Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988

Finiquito de cuentas


Celestino Mutis y la Expedición Botánica
José Antonio Amaya
Editorial Debate, Madrid, 1986, 78 págs.

La profusión de obras publicadas con motivo del segundo centenario de la Expedición Botánica de don José Celestino Mutis (1783-1983), ha tenido como remate este libro de José Antonio Amaya, aparecido en Madrid con el aporte de la Comisión Nacional para el quinto centenario del descubrimiento de América. Busca, sin decirlo, un finiquito de cuentas, que no el juicio de responsabilidades. Se trata sencillamente de aprovechar una visión objetiva, imparcial y documentada, para poner las cosas en su punto respecto a la empresa mutisiana, sacando consecuencias de los hechos, los conceptos, los propósitos y las posiciones asumidas. ¿En qué queda finalmente el cometido del sabio? ¿Significó la Expedición el gran paso adelante para el desenvolvimiento general de las ciencias naturales, o benefició únicamente la iniciación de los estudios científicos en Nueva Granada? En resumen, Celestino Mutis y la Expedición Botánica permite una ojeada a lo fundamental en el cuadro de luces —no exento de algunas sombras— que se desarrolló a partir del advenimiento del sabio gaditano a la Nueva Granada.

Sobre la personalidad del médico y naturalista (al comenzar nos enteramos de que el apellido original de la familia es Mut, y de que entre los antepasados de José Celestino figura un cosmógrafo eminente: Vicente Mut), resulta una lástima que el autor haya omitido —seguramente por considerarlo de poca monta— el siguiente comentario de José Ignacio de Pombo estampado en una de sus cartas al sabio: "Todo buen americano debe amar a vuesamerced porque vuesamerced es el primer europeo que ama a América y a sus hijos". Ahí sobresale el predominio en José Celestino—a despecho de su apariencia reservada y de la inflexibilidad de su carácter moldeado por los jesuitas en el colegio de bachillerato de Cádiz— del corazón sobre la cabeza, y eso que la tenía poderosa. De ahí proviene también el culto que le rendimos como a uno de los pocos genios tutelares de la nacionalidad que no nos defraudan. Se explica entonces el apóstrofe con que inauguró la cátedra de matemáticas y filosofía en el Colegio del Rosario: "¡Apartad los ojos de la España detenida!". Era el compromiso de una solidaridad que iría hasta muy lejos, con los nativos explotados en el curso de casi tres siglos. Es verdad que Mutis conservó hasta lo último el carácter de súbdito fiel de la corona española. Por cierto que los frailes dominicos estuvieron a punto de denunciarlo a la Inquisición por culpa de la tesis copernicana, lo que evitó un virrey comprensivo y puesto al día como don Manuel Guirior. Pero sus generosas palabras de joven ardiente que no teme cometer imprudencias cuando está de por medio la verdad, indicaron sus simpatías y comenzaron la siembra que fructificaría en la independencia, sin que fuera necesario el propósito determinado, como no lo es en el caso de echar a rodar una piedra.

El señor Amaya puntualiza así las causas remotas y próximas que condujeron a la península a una situación con efectos deletéreos para sus colonias:

Desde mediados del siglo XVI y hasta muy entrado el XVII España quedó casi completamente al margen del movimiento científico europeo. La contra-reforma fracturó el vigoroso renacimiento hispánico e impidió la comunicación de los científicos españoles con el resto de Europa [...] y levantó severas barreras a la circulación e impresión de libros ... .] Al tiempo que el imperio hispánico se aisló del mundo moderno, hizo eclosión la revolución científica en Europa, y los trabajos de Bacon y Descartes aportaron las bases del método experimental a la ciencia moderna.

Afortunadamente, cuando Mutis principió su carrera se había operado ya una apertura. A la edad de 21 años concluyó los cursos de medicina de la Universidad de Sevilla y, cuando acababa de cumplir los 25, obtuvo el título de doctor por parte del protomedicato de Madrid. Bien equipado entró en seguida a desempeñar las funciones de médico de cámara en la corte de Fernando VI, y a regentar, en calidad de sustituto del titular, la única cátedra de anatomía con que se contaba entonces en la capital de España.

No obstante los rápidos éxitos en la carrera que había escogido, fue en esos momentos cuando vivió una disyuntiva un tanto cruel: su verdadera vocación no era la medicina sino las ciencias naturales. Obtuvo, en consecuencia, lo que el autor del libro comentado califica de "rudimentos" de botánica, bajo la dirección de Miguel Barnades, quien empezaba a familíarizarse con los métodos y las teorías de Linneo. En Madrid hubiera podido continuar por ese camino, pero surgieron dos hechos: la muerte de Fernando VI y el ascenso de Carlos III al trono. La posición de Mutis como médico de cámara tambaleó, al pasar a buen retiro su protector, Pedro Virgili, reformador de la cirugía española. Messía de la Zerda acababa de ser nombrado virrey de la Nueva Granada. Le ofreció incorporarlo a su comitiva en calidad de médico, lo que aceptó.

