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El Jardín Botánico de Bogotá José
Celestino Mutis
ARTURO ACERO P.
Profesor de la Universidad Nacional
de Colombia en Invernar (Santa Marta).
Mapa e ilustraciones: Martha Raquel Herrera
ZONIFICACION
1 Sede Administrativa
Edificio principal y
Jardín Introductorio
2 Taquilla
3 Cafetería
4 Jardín glosológico
5 Coníferas
6 Bosque Andino (en formación)
6a Bosque Sub-Andino (Robledales)
7 Orquidiario de tierra fría
8 Rosaleda
9 Tropicario (Invernaderos)
a) Sala de transición
b) Flora ornamental
c) Botánica económica
d) Palmetum
e) Ambiente
O Ambiente húmedo tropical
g) Ambiente desértico
h) Orquídeas y bromeliáceas
i) Frutales de clima frío
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10 Pérgola
11 Palmetum de tierra fría
12 Bosques
13 Cultivos de clima frío (Económico)
14 Sistemático (Plantas superiores y Estación climatológica)
15 Bosque exótico
16 Flora medicinal (Herbal)
17 Rocalla (Ambiente semidesértico frío)
18 Medio acuático
19 -
20 Reloj de sol
21 Busto del Fundador
E. Pérez Arbeláez
22 Réplica: Salto del Tequendama
23 Ambiente de páramo
24 Laboratorio auxiliar
25 Viveros experimentales
26 Glorieta J. C. Mutis
27 Baños en proyecto
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PARA PRESENTAR el Jardín
Botánico de Bogotá José Celestino Mutis, conviene primero definir en qué consiste una
de tales entidades. Según G. Müller, director del de Leipzig, un jardín botánico debe
ser una institución investigativa y formadora de estudiantes, conservadora de la
diversidad de la flora e intercambiadora de semillas con otros centros y ser un lugar de
estudio y recreo para el público en general. Con esas consideraciones del eminente
germano, veamos ahora cuál es la historia de los jardines. Se le atribuye a Teofrasto,
segundo director del liceo aristotélico, haber organizado en el siglo IVa. de C., el
primerjardín botánico de occidente y descrito alrededor de medio millar de especies
vegetales. Una vez pasada la tenebrosa noche medieval, Lucia Ghini y el gran duque Cosme
de Médicis fundan en 1544, en la Universidad de Pisa, el primer jardín dedicado a la
docencia y no a la entretención de personas aisladas. Este fue seguido, entre ese siglo y
el XVIII, por los de Bolonia, Leiden, Leipzig, Montpellier, París, Oxford, San
Petersburgo (actual Leningrado), Sri Lanka, Madrid, Kew (Londres), Cracovia y Madrás. Don
José Celestino Mutis inició en 1783 la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de
Granada y, simultáneamente, realizó trabajos en el jardín Botánico del Rey, en la
localidad de Mariquita. Empero, esa labor precursora cayó en el limbo a donde va a parar
en nuestro país el ejercicio del conocimiento; de ese modo cedimos a Harvard el honor de
mantener funcionando el jardín más antiguo del continente, fundado en 1805.
Tuvieron que transcurrir
más de 150 años para que los colombianos volviéramos a pensar en la importancia de que
en nuestra capital funcionase un jardín botánico. El doctor Enrique Pérez-Arbeláez
(1896-1972) había regresado a Colombia en 1928, después de haber obtenido los más altos
honores académicos en la Universidad de Munich, y habría de librar una ardua batalla
para que al fin, en 1955, naciese el Jardín Botánico de Bogotá. Obviamente, la
dirección recayó en el doctor Pérez-Arbeláez hasta su desaparición, cuando lo
reemplazó el doctor Rafael Romero Castañeda, quien desafortunadamente no lograría
completar siquiera un año de labores, pues también falleció. El profesor Luis Eduardo
Mora Osejo, actual presidente de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y
Naturales, fue su director de 1973 a 1974, año en que lo sucedió la señorita Teresa
Arango Bueno, quien ha completado catorce años en esa función. El José Celestino Mutis
ocupa una superficie de treinta hectáreas, lo cual lo hace relativamente pequeño en
relación con los estadounidenses, que por lo regular superan las cincuenta; está
localizado a 2.550 m. de altura, con presión, temperatura y humedad relativa promedios de
752 milibares, l30C y 79%, respectivamente.
Hecho este recuento,
quizá sea adecuado preguntarse acerca de la importancia de un jardín botánico en un
país como el nuestro. Según escribió Pérez Arbeláez en 1962, la mente popular
latinoamericana ya había madurado lo suficiente para comprometerse en el estudio y
correcto aprovechamiento de los bosques y demás recursos con que la naturaleza nos dotó.
