estudios en el presente libro amén del fragmento El último rostro, un
relato del autor provienen del segundo tomo de 1985. Y el poema de Enrique Molina, Crónica de un encuentro con Maqroll el Gaviero (pág.
11), ya integraba la edición de 1982. Estos y otros pormenores nos llevan a dividir
nuestra nota de lectura en dos partes, una dedicada a los problemas de la edición (a sus emisores, entonces) y la otra a comentar varias
ideas expuestas por Alvaro Mutis en las entrevistas.
1
En una antología titulada Poetas españoles poscontemporáneos, José Batlló
puso una nota aclaratoria que ahora nos servirá para demostrar cómo un editor está casi
obligado a
indicarle al lector cuáles son los criterios de selección o de lo que fuere.
La sinceridad de Batlló merece un aplauso y un voto de confianza:
Los
mecanismos y criterios por los que se ha llegado al proceso de selección y depuración
son más fáciles de precisa
r [...]
Se ha
seguido para ello una tradición democrática que tanto arraigo ha tenido siempre en
España y que, en los tiempos que corren, se ha revitalizado deforma espectacular: la
llamada designación a dedo
4
.
Aunque el editor de Tras las rutas de Maqroll El Gaviero no lo declare,
sospechamos que el sistema de Batlló ha sido también el suyo. No es un mal método, qué va. Pero tiene
inconvenientes: nunca sabremos 1) si la mayor parte de los artículos fueron solicitados
especialmente para este volumen, ya que no se indica fuente específica,
2) por qué algunos aparecidos ya en Obra
literaria fueron incorporados nuevamente, 3) por qué se ha incluido en varios
casos (E. García Aguilar, J. Jaramillo Escobar, A. Castañón) más de una nota o
artículo y 4) qué diablos hace aquí un ensayo
Lord Maqroll, de Louis
Panabiere escrito en punto francés. (¿O es que el director del Instituto Francés
de América Latina, en complicidad con el editor del libro, no ha querido traducirlo para
obligar de ese modo a los sufridos lectores a matricularse en una academia de enseñanza
de esa lengua?).
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Si el deber de todo escritor
revolucionario" habría añadido Isaak
Babel es escribir bien, el
deber de cualquier editor cuyo nombre aparezca más de tres veces en un libro (en la
cubierta, la falsa portada y las páginas 19,95,185,365, 369y380) es editar excelentemente
bien. Ello no sucede en este caso. Y es lamentable porque, de sumarse al simpático
diseño de la portada, la edición pudo ser exquisita. Pero en el libro hay errores que no
son los comunes deslices de la imprenta sino descuidos en general. Y los fieles seguidores
de la obra de Mutis hemos sufrido porque, lápiz en mano, a la vez que subrayábamos las
partes que nos atraían (fuesen de los artículos o de la voz impresa del poeta),
teníamos que corregir ortografía y poner puntos, comas y acentos.
En el rubro edición,
este libro arroja como resultado:
a) Erratas a pasto o a granel (como se prefiera).
b) Las fotos parecen
daguerrotipos y casi no llevan leyendas. Ahora bien, cuando sí las llevan véase la
pág. 308 nos topamos con que Hans Magnus
Enzensberger se ha transformado, por arte de birlibirloque, en Hans Magruns
Enyerberger. O la de la pág. 373, que dice nada más:
...y con Fernando
López (estafrase, ¿de dónde viene, por favor?).
c) La bibliografía de y sobre Alvaro Mutis es
utilísima, aunque Ariel Castillo, el autor de la misma, reconozca su carácter
provisional y que en varios casos los datos están incompletos (pág.
385).
II
La parte más jugosa del libro la
constituyen las declaraciones del propio Alvaro Mutis. Algunas entrevistas son regularonas
(por las preguntas de los entrevistadores) pero todas se salvan (por las respuestas del
entrevistado). Al respecto sería interesante detenernos en unos cuantos puntos. Que sea
el primero la memoria.
No es casual que los escritores del setenta hayan
sido los más sensibles a la pérdida de una despensa de autores (Salgan, Verne, K. May,
Dumas, etc.) que formaban el imaginario que en los dos últimos decenios han ido
modificando, con alegría y ferocidad, la televisión, los videocasetes y las
computadoras. Con esa generación, la de los nacidos a fines de los cuarenta y de los
cincuenta, parece concluir un tipo de aprendizaje hogareño y escolar ligado a ciertas
lecturas, tópicos y canciones. No creo que se enseñe ya más en las escuelás la tabla
de multiplicar cantando a coro las operaciones y las cifras finales. Dudo que los nuevos
infantes aprendan sus mataperradas en las ediciones para idem de Tom Sawyer o Robin Hood.
