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Festival Iberoamericano
de Teatro
EDUARDO GÓMEZ
JOSE PEREZ
Reproducciones: Alberto
Sierra
Aspectos del Festival,
Bogotá 88
EL MITO DE UN PUEBLO que
no puede, según se dice, tener
acceso
al arte por una especie de incapacidad intrínseca y que no se halla interesado en la
cultura, quedó desenmascarado en el Festival Iberoamericano de Teatro, Bogotá 88, por el
abrumador plebiscito del público bogotano que, ora frente a los espectáculos gratuitos
del teatro callejero, ora disputándose boletas muy costosas, mostró que, al contrario de
los que nos dicen los medios de comunicación comercializados, está ávido de verdadero
arte, de superarse y de encontrar salidas efectivas a su situación de atraso e
ignorancia. Al intento de algunos prelados de impedir la celebración del festival (porque
coincidió con la Semana Santa, debido a la necesidad de articularlo con el de Caracas
para poder traer grupos que después tendrían que regresar a Europa) o de condenar la
representación de piezas como Teledéum (lo cual sin duda estimuló, de hecho, el
intento de impedir la venta de boletas y la colocación de una bomba en el Teatro
Nacional, lo mismo que las especulaciones sobre la excomunión de Fanny Mickey en la
prensa amarilla), el público respondió con entusiasmo masivo, que se hizo especialmente
evidente en la segunda representación de Yepeto en el Teatro Nacional, cuando
todavía se estaban removiendo los escombros ocasionados por la explosión, y en el Teatro
Jorge Eliécer Gaitán, con manifestaciones afirmativas de centenares de personas que
obligaron a replegarse a quienes querían impedir la representación. Desde otro punto de
vista, el pluralismo de tendencias artísticas y de países, o sea el carácter
verdaderamente internacional del Festival, tornaba grotesca toda acusación de índole
macartista. Porque es función del arte hacer conocer en profundidad todos los pueblos y
culturas y propiciar un auténtico diálogo entre ellos. El mayor acierto de Fanny Mickey,
Ramiro Osorio y Carlos José Reyes consistió en hacer una selección de obras y conjuntos
muy exigente y sin paternalismos cínicos o pesimistas sobre la capacidad de nuestro
pueblo, ofreciendo un repertorio de alta calidad, precisamente con la intención de elevar
el nivel del público y no de rebajarlo, como generalmente se hace en nuestro medio. De
ese modo, el Festival significó también un avance considerable y efectivo hacia una
cultura abierta, menos amenazada por fanatismos fascistoides de la extrema derecha y de la
extrema izquierda y en la que, cuando esa tendencia se consolide, será posible una
búsqueda libre de nuevas formas de expresión sin el temor a la amenaza, la condena o el
aislamiento.