No quiero pecar de contradictor de un sabio preclaro, pero creo que Pérez-Arbeláez nos
sobreestimó: encabezamos el renglón bárbaro de la deforestación en la región del Gran
Caribe, pues nos jactamos de haber arrasado 800.000 hectáreas de bosque en 1980 y creo,
sin temor a equivocarme, que ya somos millonarios en hectáreas taladas. ¿Qué efectos
dañinos conlleva esta demencial actitud? Bueno, se pueden citar la carencia de agua en
campos y ciudades, la incapacidad de controlar los cursos naturales de los ríos, la
erosión acelerada y la enorme sedimentación que aniquila a los peces y otros organismos
dulceacuícolas y que, a su vez, ejerce su brutal influencia en los arrecifes coralinos de
nuestros mares (p. ej.: Islas del
Rosario,
Parque Tairona). No parece necesario enumerar la totalidad de los aspectos apocalípticos
involucrados. Pero la solución no es, como opinan "reforestadores" públicos y
privados, cubrir nuestros pelados valles y montañas con pinos de otras latitudes y demás
árboles importados; esto no es sino economizarse los costos de la investigación básica
sobre los árboles nativos, adquiriendo en cambio paquetes tecnológicos de origen
extranjero. Estos bosques introducidos no retienen convenientemente el agua, acidifican el
suelo y, debido a que no han coevolucionado con la fauna nacional, son prácticamente
incompatibles con la mayoría de nuestros animales. Entonces, la única solución obvia es
patrocinar en forma generosa la investigación, de modo que en pocos años podamos hallar
verdaderas respuestas colombianas a nuestros problemas. El Jardín Botánico de Bogotá
es, por supuesto, una de las entidades llamadas a encabezar ese tipo de actividades; si se
cumplen sus objetivos naturales, se logrará, a través de la investigación científica,
el rescate de la flora colombiana, particularmente la de los Andes.
Eso nos lleva a
contemplar la realidad actual del Jardín Botánico de Bogotá, primero que todo en cuanto
a investigación. La planta actual de estudiosos es sólo de cuatro, regularmente
remunerados; esto es natural en un centro cuyo presupuesto es muy fluctuante, pero que en
la mayoría de los casos no sobrepasa los cien mil dólares anuales. Como esfuerzo
sobresaliente de la rama investigativa del Jardín Botánico, debe mencionarse la
aparición en 1985 de Pérez-Arbelaezia, revista científica bautizada en honor del padre
del Jardín y que tiene como meta divulgar estudios botánicos, particularmente de la
región andina. Este órgano divulgativo ha podido ver la luz y mantenerse
gracias no sólo a la enorme voluntad de la administración y los profesionales del
Jardín Botánico, sino a la colaboración del mecenas nacional de la ciencia, el Fondo
para la Protección del Medio Ambiente José Celestino Mutis de la Financiera Eléctrica
Nacional. En los tres primeros números de esta revista se han publicado catorce
artículos científicos en 376 páginas. Cinco de ellos fueron realizados por miembros del
Jardín Botánico y otros cuatro por investigadores de otras instituciones, pero que
trabajan en él, dándonos un 64% de participación activa para el Jardín; la mejor
manera de saber que hace en materia científica el Jardín es leer esas nueve notas. Es
claro, entonces, que el árbol más adecuado para sembrar en nuestras contaminadas y
yermas urbes ubicadas por encima de los 2.000 m. de altura
(p. ej. Bogotá, Manizales, Tunja, Pasto) es el caucho sabanero (Ficus soatensis), pues
este árbol ha sido completamente domesticado por los investigadores del Jardín
Botánico, quienes dominan las actividades de campo, vivero y aire libre involucradas en
su propagación por estacas y transplante. Igualmente, habiéndose conocido con claridad
los embriones desarrollados de al menos 33 especies de árboles típicos del bosque
nublado de los Andes (2.000-2.900 m.), se ha concluido que el pino romerón (Decussocarpus
rospigliosi), el aguacatillo (Beilschmiedia sulcata), el amarillo (Nectandra
globosa), el lechero (Brosimum utile) y el roble (Quercus humbolti) pueden
utilizarse con grandes posibilidades de éxito para la repoblación de nuestros agotados
bosques andinos. Por otro lado, es imperioso esforzarse en defender las poblaciones
naturales de los pinos hayuelo (Podocarpus oleifolius) y chaquiro (Prumnopitys
montana) y del hojarasco (Talauma caricifragrans), que se hallan seriamente
amenazadas. El páramo de Monserrate ha sido estudiado intensamente con el fin de definir
las asociaciones y comunidades vegetales y su relación con la influencia humana. Los
restos de bosques de encenillo (Weinmannia tomentosa) y canelo de páramo (Drimys
granadensis) que subsisten en Monserrate han recibido también enorme atención,
principalmente en sus aspectos biológicos, ecológicos y de regeneración.