Y con esto no quiero decir que una enseñanza
sea mejor o peor. Hablo de un corte y punto. Probablemente sea la generación del setenta
la que, de alguna manera pueda todavía disfrutar las innumerables referencias literarias
que esgrime don Alvaro en un paseo encantador por su biblioteca personal de autores
favoritos. En la entrevista de Eduardo García Aguilar, Viaje al mundo de la novela
con Alvaro Mutis (págs. 333-364), puede uno entender de qué manera las lecturas de
la infancia y adolescencia son determinantes en un escritor. Y en la entrevista de Gonzalo
Valdés Medellín Crónica Regia (págs. 321-331), hallamos la queja del
poeta:
Enestemundoindustrializado,
homogenizado, en este mundo donde cada vez los hombres se parecen más los unos a los
otros cosa que me parece aterradora, en este mundo, ya la poesía es un
milagro extrañísimo. Siento que vamos hacia una atmósfera y una solución donde la
poesía será cada vez más marginal y estará fuera de la rutina de los hombres y de las
computadoras que ya se están confundiendo. Ya no sabe uno dónde hay hombres y dónde
computadoras.
[pág. 328].
Unas reflexiones de Darío Jaramillo Agudebo
conllevan la misma carga de escepticismo, pero aliviada un tanto por la ironía. Vale la
pena recordarlas:
Hoy en
día se publican más libros de versos que nunca. Se trata, pues, de una afición, como la
filatelia, como el esperanto, de un grupo muy limitado y en relativa expansión de
personas que a la vez son poetas y con
s
umidores de poesía. Puede decirse que en Colombia,
si alguien está leyendo un libro o una revista de poemas, es que es poeta; las únicas
excepciones son: que sea profesor o que esté haciendo una tarea para clase de
literatura
5
.
¿Significa esto que el panorama
es apocalíptico y que la guerra santa a las computadoras (no a su eficacia, sino a lo que ésta ha
ocasionado en una manera ¿anacrónica?de imaginar) se justifica? Más bien se
trata de datos tristes para los que aprendieron a sentir el mundo y las palabras de una
forma que no es la de hoy ni será la de mañana. ¿Será esta la razón por la que el
bolero y el tango recuperan una popularidad o entran, por ejemplo, en el mundo académico!
¿O acaso porque precisamente están ya en vías de extinción? (¿Quiénes serán los
últimos en recordar de memoria las fábulas de Samaniego intercaladas en las secciones
del Tesoro de lajuventu
d?
).
Borges confesaba que él era el único que podía
reproducir el tono de voz de Macedonio Fernández. Para mediados del siglo XXI, ¿quiénes
encarnarán las memorias vivientes y el anecdotario de los clásicos de este tiempo?
Este punto nos lleva al segundo, que es el espacio de la escritura. Mutis y éste sí es
un tópico insiste en que no escribe todos los días y que, más bien, trata de
no escribir (pág. 263). Sin embargo, conocemos sus hábitos y manías:
Trabajo en
la Columbia Pictures como gerente para la
América Latina. Es una labor que me permite disponer del tiempo suficiente para escribir
durante los viajes. Como viajo constantemente, la mayoría de mis trabajos los voy
escribiendo y apuntando en hoteles, en las salas de
espera de los aeropuertos y en los aviones mismos;
creo que en esos lugares he escrito por lo menos tres libros
[pág. 322].
De esos espacios privilegiados
hoteles, salas, aviones podría el lector de la poesía de Alvaro Mutis
intuir, aunque no comprobar, por qué sus palabras tienen esa obsesión con el instante
poético la llamarada del sentido y la inexorable búsqueda del lugar
primordial, que el poeta sitúa en Coello. El relato de Alvaro Castaño es preciso:
Me d
ij
o: Quiero hacer una aventura riesgosa: recorrer los
pasos de la infancia. Y nos fuimos para Ibagué, estuvimos en El Círculo, el famoso club
de la ciudad, nos lanzamos a Coello, a lo que Mutis pensaba que eran los despojos de la
finca paterna, y no había tal, todo estaba intacto. El creía que no era así. Tocayo,
vamos a enfrentamos al tiempo, al fenómeno del tiempo que discurre hacia la muerte; si no
encuentro nada tengo que suicidarme. La casa quedaba acá, con mi hermano Leopoldo íbamos
por un senderito. En aquella esquina debe haber un árbol que producía unos aguacates
espectaculares. Si está ahí, nos salvamos. Y estaba. Más allá tienen que aparecer unos
bejucos con los cuales atravesábamos con mi hermano hasta el otro lado del río. Y
estaban los bejucos. Alvaro empezó a dar de alaridos. Y llegamos a la cascada [pág.
374].
