Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988

Unas obras completas


Poesía
Restrepo Vélez Alvaro
Gráficas Epoca, Medellín, 1988, 212 págs.

He vuelto a encontrarme con la poesía de Alvaro Restrepo Vélez, esta vez en un volumen que, al parecer, la reúne completa, precisamente bajo el nombre de poesía. En la cubierta color marrón, su firma de hombre claro y sencillo, rubricada en los dos apellidos, como señal del legítimo orgullo de su prosapia; y el facsímil de un fragmento manuscrito del poema que inicia la compilación, tan claro como el alma de aquel poeta claro, yque, en cierta manera, compendia lo que es núcleo de sus cantos enamorados: "Eres tan bella, amor, que si te viera! del fondo de la mar surgiendo pura,/ el triste marinero se dijera: /—Esta noche tendré claro de luna—". Cuando el 8 de febrero del 82, de escasos ciencuenta años moría en Medellín, su ciudad natal, Alvaro no había dejado de ser un muchacho de alma pura, a quien Dios y la vida habían dado, al menos según lo percibíamos desde fuera, todas las condiciones de la plena felicidad, que él administraba con su madurez y su destreza de exacto empresario. El poeta, todo poeta, ha sido y será siempre el artista adolescente. Su corazón permanece, aun por sobre los largos y complicados procesos de una vida nada sencilla ni vulgar, en el amanecer de la creación, en el comienzo del canto. Por eso, quizá, toda obra poética es incompleta. Todo poema, en sí mismo, es un boceto. Toda palabra que irrumpe queda abierta. Alvaro Restrepo Vélez trabajó siempre el poema. Podrá ponerse, cada vez, como ejemplo de aplicación al oficio de poeta, asumido en su oneroso laboreo de taller, más que en su quietud contemplativa. Cada poema de Alvaro, de ordinario representa horas y días de composición material, de búsqueda retórica, en el más positivo sentido. De su tío Gonzalo Restrepo Jaramillo, poeta también, Miguel Moreno dijo que durante el día trabajaba en Fenicia (en el fenicio Medellín), y por la noche se refugiaba en Atenas. Vale la observación para el quehacer del sobrino. Al cabo, en el volumen poesía se han recogido cuatro poemarios (Cancionero de entonces, 1958-1959; Los seres convocados, 1959-1964; La casa entre los árboles, 1966; y Palabras de helecho y greda, inédito, 1979), ocho poemas de juventud, una Elegía, al parecer de sus últimos años; y una versión de Paul Claudel, de 1969.

La vocación poética

Restrepo Vélez había nacido en Medellín, el 8 de diciembre de 1931, hijo de familias asentadas en Antioquia desde el siglo XVII, vale decir, desde entonces avecindadas en el campo, y dadas al comercio y a la industria, a la filosofía y a la política, a la literatura y al gobierno de la ciudad y del país: familias de fe cristiana acendrada, y de virtudes personales y sociales harto conocidas en nuestra historia. Restrepo Vélez se identificó con su herencia genética y cultural. Y desde niño dijo el verso, instintiva, amorosamente. Pero sus primeros cantos no son de niñez ni de monte. Estos vendrían después, al cabo de la madura evocación de la casa entre los árboles. Sus primeros poemas se centran en Inés Elvira, su mujer única; y se manifiestan en formas lorquianas y piedracelistas. Asombra advertir de qué manera en el proceso modulativo de su propia voz poética influyen ritmo, lenguaje y aun temática de los poetas que sucesivamente va leyendo y estudiando, y haciendo compañeros de su trasiego poético.

Cancionero de entonces

Quienes fuimos contemporáneos de Restrepo Vélez, lo conocimos y lo admiramos sobre todo, en el decenio del cincuenta, por ser él hombre ducho en humanidades, expositor ameno de temas sociológicos y sociales, modesto y serio, sereno y ordenado. Pasado el tiempo, en el 64, nos presentó su primer libro, Cancionero de entonces, donde agrupó cincuenta y nueve canciones breves, gérmenes, a la postre, de lo que habría de ser su obra total, como hoy ya la poseemos reunida. Su poema, aquí, es de verdad canción, palabra intencionadamente musical, frase compuesta musicalmente, y no de un modo fácil: canto elaborado en la meditación, donde la obvia espontaneidad ha sufrido su castigo, y la exquisita utilería ha sido empleada sobriamente, con tanta sencillez de forma, mas no siempre con entera transparencia. Cierto decaimiento, un maligno desafinamiento, resultan a veces inevitables, en quien ha labrado su verso, sin embargo, con tanto esmero. Asoman aquí las formas, tortuosas a veces, de la Gabriela Mistral de Tala, pero no sus luminosas oscuridades del verso hermético. Asoma Eliot de pronto, pero García Lorca impone su romancero, a lo largo de los pequeños cantos, dichos al mismo tiempo con la voz de Juan Ramón y de los piedracelistas. Y otras lecciones aprendidas de otros poetas. De Geraldy: "Allí estabas tú sobre la silla: ¡tu cartera, tus llaves". De Góngora: "Aferrado al duro suelo! de la áspera realidad/ con ansias de eternidad/ dirige ramas al cielo". De Bernárdez: "La apacible presencia de la esposa,/ este viento de amor que nos conmueve, el peso de los sueños que es tan leve! como el aroma mismo de la rosa".

