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José Maria Vergara y
Vergara (1831-1872), fundador de los periódicos El Mosaico y La Siesta, y de la Academia
Colombiana de la Lengua. Uno de los escritores costumbristas más importantes, autor del
libro Las tres tazas (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango).
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Las tres tazas
"De Santafé a Bogotá,
a través del cuadro de costumbres" (primera parte)
LUIS H. ARISTIZABAL
Reproducciones: Alberto Sierra y
Fondo Cultural Cafetero
QUE MEJOR MANERA de
evocar a la Santafé moribunda y a la Bogotá naciente que a través de la vida y la obra
del más ilustre de sus literatos, don José María Vergara y Vergara (1831-1872).
Fundador de la Academia
Colombiana de la Lengua, mecenas generoso y amigo el más fiel, de él se decía que se
robaba a sí mismo para socorrer a los necesitados. Su fe en la colaboración entre los
hombres y su amor a la tierra nativa se reflejan en una de sus mejores páginas, la
titulada El último abencerraje, parábola según don Tomás Rueda
Vargas, del buen sabanero.
Podría decirse que la
pequeña obra maestra del costumbrismo bogotano es Las tres tazas, cuadro de
Vergara que retraza el tránsito de la aldehuela colonial (Santafé) al tráfago de la
urbe cosmopolita (Bogotá). He de hablar de costumbrismo, aun a conciencia de la
inevitable torpeza que se comete al encuadrar cualquier manifestación artística dentro
de un ismo. Profeso, como Voltaire, la creencia de que todos los géneros y escuelas son
buenos, salvo los aburridos. Todas esas clasificaciones arbitrarias han quedado atrás a
partir de la Estética de Croce. Pero son cómodas y se han mostrado eficaces para
edificar sobre ellas una historia que no puede sostenerse sobre un pilar de miles de
hechos particulares.
De costumbrismo, pues,
podemos hablar a mediados del siglo XIX. Digamos, con Jaime Posada, que es costumbrista
todo encuentro, sin adulteración, con la realidad de una época, con sus sentimientos y
sus pequeños quehaceres. Con esta definición, arbitraria como todas, estamos aceptando
que el cuadro de costumbres no abarca un período determinado, y aún menos un lugar.
Costumbrista es entonces, por ejemplo, la descripción de la Santafé del siglo XVII que
hace Piedrahíta: "Santafé de Bogotá está en las faldas de dos montes por donde
pendientemente extiende su población [...]; sus calles son anchas, derechas y empedradas
de presente todas, con tal disposición que ni en invierno se ven lodos, ni fastidian
polvos en el verano". Tras la minuciosa descripción de sus cuatro plazas, sus
puentes en arco, sus acequias y sus molinos, Piedrahíta describe los usos y formas de
vida de los habitantes. La pura descripción no ahorra el comentario moralizador del
escritor ni la imaginación creadora, pues la precisión histórica no es esencial al
ámbito literario... Un cronista de Indias, para citar un caso, supuso que en Santafé los
muchachos andaban "registrando los caños de las calles en que hallan no pocas veces
punticas de finísimo oro que deben de despedirse de los cerros que dominan la
ciudad". Era, claro, la época del Dorado y de las minas fabulosas de Jauja y del
Potosí, que hizo mella en la imaginación calenturienta de los que jamás visitaron las
Indias o que no quisieron ver lo que en verdad había.
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Yo te amo.
Acuarela de José María Domínguez R. (Fondo Cultural Cafetero).
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Con hermosa dignidad, el
costumbrista quiere hacer literatura de la historia o lo que, tras criticarle el hecho de
no hacer crítica social, Eduardo Camacho Guizado llamó "seudosociología".
Pero lo cierto es que los tiempos no estaban para el análisis de luchas sociales; la
eficacia del cuadro costumbrista radica en gran parte en el poder de sorprender a un
lector que se entera atónito o divertido de que digamos en alguna época se
impuso entre los hombres de Bogotá la moda de no usar esas "superfluidades" que
hoy conocemos con el nombre de "ropa interior". Aun así, hay cierta objetividad
en esos colectores de hábitos, porque no se preocupan sino por pintar una transparencia;
el costumbrista pesquisa, intenta sacar a luz lo soterrado, y suele ser ecuánime en su
dibujo. No se encuentra en él ese vano autoelogio, ni la hiperbólica repetición
insaciable del patriótico catálogo de nuestras riquezas naturales, propia de algunos de
los primeros escritores de la nueva república. Antes bien, el cuadro de costumbres
practica una sistemática benevolencia hacia todo, con cierto candor humanista.
