Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988
 

Uno que dice saber cómo somos


Psicología del hombre colombiano: cultura y comportamiento social
Rubén Ardua
Editorial Planeta, Bogotá, 1986, 195 págs.

En el epígrafe de su libro, el profesor Ardua reproduce un texto de Octavio Paz, de tiempo nublado, en el que se lee que "Civilización es el estilo, la manera que tiene una sociedad de vivir, convivir y morir [...] es la parte visible de una sociedad  [...] pero sobre todo es su parte sumergida". Este epígrafe despierta las expectativas del lector, que lo toma por un prometedor anuncio de una pesquisa de esa zona "invisible.., y subterránea" de nuestra república. Una lectura del texto evidencia, sin embargo, el hecho de que se han rastreado más bien las partes visibles y se han esquivado esas partes subterráneas que son la clave de nuestros comportamientos colectivos.

Ya la "Introducción" del texto de Ardila permite vislumbrar la contradicción inicial, y también definitoria, de este trabajo: después de establecer la parquedad en el número de "trabajos publicados sobre la psicología del hombre colombiano", el autor indica haber "trabajado sobre pautas de crianza de los ni "En Colombia durante varios años". No hay que desconocer que Ardua cubre sus bases al indicar no ser "tan determinista" como para "pretender que la primera infancia pueda explicar todo el comportamiento posterior" (pág. 171). Sin embargo, lo que afecta este trabajo de Ardila es precisamente esa falta de consistencia. Gran parte del libro es una dispen diosa (y, sin duda, rigurosa) transcripción de un trabajo de campo realizado en varias partes del país acerca de las pautas decrecimiento del niño colombiano hasta los cuatro años de edad. Ardila estudia diecinueve factores, que tabula y grafica de manera estadística. Los resultados de esta investigación son diversos. Por ejemplo, al estudiar las expectativas que los padres tienen acerca del futuro de sus hijos no es muy elaborado preguntarles a aquellos si quieren que sus hijos lleven "una vida feliz y productiva" (pág. 109). ¿Quién no?

No podemos sino atribuir una idoneidad sin tacha a ese trabajo de campo, tratándose de un profesional de la trayectoria del profesor Ardila. Sin embargo, dada la manera como se presentan los argumentos en el libro, no se ve muy claramente la pertinencia que el trabajo acerca de la crianza de niños en Colombia (su punto central) tenga con relación al tema mayor de la psicología del hombre colombiano, y en general de nuestra mentalidad como colombianos. De veras, el libro da información valiosa acerca de los diecinueve parámetros que considera, pero no son muchas las ocasiones en que trasciende el nivel de observación epidérmica para penetrar en esa zona invisible y subterránea" del carácter nacional. Lo que la obra apunta acerca de aspectos de la crianza de niños tales como "colaboración paterna", "hábitos de higiene y limpieza", "sexualidad", "roles genéricos", "premios", etc., tiene sin duda un valor específico, y es necesario su estudio para comprendernos como colectividad. Desafortunadamente, su estudio es necesario, pero es también insuficiente. Hacen falta otras herramientas para aproximarnos a una comprensión de lo que Colombia y la psicología de sus gentes ha llegado a ser.

De nuevo, entendemos que Ardila es consciente de esas limitaciones, pues aclara que ese conocimiento de nuestro carácter habrá de echar mano de otras ciencias. Y en cuanto a la función específica de su disciplina, ya al término de su trabajo indica que "se requiere describir las causas de su comportamiento [del hombre cobombiano.], la relación entre el individuo, su sociedad, su sistema de valores y su historia. Es preciso además que la psicología trate de explicar esos comportamientos" (pág. 176). El presente trabajo de Ardila no explica un mínimo de esos comportamientos, y ahí falla. Por otro lado, y ya sabido lo odioso de las comparaciones, una obra como ¿La sociedad de la mentira? de María Teresa Herrán, con mucho menos abstracción, menos aparataje teórico, y menos didactismo, logra resultados más tangibles en su acerado diagnóstico de nuestras hipocresías colectivas, innegablemente una de las acentuadas características de nuestro ser nacional.