Y con todo, a mi juicio, la forma de estas canciones resulta el mejor y más personal aporte de la poesía de Alvaro. La canción y la cancioncilla, sobre todo cuando se dirigen a sus amores domésticos, entregan de verdad su corazón desnudo, desnuda su alma:   lo entregan a él mismo, como es. Y suscitan una poesía delicada y simple, capaz de estar presente siempre. No hablo de aquellos romances tan bien entonados —"Tolú, crepúsculo ardiente,/ cinco y media de la tarde"—, sino de su voz enamorada —"Múltiple amor irá por mis caminos./¡Cómo pesará mi corazón!/ Pero con un peso dulce, llevadero,7 peso de canción"—, de su cruda ternura —"Si mi voz callara, seguiría/ cantando la canción,/ este pájaro loco, aleteante,/ mi ebrio corazón"—, de su amor abierto: "Mi corazón es una mano extendida! donde arrojan sus monedas,/ la tarde suave, el viento, el río,! los ojos de la amada. . .

Los seres convocados

Y siguió trabajando. Tallando sus gemas. Su Cancionero había sido cosecha de un año: 58 a 59. Sus seres convocados fueron creados y recreados durante cinco años, del 59 al 64. Tuve la dicha de dirigir la primera edición, que me confió Alvaro, cuando yo hacía la Revista Arco. Nos carteamos con frecuencia, le hice observaciones, de las que unas aceptó y otras no. Y quedó feliz con el hermoso libro que realzaba una bella cubierta dibujada por el gran artista español Vicente Domínguez. El libro salió en Bogotá, y fue leído, degustado y gustado por ese reducido grupo, por ese exclusivo gueto que conforman los lectores de poesía. Es un libro extraño, poblado de poemas extraños, deliciosamente extraños. Aunque abrazado el poeta a su hermosa retórica y a su santa preceptiva, por suerte logra, por paradoja milagrosa, velar la retórica y desvelar la poesía. De su preceptiva nos da allí sinnúmeras lecciones: "por eso herramientas uso/ de escandir versos/ y logro/ los más disímiles metros. / O simplemente/ dejo/ que corra la palabra suelta/ para perseguir lo unidero" (Portal). Es duro este último verso. Y menos duro acá, en Presencia del verbo: "Ni digas más que lo justo:/ pon límite a tu palabra/ dentro de ceñidos muros". El poeta ha huido de la música, de la canción. Pero la poesía guarda siempre su música interior. Inés Elvira —pienso yo— sigue señoreando su universo. Debe de ser a ella, por ejemplo, a quien dice: "De la mano te llevaré/ para contarte mundo./ Mundo en que estamos inmersos/ que nos recibe desnudos (Palabras rodadas). Mundo geométrico el suyo, más que metafísico, menos que metafísico, digamos. Pienso —y en esto me aparto del introductor de Poesía—, que Alvaro Restrepo Vélez no logra (y seguramente porque no la busca) la penetración, metafísica. Y se queda en la contemplación o en la invención de las formas, mientras ve pasar el río de los seres que convoca. Su ars poética conduce a la geometría.

En el acápite "Presencia de la amada", acude su esmerada retórica a modos del verso ya experimentados en Cancionero. Su pulso es más firme. Torna a la canción, a veces:   "Al principio tu paso era peso/ de la luna que roza las horas,/ pero luego atracó en tus arenas/ con su vuelo de nave la aurora". Y no sólo es más firme su pulso: su verso, su voz y la palabra elegida, se remontaron por sobre los aires de su Cancionero, a la antesala de las esencias: "Hasta la hospedería de tu frente/ donde duermen las alas de tu pelo/ y surge, rosa en vuelo, el sol naciente". Reminiscencia piedracelista del modo de Carranza. Y en el siguiente acápite, "Presencia de seres y conceptos", ya otros han señalado el acierto del soneto El tiempo. traspasándome:   "Es poco lo hecho, poco lo logrado / y tanto lo que queda por hacer / El yo que yo sería se ha esfumado:/viento fugaz, futuro ya pasado; / y cuánto se podría retener/ si hubiera cosechado lo sembrado". Hermosa reminiscencia de Barba-Jacob.

La casa entre los árboles

Los seres convocados es, a mi juicio, la obra mayor y definitiva de Res-trepo Vélez, por su consistencia y su fuerza; pero, sobretodo, porque contiene los poemas mejor logrados y más hondos, de toda su producción. Después vendrá La casa entre los árbole, donde se regresa a la búsqueda del Cancionero, y un poema destaca: el que da nombre al libro. Es, más que referencia autobiográfica, resumen de su interioridad y .de la clave mayor de su poesía. Sin la solemnidad ni tremendo hallazgo de Julio Toro en la Vejez de la granja—el poema colombiano que más me ha conmovido siempre—, La casa entre los árboles se mueve, con la misma bucólica ternura, en el mundo elegiaco, que, sin embargo, no conduce al dolor del bien perdido, sino al temblor de lo enigmático que se ha cobrado: "Ya está lejos el niño de los graves madroños./ Ya no oye la clara canción del surtidor./ [...] Pero, adulto, remonta los ríos del olvido/ para albergar su vida bajo ramas de caunce/ y remansar recuerdos en aleros de pomos,/ hojas de carbonero y flores de caobo".

Palabras de helecho y greda

Este libro inédito de Restrepo Vélez viene fechado, en la compilación, en 1979, tres años antes de su muerte. Tiempo tuvo, pues, el poeta, de darlo por terminado, y revisarlo y pulirlo, conforme a su costumbre. Uno de los juegos constantes de Restrepo Vélez es el de las variaciones y glosas de poetas de su gusto. No se trata únicamente del interés retórico, ni de un alarde de las difíciles técnicas de este género. Sin embargo, aparte de que no está aquí mi especial gusto por la obra de Restrepo Vélez, pues, con mucho, bien prefiero sus cancioncillas iniciales —y, por supuesto, el temblor enamorado de las convocatorias de su segundo libro—, he de volver en otra ocasión tras estos poemas inéditos. Y dejo acá la reseña de esta compilación.

DAVID MEJIA VELILLA