Infortunadamente, la
tradicional y muy influyente indulgencia del maestro Sanín Cano no pudo aceptar el
movimiento costumbrista: "El cuadro de costumbres tiranizó toda una época". O
"se pensaba que un pequeño esfuerzo y capacidad de observación bastaban para crear
obras maestras del género "La ola romántica trajo entre nosotros la boga del cuadro
de costumbres ...]. La popularidad de muchos años vino a parar en el descrédito de mucho
tiempo", escribió en Letras colombianas.
Argüiré, sin embargo,
que pocas cosas hay menos románticas que el realismo desapasionado del cuadro de
costumbres. Me apoyaré en el testimonio de don José Eusebio Caro, gran romántico que,
al igual que Poe en la otra América, fijó los límites académicos de la literatura,
deseando hacer desaparecer toda obra de ficción. Caro, no obstante, no produjo un solo
cuadro de costumbres y fue, a no dudarlo, un rebelde contra la realidad, un soñador,
contrariamente al espíritu clásico y tradicional que encarnaría su hijo don Miguel
Antonio.
La crítica de Camacho
Guizado no ha sido menos dura: localismo, provincianismo, estrechez de miras, o expresión
de terratenientes cultos en sus ratos de ocio, forman parte de su análisis dialéctico
del costumbrismo, pese al mentís que le da la obra de Eugenio Díaz, campesino de ruana y
alpargatas que produjo una de las mejores obras del período y que con sencillez
escribió: "el costumbrismo no se inventa sino que se copia".
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La venta y el
dueño. Acuarela de José María Domínguez R. (Fondo Cultural Cafetero).
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Una
estancia en Chapinero. Acuarela de Manuel Dositeo Carvajal. Julio de 1858 (Fondo Cultural
Cafetero).
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Pero tratemos de precisar
la época que nos interesa. Un antecedente podría ser el Semanario de la Nueva Granada,
de Caldas, en el que se vieron títulos de cómica trivialidad: "Del ayuno en
nochebuena y de la antigüedad del uso de los buñuelos", o "Exposición sobre
el uso y utilidad de tocar las campanillas en las iglesias", de don Felipe de
Vergara. Son cuadros que ya llevan en sí el espíritu costumbrista. Son los últimos
días de la colonia, cuando ya se empieza a hablar de una Santafé supuestamente culta,
una Atenas suramericana.
LA ATENAS
SURAMERICANA. ¿QUIEN LA INVENTO?
En reseña aparecida en
un número anterior de esta publicación, Jorge Orlando Melo se preguntaba el origen de la
expresión. Se ha atribuido intuitivamente la acuñación del término "Atenas
suramericana", para Santafé, al barón de Humboldt. No deja de ser interesante
indagar un poco por el origen de tan usado y quizá poco dichoso calificativo. Como
contribución a un tema curioso, propondré unos pocos datos desnudos escogidos al azar de
diversas lecturas.
Si la obra finisecular
del francés Pierre dEspagnat no rebaja a Bogotá (1898) de "Atenas del
sur", las anteriores crónicas del argentino don Miguel Cané hablan de una
"Atenas suramericana . Melo observa que el francés Charles Saffray, a propósito de
la ciudad ignorante que conoció hacia 1862, habló con ironía de la "nueva
Atenas". Pero ya antes, en 1831, decía de la ciudad el sacerdote José Scarpetta en La
Bolivíada: "igualarte pretenden con Atenas". Y mucho más atrás, en
plena colonia, floreció don Francisco Antonio Vélez Ladrón de Guevara (1721 -¿1781?),
el primer poeta genuinamente santafereño. Epigramático, cortesano y festivo, entre
burlón y cachaco, Ladrón de Guevara fue nuestro Ronsard ante la corte de los virreyes y
es recordado por
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Ricardo
Silva,
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Ignacio
Gutiérrez Vergara
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José Caicedo
y Rojas
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una célebre oda al dolor
de muelas de una dama. En una de sus décimas, denigra de los sabios extranjeros:
Traer a Santafé
oradores,
Atenas de tantos sabios.
