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Imágenes
que hacen historia
Manizales de ayer,
(álbum de fotografías)
Fondo Cultural Cafetero, Bogotá, 1987, 192
págs., 275 fotografías
En
diciembre de 1985,, la sede del Fondo Cultural Cafetero de Manizales abrió una
exposición con cerca de mil fotografías titulada "Manizales de ayer". En ellas
el
público pudo ver escenas con gentes y lugares de la historia local retratadas a
partir de la segunda mitad del siglo pasado hasta 1950, con especial énfasis en los
decenios de 1920 y 1930. Las fotografías fueron escogidas entre casi dos mil que estaban
dispersas en álbumes familiares, archivos de fotógrafos activos en esta plaza y en otras
colecciones, como las reunidas por la Sociedad Colombiana de Arquitectos seccional
de Manizales, el periódico La Patria y el archivo de la catedral.
Conservando el título de
la exposición, la misma entidad publicó en 1987 el libro que nos ocupa, un volumen de
pasta dura, fina presentación y formato que evoca los viejos álbumes de fotografías, en
el cual se reproducen, con bastante nitidez y en duotono, 275 de las que fueron exhibidas
en la muestra de 1985. Además de las imágenes que registran la evolución urbana, la
exposición había incluido bastantes retratos de la vida social y familiar de los
estratos más acomodados posando en estudios,
en fiestas, paseos, desfiles o practicando
deporte y unos cuantos de conocidos personajes de extracción popular. El libro, en
cambio, se centra en la ciudad y les da preferencia a aquellas imágenes que registran los
principales cambios arquitectónicos y urbanísticos: vistas panorámicas, aspectos de
calles, casas, iglesias, plazas, parques y otras edificaciones tales como el teatro, la
cárcel, el hotel, el seminario, el cuartel de policía, unos colegios y el palacio
municipal.
Después de una breve
nota donde el editor explica cómo se recogieron las fotografías, el lector encuentra un
prólogo, escrito por Ernesto Gutiérrez Arango y titulado "Las vicisitudes de una
ciudad", que describe a grandes rasgos la evolución de la población, fundada en
1849 por una de las oleadas de la expansión antioqueña, en el estratégico cruce de
caminos que unían a Antioquia, Caldas y Tolima, la cual, medio siglo más tarde, se
convirtió en la capital del recién creado departamento de Caldas. El prologuista hace
resaltar las dificultades que a lo largo de la corta historia de la ciudad han afrontado
los manizaleños, pues, aparte de la arisca topografía, han tenido que vérselas con
temblores, guerras y devastadores incendios.
El prólogo se
ilustra con una serie de fotografías que a su manera anticipan las secciones que componen
el resto del álbum: aparece, por ejemplo, la plaza de Bolívar a finales del siglo
pasado, cuando estaba llena de bueyes; después, en los años veinte, cuando la Sociedad
de Mejoras Públicas le construyó un elegante quiosco para las retretas dominicales, y en
los cuarenta, cuando se estacionaban allí los jorobados automóviles característicos de
aquel tiempo. Otra fotografía muestra las llamas consumiendo un edificio durante el
pavoroso incendio de 1925. También se pueden ver momentos de la construcción. de
la estación del ferrocarril, la catedral, la gobernación y algunos detalles de estas
obras una vez terminadas.
En seguida del prólogo
ilustrado, empieza el álbum de fotografías propiamente dicho, organizado en dos grandes
secciones. La primera, titulada La ciudad, la más extensa y coherente del libro,
se divide, a su vez, en varios temas: una página para los exploradores y fundadores, unas
cuantas tomas de la ciudad a fines del siglo pasado, una amplia documentación sobre el
aspecto de la población en vísperas de los incendios de los años veinte, que partieron
en dos la historia local, y abundantes testimonios de la reconstrucción posterior que
marcó el principio de una nueva época para la ciudad, enclavada en una próspera zona
cafetera del país.
En la segunda
sección, Las imágenes del desarrollo , la selección de las fotografías es un
poco desconcertante. La parte titulada "La organización política" muestra
presidentes acompañados de reinas de los carnavales en los años veinte junto con otras
imágenes de políticos locales de la década de 1950. La parte del "Progreso
económico" está distribuida entre grupos de exportadores y cultivadores de café,
vistas del cable aéreo a Villa María y a Neira, y no podía faltar la llegada de la
primera locomotora. En general, queda la impresión de que hay demasiadas fotos de grupos
de señores, que seguramente fueron muy importantes, pero que resultan sosos visualmente y
que suscitan la pregunta por la participación de las personas más ordinarias, que en el
libro brillan por su ausencia, no se sabe si porque no se hallaron imágenes sobre ellas o
por cuál otro motivo. Finalmente, la parte sobre la "Vida social y cultural"
arranca bastante fúnebre con varias fotografías de entierros de personalidades locales,
una foto del cementerio y otra de un coche mortuorio. En seguida viene un salpicón con
fotos de literatos, estudiantes, músicos, periodistas, una procesión, un equipo femenino
de baloncesto, una boda y unas damitas de paseo en uno de los primeros automóviles que
llegaron a la ciudad.
