Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 19, Volumen XXVI, 1989

Cero y van tres


Estudios virgilianos (tercera serie)
Miguel Antonio Caro Compilación, notas y complemento 
bibliográfico por Carlos Valderrama Andrade 
Instituto Caro y Cuervo, Bogotá, 1988, 220 págs.

El elogio valedero suele echarse en el olvido. En 1963, a propósito de las letras colombianas, Jorge Luis Borges decía a Alvaro Castaño Castillo:

“El primer nombre que me llega me ha sido censurado por haberlo mencionado— es el nombre de Caro. Ello bien puede explicarse porque yo conocí la versión española [se refiere Borges a la Eneid a]  antes del original latino, tanto así que, cuando en 1914 emprendí el estudio del latín, tuve la impresión de estar leyendo una versión latina de una obra suramericana”.

La poesía de don Miguel Antonio Caro (1843-1909) ha envejecido extrañamente. A don Miguel Antonio, como no a su padre, don José Eusebio, la vena poética a menudo le fue esquiva. Prodigó con entusiasmo eso que él mismo llamó “facilidad dificultosa”. Su verso recuerda el brío y el énfasis de los de Quintana, de Olmedo, de Bello, de Heredia —quien destiló aburrimiento en dos lenguas—, y en general a todo lo que en poesía hispana rindió tributo al tedio en el siglo XIX. De ahí acaso que su influjo decrezca con los años. Sus ensayos, eruditísimos, aún siendo admirables —recuérdense sus bellas páginas sobre el Quijote y sobre Castellanos—, ya no se leen. De los muchos escritos que nos dejó, entre ellos unas ochenta traducciones de nueve poetas latinos, así como una muy notable Gramática latina, se reeditan ahora sus estudios sobre Virgilio. A éste, el tercero, preceden dos amplios volúmenes 1 . żA qué atribuir esa pérdida de vigencia? A Caro su esmero le hace daño. En algún aparte de este libro apunta que su estilo y lenguaje poético ha sido tildado, ya en sus días, de anticuado. Su sátira siempre venenosa responde: “Para el que quiera escribir en buen latín no son anticuados ni Cicerón ni Virgilio... por más que, para el que no sepa la lengua, no sólo sean anticuados, sino ininteligibles” (pág. 147). Y “pretender dar a Virgilio las formas de la novela popular, sería un conato de adulteración infeliz”. En sus traducciones son corrientes arcaísmos tales como vella, por verla y priesa por prisa. “Para arcaizar, como para todo, se requieren talento y arte”. Las suyas son frases felices. Al igual que Rafael Maya, otro espíritu superior, Caro se jactaba de ser llamado retrógrado. 

“Virgilio y el nacimiento del Salvador” es una de las primeras publicaciones registradas de Caro 2 . A este ensayo lo rigen las premoniciones. La égloga cuarta virgiliana, esa que comienza:

   Sicelides Musae pulo maiora canamus!
Non omnis arbusta iuvant humiles que myricae
si canimus silvas, silvae sint consule dignae

...contjene un vaticinio misterioso y prevé una nueva edad, un orden nuevo, un nuevo linaje anunciados por el nacimiento de un niño. Esto nos lleva al tema de la realidad histórica de Cristo y de sus profetas, poblado de multitud de leyendas y verdades, tan enmarañadas como desentrañables en la niebla de los tiempos. Es fama que Suetonio —en su vida de Vespaciano— habló de la opinión extendida en Oriente de que en Judea se elevaría un hombre que obtendría el imperio universal. La misma idea aparece en Tácito (Historias, V). Por fino llamó a Cristo “ilustre entre los paganos” de su tiempo y, según Lampridio, Tiberio lo quiso poner en el rango de los dioses. Voltaire acusa a los cristianos de un “fraude piadoso” al haber interpolado un pequeño pasaje, acerca del Mesías, en La guerra de los judíos de Flavio Josefo, el historiador hebreo que, si bien no disimuló ninguna de las crueldades de Herodes, no mencionó la masacre de los niños inocentes. Desde los tiempos de Constantino corrió la voz de que la profecía de Virgilio se refería al Salvador, según lo cuenta Eusebio. Lactancio, en la antigüedad, Chandler y Wishton, son de ese parecer. En Purgatorio, 22, Dante es de la misma opinión (per te poeta fui, per te cristiano). Otros echaron a burla esa pretensión, como san Jerónimo. Sin embargo, la égloga, dedicada a un tal cónsul Polión, parece aludir sencillamente a las nupcias entre Antonio y Octavia, con su progenie esperada.

Un himno del siglo XV canta el llanto de san Pablo por no haber conocido a Cristo. Caro realiza el gran contraste con Virgilio: “El uno, vislumbrando una cuna, deplora haber llegado demasiado temprano; el otro, sobre una tumba, se lamenta de haber llegado demasiado tarde”.

Caro tradujo en dos ocasiones el extenso poema: “Nuestra versión está en verso porque procuramos ser fieles en la esencia y en el modo; y la prosa, por elegante que sea, no puede remedar aquella elegancia que es propia y exclusiva del metro”
(pág. 18).