¿Fue éste el origen del
término?
El nombre de Humboldt no
puede ser pasado sin algún comentario. Porque el espíritu científico del sabio alemán
fue ciego a la vida americana, o más exactamente a la vida del blanco y del mestizo
americanos. No quiso voltear la vista hacia la clase alta, a la que miraba con cierto
desprecio no exento de nacionalismo. En cambio, negros e indios fueron objeto de su
simpatía y de agudas observaciones sociales. Santafé apenas sirvió para que
materializara su admiración por Mutis y para que constatara, con un romanticismo a lo
Goethe, que aquí las rosas se habían vuelto salvajes y que en ninguna otra parte eran
más olorosas, o que no se sufría de fiebres pero sí de hidropesía, ataques reumáticos
y tabardillo. Su paso acaso si sirvió para dirimir una terrible disputa que apasionaba
desde tres siglos atrás a los santafereños, a saber, cuál de los cerros era más alto,
si Monserrate o Guadalupe. El sabio teutón dio la palma a este último, agregando, para
pasmo de sus escuchas, que tenía la mismu altura que el Etna, en Sicilia. Lo que sí se
trasluce de sus observaciones es la diafanidad de una atmósfera que permitía otear, casi
a diario, los grandes nevados de la cordillera Central y, cosa notable, Humboldt advirtió
claramente la fumarola del volcán nevado del Ruiz. Un poema de José Joaquín Ortiz da
testimonio de aquellas alturas lejanas. Cerca de Santafé ve
... en el confln del
último horizonte,
reverberando al sol, alzar su cima
sobre un monte, y un monte y otro monte
la pirámide excelsa del Tolima.
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Y si hemos de creer a un
pasaje de la novela Manuela de Eugenio Díaz, a mediados del siglo, la cúspide del
Tolima también se observaba rodeada de halos volcánicos.
LA PRIMERA TAZA. EL
CHOCOLATE SANTAFEREÑO
Es 1813. Nariño se
apresta a partir para la campaña del sur. En casa de] marqués de san Jorge, doña Tadea
Lozano organiza una despedida para e] general. La forma, una nocturna taza de chocolate.
La escena será descrita por Vergara y Vergara. El chocolate santafereño es, desde luego,
una herencia colonial y aristocrática, copiada en lejanos tiempos, y a la manera criolla,
del clásico chocolate madrileño, tan espeso que se vacila en juzgar si pertenece al
estado líquido o al sólido. Su preparación constituye todo un rito y es en extremo
difícil, pues una delicada mezcla de cacao con canela aromática y humedecida en vino
debe reposar en los arcones durante ocho largos años, so pena de un mal añejamiento. El
día de marras no se precisa de menos cuidado en la elaboración: hervida el agua, se
echan las pastillas; luego, otros dos hervores para que se derritan, acudiendo al precioso
molinillo solamente tras el tercer hervor, con el objeto de crear esa espuma de visos
azules y dorados tan característica, y no para "desbaratar la respetable pastilla a
porrazos como lo hacen hoy innobles cocineras". Además, no sobra decirlo, se
precisan dos pastillas por jícara jícara de plata, se entiende, porque
"hay casas en que con una pastilla despachan tres víctimas".
Júzguese el apetitoso
resultado por estas palabras de Vergara: "¡Musa de Grecia, la de las ingeniosas
ficciones, házme el favor de decirme cómo diablos se pudiera hacer llegar a las narices
de mis actuales conciudadanos el perfume de aquel chocolate colonial!". ¿Puede haber
mejor caracterización de una época que ese cuadro sencillo y perdurable? Vergara escribe
con nostalgia del pasado perdido irremediablemente: "Con tales jícaras fue que se
llevó a cabo nuestra gloriosa emancipación política. Si hubiera sido el té su bebida
favorita, el acta del 20 de julio de 1810 no hubiera tenido más firmas que las del virrey
Amar, que nunca quiso firmarla".
Cuatro años más tarde,
casi todos los asistentes a aquella tertulia habían sido fusilados por Morillo o estaban
en el destierro.
La república ha nacido.
Es un siglo que todavía desea enfrentar la realidad. Hay optimismo. Los hombres se han
transformado en héroes a fuerza de
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Distracción;
Jugando naipes. Acuarela de José María Domínguez R. (Fondo Cultural Cafetero).
