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Unas
obras completas
Poesía
Restrepo Vélez Alvaro
Gráficas Epoca, Medellín, 1988, 212 págs.
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He vuelto
a encontrarme con la poesía de Alvaro Restrepo Vélez, esta vez en un volumen que, al
parecer, la reúne completa, precisamente bajo el nombre de poesía. En la cubierta
color marrón, su firma de hombre claro y sencillo, rubricada en los dos apellidos, como
señal del legítimo orgullo de su prosapia; y el facsímil de un fragmento manuscrito del
poema que inicia la compilación, tan claro como el alma de aquel poeta claro, yque,
en cierta manera, compendia lo que es núcleo de sus cantos enamorados: "Eres tan
bella, amor, que si te viera! del fondo de la mar surgiendo pura,/ el triste marinero se
dijera: /Esta noche tendré claro de luna". Cuando el 8 de febrero del
82, de escasos ciencuenta años moría en Medellín, su ciudad natal, Alvaro no había
dejado de ser un muchacho de alma pura, a quien Dios y la vida habían dado, al menos
según lo percibíamos desde fuera, todas las condiciones de la plena felicidad, que él
administraba con su madurez y su destreza de exacto empresario. El poeta, todo poeta, ha
sido y será siempre el artista adolescente. Su corazón permanece, aun por sobre
los largos y complicados procesos de una vida nada sencilla ni vulgar, en el amanecer de
la creación, en el comienzo del canto. Por eso, quizá, toda obra poética es incompleta.
Todo poema, en sí mismo, es un boceto. Toda palabra que irrumpe queda abierta. Alvaro
Restrepo Vélez trabajó siempre el poema. Podrá ponerse, cada vez, como ejemplo de
aplicación al oficio de poeta, asumido en su oneroso laboreo de taller, más que en su
quietud contemplativa. Cada poema de Alvaro, de ordinario representa horas y días de
composición material, de búsqueda retórica, en el más positivo sentido. De su tío
Gonzalo Restrepo Jaramillo, poeta también, Miguel Moreno dijo que durante el día
trabajaba en Fenicia (en el fenicio Medellín), y por la noche se refugiaba en Atenas.
Vale la observación para el quehacer del sobrino. Al cabo, en el volumen poesía se
han recogido cuatro poemarios (Cancionero de entonces, 1958-1959; Los seres
convocados, 1959-1964; La casa entre los árboles, 1966; y Palabras de
helecho y greda, inédito, 1979), ocho poemas de juventud, una Elegía, al
parecer de sus últimos años; y una versión de Paul Claudel, de 1969.
La vocación poética
Restrepo Vélez había
nacido en Medellín, el 8 de diciembre de 1931, hijo de familias asentadas en Antioquia
desde el siglo XVII, vale decir, desde entonces avecindadas en el campo, y dadas al
comercio y a la industria, a la filosofía y a la política, a la literatura y al gobierno
de la ciudad y del país: familias de fe cristiana acendrada, y de virtudes personales y
sociales harto conocidas en nuestra historia. Restrepo Vélez se identificó con su
herencia genética y cultural. Y desde niño dijo el verso, instintiva, amorosamente. Pero
sus primeros cantos no son de niñez ni de monte. Estos vendrían después, al cabo de la
madura evocación de la casa entre los árboles. Sus primeros poemas se centran en Inés
Elvira, su mujer única; y se manifiestan en formas lorquianas y piedracelistas. Asombra
advertir de qué manera en el proceso modulativo de su propia voz poética influyen ritmo,
lenguaje y aun temática de los poetas que sucesivamente va leyendo y estudiando, y
haciendo compañeros de su trasiego poético.
