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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
Del periódico al libro
Historia de Antioquia
Director general, Jorge Orlando Melo
Suramericana de Seguros, Bogotá, 1988,
544 págs., bibliografía,
índices
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La Historia de Antioquía, editada por la Suramericana
de Seguros, es un hito en la historiografía del país. Publicada originalmente en treinta
y cuatro fascículos que aparecieron semanalmente como suplementos del periódico El
Colombiano de Medellín entre el 15 de julio de 1987 y el 2 de marzo de 1988, tal vez
ninguna obra de esta envergadura científica haya alcanzado una difusión instantánea tan
amplia en Colombia. Este hecho fue tan notorio, que la publicación recibió un premio en
periodismo. En esta obra colaboraron cuarenta y dos investigadores bajo la dirección
académica de Jorge Orlando Melo y la coordinación de Marta Bravo de Hermelin. La empresa
incluyó también una investigación en documentos gráficos que infortunadamente tuvo que
recortarse en la edición del libro. Debe lamentarse
este hecho, por
cuanto en el libro este rico material tiene mucho más nitidez.
El balance de esta obra no es fácil de hacer. El
plan general es complejo, pero sus intenciones pueden discernirse claramente. Dos
capítulos introductorios sobre la geografía de Antioquia y las culturas indígenas
prehispánicas preceden el tratamiento de aspectos políticos, sociales y económicos
distribuidos dentro de una periodización que distingue básicamente entre la colonia y
los siglos XIX y XX. Este tratamiento cronológico no es inflexible y trata de ajustar los
temas, como en el caso de la minería o el del desarrollo industrial, a un ámbito
temporal apropiado. Sobre esta construcción narrativa se superponen otros veintitrés
capítulos que recorren minuciosamente todas las esferas de la cultura, desde la
literatura hasta los hábitos culinarios. La estructura de estos capítulos comprende la
cultura literaria (narrativa, poesía, ensayo, periodismo, revistas), las artes visuales
(arquitectura, pintura, escultura, fotografía, cine), la educación, las ciencias, la
música y la cultura popular.
Este plan ambicioso tiende a desarrollar lo que
podría calificarse de una historia total. La
posibilidad de una historia total suele
contemplarse para una unidad de análisis reducida:
la región. Sobre la región, como
unidad de análisis coherente y en cierta manera dada
de antemano, parece posible ir acumulando, a manera de capas geológicas, los pisos de
una múltiple experiencia humana hasta redondear una imagen calidoscópica total. Esta
concepción es discutible, sobre todo porque otorga demasiadas virtualidades
interpretativas al mero hecho narrativo. Conscientes de este peligro, Melo y sus
colaboradores siguen manteniendo la historia política como espina dorsal de la
interpretación histórica. Dentro de la compartimentación temática de la obra, los
capítulos sobre la política antioqueña y sus proyecciones nacionales son los más
comprensivos y los que exhiben mayor coherencia y continuidad narrativa. A esto
contribuyó el hecho deque, al parecer por urgencias de un compromiso editorial, Melo tuvo
que encargarse de dos capítulos cruciales de la historia política (los períodos de 1829
a 1851 yde 1904 a 1946) y que la influencia de otros escritos suyos sea muy perceptible
en los colaboradores encargados de la restante narrativa política. A riesgo de
simplificar excesivamente la tersa y compleja argumentación de estas colaboraciones,
podría aventurarse que el hilo conductor de su interpretación consiste en la gradual
apertura de Antioquia a la política nacional y en el aumento de su peso específico en
este ámbito. Esta tesis central tiene una proyección cultural en el examen de un estilo de la política antioqueña inspirado en
criterios pragmáticos y utilitarios.
La realización de un proyecto de esta magnitud,
antes que a una crítica apresurada, invita más bien a reflexionar sobre sus enseñanzas.
