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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
Didactismo y juego
Colombia,
mi abuelo y yo
Pilar Lozano
Círculo de Lectores, Bogotá, 1987, 112 págs.
Ilustraciones de Olga Cuéllar
Las cosas de la casa
Celso Román
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1988,
81 págs. Ilustraciones de Nancy Friedemann
Las mesas, las sillas, los bombillos y las tejas
desfilan por Las cosas de la casa de Celso
Román. Los más perdidos pueblos del país y la vía láctea, por Colombia, mi abuelo y yo de Pilar Lozano. Ambos
autores idean convenciones dentro de las cuales situar un mundo concreto que, gracias a
ellas, cobra nuevo sentido para el lector. Los objetos inanimados que nos rodean y los
fenónemos naturales que condicionan nuestro hábitat son transformados por estos
escritores, quienes los pasan por el filtro de una lógica lúdica y animista. En
consecuencia, el lector se halla ante un cosmos viviente que le habla y se relaciona con
él de manera mágica. Un cosmos que ha dejado de serle ajeno, que abandona su anonimato y
su función meramente utilitaria y que se instituye como un universo íntimamente ligado a
la actividad diaria y a la fantasía del ser humano.
El público potencial de las
obras es el infantil, y dentro de este género ellas siguen la línea didáctica. Son
libros de explicaciones y, sin embargo, sus explicaciones burlan la lógica racional
en el caso de Román y la densa acumulación de datos en el de
Lozano. Los niños son introducidos en un contexto que les es familiar pero tal vez
indiferente: el proceso de lectura hará que poco a poco éste se torne accesible e
interesante.
Si hay didactismo en sus obras, Pilar y Celso han
llevado este rasgo, común a tantos libros de literatura infantil, hacia una nueva
dimensión. Se apartan de los áridos esquemas académicos y positivistas, para así
explotar un potencial creativo que la educación y la edad adulta terminan por limitar.
Acuden, pues, a mecanismos que estimulen la capacidad asociativa e imaginativa de su
público.
Por este camino llegarán los niños a hechos que
antes ignoraban. En Las cosas de la casa, por
ejemplo, aprenderán la diferencia que existe entre las alfombras y los tapetes. Quizá
nadie lo haya notado, pero el origen de los últimos está en los musgos, en tanto que las
alfombras, por tener otra procedencia, vuelan. ¿Cómo es que los científicos no lo
habían descubierto?
También es posible que nadie haya reparado en el
color de las estrellas:
por lo menos el nieto de Papa Sesé (en Colombia, mi abuelo...) no lo había hecho. Pero
allí está el viejo para contarle cómo, a medida que envejecen
porque sucede
igual en los astros que en los hombres, estos cuerpos luminosos van del azul al
amarillo y al rojo; cuando su muerte se avecina, se vuelven negros o blancos.
Ninguno de estos dos libros es un cuento infantil
con el clásico esquema del héroe que vence obstáculos para alcanzar una mcta; tampoco
son fábulas donde el animismo desemboca en la moraleja trillada. El de Pilar Lozano es
una geografia historiada; el de Celso Román, una serie de breves textos en prosa donde se
narra el secreto origen de las cosas. Y cada uno de ellos conserva el sello de la obra
anterior de sus autores.
Un sello que en la trayectoria de
Pilar Lozano lo imprimen Socaire (de
publicación anterior) y su carrera periodística. Creo que de no ser por mi trabajo
no habría llegado a la literatura, afirma la autora. Tanto su primera obra de
literatura infantil como la más reciente, editada por Círculo de Lectores, son producto
de sus correrías por el país, como reportera. Durante varios años (del 76 al 82)
realizó una serie de artículos para la revista Diners, titulada Las puntas de
Colombia. Cámara y libreta en mano visitó lugares que ni siquiera figuraban en los
mapas del Instituto Agustín Codazzi. De allí vienen sus dos libros hasta ahora
publicados y otro de próxima aparición: La
estrella que le perdió el miedo a la noche.