MONTAJES DESTACADOS DEL
FESTIVAL
El Festival fue de
una riqueza de tendencias y matices desconocida en nuestra pobre tradición en ese género
de certámenes. Era imposible ver todo lo que ofrecía, y diariamente se planteaba el
problema de escoger un máximo de dos obras. En esa abundancia de presentaciones, se
destacan muy nítidamente, sin embargo, algunos montajes sobre los que hubo consenso más
o menos unánime de los especialistas. Entre ellos se cuenta, sin duda, el montaje del
grupo Carbone 14 titulado Hamlet machine, realizado con base en la obra del
Ñamaturgo de la República Democrática Alemana Heiner Müller y dirigido por Guilles
Maheu. Pocas escenificaciones podrán encontrarse en las que el montaje haya sido tan
creador de una nueva obra que apenas toma el texto casi como un pretexto para lanzarse por
cuenta propia. El texto original es un poema dramático, en el que, por tanto, el lenguaje
está muy condensado, en el que no hay diálogos, ni rastro de naturalismo o realismo, y
en el que apenas sí se insinúan algunas variaciones sobre los aspectos más nihilistas,
especulativos y reflexivos de Hamlet de Shakespeare, actualizándolos. Guilles
Maheu y su conjunto supieron ampliar y transformar esas posibilidades de manera
extraordinaria. El montaje comienza "distanciando" (en el sentido brechtiano
más auténtico) a Hamlet y Ofelia, los cuales aparecen primero como marionetas manejadas
por los actores. Hamlet, diminuto y de rostro dulce y ligeramente cómico, está separado
de una muñeca-Ofelia por un muro de roca, de proporciones decorativas, que divide el
escenario en dos hacia el proscenio y que alude al muro de Berlín. Son un Hamlet y una
Ofelia manipulados "desde arriba" y para quienes el amor se hace imposible por
causa de ese muro, con todas sus implicaciones. Luego aparecen cuatro Hamlets (y otras
tantas Ofelias) que encarnan diversos aspectos de los personajes de la obra original pero
siempre radicalmente actualizados. Esos aspectos culminan en el Hamletenano, en el
pequeño monstruo de voz potente que al final exclama: "Yo no soy Hamlet", desarrollando
así los motivos hamletianos con las características del hombre empequeñecido y
deformado de nuestra época, reducido a lo escatológico, a lo grotesco e inmanente. La
actuación de los canadienses (en cuatro idiomas: francés, inglés, alemán y español)
es de gran estilo clásico que, al ser aplicado a cuestiones actuales, produce un efecto
de fascinación especial, lográndose una intensidad ambigua, a veces
trágico-humorística. Dos videos, cada uno de los cuales está colocado en un extremo del
escenario, muestran algunos perfiles de la actuación que no pueden ser captados por el
público, la "distancian" al mostrarla reducida y alejada por medios técnicos
(como si se quisiera insinuar que el hombre de nuestra época está asediado por los
medios de comunicación) y la enriquecen por medio de asociaciones, mediante imágenes de
personajes siniestros y representativos de la guerra, la política, la frivolidad, etc., o
con textos traducidos de la obra en grandes letreros. La escenografia es también de una
adecuada ambigüedad entre lo clásico y lo moderno: los muros están cubiertos de
terciopelo púrpura dispuestos en pliegues ceremoniosos que suscitan la atmósfera de lo
palaciego; a lado y lado hay sillones enfundados; en el centro se encuentra el muro
estilizado al que nos referimos y al fondo un televisor silencioso parpadea con diversas
imágenes al lado de una armadura feudal. Finalmente, la música (con raíces en el rock
baladesco y dramático y en la música clásica) refuerza con gran intensidad el carácter
trágico y a veces apocalíptico de la pieza.
En Crimen y castigo,
del grupo Stary de Cracovia, bajo la dirección de A. Wajda (uno de los seis
directores más importantes del cine mundial baste recordar a Danton, Las
señoritas de Wilko o El hombre de mármol) y con la dirección artística de S. Radwan y la actuación
de Jerzy Radziwilowiez, J. Stuhr y Malacha-K. Bernadetta, encontramos una concepción
