Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988
 
José Maria Vergara y Vergara (1831-1872), fundador de los periódicos El Mosaico y La Siesta, y de la Academia Colombiana de la Lengua. Uno de los escritores costumbristas más importantes, autor del libro Las tres tazas (Colección Biblioteca Luis-Angel Arango).

Las tres tazas
"De Santafé a Bogotá,
a través del cuadro de costumbres" (primera parte)

LUIS H. ARISTIZABAL 
Reproducciones: Alberto Sierra y
Fondo Cultural Cafetero

 

QUE MEJOR MANERA de evocar a la Santafé moribunda y a la Bogotá naciente que a través de la vida y la obra del más ilustre de sus literatos, don José María Vergara y Vergara (1831-1872).

Fundador de la Academia Colombiana de la Lengua, mecenas generoso y amigo el más fiel, de él se decía que se robaba a sí mismo para socorrer a los necesitados. Su fe en la colaboración entre los hombres y su amor a la tierra nativa se reflejan en una de sus mejores páginas, la titulada El último abencerraje, parábola —según don Tomás Rueda Vargas—, del buen sabanero.

Podría decirse que la pequeña obra maestra del costumbrismo bogotano es Las tres tazas, cuadro de Vergara que retraza el tránsito de la aldehuela colonial (Santafé) al tráfago de la urbe cosmopolita (Bogotá). He de hablar de costumbrismo, aun a conciencia de la inevitable torpeza que se comete al encuadrar cualquier manifestación artística dentro de un ismo. Profeso, como Voltaire, la creencia de que todos los géneros y escuelas son buenos, salvo los aburridos. Todas esas clasificaciones arbitrarias han quedado atrás a partir de la Estética de Croce. Pero son cómodas y se han mostrado eficaces para edificar sobre ellas una historia que no puede sostenerse sobre un pilar de miles de hechos particulares.

De costumbrismo, pues, podemos hablar a mediados del siglo XIX. Digamos, con Jaime Posada, que es costumbrista todo encuentro, sin adulteración, con la realidad de una época, con sus sentimientos y sus pequeños quehaceres. Con esta definición, arbitraria como todas, estamos aceptando que el cuadro de costumbres no abarca un período determinado, y aún menos un lugar. Costumbrista es entonces, por ejemplo, la descripción de la Santafé del siglo XVII que hace Piedrahíta: "Santafé de Bogotá está en las faldas de dos montes por donde pendientemente extiende su población [...]; sus calles son anchas, derechas y empedradas de presente todas, con tal disposición que ni en invierno se ven lodos, ni fastidian polvos en el verano". Tras la minuciosa descripción de sus cuatro plazas, sus puentes en arco, sus acequias y sus molinos, Piedrahíta describe los usos y formas de vida de los habitantes. La pura descripción no ahorra el comentario moralizador del escritor ni la imaginación creadora, pues la precisión histórica no es esencial al ámbito literario... Un cronista de Indias, para citar un caso, supuso que en Santafé los muchachos andaban "registrando los caños de las calles en que hallan no pocas veces punticas de finísimo oro que deben de despedirse de los cerros que dominan la ciudad". Era, claro, la época del Dorado y de las minas fabulosas de Jauja y del Potosí, que hizo mella en la imaginación calenturienta de los que jamás visitaron las Indias o que no quisieron ver lo que en verdad había.

Yo te amo. Acuarela de José María Domínguez R. (Fondo Cultural Cafetero).

Con hermosa dignidad, el costumbrista quiere hacer literatura de la historia o lo que, tras criticarle el hecho de no hacer crítica social, Eduardo Camacho Guizado llamó "seudosociología". Pero lo cierto es que los tiempos no estaban para el análisis de luchas sociales; la eficacia del cuadro costumbrista radica en gran parte en el poder de sorprender a un lector que se entera atónito o divertido de que —digamos— en alguna época se impuso entre los hombres de Bogotá la moda de no usar esas "superfluidades" que hoy conocemos con el nombre de "ropa interior". Aun así, hay cierta objetividad en esos colectores de hábitos, porque no se preocupan sino por pintar una transparencia; el costumbrista pesquisa, intenta sacar a luz lo soterrado, y suele ser ecuánime en su dibujo. No se encuentra en él ese vano autoelogio, ni la hiperbólica repetición insaciable del patriótico catálogo de nuestras riquezas naturales, propia de algunos de los primeros escritores de la nueva república. Antes bien, el cuadro de costumbres practica una sistemática benevolencia hacia todo, con cierto candor humanista.