La primera versión, juvenil, y quizá la mejor, se inicia así:

   Cantemos, musas de Sicilia, asuntos
Más altos y felices;
Que no a todos
aplacen arboledas
Y humildes tamarices...

La segunda, más mesurada y madura, reza:

   ĦOh Musas de Sicilia!
dadme aliento:
Cantemos con acento más suave 
Materia algo más grave...

La versión de fray Luis de León, en tercetos, es mucho más eglógica, si cabe la expresión:

Un poco más alcemos
nuestro canto,
Musa, que no conviene
a todo oído
D ecir de las humildes ramas tanto.

Y en otro aparte:

   Mezclados con
los dioses soberanos
De vida gozarán qual ellos llena 
De bipnes deleytosos y no vanos.

Ambos se acercaron, como bien anota el compilador, más como poetas que como traductores. “El poeta más original es siempre ‘traductor’ de su propio pensamiento”, se defiende Caro (pág. 145).

“Una obra apócrifa” 3 se conoce, en alguna edición, como “Homenaje a fray Luis de León”. Su primera frase plantea el problema: ż"Es genuina la traducción en verso y completa de las Geórgicas de Virgilio atribuida a fray Luis de León?”. La primera —en octava rima— es, para Caro, auténtica. La segunda, en endecasílabos y heptasílabos alternados, a la que llama “Pseudo-León", "es a todas luces espuria”. Y se da a prodigar argumentos. Algunos destilan la convicción que da la sencillez, como el que invoca a Buffon: “Si el estilo es el hombre, estas dos traducciones no pueden atribuirse a un mismo escritor” (pág. 83). El falaz imitador, dice con la elegancia de su prosa, “intercala de su peculio las más impertinentes exornaciones".

Otro breve ensayo que se titula “Del metro y la dicción en que debe traducirse la epopeya romana”, es una apología y una defensa de su traducción en octavas de la Eneida. Curiosamente, la traducción italiana es de otro Caro, Aníbal. La alemana, ilustre, se debe a Schiller. “Se que no compete al autor de una traducción defender su trabajo”. Su tesis, a grandes rasgos, es que el delicado hexámetro de severa mensura, propio de los poemas latinos, es extraño a nuestra lengua. Nuestro verso heroico, asevera, es el endecasílabo “gallardo, elegante y flexible”. Sostiene que la rima es, en las lenguas modernas, un instinto de compensación de la belleza que irremediablemente se va en la traducción.

Algunos versos de esa Eneida elogiada por Borges son dignos de memoria:

   Entre armas, ruedas, bridas, vino y todo
Mudo yace el ejército beodo.

O esta otra:

   Euríalo no quiere, y muertes hace 
En la ignorada grey
que en torno yace.

En la parodia de su arte, en su búsqueda del asombro, en Virgilio hay mucho de barroco. Por ello no deben extrañar los gongorismos en Caro:

Iba empuñando,
a la guerrera usanza,
Con nudos, y de sólida firmeza 
Que el humo examinó,
disforme lanza...

Del amor puro y virginal trata “Camila, la amazona virgiliana” 4 . “Nada —dice Sainte-Beuve— hará olvidar aquel perfil de Camila, tan preciso y tan puro, y a la par correcto y aéreo”.

Ufánase Camila, de amazona, 
La de aljaba gentil,
la que desnudo
Presenta un pecho
en el combate rudo.

Camila, “orgullo de la volsca gente”, goza de la belleza que otorga la lejanía. Caro advierte su antagonismo con la apasionada Dido, la enferma de amor y de qué modo Virgilio la rodea de un velado misterio. Jamás la acerca al lector. “Camila ni padece ni hace padecer. Vive en una esfera de completa inocencia (pág. 177) hasta cuando la diosa Diana la envuelve en blanca nube y la arrebata a los cielos. La amazona Pentesilea es su antecedente. Una de sus herencias, no menos ilustre, se llama Remedios la Bella.

Completan el volumen una nota manuscrita (Eneida IV, 2) y una curiosa carta (1878) de don Miguel Antonio a don Roberto de Narváez, más interesante por otros aspectos menos virgilianos y poco conocidos, en la que habla de la avilantez de Núñez por su actitud ante Parra. Y añade:

“Los sapos y los antisapos salieron a recibir a Trujillo compitiendo en zalamería”. En relación con esta “garra sapística”, la nota acompañante (pág. 198), tomada por el compilador de los Colombianismos históricos de Julio César García, vale para añadir a la historia del sapo que Antonio Montaña presentó en su reciente Fauna social colombiana. La edición, con hermosas láminas ilustrativas, presenta, no obstante, el eterno enfado de las notas al final del texto, al que exceden con mucho en amplitud, siendo, por lo demás, necesarias y acertadas.


LUIS H. ARISTIZABAL

 

1 Números XXIII y XXIV, 1985y 1986, respectivamente.  (regresar1)

2 En La Voz de la Patria (1865), y en el tomo segundo de la edición de las obras completas de 1920. (regresar2)

Publicado por vez primera en La Academia, de Madrid, en 1878. (regresar3)

4 Publicado originalmente en el Repertorio Colombiano (tomo IX). (regresar4)