Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 19, Volumen XXVI, 1989

Amplitud, modulada


Buenos días, América
David Sanches Juliao
Editorial Planeta, Bogotá, 1988, 309 págs. 

Soplan de nuevo las calientes brisas literarias del Caribe. Y retornamos los lectores a una de esas escalfadas poblaciones costeñas, Lorica en este caso, acostumbrada desde los tiempos coloniales al intrincado sistema de comunicaciones que la gente, debido a la tardanza de la tecnología o a sus imperfecciones, llama actualmente radio bemba. Esta totalitaria voz del pueblo opera mediante el chisme vertiginoso, la maledicencia justiciera y las habladurías que con el mero hecho de mentar limpian, fijan y dan esplendor al estado de cosas imperante. Corren de boca en boca comentarios sobre el acontecimiento próximo. Esta vez no se trata del tránsito de uno de esos prelados que campean por el género (aunque en esta novela no podía faltar la visita de un nuncio), sino de la instalación de la primera emisora radial de la ciudad. La rumorosa vida ya no será la misma.

David Sánchez Juliao se encarga de contarnos esta historia. Lo hace desde adentro, desde la amena posición de un loriqueño que estuvo en todo y ahora tiene todo el tiempo por delante de su mecedora. Esta postura, sumada a lo que bien parece ser la conciencia de haber logrado fórmulas de amplia aceptación que, con o sin su consentimiento pleno, pueden ser fusiladas por el medio metaliterario de la televisión, da como resultado una novela, Buenos días, América, que vacila entre la destreza y la comodidad.

Tal vez lo más logrado en ella es la manera sigilosa, comprensiva y alejada de toda cruda militancia como Sánchez Juliao presenta el manotazo (involuntario) que la inauguración de la emisora significa contra el vetusto tablero de ajedrez de los poderes de Lorica; por allá, sino fallan los cálculos, en el año 1965.

David Lavalle, prohombre que conjuga las pasiones disímiles de la música clásica y el caciquismo regional, es quien decide que la sinhueso ya necesita la prótesis de un micrófono. Cosas de diletante, que acaba por creerse la idea de que sería posible “culturizar” a la semisalvaje población de la comarca. Para desmayo suyo, los resultados son tan mulatos como el vulgo. Cuando alguien oye en la plaza de mercado a una verdulera tarareando el Himno a la alegría de Beethoven y le pregunta qué canción es esa, obtiene esta respuesta:
“Es uno de los merengues tristes que pone el viejo Lavalle en la emisora (pág. 252).

Pero Lavalle tiene también motivos menos edificantes. Las “clases emergentes” han generado un nuevo espécimen político, preparado, sagaz y, sobre todo, suciamente rico. La radio será el embeleco que contrarreste su creciente influencia. Y que enrede hasta al propio Lavalle con la suya.

La novela describe cómo él, cómo Lorica entera van adaptándose a las nuevas condiciones. De manera muy propia de los personajes de Sánchez Juliao: con una dignidad, en fin de cuentas, cuya prueba evidente es el humor. Yen el proceso, radio bemba no es sustituida sino más bien condicionada y alimentada por la emisora omnipresente, que sin descanso lanza al aire “La Versión” de todos los acontecimientos, ordinarios y extraordinarios, con que bulle Lorica. Conviene aquí anotar que ni el run­rún ni la radiofonía tienen que ver con el esclarecimiento progresivo de ninguna verdad que concierna a mentadores y mentados. Habría de trasfondo en la novela la exposición de un miedo antiguo: el horror al silencio, ese factor que nadie tiene en cuenta al explicar sobre qué se sustentan los poderes. Bueno, aunque no queda claro si esto aparece a voluntad del autor o si es una de esas cosas que exudan las novelas por su cuenta.

Esto, porque salta a la vista que Sánchez Juliao se esmera es en la historia del locutor estrella, conocido por todos como “El Pupi”, quien se convierte en la carne del libro por sobre las deletéreas angustias del silencio. Acaso por la Paradójica razón de que obviamente no es un personaje ficticio, “El Pupi” entra a formar parte de la notable lista de apodos con que Sánchez Juliao ha enriquecido (a despecho de doctos catedráticos) nuestro reparto de creaciones literarias. Irónico, descreído, ingenioso y corroncho, llega a ser un factor de poder tan incómodo como imprescindible para el fino Lavalle.

Cómo no mencionar el cariño —ésta sería la palabra— con que Sánchez Juliao vivifica a sus personajes. Esto, y su aguda visión para el detalle, que otros literatos han tachado de frivolidad, hacen que corra como agua el recuento de las anécdotas de aquellos tiempos memorables. Tal parece que el autor no dejó escapar una sola; y encuentran un acento peculiar en la sostenida aplicación de una técnica que podría definirse como de sublimación de lo “trivial” y trivialización de lo “sublime”. Para este fin se abunda aquí en el recurso de que, a cada dos pasos, un personaje y otro y otro vayan soltando frases lapidarias que resuelvan la escena. Difícil decir algo a este respecto, ya que, a medida que facilita la lectura, el ingenio del autor da signos de fatiga. Tal es el caso de la tertulia de El Karkadé, cuyos miembros no dejan pasar nada sin glosarlo, pero con chistes y salidas que no resultan siempre afortunados y muchas veces dan la impresión de algo forzado o anodino. Y, sin embargo, precisamente estas chaturas, estos pequeños desencantos, son los que dan a la novela cierto sabor a vida diaria.

Las figuras, la ambientación (y hay que dar excusas a quienes ofenda este término), el discurrir de las mil voces de Lorica, las disparatadas improvisaciones de “El Pupi” y en especial las hilarantes cuñas que se inventa para los negocios locales, justifican a Buenos días, América. No obstante, y sin ánimo de parecer incisivos (todo autor está en su derecho de prevenir rabietas del futuro), habría que decir que el caudal de la novela se enturbia por dejar ver que ha sido concebida de una vez para ser adaptada a la “pantalla chica”. Porque no habría otra razón para el infeliz (desde el punto de vista de las letras) injerto de los amores entre “El Pupi” y América, la mulata cuyo nombre se presta para el juego de palabras del título y a quien Sánchez Juliao insiste en ensalzar en términos ganaderos, un escarceo banal sazonado con trucos de comedia de equivocaciones. Prueba de su digestible gratuidad es el estilo con que lo cuenta:

“Fue suficiente. La vio más hermosa que nunca. Con la luz de la tarde enredada en sus cabellos lacios, brillantes. Con el amor reflejado en una mirada fija, cómplice, tierna, que era casi un beso, una insinuación [...] y el cuerpo todo dando la impresión de que se trataba de una estatua de carne, que tenía corazón, y por cuyas venas corría una sangre a caudales, cuyo murmullo él advertía en la respiración [pág. 269].

Y el final, romanticón y así de abrupto.

CARLOS JOSE RESTREPO