Infortunadamente, la tradicional y muy influyente indulgencia del maestro Sanín Cano no pudo aceptar el movimiento costumbrista: "El cuadro de costumbres tiranizó toda una época". O "se pensaba que un pequeño esfuerzo y capacidad de observación bastaban para crear obras maestras del género "La ola romántica trajo entre nosotros la boga del cuadro de costumbres ...]. La popularidad de muchos años vino a parar en el descrédito de mucho tiempo", escribió en Letras colombianas.

Argüiré, sin embargo, que pocas cosas hay menos románticas que el realismo desapasionado del cuadro de costumbres. Me apoyaré en el testimonio de don José Eusebio Caro, gran romántico que, al igual que Poe en la otra América, fijó los límites académicos de la literatura, deseando hacer desaparecer toda obra de ficción. Caro, no obstante, no produjo un solo cuadro de costumbres y fue, a no dudarlo, un rebelde contra la realidad, un soñador, contrariamente al espíritu clásico y tradicional que encarnaría su hijo don Miguel Antonio.

La crítica de Camacho Guizado no ha sido menos dura: localismo, provincianismo, estrechez de miras, o expresión de terratenientes cultos en sus ratos de ocio, forman parte de su análisis dialéctico del costumbrismo, pese al mentís que le da la obra de Eugenio Díaz, campesino de ruana y alpargatas que produjo una de las mejores obras del período y que con sencillez escribió: "el costumbrismo no se inventa sino que se copia".

La venta y el dueño. Acuarela de José María Domínguez R. (Fondo Cultural Cafetero). Una estancia en Chapinero. Acuarela de Manuel Dositeo Carvajal. Julio de 1858 (Fondo Cultural Cafetero).

Pero tratemos de precisar la época que nos interesa. Un antecedente podría ser el Semanario de la Nueva Granada, de Caldas, en el que se vieron títulos de cómica trivialidad: "Del ayuno en nochebuena y de la antigüedad del uso de los buñuelos", o "Exposición sobre el uso y utilidad de tocar las campanillas en las iglesias", de don Felipe de Vergara. Son cuadros que ya llevan en sí el espíritu costumbrista. Son los últimos días de la colonia, cuando ya se empieza a hablar de una Santafé supuestamente culta, una Atenas suramericana.

LA ATENAS SURAMERICANA. ¿QUIEN LA INVENTO?

En reseña aparecida en un número anterior de esta publicación, Jorge Orlando Melo se preguntaba el origen de la expresión. Se ha atribuido intuitivamente la acuñación del término "Atenas suramericana", para Santafé, al barón de Humboldt. No deja de ser interesante’ indagar un poco por el origen de tan usado y quizá poco dichoso calificativo. Como contribución a un tema curioso, propondré unos pocos datos desnudos escogidos al azar de diversas lecturas.

Si la obra finisecular del francés Pierre d’Espagnat no rebaja a Bogotá (1898) de "Atenas del sur", las anteriores crónicas del argentino don Miguel Cané hablan de una "Atenas suramericana . Melo observa que el francés Charles Saffray, a propósito de la ciudad ignorante que conoció hacia 1862, habló con ironía de la "nueva Atenas". Pero ya antes, en 1831, decía de la ciudad el sacerdote José Scarpetta en La Bolivíada: "igualarte pretenden con Atenas". Y mucho más atrás, en plena colonia, floreció don Francisco Antonio Vélez Ladrón de Guevara (1721 -¿1781?), el primer poeta genuinamente santafereño. Epigramático, cortesano y festivo, entre burlón y cachaco, Ladrón de Guevara fue nuestro Ronsard ante la corte de los virreyes y es recordado por

 
 Ricardo Silva, Ignacio Gutiérrez Vergara José Caicedo y Rojas 

una célebre oda al dolor de muelas de una dama. En una de sus décimas, denigra de los sabios extranjeros:

Traer a Santafé oradores,
Atenas de tantos sabios.

¿Fue éste el origen del término?