radicalmente opuesta a la anterior pero también realizada de manera extraordinaria. Se
trata aquí del teatro esencial, concebido como diálogo, expresión corporal y gestual,
sin espectacularidad de ninguna clase y en una escenografía que experimenta leves
variaciones. Aunque no era posible juzgar la calidad específica de la adaptación del
texto de la novela de Dostoievski hecha por Wadja (ya que no se repartió una copia en
castellano, sino que se hicieron apenas unas cuantas observaciones previas a la
representación), sí era posible percibir con bastante precisión de qué episodios de la
novela se trataba. La adaptación elabora las escenas de la investigación del crimen que
se desarrollan mediante diálogos de gran intensidad y su sutileza entre Raskolnikov y
Porfirio, complementándolas con los encuentros entre el primero y Sonia, cuando la joven
lo presiona amorosamente a que se entregue. Era posible, entonces, captar la estructura de
las escenas, el ritmo de la dicción, los movimientos escénicos, el gesto expresivo y la
escenografía, de acuerdo con una idea artística general de la adaptación que era
patente para quien hubiera leído e interpretado la novela. La puesta en escena es de tal
fuerza matizada que (sin entender el polaco) provoca emociones insinuantes y abstractas,
como las de la música, suficientes para una comprensión integral de la pieza. La
escenografía, además, con su lenguaje plástico y complementario, hacía el resto, al
crear una atmósfera interior y laberíntica, un tanto sórdida, mediante tabiques de
madera vieja con amplias vidrieras que configuran habitaciones descuidadas, débilmente
iluminadas por lámparas rojas y verdes (semejantes a lámparas votivas) de estilo muy
ruso. Esos tabiques se iban adaptando aljuego escénico con sencillez perfecta. En
síntesis, un montaje magistral en donde se conjugan una serie de factores privilegiados,
como el hecho de que el genial director Wajda se haya especializado en adaptar obras de
Dostoievski para el teatro (ha adaptado fragmentos de El idiota, Demonios y otras
obras) y haya contado con actores del grupo Stary, herederos de una tradición teatral de
más de doscientos años y que ya han participado en películas de Wajda.
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En el teatro
latinoamericano se destacó en lugar de vanguardia la pieza Teledeúm, montada por
el grupo Ornitorrinco, del Brasil, bajo la dirección de Caca Rosset. La concepción de
este montaje plantea una dualidad antagónica: se trata de un encuentro de las diversas iglesias
de origen cristiano (protestantes, católicos y ortodoxos) con el fin de llegar a un
acuerdo que las unifique en lo fundamental. Ese intento de reconciliación tiene lugar
frente a las cámaras de televisión pero hay largos intervalos entre cada presentación
televisual, de modo que el comportamiento ante el público siempre busca crear una imagen
de fraternidad, tolerancia, misticismo y amor, mientras que sus relaciones en la realidad
cotidiana de los intervalos son opuestas y dejan aflorar sus discusiones en torno a la
Biblia, sus competencias comercializadas, sus rencores y su intimidad neurótica. En esa
forma, un ámbito distancia al otro por contraste y pone de relieve que en el primero se
tiende a hacer teatro dentro del teatro y que se trata solamente de "personajes"
que no viven en la realidad lo que predican. En las escenas de "reconciliación"
ante las cámaras prevalece la actuación rítmica y mímica de conjunto (con momentos
"solistas" para cada personaje) y en los entreactos, donde se desvela la
realidad, la actuación se hace más individual, más contrastada y conflictiva, aunque
sigue predominando el ritmo de los conjuntos. En esa concepción prima la dirección sobre
la inventiva individual de los actores, y Caca Rosset se afianza una vez más como un
director con penetrante sentido de lo satírico yio picaresco que se enf renta con risa
aristofanesca a los sectores más retardatarios de Hispanoamérica.