Lo anterior lo sabíamos, pero quizá no, o al menos no con tanto detalle, que a José Celestino lo indujo a aceptar el temor de verse o creerse marginado de su carrera en la corte. De todos modos obtuvo del virrey Messía la promesa de coadyuvar en sus propósitos de convertirse en "naturalista viajero". Deseaba consagrarse a recolectar, ordenar y describir los especímenes naturales que consiguiera no sólo en Nueva Granada sino en otros lugares de América.

Había dado un gran paso y no podía retroceder. A pesar de sus estudios inacabados con el profesor Barnades, se juzgó con fuerzas suficientes para indagar en el libro abierto de la naturaleza americana, el mismo vislumbrado en sus viajes por el astrónomo Jorge Juan, y que escapó de las manos del sueco Lofling por su temprana muerte. Estaba reservado para él, y lo interpretaría merced a la observación cuidadosa y directa, y a los libros y tratados que lo acompañaron desde España, junto con los que le enviara Gahn, el cónsul de Suecia en Cádiz, a medida que salieran a la luz. En esa forma supliría los vacíos de la enseñanza académica, sin olvidar la correspodencia epistolar que mantendría asiduamente con sus auténticos inspiradores, los científicos del norte de Europa, especialmente el bienamado Linneo. Poseía el sentido de responsabilidad, el talento, la constancia. Con esas armas se lanzó a la desmesurada aventura.

En realidad ésta, según José Antonio Amaya, si por un lado constituyó el despertar de "un rincón oscuro de la colonia", por el otro no correspondió a las expectativas de la ciencia. La falta de sistematización y descripciones, no obstante los merecimientos que nadie pone en duda, desvalorizan la contribución con que se había soñado, comparable a la rendida por un Alejandro de Humboldt, en quien tan armoniosamente se conjugaron los elementos que se negaron a Mutis. No habría más de qué hablar y bastaría reconocer que sus características de frustración asimilan el primer esfuerzo baldío colombiano a muchos otros que lo siguieron. Pensamos en los impresionantes puntos de contacto que tendría con el inconcluso Diccionario de construcción y régimen de Rufino J. Cuervo, también concebido por un hombre solo, sujeto a sus propios recursos y sin apoyo oficial, de tan asombrosa envergadura que su terminación exige, como en el caso de la Flora de Bogotá, de varios decenios de consagración total a cargo de un equipo de especialistas.

Ya se nombró la Flora de Bogotá y efectivamente ahí se encuentra —es decir, en el Jardín Botánico de Madrid— con sus 5.393 láminas, 2.495 iluminadas y las demás en blanco y negro. La genialidad de Mutis las ejecutó para vencer al destino adverso. No se trata de una frase para salvar el obstáculo. El mismo Amaya reconoce que existe la raza de los botánicos "iconistas". Las láminas representaron uno de los quebraderos de cabeza de Mutis, una fuente desbordante de satisfacciones y su me legado a la posteridad. A fin de realizarlas aguzó su ingenio y se vio - forzado a extremos como el de atar a las mesas de trabajo a los pintores renuentes a obedecerle con la estrictez que él demandaba. Igual le sacaba el quite a las ocupaciones con que lo agobió Messía de la Zerda —conducta imitada por quienes lo sucedieron en el mando virreinal— hasta culminar en las minas de La Montuosa y El Sapo, persiguiendo eternamente la manera de allegar fondos, de ahondar las averiguaciones y no apartarse de una sola meta. Por parte del gobierno peninsular no recibió respuesta a sus peticiones de ayuda contenidas en las "representaciones" de 1763 y 1764. O sea que las remitió casi inmediatamente después de su venida. En el libro comentado lucen por doquier las miradas borbónicas dirigidas al vacío bajo las rizadas pelucas.

Cuando por fin, en febrero de 1781, las obligaciones pastorales de Antonio Caballero y Góngora lo condujeron al occidente del virreinato, donde se relacionó con el sabio solitario, al que meses más tarde y, ya posesionado del virreinato, entregaría lo que iba a ser la Expedición Botánica —y eso, aún antes de obtener la aprobación real— Mutis, opina el señor Amaya, "contaba con varias ventajas y una gran desventaja. Conocía minuciosamente el paisaje neogranadino, tenía un equipo de naturalistas de probada eficiencia y una obra empezada". La desventaja enorme radicaba en que no era el joven repleto de ilusiones de veinte años atrás. Había cumplido la cincuentena, y el trópico y las penalidades minaban su salud. Sin embargo, centró el entusiasmo en la parte pictórica de la Flora y contagió al arzobispo-virrey.