El nombre de Humboldt no puede ser pasado sin algún comentario. Porque el espíritu científico del sabio alemán fue ciego a la vida americana, o más exactamente a la vida del blanco y del mestizo americanos. No quiso voltear la vista hacia la clase alta, a la que miraba con cierto desprecio no exento de nacionalismo. En cambio, negros e indios fueron objeto de su simpatía y de agudas observaciones sociales. Santafé apenas sirvió para que materializara su admiración por Mutis y para que constatara, con un romanticismo a lo Goethe, que aquí las rosas se habían vuelto salvajes y que en ninguna otra parte eran más olorosas, o que no se sufría de fiebres pero sí de hidropesía, ataques reumáticos y tabardillo. Su paso acaso si sirvió para dirimir una terrible disputa que apasionaba desde tres siglos atrás a los santafereños, a saber, cuál de los cerros era más alto, si Monserrate o Guadalupe. El sabio teutón dio la palma a este último, agregando, para pasmo de sus escuchas, que tenía la mismu altura que el Etna, en Sicilia. Lo que sí se trasluce de sus observaciones es la diafanidad de una atmósfera que permitía otear, casi a diario, los grandes nevados de la cordillera Central y, cosa notable, Humboldt advirtió claramente la fumarola del volcán nevado del Ruiz. Un poema de José Joaquín Ortiz da testimonio de aquellas alturas lejanas. Cerca de Santafé ve

... en el confln del último horizonte, 
reverberando al sol, alzar su cima
sobre un monte,
y un monte y otro monte
la pirámide excelsa del Tolima.

 

Y si hemos de creer a un pasaje de la novela Manuela de Eugenio Díaz, a mediados del siglo, la cúspide del Tolima también se observaba rodeada de halos volcánicos.

LA PRIMERA TAZA. EL CHOCOLATE SANTAFEREÑO

Es 1813. Nariño se apresta a partir para la campaña del sur. En casa de] marqués de san Jorge, doña Tadea Lozano organiza una despedida para e] general. La forma, una nocturna taza de chocolate. La escena será descrita por Vergara y Vergara. El chocolate santafereño es, desde luego, una herencia colonial y aristocrática, copiada en lejanos tiempos, y a la manera criolla, del clásico chocolate madrileño, tan espeso que se vacila en juzgar si pertenece al estado líquido o al sólido. Su preparación constituye todo un rito y es en extremo difícil, pues una delicada mezcla de cacao con canela aromática y humedecida en vino debe reposar en los arcones durante ocho largos años, so pena de un mal añejamiento. El día de marras no se precisa de menos cuidado en la elaboración: hervida el agua, se echan las pastillas; luego, otros dos hervores para que se derritan, acudiendo al precioso molinillo solamente tras el tercer hervor, con el objeto de crear esa espuma de visos azules y dorados tan característica, y no para "desbaratar la respetable pastilla a porrazos como lo hacen hoy innobles cocineras". Además, no sobra decirlo, se precisan dos pastillas por jícara —jícara de plata, se entiende—, porque "hay casas en que con una pastilla despachan tres víctimas".

Júzguese el apetitoso resultado por estas palabras de Vergara: "¡Musa de Grecia, la de las ingeniosas ficciones, házme el favor de decirme cómo diablos se pudiera hacer llegar a las narices de mis actuales conciudadanos el perfume de aquel chocolate colonial!". ¿Puede haber mejor caracterización de una época que ese cuadro sencillo y perdurable? Vergara escribe con nostalgia del pasado perdido irremediablemente: "Con tales jícaras fue que se llevó a cabo nuestra gloriosa emancipación política. Si hubiera sido el té su bebida favorita, el acta del 20 de julio de 1810 no hubiera tenido más firmas que las del virrey Amar, que nunca quiso firmarla".

Cuatro años más tarde, casi todos los asistentes a aquella tertulia habían sido fusilados por Morillo o estaban en el destierro.

