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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
Femina suite:
sortilegio del verbo
Juego de damas
Rafael Humberto Moreno- Durán
1
a.edición:
Seix Barral, Barcelona, 1977;
2a. edición: Tercer Mundo, Bogotá, 1988
El toque de diana
Rafael Humberto Moreno-Durán
1a.
edición: Montesinos, Barcelona, 1981;
2a. edición: Tercer Mundo, Bogotá, 1988
Fina
l
e capriccioso con Madonna
Rafael Humberto Moreno Durán
1
a.edición:
Montesinos, Barcelona, 1983;
2a. edición: Tercer Mundo, Bogotá, 1988
Puestas en las manos dos vidas extraordinarias,
las de Goethe y Rousseau, un estudioso podría trazar pautas diferentes de realización
del genio. Una temprana revelación del destino otorga a la vida de Goethe una singular gracia. No exento, por supuesto, de tensiones, el
talento de Goethe se recrea en sucesivas trasmutaciones con un acuerdo pluscuamperfecto
entre su voluntad y el curso que le aconsejan los astros.
El derrotero de la vida de Rousseau es tortuoso.
Como gran jugador, apuesta a múltiples cartas antes de hallar el comodín que le
manifiesta su destino, ya más allá de la mitad del camino de su vida. En su caso, fue
precisa la iluminación del camino de Damasco. Símbolo no casual, la revelación ocurrió
cerca de una prisión, y a la sombra de un árbol, a la vera del camino. Su destino puede
calificarse como ingenuo, en la acepción más
genuina y virtuosa del término.
La comparación viene a cuento para indicar que la
afinidad no oculta de Rafael Humberto Moreno-Durán por el maestro alemán, es de verdad
electiva. Quienes lo conocimos en su prehistoria literaria, en aquellos años
universitarios coincidentes en cambios orbitales, 1968, 1969, podemos atestiguar que en su
caso el libro y el verbo eran ya, más que su vocación, su oficio.
Atenerse a esa
pronta manifestación de su destino, contra todo aquello que pudiera alterarlo en la menor
línea, ha sido una constante de esa cualidad de perseverancia que el mismo maestro
alemán calificaba como coincidencia del regalo de los dioses con la voluntad y libertad
del hombre. Quienes hoy se ocupan de admirar, o de envidiar, el éxito del autor no
debieran olvidar lo que calla el cantor: que su obra es el resultado de muchos abandonos y
separaciones:
país,
carrera, amigos, amores, cargos, política, todo aquello que pudiera entorpecer la
escritura fue dejado de lado, con esa engañosa promesa de un dilatado premio.
La reedición de su trilogía en Colombia podría
servir como testimonio de que la consagración a la cultura no pasa en vano. Ella debe
ser, sin embargo, el mero preámbulo de una lectura atenta que nos invita a reconocernos
en la posibilidad de ser universales, pues es la propia sustancia nacional, contrahecha y
ridícula en muchas superficies, la que se ha elevado en la novelística de R. H.
Moreno-Durán al plano del sortilegio del verbo.
Femina
suite,
trilogía que
inicia una fecunda obra, revela una madurez sorprendente. Juego de damas (1969-
1973), Eltoquede diana(1977-1978), y Finale capriccioso con madonna (1979-1982) fueron
escritas en un ciclo de juventud, para muchos escritores apenas un umbral de
confirmación.
En esta triple aventura de lo verosímil, el
cuerpo narrativo denuncia de principio a fin un talento excepcional. Hay en ella una rara
libertad, una fruición exquisita con la lengua, el placer de crear, el delirio por el
juego y por el humor.
Tanta propiedad ajena al medio hace superflua la
indagación por influencias locales. No hay cordón umbilical visible. Ni muletas, ni
padrinazgos. La obra se basta a sí misma con provocadora suficiencia. No es espejo, eco,
o epígono de otra escritura que no sea la universal, recreada por un espíritu desafecto
a reverencias, intrépido, presto a la comedia o a la parodia de la vacua solemnidad
doméstica.
Una graciosa conciencia sobre su vocación y
destino sugirió al autor insertar en algunas puntadas de la trama, a modo de advertencia
al lector, ciertas alusiones díscolas a quien era el único maestro de la literatura
colombiana. Con la elegancia del espejo de ficciones, el autor colocó ciertos mojones
para salvar su narrativa de comparaciones engañosas, e indicar, contra la norma de
minusvalía, que en su escritura había dueño y señor.
Pero este gesto
literario es apenas una seña de la madurez de la trilogía. Una certidumbre sobre el
dominio que el creador ha logrado de la lectura le confiere al autor la seguridad para
avanzar estos gestos. El novelista es, a la vez, ensayista y crítico, con lo cual
certifica su osadía. Así lo comprobó en el libro De
la barbarie a
la
imaginación: la experiencia leída
(Tusquets,
Barcelona, 1976; segunda edición corregida y aumentada, publicada por Tercer Mundo,
Bogotá, 1988), escrito entre novela y novela. Autor y lector forman en R. H.