Hay cosas que el lenguaje o los objetivos del
periodismo no permiten decir. Hechos que tocan la sensibilidad de la reportera y que, sin
embargo, no sabe cómo incluir en sus artículos:
ya porque no son pertinentes, ya porque
tienen que ver con la experiencia vivida. Así le ocurrió cuando viajó en un barco
oceanográfico por el Atlántico y, deslumbrada ante la maravilla de este laboratorio
móvil, imaginó lo que sentiría un niño al recorrerlo. Pero ningún niño tiene la
oportunidad de hacerlo: no se permite que los menores los aborden. Entonces Pilar tuvo que
inventar a la
Socaire tamaño de fríjol, quien logró violar la prohibición y viajar en
un barco como aquél, oculta en la oreja de su amigo el Capitán Loco.
¿Y qué decir de todo aquello
que vio en sus viajes a Taroa, en la alta Guajira, o a Boi-Aua-Suu, en la frontera con el
Perú? Los datos objetivos y la crónica fueron a dar a Diners; las sensaciones, las
impresiones subjetivas y el tono conversacional, a los oídos de su hijo Juan Salvador.
Pero también nosotros nos hacemos sus interlocutores en Colombia, mi abuelo y
yo.
Esta obra sigue una propuesta análoga a la
realizada por una editorial venezolana. La de una geografía que, aunque no está
destinada específicamente al uso escolar, aporta, de manera literaria y divertida,
conocimientos que los estudiantes olvidan luego de adquirirlos en sus densos y poco
atractivos libros de texto. El universo y Colombia cobran escala humana o,
mejor, la escala de la gente menuda, en las manos de esta escritora; algo similar a lo que
hace Amparo Angel en Cristóbal Colón para los
niños (Editorial Printer Limitada, 1987).
Pilar ingenia formas para
distribuir la información, logrando captar el interés del lector e incitándolo a seguir
las peripecias de los viajes de Papa Sesé (los suyos) y la manera como su nieto las
escucha y asimila. Los datos se vuelven pretexto para el juego, y éste se constituye en
medio de aprendizaje: Adivina, dice el abuelo, ¿cuántas veces cabe Colombia en los
países más grandes?. Tras observar un viejo atlas sobre el que hace cálculos, el
niño reflexiona: No somos ni grandes ni chiquitos. Colombia cabe en los Estados
Unidos 8 veces; en la Unión Soviética 19
[...]
En
cambio Ecuador cabe 4 veces en Colombia (Colombia,
mi abuelo, pág. 28).
Son diversos los medios de que se
vale la autora para que el mundo sea aprehensible. Incluye historias que tal vez el medio
escolar pase por alto, pero que a todo colombiano le interesan: ¿cómo viven los niños
en el Amazonas?, ¿cuántas lenguas se hablan en la selva? Inscribe la información en un
contexto personal: el nieto vio el cometa Halley en 1986 y conoce diversos pueblos en las
fotografías del abuelo. Y, además, acierta en dos aspectos fundamentales para que sus
lectores comprendan lo que leen:
emplea un lenguaje sencillo,
gráfico y humorístico, y maneja asociaciones fácilmente asimilables. Las islas del
Caribe son moronas de tierra colombiana desperdigadas en el mar; Galileo y
Copérnico fueron esculcadores del firmamento. Para que se entienda qué tan
cerca está Venus del sol, explica que, si sobre el planeta se colocara un soldadito de
plomo, éste se derretiría; para que su público capte cuál es la velocidad de rotación
de la tierra (27 km/ mm), la compara con el espacio que recorre un auto de carreras que va
a 300 km por hora (5 km/mm).
La sociedad Lozano (texto)-Cuéllar
(ilustración), que se estableciera en Socaire, sigue
funcionando de manera efectiva en esta geografía. Ahora Olga Cuéllar se lanza al color
(excelente) y a dibujos de mayores dimensiones, con muy buen resultado. Si bien parte del
texto, la ilustradora lo interpreta y lo cuenta con su propio lenguaje. Le imprime
movimiento, gracia y, sobre todo, mucha creatividad.