La república ha nacido. Es un siglo que todavía desea enfrentar la realidad. Hay optimismo. Los hombres se han transformado en héroes a fuerza de

Distracción; Jugando naipes. Acuarela de José María Domínguez R. (Fondo Cultural Cafetero). Ruinas de Guadalupe en la cordillera de Bogotá tomada del lado occidental. Acuarela de Manuel Dositeo Carvajal (Fondo Cultural Cafetero).

degollar españoles, según la feliz expresión de Eduardo Lemaitre. Las señoras temen ahora más al ridículo que al infierno. Nacen los primeros círculos literarios independientes. Podemos señalar, como primera tertulia republicana, al Parnasillo. Eran medianos versificadores. Pero cantaron algunos las costumbres santafereñas. Es el caso de Ignacio Gutiérrez Vergara en su elogio del chocolate, canto homérico impregnado de mitologías:

Diste también música sonora, 
de toda la más grata y de más brillo, 
que al batirlo produce el molinillo.

 

La primera obra costumbrista será, según Alberto Miramón, Las convulsiones, deliciosa comedia de Luis Vargas Tejada, aunque su chiste sea más espontáneo y genial que el de sus continuadores. Podríamos agregar que es más mordaz y picante; ellos serán más sanos e ingenuos. Vargas Tejada era un genio, arrebatado por una temprana muerte. Tras la abortada conspiración septembrina de 1828, en la que quiso materializar todo su odio a Bolívar, debió refugiarse muchos meses en una caverna en algún lugar de la sabana, para marchar luego a los llanos en busca del exilio y perecer ahogado misteriosamente en un río. Como anotó Arango Ferrer, probablemente hubo un asesino, y seguramente un testigo. Como poeta, Vargas Tejada hubiera sido grande. Habló, mucho antes que Valencia y sus camellos midieran a grandes pasos un arenal nubio, del "tardo insecto que la tierra mide". Y en Las convulsiones, consignó en gráciles versos la vida de la Santafé del 1820, que se niega a madrugar y a trabajar:

¿ Podrá acaso sufrir el más paciente 
una vida tan triste
y mezquina
como es la de un empleado de oficina?
[...] mejores oficinas
son la fonda, el billar
y las esquinas.

Por lo que toca a la cuestión social, es ya lugar común el admitir que la independencia significó apenas un cambio de una elite peninsular por una elite criolla. La modorra colonial, heredera de dos siglos abúlicos que fueron, al decir de Octavio Paz, nuestra Edad Media, ya que no tuvimos nunca siglo XVIII ni Ilustración, dominará la vida económica hasta 1850, como lo demostró acertadamente Nieto Arteta. Se vivirá lentamente vida de aldea, comentando acaso el terremoto de 1827 o el nunca bien bendecido gobierno de Mallarino. Al viajero francés Augusto Le Moyne, que estuvo en el país entre 1828 y 1839, le impresionarán las "saturnales de tres días" que preceden la cuaresma, describirá una ciudad en la que se empieza a consumir el pan francés y dirá que las santafereñas son inteligentes e ingeniosas, pero incultas, aunque gozan de una "excesiva libertad de expresión", y se extraña de las muchas relaciones extramatrimoniales que se dan en una clase media poco mojigata, así como de que las mujeres fumen. (Treinta años más tarde, Bizet tendrá problemas para montar su ópera Carmen en la ciudad más liberal del mundo, por mostrar en público mujeres fumando). A Le Moyne lo aterran, además, la deficiente prestación dejusticia, legado colonial, y la conscripción obligatoria.

EL NACIMIENTO DEL CACHACO

Los calentanos llamaban a los santafereños "moscas", que es como decir "muiscas" o "chibchas". Hoy se diría "indios". El origen del término está simpáticamente descrito por Rodríguez Freyle en El Carnero; los conquistadores habrían oído decir a los indios "musca puenunga", que quiere decir "mucha gente". El traductor habría dicho: "dicen que son como moscas", de donde se les quedó el apelativo durante toda la colonia.

La primera sociedad republicana se dividió entre "calzados" y "descalzos", haciendo referencia a una distinción visible, puramente económica y no racial. En Manuela, Eugenio Díaz hablará de criadas blancas y hermosas a quienes hay que mirar a los pies para distinguirlas de las señoras.