Pero no sólo las plantas
han sido objeto de los estudios de los investigadores adscritos al Jardín, sino que se ha
observado detenidamente la avifauna que se relaciona con él. Es así como se han
encontrade 69 especies de aves y se han determinado los períodos de muda de la población
del copetón (Zonotrichia capensis) que mora en el Jardín Botánico.
Pero el Jardín no sólo
existe para realizar investigaciones básicas y aplicadas sobre nuestros bosques, sino
para que el pueblo colombiano, en especial sus sectores enclaustrados en la metrópoli
sabanera, pueda relajar su mente en un .ambiente natural y, además, aprender a conocer,
respetar y proteger a los árboles, los únicos organismos capaces de salvar a nuestra
nación de la crisis ambiental que ya se nos vino encima. Pero tratemos de presentar un
resumen comprensivo de lo que un visitante desprevenido puede encontrar. El eje principal
del Jardín son sus bosques, principalmente los andinos y subandinos. Estos se hallan
desparramados por toda el área, y se destacan claramente numerosos árboles nativos de
nuestro país, tales como el roble, guayacán (Lafoensia), sauce (Salix), encenillo
(Weinmannia), trompeto (Bocconiafrutescens), nogal (Juglans), cedro (Cedrela
bogotensis), aliso (Alnus), chirlo-birlo (Abatia parvqlora), cerezo
criollo (Prunus capuli), caucho (Ficus tequendamae) y sietecueros (Ti
bouchina grossa). También existe un bosque de coníferas, llamadas así porque sus
flores femeninas se asocian en inflorescencias en forma de cono. Se hallan en esta
sección el ciprés (Cupressus), el pino candelabro y el pino aguja (Pinus), provenientes
de Europa, y los pinos romerón, chaquiro y hayelo, todos originarios de nuestro país.
Existe, igualmente, un bosque exótico, donde, con el fin de enriquecer nuestro
patrimonio, se desarrollan eucaliptus (Eucalyptus), bojs (Buxus sempervirens) y
otros árboles europeos y asiáticos. Además de las arboledas, y recorriendo el José
Celestino Mutis de derecha a izquierda, hallamos el jardín glosológico, donde se nos
familiariza con la variedad casi infinita de las plantas y con la jerga botánica; así,
vemos entreverados robles australianos (Grevillea), sietecueros, primaveras (Psidium)
y amarrabollos (Meriania). El herbal aparece a mano izquierda al tomar la
Avenida del Guayacán; allí se despliega la flora medicinal, que ha contribuido tan
intensamente a la vida del hombre y de la que por desgracia aún sabemos tan poco. Más de
medio centenar de formas vegetales medicinales traídas de los lugares más disímiles se
dan cita acá: paico (Chenopodium ambrosioides), verbena (Verbena officinalis), yerbabuena
(Mentha), digital (Digitalis purpurea), borrachero (Datura) y quina (Cinchona),
para mentar sólo unas pocas: ¡cuántos remedios a nuestros quebrantos se encierran
este mínimo espacio! Al lado de esas plantas mágicas encontramos la vegetación típica
de las zonas prácticamente desérticas de clima frío, tales como fiques (Agave) y
tunas (Opuntia), especialmente adaptados a ambientes escasos de agua, la cual
acumulan en sus estructuras. Siguiendo, encontramos las enredaderas comunes en los
ambientes fríos colombianos, encabezadas por la exquisita curuba (Passiflora
mollissima) y por la Mutisia clematis, la planta símbolo del Jardín; esta
zona de especial hermosura se denomina pérgola.
Los invernaderos o
tropicarios constan de seis secciones importantes, separadas por frutales de clima frío;
la primera sección, siempre de derecha a izquierda, es la de la flora ornamental típica
de los climas más agradables del país, los que fluctuan alrededor de los 200C. Se
destacan los anturios (Anthurium) y los corales (Ruselliajuncea) del tipo de
las hierbas, el caucho benjamín (Ficus benjamina) y el palo de la cruz (Brownea
ariza) entre los pequeños árboles, y el tango (Pyrostegia venusta) y la flor
nacional chilena (Lapageria rosea) entre las trepadoras. Continuando hacia el
suroriente por el pasadizo de
transición,
llegamos al invernadero económico, donde en verdadero popurrí coexisten la guayaba (Psidium
guajaba), la papaya (Carica papaya), los cítricos (Citrus), la caña de
azúcar (Saccharum officinarum), el achiote (Bixa orellana) y las guaduas (Bambusa).