Todas las fotografías
del libro traen al pie una identificación de lo retratado, pero llama la atención el
hecho de que en ningún caso se menciona el fotógrafo ni se hace explícito que este dato
no pudo ser averiguado. Tampoco en el prólogo, ni en ninguna otra parte, se encuentra
alguna referencia, así sea global, a los autores de las fotografías. En cuanto a la
fecha en que fue tomada la foto, sólo en la mitad de los casos se proporciona este dato.
A todas y cada una de las fotografías las enmarca una línea a manera de esquinero,
seguramente para evocar aquellos que traían los álbumes viejos para sujetar las fotos,
pero que aquí lo único que consiguen es estorbar la vista. Es curioso, pero parece que
quienes diseñan libros con fotografías históricas se sintieran obligados a trazar sobre
el papel fingidos esquineros que casi siempre parecen sobrar.
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Resultan especialmente
impactantes las fotografías que registran la devastación causada por el incendio de
1925, que consumió 23 manzanas con 216 edificios, el cual, por sus proporciones, quedó
consignado en la memoria de los habitantes como el
primer incendio ocurrido en Manizales, cuando en
realidad lo había antecedido el de 1922. También quedó registrado visualmente el de
1926, que destruyó la catedral y las manzanas circundantes.
Para reconstruir la
ciudad después de estas calamidades, los constructores optaron por el hierro y el
cemento, decisión qué obligó a rebanar barrancos para llenar las partes bajas de los
lotes con la tierra de los lugares más altos. Quedan testimonios gráficos sobre el
enorme esfuerzo que significó emprender este trabajo a pico y pala, así como también
sobre el imponente estilo de las edificaciones que fueron levantadas sobre las ruinas de
la vieja aldea con la intervención de firmas de Estados Unidos, Francia, Italia y
Alemania.
En el último cuarto del
siglo pasado, la creciente industria cafetera creó la necesidad de una conexión con el
ferrocarril del Pacífico, para poder exportar el grano, y de esos años data la epopeya
de la construcción de esta línea férrea, que culmina, tras muchos tropiezos, en
septiembre de 1915, cuando se inaugura el ferrocarril de Caldas. Al igual que ocurrió en
otras partes, el tema llamó la atención de los fotógrafos activos en la localidad o que
estuvieron de paso por allí.
Durante el decenio de
1920, muchos llegaron a pensar que tal vez el sistema más adecuado de transporte para la
quebrada topografía de la
región podría ser el cable aéreo. En 1921 entra
en funcionamiento el cable de Mariquita, con 72 Km. de extensión, que le dio salida a la
ciudad hasta Mariquita, situada a corta distancia de Honda, puerto sobre el río Magdalena
a través del cual se podrían vincular los manizaleños al comercio internacional. Aún
existe una bella torre de este cable usado hasta 1962, construida de madera,
pues la original, que había sido enviada desde Gran Bretaña, venía en un barco inglés
que hundieron los alemanes en la primera guerra mundial. Por el éxito de este cable, se
emprendió el tendido de otros tres en los años siguientes, pero tuvieron corta vida, a
causa de los accidentes que en ellos se presentaron, y acabaron siendo utilizados
como el de Villa-maría únicamente para el acarreo de materiales.
Fuera del valor estético
de la mayoría de las imágenes, libros como éste pueden proporcionarles a muchas
personas un retorno momentáneo a su propio pasado, y además son fuente de documentación
visual para quienes, por una u otra razón, estén interesados en cualquiera de los muchos
temas de la vida de la ciudad que en él se muestran. Lástima la falta de un catálogo de
las fotografías incluidas, que facilitará la consulta.
Este álbum se suma a las
publicaciones que dan a conocer diversos aspectos de la historia de los centros urbanos
del país por medio de la fotografía. Recordemos, de los tres últimos años, el libro
sobre el conocido fotógrafo de Medellín Melitón Rodríguez: fotografías (El
Ancora Editores, Bogotá, 1985); El Club del Comercio con fotografías de
Quintilio Gavassa (Papelería América, Bucaramanga, 1986) y los catálogos de
exposiciones publicados por el Banco de la República: una sobre la labor comercial y
publicitaria de otro fotógrafo de Medellín, Francisco Mejía (en conjunto con la
Fundación Antioqueña para los Estudios Sociales FAES, Medellín, 1986) y
otras dos que, al igual que en Manizales, reunieron imágenes conservadas en colecciones
particulares: Pasto a través de la fotografía (1987), Cartagena: un siglo de
imágenes (en conjunto con la Fototeca Histórica y el Museo de Arte Moderno de
Cartagena, 1988), y Procesos: fotografía de Gabriel Carvajal (1988).
PATRICIA LONDOÑO
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