El estreno de libertad política quería formar a toda costa grupos nuevos, castas y partidos que lucharan por un poder que nunca antes se había ejercido; con ello nacieron, además de los partidos tradicionales, toda una serie de distingos sociales vagos, contradictorios y difíciles de definir. En 1833, los dictatoriales llamaban "cachacos" a los liberales que acabaron con la dictadura de Urdaneta. Un costumbrista antioqueño, Juan de Dios Restrepo (Emiro Kastos), hizo la mejor definición del cachaco: "El cachaco ha sido siempre el representante más caracterizado del buen humor y del espíritu bogotanos. Entre los veintidós y los veinticinco comienza y acaba su carrera. Chistes escogidos, ocurrencias afortunadas, elegancia en el vestir, maneras finas, aventuras galantes, calaveradas de buen tono".

Siguiendo a Laureano García Ortiz, los dos primeros cachacos fueron Nariño y Santander. El primero bien pudo ser Nariño. Dice Gómez Restrepo: "hacía guerra de guerrillas esgrimiendo las armas de la ironía y el sarcasmo, con la agudeza y el espíritu cáustico propio de los bogotanos". El cachaco está unido a un tipo de humor muy particular. Esa sátira muy bogotana ya estaba presente en don Francisco Javier Caro, gaditano de origen vasco, abuelo de don José Eusebio. Este funcionario colonial dejó tres volúmenes de un diario, jamás publicado, que Vergara calificara como "Santafé en camisa", quemado años después, por escrúpulos de conciencia, por alguna lejana heredera 1.

En algún momento de nuestra incierta historia social, el pueblo empezó a identificar a los cachacos con los comerciantes y con los "gólgotas", liberales radicales y románticos que, paradójicamente, harían la gran revolución anticolonial e introducirían el librecambio, con tanto arranque populista que don José Eusebio Caro, sintiendo llegado el socialismo con el gobierno del general José Hilario López, se marcharía a un exilio del que no habría de regresar. El pueblo emprendió consignas como "mueran los cachacos, abajo los gólgotas". De su lado se alinearon los artesanos o "chisperos", los de ruana, es decir los campesinos pobres, los "nieblunos", vecinos del "tenebroso arrabal" de las Nieves, los "guaches", los bolabotines o emboladores callejeros (el betún se vendía en bolas; de ahí los apelativos) y todo el resto del vago proletariado. En los escritos de la época se desnuda el tremendo arraigo popular de dos caudillos: Obando —el más querido— y Melo, el maníaco que se divertía con sus dos caballos y su vaca en los salones de recibo de palacio y que diera muerte a sus animales favoritos con su propia mano antes de verlos caer en manos del enemigo, en 1854. Ese golpe a Melo significaría el final de una época populista, y la derrota del artesanado, cuyos miembros fueron enviados literalmente a podrirse en las riberas del Chagres, en Panamá.

El costumbrista más característico de la primera época republicana fue don José Caicedo y Rojas (1816-1897). "Don Pepe" era hombre anclado en el pasado. Cantó, al decir de Martínez Silva, las cosas arcaicas. Escribió, con Antonio Gómez Restrepo, Histoña de la literatura colombiana, Bogotá, Biblioteca Nacional, s.f. cierta candidez, que los cuadros de costumbres tenían por objeto pintar y corregir los usos y manera de vivir de la sociedad. Compuso una excelente biografía de Vargas Tejada y otra de fray Domingo de las Casas. Y su delicada pluma mercenaria fue responsable de otra obra célebre, el Diario de un abanderado, memorias del pintor-soldado José María Espinosa. Nos legó una novela, Don Alvaro, inmenso cuadro colonial, así como el que Camacho Guizado considera el más valioso libro costumbrista: Apuntes de ranchería, que, como su nombre lo indica, se dedica más a la vida del rancho campesino que a la ciudad. Es un libro que no ha dejado escapar todavía toda su fragancia; muy castizo y deleitoso, de estilo manso y sereno, se complace en revivir tiempos mejores, remotos y tradicionales. Es una pesadumbre del ayer. Juana la bruja es la recreación de unas de las historias antiguas de El carnero; otros cuadros, como El tiple y Antonio Caro, son recuerdo de nuestra primera cruenta guerra civil, la de 1840. Este libro daría en su tiempo gran fama a "don Pepe", un cachaco que parecía un sajón, rubio e inmenso.

