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Feria
Internacional
del Libro, Bogotá 88
Eran tres
ferias, mínimo tres ferias, según la hora en que usted las visitara. En horas diurnas
durante la semana, el desprevenido turista que llegaba pensando en un sitio tranquilo,
estaba separado de la entrada por una masa compacta de noventa metros de ancho compuesta
por muchachitos y muchachitas entre los cinco y los diecisiete años. Dentro era lo mismo,
pero en forma de una inmensa serpiente de jóvenes que llenaban todos los pasillos. El
obvio
comentario que se oía aludía a que "es delicioso visitar la feria en lugar de
asistir a clases". El problema, aquí, consistía en mantenerse en pie. A esas mismas
horas el pabellón infantil, manejado por la Fundación Pombo, estaba repleto de niños
jugando en talleres donde había cascadas de palabras, cantos, toda clase de inventos
verbales.
Una segunda feria se
configuraba los fines de semana. Grupos familiares. Domingos de cajero automático para
comprar un librito. Proliferación de ventorrillos en los alrededores, ambiente de ciudad
de hierro.
La tercera feria, más
tiesa y más maja, pertenecía a la noche. Cocteles de libreros prósperos. Business.
Personajes y burócratas. Personajes y poetas. En Colombia, personaje es todo aquel que
aparezca en televisión. Cada editor muestra su estrella y aquí el premio se lo gana
José Vicente Katarain exhibiendo a Fontanarrosa.
Número récord en
lanzamientos editoriales. En suma, una feria dirigida al consumidor, una vitrina para
venderle ya al visitante o para venderle mañana al librero. Y, como buena vitrina, tuvo
sus ventajas: puso a mucha gente en un contacto más directo con los libros, hasta ahora
entronizados en esos templos remotos y distanciadores llamados librerías. En la feria no
había distancia, pero tampoco había mapas, salvo el del catálogo que parecía un
microship. Ni señalización, ni guías. Tampoco había control de precios. Diferencias de
tres mil pesos, en un libro, entre un stand y otro.
La Feria del Libro
también presentaba una variedad de títulos superior a la habitual en Colombia, donde
ordinariamente nos llegan menos de la mitad de los libros que se publican en España,
México y Argentina; esta vez la exigüidad cotidiana se interrumpió y algunas cosas
nuevas se vieron.
Así mismo, en un país
que, entre sus raros fenómenos, ha engendrado la especie del editor que no comercializa
(las universidades y las instituciones del estado, por ejemplo), la feria exhibió
publicaciones de la Universidad de Antioquia, donde estaban sus cuidadosas ediciones de
poesía y el antepenúltimo libro de Cobo Borda nunca se sabe cuál es el
último. Las ediciones del Instituto Caro y Cuervo, y por encima de todos los stands
institucionales se destacaba el de la Universidad Nacional.
De telón de fondo un
número récord de conferencias y mesas redondas, justamente los "géneros" de
divulgación más apropiados para un público ya iniciado y los menos aconsejables para
atraer público nuevo, dado el nivel de aburrimiento y de sosería que en ellos se
alcanza. A esto se añade que salvo las estrellas como José Emilio Pacheco de
México y Eliseo Diego de Cuba a muchos conferencistas ni siquiera se les avisó de
su compromiso. Así, los tres incautos que el asunto atraía, se quedaban esperando.
Sí, evidentemente fue la
primera Feria del Libro con el desorden y los errores que genera la inexperiencia,
pero,, también con la vitalidad que origina la
avalancha de público. Ninguno de los comerciantes, de los que fueron a vender, se quejó.
Les funcionó el negocio y esto garantiza que habrá una segunda feria.
LUIS
PARDO
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