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Historia en imágenes
Manizales de ayer (álbum
de fotografías)
Fondo Cultural Cafetero,
Bogotá, 1987, 189
págs.
Se asiste
en los últimos años a un renovado interés por reconstruir y recuperar para la memoria
colectiva la historia económica, social, cultural, urbanística, arquitectónica, de
regiones y ciudades, que permita una comprensión más completa y multilateral de la
conformación nacional de un país como Colombia, el cual expresa una notable diversidad
geográfica, al mismo tiempo que, desde el período colonial, registra la existencia y
consolidación de centros urbanos de relativa importancia que jalonan su territorio,
sirviendo como centros regionales.
En este movimiento se
inscribe también, como una de las posibilidades más sugestivas y accesibles para
reconstruir el devenir de ciudades y grupos humanos, el rescate de los archivos de
antiguos fotógrafos y la pesquisa detenida en viejos álbumes familiares, lo cual ha
permitido la apertura de importantes y concurridas exposiciones en muy diversos sitios de
Colombia. Manizales de ayer (álbum de fotografías), pulcra edición auspiciada
por el Banco de Caldas y el Fondo Cultural Cafetero, con la acertada coordinación de
Norma Velázquez, es, dentro de este proceso, la reconstrucción, por conducto de la
imagen fotográfica, del devenir de esta ciudad desde el momento en que era todavía una
remota aldea de los Andes, de no más de 20.000 habitantes, situada en un cruce de caminos
estratégico que permitía la comunicación del norte y el sur, en el occidente
colombiano, hasta llegar a 1950, cuando Manizales era ya una importante ciudad intermedia
que contaba con 120.000 personas.
Es particularmente con el
nuevo siglo, en el momento en que la fotografía se íntegra como profesión y actividad
de aficionados a la vida ciudadana, cuando podemos gozar plenamente de su registro
inquieto e inquisidor, permitiéndonos reproducir la historia peculiar del desarrollo
arquitectónico y urbanístico de Manizales, recrear modas y sitios ya abolidos y revivir
la figura, antaño familiar, de personajes representativos de diversas clases sociales,
oficios y momentos históricos.
Para comienzos del siglo
XX, Manizales se ha consolidado como una población estratégica en los órdenes comercial
y militar, situada en una topografía casi inverosímil para el desarrollo de una ciudad,
y registra ya una burguesía comercial importadora y exportadora y un grupo de creciente
importancia constituido por propietarios rurales, los cuales van conformando la versión
autóctona de un "patriciado" semiurbano, que va modelando la fisonomía misma
del centro de la ciudad, de acuerdo con sus posibilidades económicas, sus valores y su
cultura particular. Hasta el momento de los grandes incendios de
1925 y 1926, tal como puede apreciarse en los
registros fotográficos del libro aludido, las construcciones públicas y privadas y el
trazado urbanístico de la ciudad se asimilan plenamente a lo que se ha dado en llamar la
"arquitectura de la colonización antioqueña". Calles empinadas, empedradas y
estrechas, casas y construcciones de uno, dos y hasta tres pisos, con la utilización
generalizada del baharaque y la madera y los tradicionales tejados de barro. En las casas
y edificios principales, largos balcones y amplios aleros, que protegían de las
abundantes lluvias o el sol al transeúnte.
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La nítida
diferenciación social que, más allá de cierta leyenda de la colonización antioqueña y
específicamente de la fundación de Manizales, comienza a gestarse desde los orígenes
mismos de la ciudad, se expresa también característicamente, como símbolos de un
estatus desigual, en los vestidos y en las edificaciones. Podemos así observar en el
álbum referido, en los primeros decenios del presente siglo, las grandes y amplias
casonas de las familias principales, sin demasiado ornato, es cierto, evidenciando el
momento de la transición de la aldea, que traiciona aún sus orígenes rurales, hacia un
centro urbano más diversificado socialmente, más próspero y, ciertamente, más culto. Y
por un típico e inevitable proceso de segregación urbana, comienzan a gestarse, así
mismo, zonas periféricas, que con menos profusión, es cierto, emergen también de este
registro fotográfico, con edificaciones elementales, donde vivirán seguramente los
nuevos inmigrantes de lo que es ya un polo de atracción regional,
artesanos, trabajadores y, en general, gentes
humildes quienes, de modo espontáneo, rompen muchas veces el trazado ortogonal
introducido por los españoles en América, para ir construyendo caminos-calles adecuados
a los ásperos accidentes de la topografía, confiriéndoles a estos sectores suburbanos
de vivienda popular una muy peculiar configuración urbanística que comienza a ser
reconocida y estudiada por investigadores contemporáneos.