Como he marchado un poco rozando el terreno gastronómico, quiero recordar que, en Don Alvaro, Caicedo describió el plato colonial santafereño más típico: el monumental puchero, llamado por los chapetones "olla podrida":  "en el amplio bandejón yacían confundidos y campeaban humeantes, además de las carnes de vaca, cordero, jamón y gallina, el dorado tocino, el negro salchichón, el blando repollo, el plátano, manzanas, pasas, duraznos y demás artículos de la facura pucherística: unión fraternal y emblema el más cumplido de la igualdad y democracia aplicadas al arte gastronómico".

LA SEGUNDA TAZA:   EL CAFE Y LA PRESENCIA INGLESA EN SANTA FE

Al final de su primera taza, Vergara escribe: "Morillo hizo su cosecha de sangre. Pasó aquella tempestad y vino Bolívar. Con Bolívar vinieron los ingleses de la legión británica y con ellos, ¡cosa triste!, el uso del café, que vino a suplir la taza de chocolate".

Sí, el café, y no el té, fue el primer legado inglés. Si de corazón Santafé seguía viviendo en la colonia, al menos exteriormente se quería romper con todo aquello que recordara la odiosa dominación y así los ojos miraron a otra cultura: la inglesa.

1848. Vergara es invitado a beber una taza de café. "El café me era conocido como un remedio excelente, feo como todo remedio". Por fortuna, a este precede el irremplazable ajiaco —señal de la evolución gastronómica—, que era una sopa acompañada seguramente de "curas" o aguacates y seguida por hermosos pollos asados, "dignos de un príncipe convaleciente" y de todo tipo de vinos y, al final, del odioso café. Vergara escribe a su amigo Ricardo Silva:

"¡Oh Silva! ¡Oh Silva! ¡qué sorbo!... Apurado el primer sorbo, apartamos respetuosamente el pocillo, y yo volví la cara para escupir con maña y sin que nadie notara el puñado de afrecho que me había quedado en las fauces Impúdico brevaje, tinta de uvilla con tártaro, lo llama. "Ahora no soy caballero, no soy sino un hombre herido en lo más caro que tiene, en su guargüero; soy un león enfurecido; y si no me das chocolate —dice al anfitrión— te despedazo, aquí en presencia de tu tierna esposa y de tus tiernos hijos".

Los cazadores: Costumbres granadinas. Manuel Dositeo Carvajal (Fondo Cultural Cafetero).

La invasión inglesa estaba en su apogeo y la reina Victoria gobernaba cómodamente sus inmensos dominios ultramarinos, ya políticos, ya mercantiles; los  británicos sorprendidos porque sus grandes glorias nacionales, como Francis Drake o Walter Raleigh, no fueran considerados aquí más que vulgares piratas, trataban con vario éxito de extender su influencia más allá del simple comercio. Así explica Germán Arciniegas el proceso de britanización: "Como la independencia nos ha venido en parte de los ingleses —porque fueron los ingleses de Filadelfia quienes primero nos regalaron con la fórmula republicana, y luego Inglaterra nos prestó unas cuantas libras para ayuda de costas en la guerra—, nos da por tomar de Inglaterra la mayor colección de hábitos nuevos, con que ofender a la tradición española de los chapetones [...] El mayor tono que se dieron por un siglo los americanos fue cambiar los géneros de Castilla por artículos ingleses. Ya no se volvieron a mencionar paños de Córdoba, sino ingleses. Ingleses eran los vidrios de las ventanas. El calzado inglés, el mejor. El corte del vestido, inglés. Se trocaron las casacas de terciopelo y cascadas de encajes, y chambergos, por trajes de corte inglés, por el smoking y el jacket y el cuello duro y el sombrero duro. Hasta las indias empezaron a vestir con zarazas de Manchester, que fue la mayor influencia de la escuela manchesteriana registrada a principios de la república". Pasamos de los toros a los hipódromos con jockeys, e introdujimos enfermedades como el exótico spleen londinense. "Finalmente, introdujimos teja inglesa legítima, metálica, galvanizada".

En el campo filosófico y en el económico, Santander trajo las teorías utilitarias de Bentham, que, según José Eusebio Caro, se tradujeron en una terrible desmoralización de la juventud, y hacia 1847 llegó de inglaterra don Florentino González con el fresco laissez faire bajo el brazo. Los estudiantes de colegio de San Buenaventura, para citar un caso, entre ellos el joven Jorge Isaacs, portaban un uniforme igual al de Oxford y los niños ya no eran invitados a tradicionales convites sino a lunchs. Los ferulazos en las manos, que más de un siglo después algunos alcanzamos a sufrir en carne propia, eran también una importación de la "civilización" británica.

