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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
19, Volumen XXVI, 1989
Balandú: La estirpe
maldita de los
herreros
La casa de las dos palmas
Manuel Mejía Vallejo
Planeta,
Bogotá, 1988, 403 págs.
La
narrativa de ficción no sólo es capaz de crear o recrear épocas, atmósferas o
personajes, en muy diversos contextos y situaciones, sino que, a través de la obra de sus
forjadores más ambiciosos, puede emerger de ella todo un mundo, un universo
autosuficiente. Lugares y territorios donde personalidades definidas y singulares nacen,
se desarrollan y mueren, luchan, sueñan, se aman y odian, sufren y deliran.
Se constituye así, en la obra de algunos
narradores de ficción, una verdadera geografla
literaria, a la manera como Jorge Luis Borges ha podido referirse a una
zoología fantástica, una y otra no arbitrarias, ni gratuitas, simplemente
existentes en otros niveles de la realidad,
diferente de aquel propio de la geografía y la zoología científicas.
Balandú, una
aldea y su entorno rural, que por demás puede abarcar los tres pisos térmicos
característicos del trópico, es punto de referencia constante en algunas de las obras
más significativas del novelista antioqueño Manuel Mejía Vallejo (1923). En Aire de tango, publicada en 1973 (desde el punto de
vista estructural y puramente literario, seguramente la obra más compleja, elaborada e
innovadora del aludido escritor), Balandú es aún referencia lejana, lugar de origen y
emigración hacia Medellín de algunos de los personajes más significativos que trasiegan
por esta notable novela. Balandú, tierra mía y del profesor y de la Cachorra y de
Eusebio Morales, evoca, en algún momento, el narrador de la historia de Jairo. En Tarde de verano, publicada en 1980, y en La casa de las dos palmas (obra, esta última,
largo tiempo anunciada por su autor), Balandú demarca el ámbito geográfico y el
contexto social y humano, propio de estas dos
significativas
novelas contemporáneas colombianas.
En su más
inmediata significación histórica y sociológica, Balandú se presenta como un
auténtico microcosmos de la provincia
colombiana, en especial la de cultura paisa. Pero sería una lectura unilateral y
empobrecedora considerar que la temática rural y aldeana, en especial de las dos últimas
obras mencionadas de Manuel Mejía Vallejo, las constituye en una simple extensión de la
literatura costumbrista, cuyo legado se entrevera en nuestra literatura, manes de cierto
anacronismo nacional, hasta nuestros días. En verdad, la literatura del narrador que es
objeto de estas notas presupone, como un legado personalmente asimilado y refigurado,
muchos rasgos de la rica tradición oral del
pueblo antioqueño, captada en un trasegar antiguo de fondas y caminos, cuya sabrosa habla
se infiltra, a lo largo de toda su obra, en muchas de las voces que de ella emergen. Pero
su obra de ficción no sería comprensible en su perspectiva, en el entrecruzamiento
de tiempos y modos expresivos, en los diferentes niveles de escritura, en la estructura
interna de sus más notables libros sin la decisiva referencia a los aportes de la
novela contemporánea, en sus diversas vertientes.
Por demás, su
rico universo literario posee una complejidad y hondura notablemente mayores que el propio
de una literatura pueblerina y campesina, o incluso embrionariamente urbana, pero aún
bucólica, ingenua,
precapitalista.
Los valores, los conflictos y los personajes que andan por sus obras expresan como pocos
una realidad transicional, la propia de muchas
regiones y comunidades del país y, por extensión, de casi toda Hispanoamérica. La hacienda, la aldea
y los espacios suburbanos, con sus seres
de ficción vívidos, desgarrados, densos en su psicología, en algunos casos
inolvidables, constituyen ámbitos narrativos que, por excelencia, sabe recrear
literariamente este novelista latinoamericano. La
casa de las dos palmas, Tarde de verano y Aire
de tango, acaso las tres novelas más logradas de este consistente y prolífico
escritor, darían cuenta, desde la singularidad de su propio mundo literario, de cada uno
de estos contextos societarios, que por demás constituyen referencias, antes que
librescas o sociológicas, afectivas y existenciales, de la infancia, la adolescencia y la
juventud de Manuel Mejía Vallejo.
Tal vez en La casa de las dos palmas, por su referencia
temporal, que podríamos ubicar genéricamente en la segunda y la tercera décadas del
presente siglo, los elementos premodernos del mundo de nuestro autor
que no de su técnica novelística son más vivos, presentes y delineados.
Sucesos, personas, atmósferas, conversaciones, recuerdos y premoniciones, así como la
disposición y la estructura misma del relato (signado, de modo más permanente que en sus
anteriores libros, por un denso hálito poético), son expresivos de una peculiar
realidad, de vivencias y percepciones, en donde la tradición campesina, el imaginario
popular y el mito, coexisten con realidades existenciales y sociopolíticas propias de un
mundo ya moderno, en ciertos rasgos sustantivos. La dimensión mítica se crea y se recrea
cotidianamente; los muertos conviven con naturalidad con los vivos; se funden,
en la evocación y la vivencia actual, pasado y presente; lo humano y lo sobrenatural se
superponen y retroalimentan, para crear en La casa
de las dos palmas, la hacienda de tierra fría del viejo Efrén Herreros, una
atmósfera en muchos casos alucinada, onírica, surreal, ciertamente con
pocos
antecedentes en la literatura colombiana.