Fue una alianza de estrategos. El eclesiástico metido a político suministraría el personal, las instalaciones y los elementos que le solicitara el botánico, en la medida y a la hora en que los necesitara, sin escatimarle nada ni someterlo a los trámites engorrosos de la burocracia colonial. En cuanto a Mutis, se puso a disposición del gobernante a fin de cumplir no sólo lo que le interesaba en relación con el amor de su alma, sino el resto de comisiones que se le impusieran, de cualquier clase que fueran, a las que dedicaría —pobre de él— el tiempo y el trabajo que requirieran.

Así comenzó a andar la Expedición, sin duda cojeando pero animosa y esperanzada. Sobre su misión se expresa Amaya: "Desde la perspectiva de la extensión geográfica de la filosofía natural, la historia natural y la medicina en una zona periférica de occidente, la Expedición permanente de Mutis constituye un paradigma". Añade que José Celestino hizo de ella "la primera infraestructura científico-técnica de Nueva Granada, mediante la reunión de un verdadero arsenal científico e instrumental".

Sobre la calidad de las láminas, que debían ser nada más y nada menos que el equivalente de las plantas vivas, leemos lo siguiente en el libro de Amaya:

En la retaguardia del imperio español y sobre la base de la imitación y adaptación de modelos procedentes de Europa del norte, Mutis inspiró un estilo y adecuó una técnica de iconografía. Logró producir la más exquisita, lujosa y abundante colección de pintura botánica conocida en toda la historia de Colombia y España [...] Por su cantidad y calidad la obra pictórica que Mutis dirigió sólo es comparable con la ejecutada en Francia durante la segunda mitad del siglo XVIII.

 

Siempre nos habíamos preguntado el porqué de la insistencia de José Celestino en agotar las posibilidades de sus artistas a fin de alcanzar marcas demasiado altas en la reproducción de hojas y flores. Aquí se ha dado la respuesta: consistía en la única forma de superar lo que no podía lograrse de otro modo. Que Mutis lo decidiera así como solución transaccional para englobar la visión de la naturaleza, no consta obviamente en ningún documento. Es una deducción lógica. Gracias a la actitud asumida por el sabio, dejó pasmado a Alejandro de Humboldt cuando éste llegó a Santafé. Le enseñó las dos reservas que poseía: sus láminas y su biblioteca. Humboldt no encontró más comparación para la biblioteca que la de Joseph Banks, de Londres. De las láminas recibió como obsequio cien de las más suntuosas. Las trasmitió al Institut National, de París, donde todavía pueden admirarse. En el libro en cuestión no se otorga, sin embargo, a las láminas la categoría de obras de arte. Se las estima simplemente "artesanía fina", ya que "trabajar por un salario y vivir sujeto a reglamentaciones externas, tanto en los temas como en su desarrollo, son factores que impiden concebir como artístico el trabajo de los pintores". Si esto es así —pensamos nosotros— bien podría desprenderse el Jardín Botánico de Madrid de por lo menos parte de ellas, a fin de aprovechar precisamente el V centenario próximo a celebrarse, y enviarlas a su lugar de origen. El libro no deja de consignar que los gastos íntegros de la empresa mutisiana se costearon con fondos provenientes de la corona española, como efectivamente ocurrió, aunque claro está que extraídos del "oscuro rincón colonial" al que un día, con el corazón ansioso, arribó José Celestino.

Como el oro para las erogaciones, fue americana la mano de obra que ejecutó los dibujos, integrada por artistas quiteños y neogranadinos. El artista español Pablo Caballero no se entendió con Mutis y hubo de regresar a su patria. Hasta los maravillosos tintes, que vencen al tiempo sin perder frescura ni brillo, se sacaron de plantas nacidas en nuestro suelo, y se elaboraron con base en secretos de nuestros indios que José Celestino averiguó. Existe en el libro comentado, junto a los elogios que se dedican a la obra mutisiana, de pronto un tono que desconcierta, como si no acabara de perdonarse al director de la Expedición su negativa a regresar a la península cuando lo invitó Messía de la Zerda. Quiso quedarse en la Nueva Granada y notificó formalmente, en el discurso pronunciado con motivo de la inauguración de su retrato en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, su resolución de ser considerado como un neogranadino. Posiblemente sólo un español de pura cepa es capaz de adoptar una decisión semejante en favor de "un oscuro rincón colonial". En las demás naciones los naturales son racistas por definición. Los españoles se vinculan con su sangre y su espíritu al país que conquistan. El testimonio de Mutis merece destacarse especialmente en la conmemoración del quinto centenario del descubrimiento de América. Es un contrapeso importante para otros hechos de los que causan fijaciones dolorosas en la memoria de los pueblos.