Ecos de otras obras de Celso
Román se escuchan en Las cosas de la casa. Esa
interrelación entre todos los seres de la naturaleza a partir de la cual se erige la
ficción de Los amigos del hombre (1986) y de El maravilloso viaje de Rosendo Bucurú (1988)
alcanza las páginas de este libro. El animismo que se mencionó al principio de la
reseña, predomina en ellas. Pero también hay variantes acá: una nueva forma de
acercarse al público joven. Abandonando el relato de aventuras,
el escritor incursiona
en la redacción de textos que, aunque unidos por una temática común (los objetos
domésticos), pueden leerse independientemente. Son escritos que fusionan el cuento corto
con una prosa poética que caracteriza el tono narrativo de sus libros anteriores.
Quizá la frase que con mayor exactitud resume la
naturaleza, de esta publicación, es la que se refiere a los tiempos del amanecer de
la humanidad, cuando el mundo era a la vez verdadero y mágico(Las cosas, pág. 48). A ellos se remonta el autor para
trasladarlos al presente. Para que sepamos que si hoy las lámparas de pie, los muebles de
la sala y las almohadas son parte de la inanimada colección de cosas que nos rodean, hace
milenios no fue así. Lo que sucede es que el hombre ha logrado imitar artificialmente las
formas de la naturaleza. Consiguió fabricar tejas que en el pasado eran tímidas y
pesadas aves migratorias; se dedicó a la producción del vidrio y olvidó a las mariposas
de alas transparentes que antes se posaban en los huecos que se abrían en las paredes; se
aplicó a la invención de la luz para suplir la función que desempeñaban los frutos del
árbol del totumo-luciérnaga.
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En Las cosas
de la casa, se les atribuye una genealogía mítica a los objetos domésticos, jugando
con datos reales e imaginarios. Los incas, los griegos, los mongoles y el Gran Kan
departen con los recipientes que originalmente crecían en los árboles de vidrio y con
las chapas que pertenecieron a la especie de los perros guardianes y las garrapatas.
El didactismo apunta hacia lo
irreal, hacia la ruptura de los esquemas racionales, valiéndose de relatos aparentemente
lógicos. Y es que la literatura es el medio por el cual se da
veracidad y concreción a
lo virtual. Ella vuelve posible lo imposible con el propósito de acabar con la manía que
tienen los sabios y los profesores, de meter todo en casillas, en cajones separados
debidamente marcados y rotulados, poniéndole límites a las cosas y de paso a la
imaginación (Las cosas, pág. 27).
En Román la ficción corre parejas con el
discurso ideológico. El autor no abandona en esta obra su tendencia a subrayar
determinadas posiciones frente al presente. Si el mundo ya no es mágico, es porque la
humanidad lo ha desprovisto de encanto. Las tejas ya no vuelan por la congestión del
tráfico aéreo y la contaminación; los falsos ladrillos se obtienen gracias a la
explotación de quienes trabajan en los chircales; las puertas se dividen en dos tipos:
las de entrada (logradas con la técnica de la perspectiva renacentista) y las de salida
(esas que se abren cuando en una nación cae un tirano y los recluidos en prisión
recuperan la libertad).
Me pregunto qué tan accesibles son estos textos
para los jóvenes. Su calidad es indudable, pero su vocabulario complicado. Su lógica
bastante elaborada, y su propuesta una ruptura con el cuento tradicional: no hay la
tensión a la que están acostumbrados niños y adolescentes, sino la distensión que
genera el lenguaje poético. A aquéllos los atrae más la acción que la reflexión y la
contemplación estética. Es un libro bello y exigente que tal vez (ojalá) cree un nuevo
tipo de lectores.
Las ilustraciones de Nancy
Fríedemann, que lo acompañan, recibieron el primer premio otorgado por la Asociación
Colombiana del Libro Juvenil e Infantil. Son una explosión de color y el resultado de una
cuidadosa técnica que revela la trayectoria
de su autora, quien figuró, entre otras
exposiciones, en la 1 Bienal del Museo de Arte Moderno (Bogotá, 1988). Estas
ilustraciones invitan a detenerse en ellas como expresión de las tendencias pictóricas
modernas.
Las ediciones de Colombia, mi abuelo y yo y de Las cosas de la casa son impecables. De un formato,
un tipo de letra y un colorido que las hacen atractivas a los ojos de sus jóvenes
lectores, hacia quienes la industria editorial dirige, ahora más que antes, muchos de sus
libros.
ALICIA
FAJARDO
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