La excéntrica estirpe de los Herreros (un
clan escribe el autor donde el bien y el mal llegaban a la
extravagancia), Zoraida Vélez, Isabel, Ramón y Gabriela, Juancho López, José
Aníbal Gómez, son todos seres aprisionados en un mundo con ribetes de pesadilla,
pugnando por definir su destino y su propia individualidad, frente a un sino fatal que
parece siempre perseguirlos y obsederlos. Universo circular e historia, pertenencia
genérica a un clan familiar y singularidad dolorida o exultante de los personajes,
destino y libertad, coexisten, se enfrentan y se entretejen en gentes que viven siempre en
el límite, oscilando con frecuencia entre el sueño y la locura. Monstruosos,
excesivos, sentenciosos, corajudos, contradictorios, crueles y tiernos, obsesionados hasta
más allá de la muerte por sus delirios y sus ilusiones. A caballo entre dos épocas,
ajenos a un mundo rural ingenuo y al ritmo acompasado de labriegos y aldeanos, pero
excéntricos, así mismo, al espíritu burgués del cálculo, la medianía, la
acomodación, la vida muelle y fácil.
Efrén Herreros,
la cabeza de esta familia extraña, recia personalidad a través de la cual se anudan los
personajes de este mundo de ficción, es, ciertamente, el tipo de hacendado que llenó al
menos un siglo de la historia nacional. Dador de favores y supremo dispensador de derechos
y castigos, violento y generoso, acompañado de una indubitable legitimidad tradicional,
derivada de su pertenencia familiar y de un carisma, vinculado a un temperamento y un
carácter que se imponen naturalmente sobre el mundo en el que impera. Pero Efrén
Herreros es también expresivo de la desgarrada dimensión temporal y sociopolítica de
este universo novelado, siendo el agente modernizador y secularizador que es capaz de
enfrentarse a la autoridad omnímoda del cura de Balandú, asumiendo la maldición para
todo su linaje, situación ésta que contribuye decisivamente para constituir el pathos narrativo de la obra. El es también quien
introduce en Balandú la
victrola,
artefacto
misterioso que atraerla las diatribas y el desconcierto de las buenas gentes pueblerinas.
Sólo Dios y el demonio pueden reproducir la voz humana. Por tanto, algo diabólico
hay en este invento. Dios no está para fiestas, se comentará de este
acontecimiento.
Como a Leo
Lengerke, en Santander en el siglo XIX
en La otra raya del tigre, la novela histórica de un
coetáneo de Mejía Vallejo, Alvaro Mutis y Gabriel García Márquez:
Pedro
Gómez Valderrama, a Efraín Herreros se le atribuirán ocultas relaciones con el Diablo.
Y sólo con el peso tremendo de su autoridad tradicional, de sus tierras y su patrimonio,
de su carisma y su don de mando, podrá enfrentar la desconfianza de una comunidad que
había, por demás, construido su poder casi incontestado.
En el caso de la familia Herreros, verdadera saga
de generaciones, podría señalarse que La casa de
las dos palmas y Tarde de verano conforman
obras sucesivas en el tiempo, a la vez que complementarias, por más que la segunda de las
mencionadas haya sido publicada con antelación al libro que aquí comentamos. Un cuarto
de siglo, quizá tres decenios después de los sucesos que signan el mundo narrativo de La casa de las dos palmas, en un contexto ya no
rural sino aldeano, aparecen los últimos vástagos del linaje de los Herreros: Paulina y
Eusebio Morales.
Estuve en La casa de las cadenas, después
subí al páramo. Se derrumba la casa de las dos palmas. Se derrumba La casa del
río, comenta, en Tarde de verano, Eusebio
a Paulina. Y, en otro momento, dirá, con lucidez e impotencia: Los últimos de las
grandes familias, únicamente podemos vivir en el pasado, esa nuestra ruina. Nos pegamos
de una tragedia o una gloria por incapacidad de producir cosas nuevas. Algo anterior a
nosotros nos trajo débiles. Es el final de una saga familiar, de una estirpe
maldita que, como la de los Buendías, expresa una concepción trágica y circular de la
historia personal y colectiva, asumida básicamente como regresión, culpa y castigo.
El artista es el portavoz de los secretos
psíquicos de su época, involuntario como todo profeta auténtico, a veces inconsciente
como un sonámbulo, escribió Jung. Y, acaso, en esta visión fatalista y, si se
quiere mítica y premoderna, donde los propios actos se hallan regidos o interferidos, al
parecer de modo inexorable, por fuerzas externas, ocultas y disgregadoras, la cual signa
la vida atormentada de estas dos estirpes (vinculadas ya, de modo indeleble, a la historia
de la literatura nacional), se halla una expresión significativa y reiterada del
imaginario colectivo de los colombianos.
La historia, vivida fundamentalmente como
sucesión de catástrofes, frustraciones e interrupciones sangrientas, la ausencia de una
voluntad y un proyecto colectivo, el abandono de la idea del progreso, enfrentados a la
imposibilidad (hasta el momento, ciertamente), de comprender cabalmente lo que somos y,
menos aún, de dominar libremente nuestro futuro.
¿Cómo pedir,
entonces, una expresión literaria optimista e iluminista, en aras de cierta definición
de la modernidad, cuando una vivencia secular de generaciones, en un
conglomerado nacional que no logra aún afirmarse como sujeto libre y autorregulado de su
propio destino, expresa otro sentimiento y otra percepción colectivos?
JAIME EDUARDO JARAMILLO
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