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El
exangüe reportero
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Colombia y otras sangres
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Germán Santamaría
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Editorial, Planeta Bogotá, 1987,
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398 págs.
"Un
hombre rubio, semicalvo, con un traje caro pero derruido y casposo, lleva 17 años parado
en la esquina donde antiguamente quedaba El Tiempo, esperando que lo nombren
ministro", cuenta Germán Santamaría en una crónica que describe la variada
zoología que puebla la carrera séptima de Bogotá, la "vía que atraviesa a
Colombia".
Germán Santamaría,
periodista tolimense con varios premios nacionales e internacionales a cuestas, también
escritor de ficción, estrella de la redacción de El Tiempo, dos veces presidente del
Círculo de Periodistas de Bogotá, pesca de la realidad estay otras reveladoras imágenes
que dotan a sus crónicas y reportajes de cierta fuerza simbólica.
Colombia y otras sangres (certero título)
suscita las reservas de toda antología de textos periodísticos. Pero a poco uno queda
conquistado por sus frases breves, secas, hemingwayanas, como esa que jalona la entrada de
una bella miniatura sobre el terremoto de Popayán: "Un niño vestido de negro tiraba
a un caballo y el caballo tiraba a una carreta yen la carreta había tres ataúdes".
A poco admite que además
la lectura avanza por un camino de limpia redacción, de no tan aleatoria temática, que
hay orden en la elección dé las piezas y que esta ordenación responde tanto a la
búsqueda del gran tema que sugiere el título, como a la propia exploración de las
posibilidades de estos géneros (para algunos) menores de la literatura.
En el arco templado de
esta antología, este periodista corrobora su hábil manejo reporteril y, ante todo, se
revela como buscador de una forma mejor para el relato periodístico que pasa el Rubicón
del mero encargo noticioso.
Sin altisonancias
estilísticas, Santamaría es un estilista. Sabe al menos hacer un guiño al lector con el
lead contundente que abre un espacio narrativo: "Ustedes no saben apuntar,
alcanzó a decir el coronel Cantalicio Reyes antes que le reventaran el corazón con la
descarga de diez grases
¿Mema
técnica periodística? Quizá, pero en Santamaría hay otras cualidades resaltables.
Mencionemos una:
el toque de relato bien elaborado que se mantiene hasta el final de cada trabajo,
de cada faena redonda, con la media verónica que remata las buenas hechuras de lo
narrado.
Selectivo en los
múltiples datos que captura de la realidad, este tipo de crónica rescata las voces de
aquellos seres anónimos que dicen la vida con sencilla e inconsciente trascendencia; este
tipo de reportaje recoge los detalles que construyen la imagen viva de un escenario. Como
en la última función del Circo Espitia
Hermanos:
"A cinco y diez
pesos la entrada
y tres niños
con una bobeta la taquilla ni siquiera alcanzó para comprar la carne de los leones,
que acosados por la hambruna de miedo que desde hace un mes azota al circo ya saben comer
pasto. [Y] el pasto crece con fertilidad bajo la carpa. [Y adentro] la carpa se iluminaba
gracias a los borbotones de resplandor solar que se colaban por los boquetes de la
haraposa bona".
En un bien tejido juego
temporal, los antecedentes se insertan en el curso presente del relato. Por ejemplo,
cuando compendia hábilmente los seculares despojos que han padecido los pijaos o cuando
narra la formación de los paramilitares conservadores en el decenio del 50 en la vereda
de Chulavita.
"Mariano Jiménez
jamás da la espalda. Prefirió el patio de su casa y giraba en circulo antes que
cualquier extraño lograra pasar por detrás", dice al contar su encuentro con el
temible jefe chulavita. Y el ritornelo de "jamás da la espalda" dispara un
no-se-qué de simbólico en esta historia de viejas paranoias autoritaristas.
El personaje cuenta,
opina, babea, brama, y el periodista elige una impersonal voz en tercera persona y
permanece estratégicamente en la penumbra del claroscuro narrativo, sorteando los
escollos de la crónica autobiográfica, evitando la figuración del reportero que en todo
momento se inscribe como personaje preponderante de su escrito.
Hay, por otro
lado, aquí la crónica intimista (permítasenos el término) que, por ejemplo, sigue los
avatares de la vida de un torero. Y es notable que Santamaría opte más por la
observación que por el interrogatorio en los tres momentos estelares de la vida de Pepe
Cáceres. Madruga con él a trotar por la avenida a Suba y registra "la forma sonora
y segura con que sus zapatillas golpean el pavimento"; o después, en el trágico
desenlace, apunta la muda agonía del matador que escribe boleticas para preguntar: "¿Ya
se pagaron las cuadrillas?".
En esta línea está
también el reportero de sucesos que cala hondo en las motivaciones de los hechos de
sangre más que en la descripción del horror inmediato de la escena. Así, cuando
efectúa una encuesta sobre aquellos episodios
singulares de la vida solitaria de Campo Elías Delgado, el asesino de Pozzetto, o cuando
averigua las probables causas del suicidio colectivo de la familia de un empleado
bogotano.
A veces también el
reportaje de Santamaría se resuelve en un vigoroso ejercicio de estilo que usa el solo
discurso del personaje (elaborado, claro está) o la voz múltiple de varios testimonios:
sugestivamente, es el caso del relato de los sobrevivientes de la matanza del Caquetá,
cuyos testimonios se amalgaman en el todo que insinúa el tremendo título de "Nos
mataron hasta el anochecer
El Santamaría
entrevistador recurre al esquema pregunta-respuesta cuando se trata de transcribir las
ínclitas opiniones literarias de García Márquez o de Vargas Llosa. También sin
pretensiones estilísticas está el Santamaría que denuncia las violencias del Magdalena
medio u observa imponente el suplicio de una niña atrapada en el lodo de Armero, dos
reportajes que le han merecido sendas reseñas encomiásticas de García Márquez y
Germán Arciniegas (van aquí como prólogos).
La sangre de los otros la encuentra este cronista en
la encarnizada batalla de Beirut con sus niños palestinos impávidos o rabiosos, o con la
vida que triunfa sobre la muerte entronizada al oficiar de partero entre dos
muros derruidos. Las otras sangres se
derraman en Nicaragua o las Malvinas. Siente fascinación por los duelos aéreos entre un
Phantom israelí y un Mig sirio, o entre un Mirage argentino y un Harrier inglés.
Viñetas de guerra de fuerte reclamo: "Arriba en el cielo, tal vez a cuatro o cinco
mil metros de altura, dos chorros de humo tejían círculos, se perseguían, se
entrelazaban... De pronto una de las estelas se alejó en línea recta y la otra quedó
como paralizada dos o tres segundos y después comenzó a descender en forma
zigzagueante..."
Diez años
de periodismo que pasan por la devastada Beirut, por la sepultada Armero, por la exangüe
Nicaragua, por la ruinosa Popayán, por la gris y secreta Leningrado, por la gélida
Siberia, por el alucinante desierto de la Tatacoa, por la variopinta séptima bogotana,
por mil sitios hollados por este cargaladrillo incansable (videlicet la foto de la
cubierta).
Colombia y otras sangres, de Germán
Santamaría, no es farragosa colección de notas de opinión. Es una auténtica muestra de
reportaje moderno y creativo, una muestra de genuino periodismo de campo (no de
escritorio); un cuerpo coherente de trabajos auténticamente periodísticos, una galería
del quizá mejor reportaje colombiano.
RAUL JOSÉ DÍAZ
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