Yepeto, la obra
del dramaturgo argentino Roberto Cossa (quien asistió al Festival), dirigida por Omar
Grasso, constituyó otro acierto. Se trata de un estudiante universitario (deportista y
bien parecido) que va a donde un profesor de literatura y escritor de su misma
univ&sidad para hacerle groseros y amenazantes reclamos porque cree que ha seducido a
su amada, una estudiante poeta, que sigue, con mucho éxito, los cursos del
profesor-escritor. Este toma el asunto a broma y le contesta con ingenio ágil pero
dándole a entender que solo hay una relación platónica de maestro a discípula. Poco a
poco el estudiante va comprendiendo al profesor y vuelve con regularidad a su apartamento,
interesado por ese mundo nuevo que aquél con humor y brillantez, le hace vislumbrar. El
profesor le habla de literatura en tono sarcástico y se burla de sí mismo como escritor
no muy vocacional. Las confidencias sobre Cecilia, la amada del estudiante, se hacen cada
vez más íntimas, sobre todo por parte del estudiante, y éste comienza a hacer tímidos
ensayos en el campo de la poesía, atiende solícito al profesor y llega un momento en que
la relación entre los dos parece más importante y afectiva que con Cecilia. Incluso hay
un momento en que el profesor se confiesa que tal vez quiere más al estudiante que a la
muchacha. Sin embargo, finalmente la relación del estudiante con Cecilia se hace efectiva
y el profesor, otra vez solo, se sienta a escribir sobre el incidente, despide al
estudiante, se lamenta por los amores fracasados y, medio en broma, maldice a la
literatura que le hace perder la verdadera vida y el amor. Yepeto es, pues, un
cuestionamiento del escritor que apuesta todo al arte, se intelectualiza y resulta incapaz
de amar efectivamente. Su posición frente al amor (y frente a la literatura) es de una
lucidez cínica que le impide una verdadera entrega, y su egocentrismo intelectual lo hace
buscar admiradores y discípulos pero no verdadero amor. Todo esto impide que él
participe yio lleva a la posición del solitario espectador de la felicidad de los demás.
La literatura se vuelve un sustituto de la vida intensa y plena y se separa y escinde en
un limbo asfixiante. La actuación de Ulises Dumont (el profesor) y Darío Grandinetti (el
estudiante) es fluida, aunque a veces excesivamente naturalista y costumbrista, pero
convence en conjunto por su vigor y espontaneidad. En cambio, la escenografía es
demasiado convencional e insignificante en su abigarramiento. Con todo, Yepeto constituyó
un acontecimiento teatral, porque era el descubrimiento de un texto complejo y profundo
que, montado decorosamente, logró impactar a los asistentes.
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La adaptación que de Mariana
Pineda, el drama lírico de García Lorca, hace el director cubano Roberto Blanco,
bajo el sencillo título de Mariana, despertó mucho interés en el público.
Blanco intenta (suprimiendo personajes del original, agregando otros e introduciendo al
mismo García Lorca como coprotagonista) establecer una analogía y una hermandad entre el
destino de la heroína (sacrificada por el gobierno de Fernando VII como colaboradora de
la insurrección) y el de García Lorca, ajusticiado por el franquismo. Pero la analogía
resulta bastante forzada y el personaje Lorca embrolla el argumento, lo desvía y termina
debilitando el poema dramático, al diluir su atmósfera deliberadamente ingenua,
provinciana e intensamente lírica con agregados que no tienen la gracia inimitable del
gran poeta y que a veces se desvían hacia alusiones políticas de otro ámbito. Lorca,
además, no escribe un drama político o crítico, sino que se concentra en las reacciones
de una dama que resulta heroína, pero por amor a uno de los conjurados (don Pedro
Sotomayor). ¿Cuál es su falta? Bordar una hermosa bandera para don Pedro y recibirlo
clandestinamente en su casa. Su tragedia surge de que ella se creía tal vez más
importante en la vida de don Pedro que la acción política que su amante acaudilla y,
cuando es puesta presa por Pedrosa (ante todo porque no
accede a sus requerimientos amorosos), se queda
esperando en vano a su héroe, el cual tiene que preservarse para la insurrección, a la
que ha entregado su vida. De ese modo, Mariana lo vive todo como una aventura romántica
que la hace sentirse heroína y perseverar, por orgullo y por amor al ingrato, hasta el
final. Al equiparar a Mariana y a Lorca en su muerte, Blanco reescribe la pieza pero sin
la inspiración (ardiente, delicada y deliciosamente kitsch) del poeta. Las
españolerías, el ambiente aristocráticamente provinciano, la fuerza suave, y finalmente
heroica por el orgullo herido, de Mariana, desaparecen y, en lugar de la concentración
intensa del poema dramático original, Blanco trata -de hacer un gran espectáculo
épico-lírico introduciendo dos ángeles negros, un coro de Erinias, muchachos con
blancos turbantes, conspiradores a caballo y un verdugo, convirtiendo así la fina
estructura del poema en un gran espectáculo que tiene algo de las Mil y una Noches y del
trópico caribeño pero que no es mejor que Lorca, ni representa un enriquecimiento o
actualización válidos. Sin embargo, también fueron visibles muchas cualidades en el
montaje cubano, como, por ejemplo, una gran calidad en la actuación del grupo,
especialmente en la de quienes representaron a los protagonistas: Susana Alonso (como
Mariana) y Roberto Bertrand (como Lorca), una técnica escenográfica y una precisión
admirables y momentos muy logrados en complejas escenas de conjunto. Se comprende que el
teatro cubano está muy avanzado y que lo que falló aquí fue la adaptación y
concepción de la obra por tratar de actualizarla, olvidando que el más reacio a la
actualización es precisamente el teatro poético. Todo estoy la espectacularidad de la
obra se ganó al público, que aplaudió entusiasmado.