El paseo que el bogotano de escasos recursos podía realizar era ir a rezar a la iglesia de Lourdes en la vecina población de Chapinero (Recuerdos de Bogotá; Ediciones Augusto Schimmer).

Una escogida inmigración se produjo entre 1825 y 1860. Algunos como O’Leary, habían llegado a América incluso antes que la Legión Británica, así como varios franceses que explican la presencia de apellidos como Girardot y Soublette en la gesta emancipadora. Otros vinieron como simples viajeros:   Hamilton, o el ilustre capitán Cochrane, héroe de la independencia del cono sur del continente, gran admirador de Nariño, que dejó sus recuerdos en el Journal of a residence and travels in Colombia (Londres, 1825). Ilustres apellidos, algunos de los cuales perduran en Bogotá, vienen de ese entonces:  Wilson, Fallon, Schloss, Isaacs, Reed, Michelsen, Malo, Cross, Constantine, Davoren, Sayer, Logan, Collins, Bonitto, Wills, Powless, Linding, Price, entre otros. Precisamente sería don Enrique Price quien, en 1849, fundara la Sociedad Filarmónica, origen remoto del Conservatorio Nacional, entidad que organizaba un concierto cada mes, cerrado con valses de Strauss. Ella introdujo el frac y la corbata en las ocasiones solemnes. Su esfuerzo sería refrendado, años más tarde, con la fundación, por don Jorge Price, de la célebre Academia, convertida con el tiempo en el conservatorio. Varios ingleses llegaron como pintores de la Comisión Corográfica; entre ellos Price y el acuarelista Edward Mark.

Río-Bogotá en la región de la Mesa, una de las poblaciones a donde paseaban los bogotanos (Recuerdos de Bogotá; Ediciones Augusto Schimmer).

El papel que había desempeñado Francia en el movimiento intelectual que precedió a la emancipación se diluyó como por encanto. Basta leer nuestros poetas del siglo XIX para concluir que el Imperio Británico había sembrado no sólo su espíritu sino su sangre en Santa.fé. Tuvimos a José Joaquín Ortiz, a Julio Arboleda O’Donell, de ascendencia irlandesa, a su primo hermano don Lino de Pombo O’Donell, quien no fue poeta porque consideraba la poesía un "rimar fútil", sino prócer que sostuvo el sitio de Cartagena alimentándose de carne de burro, siendo uno de los pocos que logró escapar de Morillo, sin lo cual nos habría privado de la brillantez de sus hijos, don Rafael y don Manuel Pombo, éste costumbrista bogotano nacido en Popayán. Tanto Diego Fallon como Jorge Isaacs llevaban sangre inglesa en sus venas, así como la poetisa Gordon de Jove, parienta de lord Byron 2 , "En la poesía colombiana, en la más original, en la más castiza, en la más española, hay un vago perfume, un dejo sabroso de poesía inglesa", escribió Juan Varela. Y el mismo Menéndez y Pelayo observó que hasta Núñez parecía un gran poeta inglés que escribiera en castellano.

Tanta pudo ser la influencia, que llegó a darse el caso aberrante de que fuera más fácil enterarse de las noticias nacionales a través de un diario londinense que a través de los medios propios, sumergidos como estábamos en la época de revolucioncitas que Eduardo Lemaitre ha denominado "caótica edad media republicana, cuyo cuadro histórico resulta casi imposible de revivir". Tanta guerra ominosa puede sólo explicarse, como lo hicieran los autores de Pax, al terminar la más larga y sangrienta de ellas: los colombianos vivimos dominados por la nostalgia de la muerte.

SEGUNDA PARTE
1. Antonio Gómez Restrepo, Historia de la literatura colombiana, Bogotá, Biblioteca Nacional, s.f. (regresar1)

2 Antonio Gómez Restrepo, Historiade la literatura colombiana, Bogotá, Biblioteca Nacional, s.f., Tomo III, Ap. pág. LXXXVI. (regresar2)