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Uno que
dice saber cómo somos
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Psicología del hombre colombiano:
cultura y
comportamiento social
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Rubén Ardua
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Editorial Planeta, Bogotá, 1986, 195
págs.
En el epígrafe de su
libro, el profesor Ardua reproduce un texto de Octavio Paz, de tiempo nublado, en
el que se lee que "Civilización es el estilo, la manera que tiene una sociedad de
vivir, convivir y morir [...] es la parte visible de una sociedad [...] pero sobre
todo es su parte sumergida". Este epígrafe despierta las expectativas del lector,
que lo toma por un prometedor anuncio de una pesquisa de esa zona "invisible.., y
subterránea" de nuestra república. Una lectura del texto evidencia, sin embargo, el
hecho de que se han rastreado más bien las partes visibles y se han esquivado esas partes
subterráneas que son la clave de nuestros comportamientos colectivos.
Ya la
"Introducción" del texto de Ardila permite vislumbrar la contradicción
inicial, y también definitoria, de este trabajo: después de establecer la parquedad en
el número de "trabajos publicados sobre la psicología del hombre colombiano",
el autor indica haber "trabajado sobre pautas de crianza de los ni "En Colombia
durante varios años". No hay que desconocer que Ardua cubre sus bases al indicar no
ser "tan determinista" como para "pretender que la primera infancia pueda
explicar todo el comportamiento posterior" (pág. 171). Sin embargo, lo que afecta
este trabajo de Ardila es precisamente esa falta de consistencia. Gran parte del libro es
una dispen
diosa (y, sin duda,
rigurosa) transcripción de un trabajo de campo realizado en varias partes del país
acerca de las pautas decrecimiento del niño colombiano hasta los cuatro años de edad.
Ardila estudia diecinueve factores, que tabula y grafica de manera estadística. Los
resultados de esta investigación son diversos. Por ejemplo, al estudiar las expectativas
que los padres tienen acerca del futuro de sus hijos no es muy elaborado preguntarles a
aquellos si quieren que sus hijos lleven "una vida feliz y productiva" (pág.
109). ¿Quién no?
No podemos sino atribuir
una idoneidad sin tacha a ese trabajo de campo, tratándose de un profesional de la
trayectoria del profesor Ardila. Sin embargo, dada la manera como se presentan los
argumentos en el libro, no se ve muy claramente la pertinencia que el trabajo acerca de la
crianza de niños en Colombia (su punto central) tenga con relación al tema mayor de la
psicología del hombre colombiano, y en general de nuestra mentalidad como colombianos. De
veras, el libro da información valiosa acerca de los diecinueve parámetros que
considera, pero no son muchas las ocasiones en que trasciende el nivel de observación
epidérmica para penetrar en esa zona invisible y subterránea" del carácter
nacional. Lo que la obra apunta acerca de aspectos de la crianza de niños tales como
"colaboración paterna", "hábitos de higiene y limpieza",
"sexualidad", "roles genéricos", "premios", etc., tiene sin
duda un valor específico, y es necesario su estudio para comprendernos como colectividad.
Desafortunadamente, su estudio es necesario, pero es también insuficiente. Hacen falta
otras herramientas para aproximarnos a una comprensión de lo que Colombia y la
psicología de sus gentes ha llegado a ser.
De nuevo, entendemos que
Ardila es consciente de esas limitaciones, pues aclara que ese conocimiento de nuestro
carácter habrá de echar mano de otras ciencias. Y en cuanto a la función específica de
su disciplina, ya al término de su trabajo indica que "se requiere describir las
causas de su comportamiento [del hombre cobombiano.], la relación entre el individuo, su
sociedad, su sistema de valores y su historia. Es preciso además que la psicología trate
de explicar esos comportamientos" (pág. 176). El presente trabajo de Ardila
no explica un mínimo de esos comportamientos, y ahí falla. Por otro lado, y ya sabido lo
odioso de las comparaciones, una obra como ¿La sociedad de la mentira? de María
Teresa Herrán, con mucho menos abstracción, menos aparataje teórico, y menos
didactismo, logra resultados más tangibles en su acerado diagnóstico de nuestras
hipocresías colectivas, innegablemente una de las acentuadas características de nuestro
ser nacional.