Cancionero de entonces
Quienes fuimos
contemporáneos de Restrepo Vélez, lo conocimos y lo admiramos sobre todo, en el decenio
del cincuenta, por ser él hombre ducho en humanidades, expositor ameno de temas
sociológicos y sociales, modesto y serio, sereno y ordenado. Pasado el tiempo, en el 64,
nos presentó su primer libro, Cancionero
de entonces, donde agrupó cincuenta y nueve
canciones breves, gérmenes, a la postre, de lo que habría de ser su obra total, como hoy
ya la poseemos reunida. Su poema, aquí, es de verdad canción, palabra intencionadamente
musical, frase compuesta musicalmente, y no de un modo fácil: canto elaborado en la
meditación, donde la obvia espontaneidad ha sufrido su castigo, y la exquisita utilería
ha sido empleada sobriamente, con tanta sencillez de forma, mas no siempre con entera
transparencia. Cierto decaimiento, un maligno desafinamiento, resultan a veces
inevitables, en quien ha labrado su verso, sin embargo, con tanto esmero. Asoman aquí las
formas, tortuosas a veces, de la Gabriela Mistral de Tala, pero no sus luminosas
oscuridades del verso hermético. Asoma Eliot de pronto, pero García Lorca impone su
romancero, a lo largo de los pequeños cantos, dichos al mismo tiempo con la voz de Juan
Ramón y de los piedracelistas. Y otras lecciones aprendidas de otros poetas. De Geraldy:
"Allí estabas tú sobre la silla: ¡tu cartera, tus llaves". De Góngora:
"Aferrado al duro suelo! de la áspera realidad/ con ansias de eternidad/ dirige
ramas al cielo". De Bernárdez: "La apacible presencia de la esposa,/ este
viento de amor que nos conmueve, el peso de los sueños que es tan leve! como el aroma
mismo de la rosa".
Y con todo, a mi juicio,
la forma de estas canciones resulta el mejor y más personal aporte de la poesía de
Alvaro. La canción y la cancioncilla, sobre todo cuando se dirigen a sus amores
domésticos, entregan de verdad su corazón desnudo, desnuda su alma:
lo entregan a él mismo, como es. Y suscitan una
poesía delicada y simple, capaz de estar presente siempre. No hablo de aquellos romances
tan bien entonados "Tolú, crepúsculo ardiente,/ cinco y media de la
tarde", sino de su voz enamorada "Múltiple amor irá por mis
caminos./¡Cómo pesará mi corazón!/ Pero con un peso dulce, llevadero,7 peso de
canción", de su cruda ternura "Si mi voz callara, seguiría/
cantando la canción,/ este pájaro loco, aleteante,/ mi ebrio corazón", de su
amor abierto: "Mi corazón es
una
mano extendida! donde arrojan sus monedas,/ la tarde suave, el viento, el río,! los ojos
de la amada. . .
Los seres convocados
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Y siguió trabajando.
Tallando sus gemas. Su Cancionero había sido cosecha de un año: 58 a 59. Sus seres
convocados fueron creados y recreados durante cinco años, del 59 al 64. Tuve la dicha
de dirigir la primera edición, que me confió Alvaro, cuando yo hacía la Revista Arco.
Nos carteamos con frecuencia, le hice observaciones, de las que unas aceptó y otras no. Y
quedó feliz con el hermoso libro que realzaba una bella cubierta dibujada por el gran
artista español Vicente Domínguez. El libro salió en Bogotá, y fue leído, degustado y
gustado por ese reducido grupo, por ese exclusivo gueto que conforman los lectores de
poesía. Es un libro extraño, poblado de poemas extraños, deliciosamente extraños.
Aunque abrazado el poeta a su hermosa retórica y a su santa preceptiva, por suerte logra,
por paradoja milagrosa, velar la retórica y desvelar la poesía. De su preceptiva nos da
allí sinnúmeras lecciones: "por eso herramientas uso/ de escandir versos/ y logro/
los más disímiles metros. / O simplemente/ dejo/ que corra la palabra suelta/ para
perseguir lo unidero" (Portal). Es duro este último verso. Y menos duro acá,
en Presencia del verbo: "Ni digas más que lo justo:/ pon límite a tu
palabra/ dentro de ceñidos muros". El poeta ha huido de la música, de la canción.