Debe pasarse por alto la consabida banalidad crítica
que siempre señala en trabajos de este tipo las desigualdades de enfoque y de
presentación. Lo sorprendente, en realidad, es la uniformidad del espíritu que planea
sobre la obra, teniendo en cuenta la procedencia tan diversa de sus colaboradores. Estamos
ante un número excepcional de investigadores capaces de dar un razonable enfoque
histórico a sus preocupaciones o a una especialización profesional, trátese de
egresados de Eafit, de economistas, críticos literarios, sociólogos o aun de un locutor
de radio que exhibe, además de una prosa excelente, una extraordinaria sensibilidad hacia
las formas de cultura popular. Es claro que muchos de los estudios incluidos en este libro
constituyen una síntesis de esfuerzos investigativos más amplios. En otros casos, cuando
no se trata de historiadores profesionales, han servido para concentrar una atención
dispersa o para dar expresión a una larga experiencia.
Este proyecto nos previene también sobre los
problemas inherentes a una compartimentación temática tal vez excesiva. La cobertura
casi exhaustiva de temas tiende a negar el principio en que se basa toda síntesis
histórica: la existencia de una idea central que unifique y confiera sentido a cada una
de las partes. Debajo de la creciente participación de los antioqueños en la vida
nacional subyace el tema de su éxito económico. Resulta demasiado abrupto separar el
tratamiento de la economía del café del que se dedica a la colonización o del que trata
sobre la violencia. ¿Qué significado tiene, por ejemplo, la depresión del período
1957-1969, unida a partir de 1965 a una tecnificación que se acompañó con la
desaparición del minifundio cafetero y la progresiva concentración latifundista? Una
acumulación de porcentajes sobre crecimientos o recesos constituye una descripción un
poco tediosa pero no una explicación. A su vez, los excelentes capítulos sobre la
colonización antioqueña no pueden separarse de un análisis sobre poblamientos y
demografía (que hicieron falta por la deserción de un colaborador), de la economía
agrícola y de la violencia.
En ocasiones, la
compartimentación produce la fragmentación de los datos mismos. Por ejemplo, en el
capítulo sobre sindicalismo se observa cómo en los primeros sindicatos (más parecidos a
cofradías coloniales que a sindicatos propiamente dichos, lo que revela, de paso, un
tratamiento insuficiente de las formas artesanales y de la ideología sobre el trabajo) no
participaban los trabajadores industriales. Pero sólo en el capítulo sobre la vida
diaria nos enteramos de que el 70% de los trabajadores eran mujeres en esa época y
que todavía en 1940 las mujeres representaban el
48% de la fuerza laboral.
Otro tema, como el de la vida
urbana (que se concentra en estudios sobre Medellín), no puede reducirse a reseñar las
actividades de una sociedad de mejoras públicas o las ventajas del sistema de
valorización. Además, la vida urbana es inseparable de complejas estructuras familiares
y sociales y de los mitos y de los valores que las
acompañan. Casi puede decirse que la
mayor parte del material de los veintitrés capítulos sobre la cultura integran una
visión de la vida urbana de Medellín. En rigor, aunque muchos elementos aislados apuntan
en esa dirección, la obra no contiene una historia social, estructurada a partir de una
reflexión sobre los grupos sociales. Este resultado es curioso, si se piensa en los
rigores doctrinarios que prevalecían en los debates del decenio pasado. Los capítulos
sobre la vida cotidiana son apenas un compromiso y se contentan con arañar la superficie
de un tema más vasto.
La fragmentación temática y la
ausencia de un tratamiento de historia social basado en las divisiones sociales no excluye
el registro de profundos conflictos que se ubican más bien en el ámbito cultural. Desde
el punto de vista interpretativo, la Historia de
Antioquía parece moverse así en dos registros. Uno, consciente, que trata de medir
el peso creciente de Antioquia en la vida política, económica y cultural del país.