Lo apasionante de esta crónica del lugar
primordial, relacionada metafónicamente con los espacios de tránsito, nos ayuda a
entender la angustia de esas dos pérdidas: la del súbito resplandor del lenguaje que
apenas llega se va y la del refugio en ruinas. Pero más apasionante aún es constatar la
devoción que siente Mutis por un poeta como Neruda, que era un viajero impenitente (a
veces forzado por las circunstancias) pero al que uno siempre termina asociando a la mesa
de trabajo en Isla Negra, con el mar casi a los pies. De Neruda recoge Mutis una frase y
la acondiciona de diversas maneras:
Respecto a mi
poesía, opino lo mismo que Pablo Neruda: Mis
criaturas nacen de un largo rechazo [pág. 243].
Acuérdate de ese verso de Neruda: Dios me
libre de inventar cosas cuando estoy cantando
".
Y otro espléndido: Mis criaturas nacen de un
largo rechazo
"
[pág. 260].
Como
d
ij
o Neruda, Dios me libre de inventar cuando estoy
cantando
[pág. 287].
Recordemos
el gran verso de Neruda: Dios me libre de inventar cosas cuando estoy cantando
Esa, para mí, es una regla. Y
la otra, también de Neruda, es:
Mis criaturas nacen de un largo rechazo
".
Yo trabajo, dialogo, lucho, brego con mis
personajes, con mis gentes y con mis visiones [pág. 307].
¿En qué consiste esta coincidencia? ¿Tal vez en
la celebración de la espontaneidad? Ese conjuro dama estar cantando. Pero si
la improvisación no tiene nada que ver ni con Neruda ni con Mutis, la chispa inicial
antecede a la compleja y paciente dinámica de la escritura. Es lo que unos llaman inspiración y otros acontecer. En fin. Lo que podríamos decir, en el
caso de Mutis, es que las palabras se desencadenarían a causa de una velada
confrontación del espacio de tránsito con esa llamarada verbal que de súbito larga su
arañazo. El lenguaje restante, el que viene después y cuesta sudor y papeles y papeles,
trataría de asir, infructuosamente, ese choque íntimo. Intentaría hasta donde le
es posible al poeta revelarlo, nombrándolo una y otra vez.
Esa coincidencia también arrojaría luz acerca de
cómo una poesía del instante puede tender, con frecuencia, a la expansión. Diría,
pues, que el versículo de Mutis y la amplitud de sus estrofas tienen que ver con la
ordenación inconsciente de ese espacio, así como uno de sus maestros, Honorato de
Balzac, se detenía varias páginas en la descripción de los objetos de una habitación.
Y el aposento de Mutis, a falta de Coello y sometido a la transitoriedad, es el lenguaje
donde se hospeda con sus poemas.
El tercer y último punto es lo sagrado. Podría decirse que Mutis es creyente por
la gracia de su oficio y constante trato con las palabras. Esta idea la del
oficiante laico es afín a las de Octavio Paz y uno de los rasgos de la poesía
moderna. Sin embargo, Mutis prefiere hacer de la fe poética una paradoja de valor
material. Así, ver a Dios será el último poema de una caravana instantánea y
vertiginosa (pág. 249). Y en otro momento explica: Yo no creo en Dios ni
nada, pero antes de morir hay que saber bien las cosas:
soy católico y de Coello
(pág. 289). Esta nueva revelación del lugar de origen (la hacienda de la infancia como
fuente o, mejor, cascada de la poesía) se anuda simbólicamente a la pasión por la
música (el sonido que no puede comprimirse en el espacio, pero al que el oyente volverá
con
insistencia). Y por ahí se cuela lo numinoso:
Para mi por lo menos, y para muchos de mis amigos, la
m
ú
sica es tan necesaria como la sangre y como el aire.
La música es el más sabio de los inventos que haya conseguido el hombr
e
[...]
Lo
considero también para alguien que tenga un sentido, como lo tengo yo, de lo
místico y de lo religioso la más alta oración que el hombre pueda hacer. Eso es
la música.
[pág. 327].
La música, irreductible a conceptos, ocupa
amigablemente el centro de todas las imágenes auditivas. Y el sopio que revobotea por los
oídos empieza pero no termina en los hoteles, las salas de espera y los aviones.
Melodías de palabras en la punta de la lengua.
EDGAR OHARA
1
Alvaro
Mutis, Los emisarios. México, Fondo de Cultura
Económica, 1984. (regresar1)
2 Alvaro Mutis, Obra literaria
. t.
1: Poesía
(1947-1985). Bogotá, Procultura, 1985, pág. 133. (regresar2)
3
Alvaro Mutis, Poesía y prosa,
Bogotá,
Biblioteca Básica Colombiana, 1982. (regresar3)
4 José Batlió,
(ed.), Poetas espaífolesposcon, tempordneas, Barcelona, El
Bardo, 1974, pág. 8. (regresar4)
5
Fernando Ayala Poveda, Darío Jaramillo.
El silencio es música y el tuyo es
el ritmo,
Bogotá, Centro Colombo-Americano, 1983,
pág. 27.
(regresar5)
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