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Ruinas de
Guadalupe en la cordillera de Bogotá tomada del lado occidental. Acuarela de Manuel
Dositeo Carvajal (Fondo Cultural Cafetero).
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degollar españoles,
según la feliz expresión de Eduardo Lemaitre. Las señoras temen ahora más al ridículo
que al infierno. Nacen los primeros círculos literarios independientes. Podemos señalar,
como primera tertulia republicana, al Parnasillo. Eran medianos versificadores. Pero
cantaron algunos las costumbres santafereñas. Es el caso de Ignacio Gutiérrez Vergara en
su elogio del chocolate, canto homérico impregnado de mitologías:
Diste también música
sonora,
de toda la más grata y de más brillo,
que al batirlo produce el molinillo.
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La primera obra
costumbrista será, según Alberto Miramón, Las convulsiones, deliciosa comedia de
Luis Vargas Tejada, aunque su chiste sea más espontáneo y genial que el de sus
continuadores. Podríamos agregar que es más mordaz y picante; ellos serán más sanos e
ingenuos. Vargas Tejada era un genio, arrebatado por una temprana muerte. Tras la abortada
conspiración septembrina de 1828, en la que quiso materializar todo su odio a Bolívar,
debió refugiarse muchos meses en una caverna en algún lugar de la sabana, para marchar
luego a los llanos en busca del exilio y perecer ahogado misteriosamente en un río. Como
anotó Arango Ferrer, probablemente hubo un asesino, y seguramente un testigo. Como poeta,
Vargas Tejada hubiera sido grande. Habló, mucho antes que Valencia y sus camellos
midieran a grandes pasos un arenal nubio, del "tardo insecto que la tierra
mide". Y en Las convulsiones, consignó en gráciles versos la vida de la
Santafé del 1820, que se niega a madrugar y a trabajar:
¿ Podrá acaso sufrir
el más paciente
una vida tan triste y mezquina
como es la de un empleado de oficina?
[...] mejores oficinas
son la fonda, el billar y las esquinas.
Por lo que toca a la
cuestión social, es ya lugar común el admitir que la independencia significó apenas un
cambio de una elite peninsular por una elite criolla. La modorra colonial, heredera de dos
siglos abúlicos que fueron, al decir de Octavio Paz, nuestra Edad Media, ya que no
tuvimos nunca siglo XVIII ni Ilustración, dominará la vida económica hasta 1850, como
lo demostró acertadamente Nieto Arteta. Se vivirá lentamente vida de aldea, comentando
acaso el terremoto de 1827 o el nunca bien bendecido gobierno de Mallarino. Al viajero
francés Augusto Le Moyne, que estuvo en el país entre 1828 y 1839, le impresionarán las
"saturnales de tres días" que preceden la cuaresma, describirá una ciudad en
la que se empieza a consumir el pan francés y dirá que las santafereñas son
inteligentes e ingeniosas, pero incultas, aunque gozan de una "excesiva libertad de
expresión", y se extraña de las muchas relaciones extramatrimoniales que se dan en
una clase media poco mojigata, así como de que las mujeres fumen. (Treinta años más
tarde, Bizet tendrá problemas para montar su ópera Carmen en la ciudad más
liberal del mundo, por mostrar en público mujeres fumando). A Le Moyne lo aterran,
además, la deficiente prestación dejusticia, legado colonial, y la conscripción
obligatoria.
EL NACIMIENTO DEL
CACHACO
Los calentanos
llamaban a los santafereños "moscas", que es como decir "muiscas" o
"chibchas". Hoy se diría "indios". El origen del término está
simpáticamente descrito por Rodríguez
Freyle en El Carnero; los conquistadores habrían oído decir a los indios
"musca puenunga", que quiere decir "mucha gente". El traductor habría
dicho: "dicen que son como moscas", de donde se les quedó el apelativo durante
toda la colonia.
La primera sociedad
republicana se dividió entre "calzados" y "descalzos", haciendo
referencia a una distinción visible, puramente económica y no racial. En Manuela, Eugenio
Díaz hablará de criadas blancas y hermosas a quienes hay que mirar a los pies para
distinguirlas de las señoras.