Otro, inconsciente, que refleja más hondamente las contradicciones y desgarramientos
íntimos de esta región excepcional. En sordina, hay un debate real acerca de los
extremos de la tradición y la modernidad, el ensimismamiento y la apertura. Los autores
de la Historia de Antioquía parecen coincidir
en un punto: el de no hacer concesiones a la mitología de la raza antioqueña. Sobre esta
cuestión hay capítulos feroces, como los de Roberto Luis Jaramillo sobre la
colonización, que se revuelven con osadía y arrojo contra el mito antioqueño, o
reflexivos y ponderados, como el de Luis Antonio Restrepo sobre el pensamiento social
antioqueño, que exponen las raíces intelectuales del mito. En muchos capítulos no puede
evitarse el esquema de una Antioquia ensimismada que se va abriendo al mundo exterior y a
sus influencias con el riesgo de perder su propia esencia. Frente a la comprobación de
una absoluta pobreza espiritual en algunos campos, los autores se resignan a veces a
concluir que, sea como fuere, se trata de nuestra historia.
Otras veces el enfrentamiento con las raíces míticas es puramente inconsciente y da como
resultado actitudes
contradictorias. Un caso extremo es el del talentoso poeta Jaime
Jaramillo Escobar, quien no sabe muy bien si mantener un tono de soma o de conminación
bíblica. Su colaboración está escrita en un estilo epigramático en el que flotan
insistente y repetitivamente los nombres de León de Greiff y de Barba Jacob sin decirnos,
en fin de cuentas, nada sobre estas esencias puras de la rebeldía.
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A través de todo el libro puede seguirse el hilo,
así sea confusamente, del peso de la tradición y del tradicionalismo. A pesar de la
riqueza de sus yacimientos auríferos, muy significativos dentro del conjunto de la vida
económica colonial, Antioquia tuvo durante todo ese período un marcado carácter de
frontera. Allí la conquista se prolongó, de manera desusada, hasta 1580. De un modo
perceptivo, Fabio Botero Gómez sostiene (Las vías de comunicación y el
transporte) que se requirieron tres siglos para que un pequeño núcleo confinado en
un eje muy corto (Santa Fe de Antioquia, valle de Aburrá, meseta de Rionegro) adquiriera
la potencialidad demográfica indispensable para su expansión. De esta manera, toda
referencia al origen colonial del tradicionalismo tiene un alcance muy limitado. Los
gobiernos de Silvestre y de Mon y Velarde, durante el último tercio del siglo XVIII, han
adquirido por eso, en la historiografía tradicional, el carácter mítico de un comienzo.
La aparición del tradicionalismo debe verse más bien como la contrapartida cultural de
la colonización. Dentro de un proceso de gran dinamismo, agenciado por los intereses
comerciales y fundiarios de una elite, se introdujeron rígidas reglas de observancia
social y religiosa. Esta paradoja de un dinamismo expansivo que coexiste con la sujeción
dentro del núcleo familiar o en un reducido ámbito social se reprodujo en la era del
crecimiento industrial. En ambos momentos de conquistas materiales hubo simultáneamente
un repliegue que tendía a aislar y a ensimismar culturalmente. La comunión con valores
tradicionales ha buscado expeler a los extraños o alienar toda forma de conciencia
disidente con respecto a los objetivos materiales más inmediatos.
Por todo esto hubiera sido necesario enfocar con
más nitidez una historia social fundada en el análisis de grupos sociales concretos. La
historia social no puede sustituirse con un inventario impresionista de las costumbres ode los hábitos cotidianos. Habría necesidad de
identificar con precisión grupos de las elites (y de sus contrarios) en ciertos momentos
históricos para explorar en ellos lo que Raymond Williams (el inglés) describe como estructuras de sentimiento. Hemos aprendido
recientemente que la tradición no es una acumulación secular de actitudes y de creencias
que impele a su aceptación inconsciente, sino que ella, como todo lo humano, se inventa.
GERMAN COLMENARES
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