Moreno-Durán una especie de Uroboros que se recrea en sucesivas consumaciones. La
experiencia se ha consubstanciado en el recíproco arte de leer y escribir.
Esta doble faz trasmite a la trilogía una marca
de bien fundado orgullo, muy distante de esa supuesta vanidad que le endilgan quienes
suelen acudir al jibarismo criollo, esa ancestral técnica de reducir cabezas, e ideas, a
mínimas y usuales proporciones. Hasta donde este lector puede precisar, las tres novelas
se alejan bastante de ese sesgo autobiográfico que suele anunciar al escritor que
comienza, aun en casos como los de Joyce, Thomas Mann o Musil.
La interposición entre el autor y la obra de una
figura ficticia, Monsalve, elogiado por algunos personajes, zarandeado por muchos,
representa algo así como una sutil salida de escena del creador, con el ingrediente de
esa picardía del pintor que deja en el marco algunas evocaciones de sí mismo, de modo
que sugieran su obsesión por hacerse uno con la obra que, concluida, pertenece al dominio
de lo público, es decir, de lo impersonal.
Gracias a esta medición, el autor se ha puesto a
salvo de una ingenua confusión entre experiencia y obra, y ha reservado el relato de
aquella para una narrativa de otro corte, La augusta
sílaba, trabajo en progreso del cual han aparecido extraordinarios capítulos.
Ya en la ficción, Monsalve es el único personaje
cuyas peripecias recorren con reiteración los tres cuadros. El único, sin embargo, que
no aparece más que en boca de los otros, o, con más frecuencia, de las otras, las damas
mentales y carnales que son el verdadero sujeto activo y pasivo del conjunto, la mujer
como protagonista por acción u omisión. Para abundar en los símbolos y en las
comparaciones, Monsalve es como esa trinidad que está en todas partes, sin ser visible en
ninguna.
Monsalve actúa como demiurgo en la trama. Deus ex machina, el lector es advertido por los
personajes sobre su incansable actividad, material y mental. Autor prolífico, urde buena
parte de la trama con sus inventivas y especulaciones.
En Juego de
damas es reflejado como el escritor de El manual
de la mujer pública, deliciosa pieza que describe esa dramática pirámide o
jerarquía de meninas, mandarinas y matriarcas en la que Constanza Gallegos explora su
justificación ideal, hasta ser decepcionada por una cópula imperfecta que reduce a polvo
una conspiración.
En El toque
de diana se deja saber que Monsalve es quien propone El paralelo de las fuerzas vivas, hipótesis que
hermana a la mujer y al ejército en un sólo cuerpo, como no sin cierta resistencia lo
comprueba el protagonista, un mayor en situación de doble retiro.
En Finale
capriccioso con madonna, Monsalve es responsable de una severa réplica a unos Protocolos de las damas de Urbión, parodia de
otros protocolos. Monsalve sale en defensa de ciertas damas mentales, agrupadas en una de
las tantas logias o círculos en que se reparten las damas del país. Es, además, autor
de una fallida pieza de teatro, Zacarías, cuya
actriz principal, Laura, aparece como el lauro que el protagonista, un arquitecto, se
imagina como premio a la resolución del misterio de su vida, mientras asciende por una
escalera de caracol y repasa, arquitecto al fin y al cabo, la equivalencia de casa, cuerpo
y cultura.
Como una caja de milagros y sorpresas, esta
ficción dentro de la ficción eleva a alta potencia lo imaginario verosímil. En la
trilogía, la presente ausencia del creador, Monsalve, puesto por el creador,
Moreno-Durán, es paralela al protagonismo de la mujer, que, como la rosa, es arquetipo
(ese eterno femenino) en la pluralidad de sus nombres e individuaciones. Pero mujer hecha
y derecha, como dicen, o de cuerpo entero, o sea: con esa maliciosa ambigüedad de ser
carnal cuando se piensa mental, o de ser metáfora cuando se revela corporal.
Estas
ambigüedades de lo ideal y lo material, este doble juego de creación y de recreación,
de libro en el libro, de ficción de ficciones, confieren una atmósfera muy singular a la
trilogía. En el fundamento de la narrativa sc presupone cierta actitud de realismo
conceptual, a la cual debe ser inherente cierto pesimismo sobre todo lo que se considere
ontológico o existente fuera de esa máquina de espejos que puede llamarse arquetipo,
idea o mito. El mundo como representación. El alfabeto diseñado desde el principio que
contiene en sí todos los libros y seres, que sise creen entes son mero eco, copia o
sueño extraviado.
Es lo que sucede con los personajes. Constanza se
figura como reencarnación de Hegel, émula de Mata Han o reviviscencia de Pentesilca. El
Mayor, escindido de sus afectos, se mimetiza con su biblioteca para aparecer como un
Clausewitz o reeditar el mito de la cazadora. El arquitecto de la tercera novela parece
simular, en su ascenso por la escala, el mito originario de la reconciliación de cielo y
tierra.