El estreno de libertad
política quería formar a toda costa grupos nuevos, castas y partidos que lucharan por un
poder que nunca antes se había ejercido; con ello nacieron, además de los partidos
tradicionales, toda una serie de distingos sociales vagos, contradictorios y difíciles de
definir. En 1833, los dictatoriales llamaban "cachacos" a los liberales que
acabaron con la dictadura de Urdaneta. Un costumbrista antioqueño, Juan de Dios Restrepo
(Emiro Kastos), hizo la mejor definición del cachaco: "El cachaco ha sido siempre el
representante más caracterizado del buen humor y del espíritu bogotanos. Entre los
veintidós y los veinticinco comienza y acaba su carrera. Chistes escogidos, ocurrencias
afortunadas, elegancia en el vestir, maneras finas, aventuras galantes, calaveradas de
buen tono".
Siguiendo a Laureano
García Ortiz, los dos primeros cachacos fueron Nariño y Santander. El primero bien pudo
ser Nariño. Dice Gómez Restrepo: "hacía guerra de guerrillas esgrimiendo las armas
de la ironía y el sarcasmo, con la agudeza y el espíritu cáustico propio de los
bogotanos". El cachaco está unido a un tipo de humor muy particular. Esa sátira muy
bogotana ya estaba presente en don Francisco Javier Caro, gaditano de origen vasco, abuelo
de don José Eusebio. Este funcionario colonial dejó tres volúmenes de un diario, jamás
publicado, que Vergara calificara como "Santafé en camisa", quemado años
después, por escrúpulos de conciencia, por alguna lejana heredera
1.
En algún momento de
nuestra incierta historia social, el pueblo empezó a identificar a los cachacos con los
comerciantes y con los "gólgotas", liberales radicales y románticos que,
paradójicamente, harían la gran revolución anticolonial e introducirían el
librecambio, con tanto arranque populista que don José Eusebio Caro, sintiendo llegado el
socialismo con el gobierno del general José Hilario López, se marcharía a un exilio del
que no habría de regresar. El pueblo emprendió consignas como "mueran los cachacos,
abajo los gólgotas". De su lado se alinearon los artesanos o "chisperos",
los de ruana, es decir los campesinos pobres, los "nieblunos", vecinos del
"tenebroso arrabal" de las Nieves, los "guaches", los bolabotines o
emboladores callejeros (el betún se vendía en bolas; de ahí los apelativos) y todo el
resto del vago proletariado. En los escritos de la época se desnuda el tremendo arraigo
popular de dos caudillos: Obando el más querido y Melo, el maníaco que se
divertía con sus dos caballos y su vaca en los salones de recibo de palacio y que diera
muerte a sus animales favoritos con su propia mano antes de verlos caer en manos del
enemigo, en 1854. Ese golpe a Melo significaría el final de una época populista, y la
derrota del artesanado, cuyos miembros fueron enviados literalmente a podrirse en las
riberas del Chagres, en Panamá.
El costumbrista más
característico de la primera época republicana fue don José Caicedo y Rojas
(1816-1897). "Don Pepe" era hombre anclado en el pasado. Cantó, al decir de
Martínez Silva, las cosas arcaicas. Escribió, con
Antonio Gómez Restrepo, Histoña de la literatura
colombiana, Bogotá, Biblioteca Nacional, s.f.
cierta candidez, que los cuadros de costumbres tenían por objeto pintar y
corregir los usos y manera de vivir de la sociedad. Compuso una excelente biografía de
Vargas Tejada y otra de fray Domingo de las Casas. Y su delicada pluma mercenaria fue
responsable de otra obra célebre, el Diario de un abanderado, memorias del
pintor-soldado José María Espinosa. Nos legó una novela, Don Alvaro, inmenso
cuadro colonial, así como el que Camacho Guizado considera el más valioso libro
costumbrista: Apuntes de ranchería, que, como su nombre lo indica, se dedica más
a la vida del rancho campesino que a la ciudad. Es un libro que no ha dejado escapar
todavía toda su fragancia; muy castizo y deleitoso, de estilo manso y sereno, se complace
en revivir tiempos mejores, remotos y tradicionales. Es una pesadumbre del ayer. Juana
la bruja es la recreación de unas de las historias antiguas de El carnero; otros
cuadros, como El tiple y Antonio Caro, son recuerdo de nuestra primera
cruenta guerra civil, la de 1840. Este libro daría en su tiempo gran fama a "don
Pepe", un cachaco que parecía un sajón, rubio e inmenso.