Son importantes las observaciones de Ardua en el sentido de la necesidad de un enfoque pluridisciplinario en el estudio, aún por hacerse, de nuestro carácter, y su percepción de la dificultad, si no imposibilidad, de balancear idealmente el "rigor" con el "vigor" en el trabajo científico. De veras, como él apunta, "el problema de la psicología de los pueblos es sin duda alguna un problema de gran ‘vigor’ ". Y —como otros problemas de este tipo— generalmente tratado "de manera laxa y sin el rigor suficiente" (pág. 23). Alude Ardila, por supuesto, a lo que Clifford Geertz en su trabajo clásico sobre el tema, The Jnterpretation of Cultures, denomina "el espesor de la interpretación" ("the thickness of interpretation", esa abundante disparidad de datos que han de tenerse en cuenta para captar la confusa realidad a la que alude el epígrafe de Paz: las artes eróticas y las culinarias, la danza y el entierro, el trabajo y el ocio, los castigos y los premios, el trato con los muertos y los fantasmas, etc., eso que llamamos "civilización". Ardila ha centrado aquí su enfoque en la crianza de niños, especialmente los de clase baja, en cuatro regiones del país, y por tanto le queda una distancia apreciable que recorrer antes de explicar nuestro comportamiento social. Que no lo hace, no es solamente comprobar una carencia en este trabajo, sino también un grado de prudencia: Ardila deja su trabajo ahí, y renuncia a la especulación.

Psicología del hombre colombiano presenta otros aciertos que hacemos resaltar aquí. El primero es la comprobación del carácter "verbalista" de la cultura colombiana, cuya contrapartida es el mediocre (si es eso) nivel de nuestro desarrollo científico. La nuestra "es una cultura verbalista, centrada en el uso ‘correcto’ del lenguaje, en la plástica y la belleza...    Las artes son parte de la cultura colombiana, la ciencia no lo es todavía" (pág. 28). Otro acierto, de mayor envergadura, es un bien fundado rechazo de los estereotipos que los latinoamericanos en general, y los colombianos en particular, sufrimos. Ardila presenta el personalismo, el familismo, el paternalismo, el machismo, la orientación hacia el presente y el pasado en vez de hacia el futuro, y otros estereotipos, como percepciones fundadas "en ideas preconcebidas y no en resultados de investigaciones empíricas". En el caso concreto de Colombia, Ardila destierra la creencia popular, causa dc orgullo para muchos, en el colombiano como más inteligente o "vivo" que otros grupos nacionales. Ardila desmonta este estereotipo explicando, por un lado, el nivel educativo relativamente alto de un sector de la población colombiana (clases media y alta) y, por otro, la indudable capacidad de adaptación del colombiano, determinada por factores físicos concretos, como la diversidad de las condiciones de hábitat en nuestro país.

El proverbial complejo de inferioridad de los colombianos, la desconfianza hacia lo propio y la correspondiente preferencia por lo extranjero, otras características notorias de la cultura colombiana, reciben también un tratamiento sugestivo por parte de Ardua, quien las explica como resultado del principio del aislamiento:   "Hemos desarrollado características propias, y podría hacerse una analogía entre las especies que permanecen aisladas mucho tiempo y nuestra cultura, que se encerró en sí misma hasta hace poco" (pág. 175). Hubiera sido deseable una mayor elaboración de aspectos como estos, que de verdad nos definen y constituyen, aunque no nos guste reconocerlo a veces, lo nuestro. Ojalá Ardila vuelva sobre el  tema en un estudio posterior en el que penetre más allá en los "subterráneos" de nuestra mentalidad colectiva.

GILBERTO GÓMEZ OCAMPO