Son importantes
las observaciones de Ardua en el sentido de la necesidad de un enfoque pluridisciplinario
en el estudio, aún por hacerse, de nuestro carácter, y su percepción de la dificultad,
si no imposibilidad, de balancear idealmente el "rigor" con el "vigor"
en el trabajo científico. De veras, como él apunta, "el problema de la psicología
de los pueblos es sin duda alguna un problema de gran vigor ". Y
como otros problemas de este tipo generalmente tratado "de manera laxa y
sin el rigor suficiente" (pág. 23). Alude Ardila, por supuesto, a lo que Clifford
Geertz en su trabajo clásico sobre el tema, The Jnterpretation of Cultures, denomina
"el espesor de la interpretación" ("the thickness of interpretation",
esa abundante disparidad de datos que han de tenerse en cuenta para captar la confusa
realidad a la que alude el epígrafe de Paz: las artes eróticas y las culinarias, la
danza y el entierro, el trabajo y el ocio, los castigos y los premios, el trato con los
muertos y los fantasmas, etc., eso que llamamos "civilización". Ardila ha
centrado aquí su enfoque en la crianza de niños, especialmente los de clase baja, en
cuatro regiones del país, y por tanto le queda una distancia apreciable que recorrer
antes de explicar nuestro comportamiento social. Que no lo hace, no es solamente comprobar
una carencia en este trabajo, sino también un grado de prudencia: Ardila deja su trabajo
ahí, y renuncia a la especulación.
Psicología del hombre
colombiano
presenta otros
aciertos que hacemos resaltar aquí. El primero es la comprobación del carácter
"verbalista" de la cultura colombiana, cuya contrapartida es el mediocre (si es
eso) nivel de nuestro desarrollo científico. La nuestra "es una cultura verbalista,
centrada en el uso correcto del lenguaje, en la plástica y la
belleza...
Las artes son parte de la cultura colombiana, la ciencia no lo es todavía"
(pág. 28). Otro acierto, de mayor envergadura, es un bien fundado rechazo de los
estereotipos que los latinoamericanos en general, y los colombianos en particular,
sufrimos. Ardila presenta el personalismo, el familismo, el paternalismo, el machismo, la
orientación hacia el presente y el pasado en vez de hacia el futuro, y otros
estereotipos, como percepciones fundadas "en ideas preconcebidas y no en resultados
de investigaciones empíricas". En el caso concreto de Colombia, Ardila destierra la
creencia popular, causa dc orgullo para muchos, en el colombiano como más inteligente o
"vivo" que otros grupos nacionales. Ardila desmonta este estereotipo explicando,
por un lado, el nivel educativo relativamente alto de un sector de la población
colombiana (clases media y alta) y, por otro, la indudable capacidad de adaptación del
colombiano, determinada por factores físicos concretos, como la diversidad de las
condiciones de hábitat en nuestro país.
El proverbial complejo de
inferioridad de los colombianos, la desconfianza hacia lo propio y la correspondiente
preferencia por lo extranjero, otras características notorias de la cultura colombiana,
reciben también un tratamiento sugestivo por parte de Ardua, quien las explica como
resultado del principio del aislamiento:
"Hemos desarrollado características propias,
y podría hacerse una analogía entre las especies que permanecen aisladas mucho tiempo y
nuestra cultura, que se encerró en sí misma hasta hace poco" (pág. 175). Hubiera
sido deseable una mayor elaboración de aspectos como estos, que de verdad nos definen y
constituyen, aunque no nos guste reconocerlo a veces, lo nuestro. Ojalá Ardila vuelva
sobre el
tema en
un estudio posterior en el que penetre más allá en los "subterráneos" de
nuestra mentalidad colectiva.
GILBERTO GÓMEZ OCAMPO
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