Como he marchado un poco
rozando el terreno gastronómico, quiero recordar que, en Don Alvaro, Caicedo
describió el plato colonial santafereño más típico: el monumental puchero, llamado por
los chapetones "olla podrida": "en el amplio bandejón yacían confundidos y campeaban humeantes, además
de las carnes de vaca, cordero, jamón y gallina, el dorado tocino, el negro salchichón,
el blando repollo, el plátano, manzanas, pasas, duraznos y demás artículos de la facura
pucherística: unión fraternal y emblema el más cumplido de la igualdad y democracia
aplicadas al arte gastronómico".
LA SEGUNDA
TAZA: EL CAFE Y LA PRESENCIA INGLESA EN SANTA FE
Al final de su
primera taza, Vergara escribe: "Morillo hizo su cosecha de sangre. Pasó aquella
tempestad y vino Bolívar. Con Bolívar vinieron los ingleses de la legión británica y
con ellos, ¡cosa triste!, el uso del café, que vino a suplir la taza de chocolate".
Sí, el café, y no el
té, fue el primer legado inglés. Si de corazón Santafé seguía viviendo en la colonia,
al menos exteriormente se quería romper con todo aquello que recordara la odiosa
dominación y así los ojos miraron a otra cultura: la inglesa.
1848. Vergara es invitado
a beber una taza de café. "El café me era conocido como un remedio excelente, feo
como todo remedio". Por fortuna, a este precede el irremplazable ajiaco señal
de la evolución gastronómica, que era una sopa acompañada seguramente de
"curas" o aguacates y seguida por hermosos pollos asados, "dignos de un
príncipe convaleciente" y de todo tipo de vinos y, al final, del odioso café.
Vergara escribe a su amigo Ricardo Silva:
"¡Oh Silva! ¡Oh
Silva! ¡qué sorbo!... Apurado el primer sorbo, apartamos respetuosamente el pocillo, y
yo volví la cara para escupir con maña y sin que nadie notara el puñado de afrecho que
me había quedado en las fauces Impúdico brevaje, tinta de uvilla con tártaro, lo llama.
"Ahora no soy caballero, no soy sino un hombre herido en lo más caro que tiene, en
su guargüero; soy un león enfurecido; y si no me das chocolate dice al
anfitrión te despedazo, aquí en presencia de tu tierna esposa y de tus tiernos
hijos".
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Los
cazadores: Costumbres granadinas. Manuel Dositeo Carvajal (Fondo Cultural Cafetero).
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La invasión inglesa
estaba en su apogeo y la reina Victoria gobernaba cómodamente sus inmensos dominios
ultramarinos, ya políticos, ya mercantiles; los británicos sorprendidos porque sus grandes
glorias nacionales, como Francis Drake o Walter Raleigh, no fueran considerados aquí más
que vulgares piratas, trataban con vario éxito de extender su influencia más allá del
simple comercio. Así explica Germán Arciniegas el proceso de britanización: "Como
la independencia nos ha venido en parte de los ingleses porque fueron los ingleses
de Filadelfia quienes primero nos regalaron con la fórmula republicana, y luego
Inglaterra nos prestó unas cuantas libras para ayuda de costas en la guerra, nos da
por tomar de Inglaterra la mayor colección de hábitos nuevos, con que ofender a la
tradición española de los chapetones [...] El mayor tono que se dieron por un siglo los
americanos fue cambiar los géneros de Castilla por artículos ingleses. Ya no se
volvieron a mencionar paños de Córdoba, sino ingleses. Ingleses eran los vidrios de las
ventanas. El calzado inglés, el mejor. El corte del vestido, inglés. Se trocaron las
casacas de terciopelo y cascadas de encajes, y chambergos, por trajes de corte inglés,
por el smoking y el jacket y el cuello duro y el sombrero duro. Hasta las
indias empezaron a vestir con zarazas de Manchester, que fue la mayor influencia de la
escuela manchesteriana registrada a principios de la república". Pasamos de los
toros a los hipódromos con jockeys, e introdujimos enfermedades como el exótico spleen
londinense. "Finalmente, introdujimos teja inglesa legítima, metálica,
galvanizada".