El devastador incendio de
1925, que destruye 28 manzanas centrales, de las 80 con que contaba la ciudad, y el
incendio de 1926, en el que ardió la preciosa catedral, hecha toda de maderas
autóctonas, constituye la coyuntura para una de las más bruscas, masivas y sorprendentes
remodelaciones, en los órdenes topográfico, urbanístico y arquitectónico, que
haya registrado, seguramente, ciudad colombiana alguna. Tras las impresionantes fotos de
los imborrables incendios, que aparecen en este libro, que hacían semejar a Manizales a
los registros de las ciudades europeas devastadas por los bombardeos en las guerras
mundiales de este siglo, podemos apreciar las imágenes de gentes de todas las edades y
condiciones sociales, quienes, en verdadera gesta cívica que no ha sido aún
adecuadamente historiada, trabajan de modo voluntario en el entonces denominado
"banqueo" del centro urbano. Con métodos autóctonos, hoy tal vez olvidados, se
rebanan barrancos y montículos (la actual plaza de Bolívar desciende en su primitivo
nivel algunos metros), mientras se llenan paralelamente hondonadas (habilitando así,
verbigracia, el sector donde hoy se ubican las "galerías", sitio de la actual
plaza de mercado). esta impresionante remodelación topográfica, tal vez sin antecedentes
en nuestro país, hace más homogéneo, habitable y transitable el centro de la ciudad,
acompañada de la edificación masiva de edificios públicos y religiosos y de
construcciones privadas hechas de cemento, las cuales, bajo la dirección de arquitectos
como los italianos Papio y Bonarda, vinculados indeleblemente a la historia
arquitectónica de la ciudad, crearán un peculiar estilo "republicano",
relativamente tardío con relación a otras ciudades colombianas, tal vez con una
influencia más italianizante que el propio de otros centros urbanos en el país.
La imponente
catedral de cemento armado, en un estilo gotizante, la secuencia de cuya construcción a lo
largo de más de dos lustros, será ilustrada en el álbum que aquí comentamos, expresa
la elaboración de un símbolo cohesionador, religioso y arquitectónico, dirigido y
estimulado por un patriciado urbano que, en este momento, mediante el auge alcanzado por
la producción cafetera, se consolidará como una elite dirigente próspera,
autosuficiente y segura de sí misma. Conspicuos integrantes de ella, en los planos
empresarial, político y cultural, aparecerán en la última parte del libro, recordando
que en estos decenios que transcurren desde el incendio hasta la mitad del siglo, más
allá de la apología autoenaltecedora o la denigración resentida, se manifiesta la etapa
de mayor florecimiento económico, político y cultural de la ciudad.
De este modo, Manizales
de ayer, a través de una selección cuidadosa de las fotografías y su consecuente
ordenación temática ("Exploradores y fundadores", "Primeros años",
"Los incendios", "Reconstrucción", "Una nueva época",
"Imágenes del desarrollo", "Organización política", "Progreso
económico", "Vida cultural y social"), permite revivir imágenes, que en
su momento pudieron tener una función utilitaria, lúdica o simplemente afectiva, pero
que hoy se nos aparecen como signos, que nos hablan de tiempos y circunstancias
irremediablemente abolidos. Allí, el historiador, el sociólogo, o el simple espectador
atento, pueden ir develando jalones y momentos de una historia particular que la lente de
conocidos o anónimos fotógrafos congeló para nosotros en un eterno presente.
JAIME EDUARDO JARAMILLO
J.
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