Proseguimos hasta llegar al palmétum tropical, donde se cultivan las palmas, hermosas
plantas variadísimas en nuestro país; se destacan la zancona (Syagrus sancona) y
el moriche (Mauritia minor). El ambiente húmedo tropical es conservado en el
cuarto invernadero, con plantas tan exóticas como la Victoria regia y el helecho
de agua (Salvinia natans). Personalmente, considero que el desierto mantenido en el
quinto invernadero es de particular belloza; resalta la variedad de tunas y el inigualable
trupillo (Neltuma juftflora). El periplo por las regiones calurosas de nuestro
país en plena sabana de Bogotá, terminará en el orquid ario, donde se agrupan estas
plantas que incluyen el emblema nacional Catleya trianae y los odontoglosos (Odontoglosum).
Saliendo de los
tropicarios nos tropezamos con las palmas de clima frío, entre las que se destaca nuestro
"árbol" nacional, la palma de cera (Ceroxylon quindiuense), típica
planta de los bosques andinos y subandinos. El recorrido nos lleva a colocarnos de nuevo
frente a los invernaderos, en la rosaleda. En ese sitio se cultivan con esmero cerca de
ochenta variedades de rosales (Rosa), procedentes de especies nativas de Eurasia.
Otros sitios de gran
interés que ningún visitante debe omitir son la glorieta José Celestino Mutis y el
busto del fundador Enrique Pérez-Arbeláez, donde se rinde tributo a la memoria de estos
dos grandes hombres; el reloj de sol, herencia milenaria de los pueblos orientales, nos
sirve para entender el ritmo del tiempo, incluyendo, además de las horas, los meses,
equinoccios y solsticios.
Creo que se ha aclarado
convenientemente por qué se necesita la existencia de un completo y moderno jardín
botánico en nuestra capital. Pero también es imperioso presentar un comentario sobre la
situación que nuestro desprevenido visitante encuentra. El costo de la entrada es
indudablemente bajo, pues equivale a dieciséis centavos de dólar, unificado, al parecer,
para todos los adultos. Mas a cambio de esa exigua suma sólo se reciben el tiquete y el
acceso al Jardín, pero no se incluye ningún mapa o explicación adicional. Hay una
completa guía, en la cual está parcialmente apoyado este informe, que debido a su alto
costo relativo (un dólar) no es generalmente adquirida. Es posible que esta situación
pudiera cambiarse entregándoles a los visitantes, por unos dos o tres centavos
adicionales, una fotocopia del mapa que aparece en la guía. Esto se origina en la
desorientación que sufrí en mi primera caminata por el Jardín Botánico y en haber sido
interpelado por un profesor que guiaba un numeroso grupo de párvulos, ¡solicitándome
alguna indicación sobre el sitio! Y conduce al siguiente comentario: la señalización
del Jardín es absolutamente deficiente; aparte de unos pocos nombres científicos y
comunes de una que otra planta, sólo existen algunas vallas con el mapa del lugar, pero
sin indicación de en qué sitio exactamente está el observador ni siquiera de la
posición del norte geográfico en los carteles. Tampoco se sabe qué zonas son
restringidas al visitante común y por qué, como llamadas de atención por parte del
personal del centro. Urge, entonces, mejorar el sistema de señalización, obviamente
previniendo la acción de sujetos vandálicos. Lógicamente, gran parte de esas carencias
deben de estar ligadas a las limitaciones económicas de la institución; por ello creo
que la divulgación y el estímulo para que las gentes más pudientes se integren a un
club de amigos del Jardín Botánico es fundamental.
Debe haber
diferentes categorías de miembros e incluso deducción de impuestos para los aportantes.
Por otro lado, es clara la urgencia de la dotación de una biblioteca, así sea mínima,
dedicada al tema de los jardines botánicos y a la vegetación nacional. Además, el
Jardín Botánico de Bogotá debe ser el líder de la asociación de estos centros en el
país, los que actualmente no son más de diez, de modo que con su experiencia y solidez
contribuya a elevar el nivel de los demás y el propio, para intentar detener la avalancha
de problemas ambientales que sufrimos y que, en especial, padecerán nuestros
descendientes.
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