Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988

Quimeras del oro


Fábulas y leyendas de El Dorado
Juan Gustavo Cobo Borda
Biblioteca del Nuevo Mundo 1492-1992,
Tusquets/Círculo, Barcelona, 1987, 261 págs.

El resplandor de lo brillante ha seducido la imaginación de las gentes, haciendo posible la gestión de invenciones culturales en confluencia con el disfrute estético. Lo brillante pasa por múltiples concreciones de materialidad desde la cual, es factible la constitución objetual-artística.

Una de esas materialidades brillantes con resplandor seductor es el oro, el cual ha tenido un uso universal en continua transformación entre lo estético y su simbolización como valoración de riqueza acumulativa. Esta transformación corresponde y seda en un transcurso histórico entre las sociedades que disfrutan de la denominada "opulencia primitiva" 1 (las cuales, paradójicamente, no tienen ningún interés en acumular riqueza ni en gestar poderes de dominio coercitivo, actitud que les permite desplegar el goce estético de la seducción de lo brillante) y aquellas otras sociedades que junto a la ejecución de su voluntad de dominio, tanto en su interioridad como en la búsqueda de la expansión de fronteras imperiales, recurren a desplazar el disfrute estético y la invención artística por el "temor a la pobreza" y, por tanto, activan el afán de acumular riquezas pasando por la acuñación e impresión de medios de cambio con base en el almacenamiento, no tanto ya de objetos artísticos de carácter orfébrico, como sí de la fundición del oro en lingotes. En este transcurso histórico se articula la diferenciación entre la manufactura del arte orfébrico y la reordenación de una especie de "herrería" aurífera.

La herrería no es ajena del todo a la realización de expediciones arma-das rayanas en el delirio, al expropiar el brillo áureo fundiéndolo en volúmenes aestéticos acumulativos. Junto a esta actividad han surgido fábulas, leyendas y mitologías agenciadas desde quienes intentan evadir esas expediciones militares hacia sus sociedades y territorios, como también desde el mismo espacio cultural correspondiente a la sociedad de la cual provienen esas expediciones con el fin de dar voces de aberta frente al delirio aurífero. Entre éstas, cabe mencionar la locura táctil del rey Midas y la magistral enseñanza de Charlot en The gold rush (La quimera del oro). Entre aquellas resplandece la utopía de El Dorado.

Juan Gustavo Cobo Borda ha hecho una magnífica compilación de Fábulas y leyendas de El Dorado para la Biblioteca del Nuevo Mundo 1492-1992, conjunción editorial de Tusquest y Círculo de Lectores de Barcelona. Nos presenta una relación selectiva e histórica de quince versiones-variaciones sobre El Dorado, desde Colón, pasando por conquistadores, cronistas, literatos y científicos como Jiménez de Quesada, W. Raleigh, Juan de Castellanos, José Gumilla, Rodríguez Freyle, hasta Voltaire y Humbobdt, acompañadas de abundante material gráfico (grabados, mapas antiguos, figuras precolombinas y fotografias de flora, fauna y de los espacios aludidos). Es un libro que embelesa, una lectura viajera desde fines del siglo XV hasta principios del XIX.

Como se aprecia en los documentos seleccionados por Cobo Borda, lo primero que saltó a la vista de los visitantes europeos, en aquel octubre de 1492, fue el resplandor de algunos objetos de oro usados como adorno corporal por los "indios". La presencia del aurífero resplandor despertó el interés de los extraviados visitantes para conocer la fuente, el topos de la mina, dejando entrever la ambición de aventureros empobrecidos. Muy seguramente desde una "lectura" de esta evidencia por la consabida "malicia indígena", esto dio lugar a indicar en forma extraterritorial la existencia de una no muy lejana "Isla del Oro"o "Reino del Oro", bajo los nombres de Samaet, Sampabbon, Meta, Manoa o El Dorado. Así, a quien persiste en indagar y buscar el topos aurífero se le índica la presencia "un poco más allá" (extraterritorial) del u-topos Dorado, motivando así al invasor—que no muestra ningún interés por abandonar estos territorios— a ir errante en busca del no-lugar imaginado, haciéndole sentir que "esta vez ya está muy cerca". Y cuando el invasor tal vez ya lo ha topado, por arte quimérico se le evanesce de las manos, y va a parar a otro lugar: ya sea por acción de los piratas o por cumplir los compromisos de las deudas contraídas con otros países más diestros en el comerciar (Holanda e Inglaterra frente a España). Lo cierto es que esta primera "fiebre del oro" da lugar al saqueo de 181 toneladas de oro y 17 mil toneladas de plata entre los años 1503 y 1660, según nos refiere Cobo Borda en el epílogo del libro. Pero también dio lugar a que fuese motivo de escritura, desde el momento mismo del "contacto" hecho por Colón hasta el día de hoy, en que nos acercamos al quinto centenario de este azaroso encuentro.

La escritura no solo ha reseñado las quimeras del oro, sino también recapitula y reorienta su mirada, como es el caso de José Gumilla (1687-1750), quien en su Orinoco ilustrado (Madrid, 1741) hace un llamado a abandonar la ilusión de El Dorado y a activar una racionalidad económica, no sólo frente a la explotación minera sino respecto a otros tesoros:   "todo el reino de Tierra Firme es un imponderable tesoro escondido, del cual las estupendas sumas que llevo insinuadas no son sino unas meras señales y muestras de los inmensos minerales que en sí contiene. Y si las señas palpables que da, y los desperdicios de que se aprovechan las naciones, las pone opulentas, y les da armas contra nuestra España, ¿qué fuera si España lograra estos poderosos productos por entero?, ¿pero qué fuera, si, puesta la mira en aquellas casi despobladas provincias, se labrasen todas sus minas y se cultivasen sus campos, prontos a dar la grana, el cacao, tabaco, azúcar y otros importantísimos frutos?" (pág. 222).

De igual manera, las escrituras de El Dorado proponen lecturas contemporáneas que es necesario realizar junto a los descendientes de aquel avatar: aún hoy es necesario, para nosotros, diferenciar lo aurífero como tesoro estético en su brillante resplandor y el hurto aestético de la masa -oro para acumular- almacenar riquezas que se evanescen en devaluación continua. Mientras tanto, para los coguis de la Sierra Nevada d e Santa Marta el dinero es una invención de los "civilizados" a partir del oro, el cual no es más que uno de los atributos y cualidades del sol. Por ello los tres (dinero, oro y sol) se designan con la misma palabra: yuí.

WILLIAM TORRES C.

 

1 Marshall D. Sahlins, Economía de la edad de piedra, de piedra, Madrid, Akal, 1979, cap. 1. (regresar1)