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Otros montajes, como la
graciosa fábula de animales Entre gallos y medianoche del grupo El Galpón, del
Uruguay, el Don Juan de la URSS (que no pudimos ver), la danza-teatro presentada
por Bélgica y Antes que todo es mi dama de España (que no pudo representarse la
tarde que elegimos), seguramente merecen comentarios especiales. Pero era imposible verlo
todo y, además, nos haríamos interminables. Es necesario, en cambio, comentar la
representación de Colombia en el festival. En términos generales, esa
representación se caracterizó por el hecho de que los montajes fueron numerosos
relativamente pero su calidad muy discreta y poco representativa, teniendo en cuenta el
desarrollo de nuestro teatro en los últimos decenios. Los conjuntos teatrales
"fundadores" del teatro moderno en Colombia (La Candelaria, El Local, el Tec, el
Teatro Libre de Bogotá) no presentaron lo mejor de su repertorio que, aunque no es nuevo,
hubieran podido valorar muchos críticos extranjeros y gran parte del público colombiano
que hasta ahora había permanecido ajeno al teatro o un tanto indiferente a esta
actividad. Obras como Diálogo del rebus que o Guadalupe años sin cuenta de
La Candelaria, El adefesio de El Local, Fuiste a ver a la abuela de la Enad,
El arquitecto y el emperador de Asiria del grupo de Samuel Vásquez, de Medellín,
estuvieron ausentes, lo mismo que el teatro experimental de Beatriz Camargo de la Enad o
algún montaje de Gustavo Londoño, Gustavo Cañas o Germán Moure, para no referirnos
sino a directores de los últimos dos años de actividad teatral. Faltaron montajes nuevos
y obras colombianas en este gran acontecimiento lo que inevitablemente da la impresión de
cierto estancamiento, así como de una falta de apoyo oficial y privado al teatro
colombiano. Sin embargo, algunas obras más o menos recientes representaron con
dignidad al país, como el montaje del joven director del Teatro Libre de Bogotá, Ricardo
Sarmiento, de la obra de Ionesco El rey se muere, en la que una espléndida
escenografía y una inteligente dirección y actuación configuran un montaje de calidad;
la puesta
en escena de No hay que
llorar de Roberto Cossa, bajo la dirección de Carlos José Reyes (en representación
del TPB); Orquesta para señoritas de Jean Anouilh, bajo la dirección de Antonio
Corrales (del Teatro La Baranda) y lios graciosos títeres de Enrique Vargas y la
Libélula Dorada, los cuales mostraron aspectos renovadores del teatro colombiano.
Eduardo Gómez
Bogotá, D. E.:
"Otra época, otro lugar"
Crónica del Primer
Festival Iberoamericano de Teatro
Varias ciudades reunidas,
que bordean los cerros orientales, que van desde la amplitud y tranquilidad de los barrios
del norte al aglutinamiento infrahumano del sur y, para unirse, encuentran un centro
sórdido. Las tres, una. Siempre gris; de un lenguaje impersonal escoltado por el clima
frío y seco que provoca en la gente una actitud hermética.