Pero la poesía guarda siempre su música interior. Inés Elvira pienso yo
sigue señoreando su universo. Debe de ser a ella, por ejemplo, a quien dice: "De la
mano te llevaré/ para contarte mundo./ Mundo en que estamos inmersos/ que nos recibe
desnudos (Palabras rodadas). Mundo geométrico el suyo, más que metafísico, menos
que metafísico, digamos. Pienso y en esto me aparto del introductor de Poesía,
que Alvaro Restrepo Vélez no logra (y seguramente porque no la busca) la
penetración, metafísica. Y se queda en la contemplación o en la invención de las
formas, mientras ve pasar el río de los seres que convoca. Su ars poética conduce
a la geometría.
En el acápite
"Presencia de la amada", acude su esmerada retórica a modos del verso ya
experimentados en Cancionero. Su pulso es más firme. Torna a la canción, a veces:
"Al principio tu paso era peso/ de la
luna que roza las horas,/ pero luego atracó en tus arenas/ con su vuelo de nave la
aurora". Y no sólo es más firme su pulso: su verso, su voz y la palabra elegida, se
remontaron por sobre los aires de su Cancionero, a la antesala de las esencias:
"Hasta la hospedería de tu frente/ donde duermen las alas de tu pelo/ y surge, rosa
en vuelo, el sol naciente". Reminiscencia piedracelista del modo de Carranza. Y en el
siguiente acápite, "Presencia de seres y conceptos", ya otros han señalado el
acierto del soneto El tiempo. traspasándome:
"Es poco lo hecho, poco lo logrado
/
y
tanto lo que queda por hacer
/
El yo que yo sería se ha esfumado:/viento fugaz,
futuro ya pasado;
/
y cuánto se podría retener/ si hubiera
cosechado lo sembrado". Hermosa reminiscencia de Barba-Jacob.
La casa entre los
árboles
Los seres convocados es, a mi juicio, la
obra mayor y definitiva de Res-trepo Vélez, por su consistencia y su fuerza; pero,
sobretodo, porque contiene los poemas mejor logrados y más hondos, de toda su
producción. Después vendrá La casa entre los árbole, donde se regresa a la
búsqueda del Cancionero, y un poema destaca: el que da nombre al libro. Es, más
que referencia autobiográfica, resumen de su interioridad y .de la clave mayor de su
poesía. Sin la solemnidad ni tremendo hallazgo de Julio Toro en la Vejez de la granjael
poema colombiano que más me ha conmovido siempre, La casa entre los árboles se
mueve, con la misma bucólica ternura, en el mundo elegiaco, que, sin embargo, no conduce
al dolor del bien perdido, sino al temblor de lo enigmático que se ha cobrado: "Ya
está lejos el niño de los graves madroños./ Ya no oye la clara canción del surtidor./
[...] Pero, adulto, remonta los ríos del olvido/ para albergar su vida bajo ramas de
caunce/ y remansar recuerdos en aleros de pomos,/ hojas de carbonero y flores de
caobo".
Palabras
de helecho y greda
Este libro inédito de
Restrepo Vélez viene fechado, en la compilación, en 1979, tres años antes de su muerte.
Tiempo tuvo, pues, el poeta, de darlo por terminado, y revisarlo y pulirlo, conforme a su
costumbre. Uno de los juegos constantes de Restrepo Vélez es el de las variaciones y
glosas de poetas de su gusto. No se trata únicamente del interés retórico, ni de un
alarde de las difíciles técnicas de este género. Sin embargo, aparte de que no está
aquí mi especial gusto por la obra de Restrepo Vélez, pues, con mucho, bien prefiero sus
cancioncillas iniciales y, por supuesto, el temblor enamorado de las convocatorias
de su segundo libro, he de volver en otra ocasión tras estos poemas inéditos. Y
dejo acá la reseña de esta compilación.
DAVID MEJIA VELILLA
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