Las palabras expuestas en esa ocasión en el Colegio del Rosario representaron el corolario de una vida consagrada a señalar caminos. En ese terreno el libro comentado no economiza alabanzas. Mutis es "el líder difusor de la ciencia nueva" desde el instante en que rompe la clausura colonial para divulgar las teorías de Copérnico. Su prospecto sobre reorganización, en ese plantel, de la enseñanza de la medicina se califica como documento "en que resplandecen la erudición, el pensamiento sistemático, la destreza pedagógica y la sensibilidad social". Es una "extraordinaria muestra de idoneidad profesional y de virtudes cívicas". La entrega de Mutis a divulgar la ciencia "fue el secreto que le garantizó un permanente ascendiente sobre la juventud". A sus discípulos los formó "en un espíritu universalista, alerta pero no limitado por las necesidades del virreinato". Gracias a su movimiento, "apareció por primera vez en Nueva Granada la figura social del naturalista, secular y útil al Estado". Obviamente, recordamos aquí su conducta con Francisco José de Caldas, a quien no sólo encargó del Observatorio astronómico —cuyo edificio es, por cierto, la única muestra arquitectónica que conserva Bogotá de la Expedición Botánica— sino que, desde bastantes años atrás, le enviaba a Quito numerosa correspondencia para informarlo sobre los trabajos adelantados aquí y orientar los que él llevaba a cabo personalmente, con remesas regulares de dinero para cooperar a su sostenimiento, así como de los instrumentos ópticos y otros elementos. Se trata de datos no contenidos en el libro del señor Amaya, pero necesarios a fin de completar la visión del forjador de juventudes. Del que impartía lecciones privadas a José Félix de Restrepo, aparte de las habituales del Colegio, para aumentar sus conocimientos humanísticos y sobre ciencias naturales. A la circunstancia de ser alumno suyo Francisco Antonio Zea, impregnado de sus ideales, se debió sin duda que Zea desempeñara adecuadamente las funciones de director del Jardín Botánico de Madrid. Qué comentarios se le ocurrirían a éste para comentar los sistemas empleados en uno y otro centro y sus resultados. Si los conociéramos tendríamos mejor idea de lo que significó el primer caso de intervención del pensamiento neogranadino en un establecimiento científico español, para demostrar que ya los "españoles de América" —como gusta de denominarlos el libro de Amaya— habían alcanzado la madurez.

La lista de nuestros primeros científicos, entrañable y admirada, pasa por Mutis. De modo que si Jorge Tadeo Lozano inició la antropología y la ornitología colombianas, la primera referencia se encuentra en don José Celestino. A propósito, cabe dejar constancia de que, de las preciosas láminas sobre el mestizaje y sobre los ejemplares zoológicos, que elaboró el pintor quiteño Antonio Barrionuevo bajo la dirección del sabio, no restan más rastros, en el caso de las primeras, que algunas reproducciones litográficas. Los originales, depositados en el Jardín Botánico madrileño, desaparecieron de allí, sin que se dé más noticia. Igual sucedió con los ejemplares zoológicos pintados por Barrionuevo, y con la colección ornitológica del maestro neogranadino Pablo Antonio García. Muy posiblemente, de haber permanecido aquí las colecciones, el inmenso aprecio que siempre se les otorgó por salir de la inspiración de Mutis —lo que no pasaba en la península que desconocía hasta el nombre del sabio— habría sido garantía suficiente para preservarlas.

Puede concluirse que Celestino Mutis y la Expedición Botánica ostenta para el lector muchos atractivos. Riguroso con las fuentes, sólo emplea las necesarias para poner al sabio y a su empresa en relación con su espacio y su época. La densidad y concreción de los conceptos, fáciles de retener por el orden con que están expuestos y, en fin, la redacción sin circunloquios, austera y precisa, aúnan en esta obra el placer de la lectura y el valor como elemento de consulta. La acertada diagramación y las magníficas ilustraciones —lo repetimos— contribuyen a ese resultado, confiriendo cuerpo al ensayo, que de lo contrario resultaría demasiado breve. El índice cronológico bien elaborado suministra oportuna ayuda para la localización de los principales acontecimientos en la vida de Mutis. Las palabras con que se inicia la frase que termina la última página: "El mar aún separa su obra de sus restos... aplicada, como es claro, al sabio, podría tener adecuada solución si se trajeran a Colombia, como se insinuó arriba, una parte o la totalidad de las láminas, y así mismo los documentos que, al parecer, reposan sin clasificar todavía en el Jardín Botánico madrileño. Sería hermoso.

ELISA MUJICA