Impulso a la unidad en la idea, desdoblamiento de
lo uno, reconciliación de lo uno en lo otro se suceden como el verdadero logos de Femina suite.
Si se quiere, la
dimensión de tragedia, muy presente en la trilogía, está contenida en ese artificio que
ingenia el creador con el Dramatis personae de
su obra, esa abigarrada polaridad de carnales y mentales que se devoran entre sí en un
irresoluto contrapunto de ideas y de deseos y que son, como lo humano, expresión de
especie dividida, el punto focal donde los tres espejos, el tríptico, se reflejan. Es
ésta
otra forma de expresar lo que Walter Benjamin figuraba del novelista: alguien que en la
fogata dispone a los personajes como leños, sostenidos los unos en los otros, y atiza el
fuego hasta que el tiempo los consume.
Pero esta tensión dramática está muy bien
acompasada y equilibrada con una permanente distensión cómica. Sístole y diástole, la
pulsión mental y la carnal, el acento trágico y el énfasis cómico se relevan a
compás, en péndulo lo fasto y lo nefasto, lo sublime y lo ridículo.
Para expresarlo de otra forma, la actitud de
pesimismo y de realismo conceptual que capta la existencia, y en particular este remedo de
existencia nacional, como una vil réplica de arquetipos o de esos infinitos mundos
posibles, está equilibrada con sabiduría por una extraordinaria vocación nominalista
que devuelve a cada ser su individualidad y al conjunto su derecho a existir con
autonomía, y los expresa con fabuloso uso de los cinco sentidos.
Esta expresión no es mera metáfora. La pericia
del escritor hace de la trama un cuadro (en especial, en El toque de diana), una forma arquitectónica (Finale capriccioso con madonna), una serie dc
guiones dentro de una cinta que se sucede en la espesura del salón y de la noche (Juego de damas). Los espacios, salón,
dormitorio, casa constituyen, como en la estricta observancia de una ópera de Wagner,
referencias simbólicas, sin que pierdan para nada su connotación intrínseca como
parafernalia.
A lo visual en sus múltiples manifestaciones se
añade una rica partitura, abigarrada y ecléctica en la primera novela, reducida a
fanfarrias y marchas en la segunda, limitada a una Flauta
encantada que llama desde lo alto en la última novela de la trilogía. Cada nota,
cada sonido, cada canción, válidos en sí mismos, ganan valor añadido como alusiones.
Olfato, tacto,
gusto, por supuesto, son otros tantos puntos de entrada en los que se entrecruza siempre
ese doblejuego de referencias al cuerpo y a la cultura. La sexualidad manifiesta en su
esplendores también una construcción mental, como en aquellas escenas de Finale capriccioso con
madonna
que
cierran el ciclo con la imagen de un reloj formado por tres cuerpos, metáfora que al
mismo tiempo, por gracia del sutil ingenio resuelto en polisemia, viene a ser una
parábola de la propia Femina suite.
A propósito del reloj, el examen del tiempo, ese
sentido interior, merecería un tratamiento especial por parte de la crítica, dada la
riqueza de connotaciones que adquiere en la trilogía. Por lo pronto, baste llamar la
atención sobre esa alternación de sincronismo y diacronismo en los planos de
construcción de la trama que acompaña a esa continua diapasón de ritmos trágicos y
cómicos, que forman una ambivalencia permanente.
De todo lo anterior resulta una sensualidad
exquisita e indómita que ilumina toda la obra y le otorga un naturalismo soberbio en su
capacidad de engaño, bajo el cual se ejerce una rica cascada de metáforas y paráfrasis.
De esta manera, el conjunto de las tres novelas resulta ser un juego de espejos y de
parodias, expresado con humor y comicidad inigualables, que admite muchísimas lecturas e
interpretaciones.
Esta riqueza de sentidos, que en la trilogía
avanza como espiral, es el legado que el escritor se reserva a sí mismo para el curso
siguiente de su narrativa, en un nuevo ciclo que, iniciado con Metropolitanas (Montesinos, Bercelona, 1986) y con Los felinos del canciller (Destino, Barcelona,
1987), responde a la impronta de una escritura transeúnte, como el mismo
autor la ha denominado en un capítulo de La augusta
sílaba, titulado Los motivos del Halcón Peregrino.
Un comentario sobre esta nueva aventura nos
llevaría ya demasiado lejos de esta apretada reseña, que quiere ser una invitación al
lector. Resta decir que quienes valoramos su obra quedamos a la expectativa de lo que
será la próxima novela del creador, El Caballero
de La Invicta, nombre que encierra, como ha confesado el autor, el secreto mejor
guardado del mundo. La perseverancia del escritor reclama de sus lectores una
equivalente paciencia.
GABRIEL ADOLFO RESTREPO
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