En el campo filosófico y
en el económico, Santander trajo las teorías utilitarias de Bentham, que, según José
Eusebio Caro, se tradujeron en una terrible desmoralización de la juventud, y hacia 1847
llegó de inglaterra don Florentino González con el fresco laissez faire bajo el
brazo. Los estudiantes de colegio de San Buenaventura, para citar un caso, entre ellos el
joven Jorge Isaacs, portaban un uniforme igual al de Oxford y los niños ya no eran
invitados a tradicionales convites sino a lunchs. Los ferulazos en las manos, que más de
un siglo después algunos alcanzamos a sufrir en carne propia, eran también una
importación de la "civilización" británica.
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El paseo que
el bogotano de escasos recursos podía realizar era ir a rezar a la iglesia de Lourdes en
la vecina población de Chapinero (Recuerdos de Bogotá; Ediciones Augusto Schimmer).
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Una escogida inmigración
se produjo entre 1825 y 1860. Algunos como OLeary, habían llegado a América
incluso antes que la Legión Británica, así como varios franceses que explican la
presencia de apellidos como Girardot y Soublette en la gesta emancipadora. Otros vinieron
como simples viajeros: Hamilton,
o el ilustre capitán Cochrane, héroe de la independencia del cono sur del continente,
gran admirador de Nariño, que dejó sus recuerdos en el Journal of a residence and
travels in Colombia (Londres, 1825). Ilustres apellidos, algunos de los cuales
perduran en Bogotá, vienen de ese entonces: Wilson, Fallon, Schloss, Isaacs, Reed, Michelsen,
Malo, Cross, Constantine, Davoren, Sayer, Logan, Collins, Bonitto, Wills, Powless,
Linding, Price, entre otros. Precisamente sería don Enrique Price quien, en 1849, fundara
la Sociedad Filarmónica, origen remoto del Conservatorio Nacional, entidad que organizaba
un concierto cada mes, cerrado con valses de Strauss. Ella introdujo el frac y la corbata
en las ocasiones solemnes. Su esfuerzo sería refrendado, años más tarde, con la
fundación, por don Jorge Price, de la célebre Academia, convertida con el tiempo en el
conservatorio. Varios ingleses llegaron como pintores de la Comisión Corográfica; entre
ellos Price y el acuarelista Edward Mark.
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Río-Bogotá en la región de la Mesa, una de las
poblaciones a donde paseaban los bogotanos (Recuerdos de Bogotá; Ediciones Augusto
Schimmer).
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El papel
que había desempeñado Francia en el movimiento intelectual que precedió a la
emancipación se diluyó como por encanto. Basta leer nuestros poetas del siglo XIX para
concluir que el Imperio Británico había sembrado no sólo su espíritu sino su sangre en
Santa.fé. Tuvimos a José Joaquín Ortiz, a Julio Arboleda ODonell, de ascendencia
irlandesa, a su primo hermano don Lino de Pombo ODonell, quien no fue poeta porque
consideraba la poesía un "rimar fútil", sino prócer que sostuvo el sitio de
Cartagena alimentándose de carne de burro, siendo uno de los pocos que logró escapar de
Morillo, sin lo cual nos habría privado de la brillantez de sus hijos, don Rafael y don
Manuel Pombo, éste costumbrista bogotano nacido en Popayán. Tanto Diego Fallon como
Jorge Isaacs llevaban sangre inglesa en sus venas, así como la poetisa Gordon de Jove,
parienta de lord Byron
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, "En la poesía colombiana, en la más original, en la más castiza, en la más
española, hay un vago perfume, un dejo sabroso de poesía inglesa", escribió Juan
Varela. Y el mismo Menéndez y Pelayo observó que hasta Núñez parecía un gran poeta
inglés que escribiera en castellano.
Tanta pudo ser la
influencia, que llegó a darse el caso aberrante de que fuera más fácil enterarse de las
noticias nacionales a través de un diario londinense que a través de los medios propios,
sumergidos como estábamos en la época de revolucioncitas que Eduardo Lemaitre ha
denominado "caótica edad media republicana, cuyo cuadro histórico resulta casi
imposible de revivir". Tanta guerra ominosa puede sólo explicarse, como lo hicieran
los autores de Pax,
al terminar la más larga y sangrienta de ellas: los
colombianos vivimos dominados por la nostalgia de la muerte.
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SEGUNDA
PARTE
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