Un oasis de tranquilidad,
en cada uno de sus puntos cardinales, sólo para la gente que ya pertenece a su propio
lugar.
El ritmo de esta ciudad
de cinco millones de habitantes está siempre controlado individualmente por una actividad
o varias que cada persona realice. Provoca altibajos el hecho de que el mundo del que
envolvemos un trozo aquí no posea un ritmo propio al que se tenga acceso; el ritmo es
uno, muy pocas cosas existen sin uno. Dentro del hábitat cultural, por ejemplo, la
sensación es siempre la misma que puede provocar una sala de espera.
Bogotá cuenta con un
público que permite durante el año el funcionamiento permanente de salas donde se
presentan compañías nacionales, elencos formados para diferentes montajes y, de cuando
en cuando, gente de fuera. Este, sumado al de otras ciudades, se volcó repletando diez
salas, sede del Primer Festival Iberoamericano de Teatro. Un público sin mucho
conocimiento teatral, espontáneo hacia cualquier representación artística, lleno de
sentido común, sobre todo entre los jóvenes y la clase media, que es el grueso de la
audiencia.
El ámbito de la ciudad
se transtornó, la atmósfera y el clima de la gente se volvió euforia; el gusto de
caminar por la carrera séptima, cerrada al paso de vehículos las dos primeras noches del
festival por el boom que desató la Iglesia contra el espectáculo Teledéum de
Brasil, y en general el ambiente de teatro que creó un aire de gratitud entre el 25 de
marzo y el 3 de abril. Ejemplo de esto fue la multitudinaria congregación que suscitó el
espectáculo del grupo español de teatro callejero Comediants con la obra Demonios el
sábado 2 de abril en la Plaza de Bolívar. El sitio se cerró desde la mañana y se dio
acceso sólo unas horas antes de iniciar el espectáculo, por razones de seguridad. A las
ocho y veinte minutos de la noche sonaron dos petardos, entró el grupo a la plaza y entre
música, pólvora, luces y una impresionante cercanía física en un espacio tan amplio,
logró que las personas que llenaban el lugar estuvieran durante
más de una hora desbordantes de felicidad; aquí,
donde más de tres individuos detenidos ante algo generan sólo paranoia.
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Una tristeza enorme y un
profundo silencio invadieron la plaza cuando los Comediants se "tomaron" el
Palacio de Justicia y lo "incendiaron".
A esto siguieron
imágenes sobrecogedoras de un ritmo veloz y la energía avasallante de las ochenta mil
personas convocadas por el placer. El festival estaba amenazado y, cuatro noches antes
el martes 29 de marzo, estalló en el interior del Teatro Nacional una carga
de dos kilos de dinamita durante la función de estreno del grupo argentino que presentaba
el montaje Yepeto. A raíz del incidente se citó a una "marcha
silenciosa"; afortunadamente, las directivas del festival se opusieron a la idea. Un
equipo de trabajo readecuó provisionalmente la sala, la noche del miércoles hubo
función, el grupo dobló el número de representaciones y llenó la casa.
Desde el punto de vista
organizativo, se cometieron varios errores. El más incómodo para el público asistente
fue el de la boletería. No se respetó la asignación de puestos numerados. En varios
teatros, dos y hasta tres personas tenían la misma silla: la del abonado, la de la boleta
vendida por taquilla quea veces se repetía. Se dio el caso de abonos en
blanco, vendidos en su mayoría fuera de Bogotá, que no le permitían al espectador tener
segura su localidad en ningún espectáculo, a pesar de que en algunos casos
lo obligaban a pagar el doble del valor de una boleta. Hubo abonos sellados por el
festival con errores de información; se envió a la gente a teatros y en fechas que no
correspondían a la programación asignada, sin que sea para esto excusa el hecho de que
durante los diez días haya aparecido la programación en los diferentes
medios divulgativos locales.
Vale la pena destacar la
labor de producción en cuanto a dotación de salas que, normalmente, no habrían tenido
la posibilidad de presentar un espectáculo, o la readecuación de otras para ampliar su
capacidad; el magnífico tratamiento que se les dio a los grupos participantes, y la
respuesta de ellos al festival, como en el caso de Francia, que reemplazó durante dos
días la obra de España Antes que todo es mi dama, suspendida por la lesión que
sufrió uno de sus actores durante la función del viernes lo. de abril, y la
colaboración de los demás grupos que hicieron representaciones adicionales para permitir
el acceso a una mayor cantidad de público.
Veintiún países
invitados, veintidós grupos colombianos. Es necesario destacar, por su excelente trabajo,
al grupo español Comediants, con Demonios; al canadiense Carbón 14, con Hamlet
machine; al Stary, de Cracovia (Polonia), con Crimen y castigo; al español
Teatro de la Plaza, con Ay, Carmela; al cubano Irrumpe, con Mariana Pineda; a
la Compañía Francesa de Teatro, con Circuitos clandestinos; al Teatro Estudio de
Georgia (URSS), con Don Juan; al italiano Teatro da Piazza dOcassione, con Framenti;
al colombiano Mapa Teatro, con Casa tomada.
El Festival
contó también con la presencia de importantes dramaturgos latinoamericanos, críticos
especializados, la directiva general del Iti (Instituto Internacional de Teatro). Hubo
mesas redondas, encuentros sobre teoría teatral con el público, talleres dictados por
los grupos participantes, una muestra de Teatro en el Cine que, aunque proyectada en una
salita del centro de la ciudad, fue bien seleccionada. Se firmaron convenios culturales y
se
anunció la venida de personajes
del teatro mundial que estarán aquí para realizar actividades en el medio.
Hubo también
espectáculos callejeros, unos programados por el festival y otros espontáneos.
El historiador y
teatrista colombiano Carlos José Reyes asegura que tal vez desde finales del siglo XVIII,
con la llegada del señor virrey Ezpeleta, la capital no registraba un hecho cultural de
la importancia de este certamen. Olvida Carlos José la llegada de Kennedy, las dos
visitas papales a Bogotá y la entrada triunfal de Lucho Herrera, vencedor en la vuelta
ciclística a España. Beneficia informar que, a partir de ahora, estaremos cada dos años
recibiendo al señor virrey Ezpeleta.
Que sea esta la
oportunidad para referirnos al "teatro colombiano". Para que después del
festival no lo anquilose el conformismo mediocre, que casi siempre lo asiste internamente,
y adquiera el sentido de proyección necesario para que despegue.
En un país donde la idea
de cultura, por lo general, carga el peso de un nombre, donde todavía no se ha entendido
el corto tiempo que esto le da a la vida de algo que no es tan efímero como los seres
humanos, donde la pretensión llega al punto de sentirse inventando por
ejemplo la "dramaturgia nacional" y teorizar creyendo en esto. En un país
donde de la noche a la mañana los arquitectos son escenógrafos de una manera
absurda, no por falta de talento o de interés, sino por improvisación, por falta de
conocimiento del medio; donde las "reinas de belleza" conducen las labores
económicas de un teatro; donde no existe aprecio alguno por las labores técnicas, salvo
contadas excepciones, y esto impide un desarrollo profesional dentro del campo. Donde, en
algunos casos, la función política del arte se confunde con una posición sectaria;
donde hay personajes que se creen propagadores de una verdad absoluta, que evidentemente
no existe, y no logran salir de la confusión en la que traman a un público que a veces
responde anonadado; donde la "lagartería" alcanza niveles infinitos, donde
reina la precariedad. En un medio así no se puede hablar de teatro colombiano. Se puede,
en cambio, hacer referencia a ejemplos concretos, a hechos aislados que, por solidaridad y
por deferencia, es mejor no mencionar.
JOSE PEREZ
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