Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988
 

Un estudio actitudinal en educación especial


Guttman facet analysis of attitudes toward the 
mentally retarded
in Colombia: Content, structure 
and determinants (Michigan State University, Ph., 
D. Social Psychology, 1973).

Kenneth Ralph Gottlieb
Ann Arbor, 1983. 287 págs. 9 apéndices, 29 cuadros.

En un trabajo pionero en su género, el investigador Kenneth Ralph Gottlieb cotejó las actitudes de un millar de colombianos respecto a los retardados mentales. Su estudio se basó en la teoría de facetas (facet analysis) creada por el sociólogo israelí Louis Guttman en 1959, mediante la cual se miden y comparan las actitudes de un grupo cultural con las de otro. Desde tal perspectiva, la tesis complementaba un extenso proyecto que incluía muestras de población de doce países, realizado por la facultad de educación de la Universidad Estatal de Michigan. Se pensó en Colombia en razón a "presentar una población muy diferente en lengua, cultura y patrones sociales" de la de los demás países donde -se efectuaba el coss-cultural
(pág. 202), y como justificación, la explicación de la encuesta sobre educación y retardo mental señalaba diversos beneficios derivados del estudio: 1. Ayudar al desarrollo de un programa de educación especial; 2. Evaluar el apoyo de varios grupos de la comunidad (maestros, profesionales que trabajan con los retardados mentales, empresarios) a los programas de educación y rehabilitación; 3. Indicar el estado de satisfacción de los maestros, sus actitudes y conocimientos hacia el retardo mental; 4. Proveer una información correlativa en Colombia (es decir, cómo difieren las actitudes hacia los retardados mentales entre personas con diferentes ocupaciones y niveles de educación de distintas regiones del país, además de otros factores demográficos, valores y experiencias pasadas); 5. Hacer un estudio paralelo entre diversas culturas y países (pág. 203); 6. Efectuar una medición de las actitudes interculturales y validar la teoría que sirvió de base al estudio (pág. 202); 7. Conseguir una descripción de las actitudes de diferentes padres hacia sus hijos subdotados y correlacionarlas con experiencias, valores personales y factores demográficos.

El texto de la tesis pone excesivo énfasis en la reconstrucción de la técnica de medición actitudinal, lo cual lo hace complicado y redundante. Sus capítulos se estructuran conforme al procedimiento sociométrico, apoyándose en 28 tabulados, escalas y equivalencias estadísticas. Más de cien páginas finales se ocupan con los apéndices, en los cuales se reproduce el material de encuesta, primero en inglés (pág. 162: apéndices B y C) y después en español (pág. 200: apéndices D y E). El capítulo II tiene la ventaja —para lectura—de estar dedicado a la revisión de bibliografía sobre actitudes y retardo mental, para los cuatro grupos participantes en el estudio: padres, maestros de primaria, profesores de secundaria y personal de especialistas en educación especial y rehabilitación. Adicionalmente se repasan las nociones sobre actitudes de los empleadores y los grupos de vecinos más próximos a los retardados mentales (págs. 9-43). El capítulo III presenta la teoría de facetas y la escala que considera el perfil actitudinal como una estructura de respuestas cuya intensidad y valencia —negativa, neutra o positiva— estaría determinada por un conjunto de facetas derivadas de la situación de vida, la importancia, el proceso de evaluación y el rasgo típico —cognitivo, afectivo o comportamental fisico— que un sujeto atribuye al comportamiento grupal de otros o al propio, de acuerdo con sus creencias o experiencias. Según la escala de actitudes y comportamiento, seis tipos de orientación sujeto-objeto son susceptibles de medición, y tienden a colocarse en uno de estos niveles: estereotipo social, norma social, evaluación personal moral, acción personal hipotética, sentimiento personal y acción personal (cuadros 5, 6 y 7). En el capítulo IV se exponen las características de las personas entrevistadas, las principales hipótesis y el procedimiento de análisis (págs. 77-91) y en el capítulo V se presentan los resultados de la medición (págs. 92-133). El capítulo VI plantea la conclusión, discusiones y recomendaciones derivadas del análisis (págs. 134-158).

Una síntesis de las conclusiones obtenidas induce a señalar que en Colombia las actitudes favorables hacia los retardados mentales son mayores entre los padres, seguidos, en su orden, por el personal profesional encargado de su atención, los maestros de educación primaria y los profesores de educación secundaria (hipótesis 12). Se comprueba así que los padres de los retardados mentales han contribuido sustancialmente a estos avances (pág. 150). A su vez, este hallazgo encontró corroboración en el resultado de apoyo, hasta cierto punto fuerte, para la variable contacto con el retarda do mental como productor de actitudes favorables (hipótesis 3). Varias hipótesis no se verificaron: se creía, por ejemplo, que la religiosidad acentuada —militancia o adherencia— acompañaría actitudes desfavorables hacia los retardados mentales, pero los resultados mostraron más bien que las actitudes religiosas comprenden un dominio multidimensional (hipótesis 4 y 5). Tampoco se pudo verificar que el grado de educación fuese un indicador de predecible actitud favorable (hipótesis 6, pág. 143). Ninguno de los grupos dio respuestas que apoyaran la afirmación que ligaba el acuerdo con un planeamiento educativo centralizado por el gobierno a una actitud favorable (hipótesis 11, pág. 148). Otras hipótesis resultaron refutadas por los datos obtenidos: se creía que las mujeres tendrían un puntaje más elevado en las actitudes positivas hacia los retardados mentales, pero se halló, por el contrario, que los varones colombianos manifestaban una actitud significativamente más favorable. El autor consideró posible que las expectativas culturales que asignan papeles estereotipados a los hombres—protección y custodia— y a las mujeres —tareas y deberes del hogar poco satisfactorios— operarían como posible explicación (hipótesis 8). El grupo restante de hipótesis resultó débilmente sostenido por los análisis:  la eficacia —entendida como sentido de control sobre el ambiente— parcialmente hacía predecible una actitud favorable. Sólo el grupo de profesionales en educación especial y rehabilitación estableció una correlación significativa en el nivel de la acción personal. El resultado hallado en los padres sugería que estos se adherían, en cambio, a una actitud fatalista. Por otra parte, muy limitado apoyo se halló para la afirmación que ligaba un alto conocimiento acerca del retardo mental con puntajes elevados en las actitudes positivas para los seis niveles de la escala. Estas carencias apoyarían el argumento que vincula las actitudes hacia los retardados mentales, más con una base afectivo-contractual que con una base cognitiva.

Incuestionablemente, la lectura de esta tesis remite, aun cuando no es su propósito, al cuestionamiento de la medición de actitudes como metodología apropiada para el conocimiento de los fenómenos psicosociales. Cuando hoy es un rasgo predominante el manejo de software en la investigación de las actitudes, especialmente por el efecto de los medios masivos y el mercadeo en las conductas y creencias de los individuos, es interesante recordar cómo se ha ido decantando en la práctica la cuestión de establecer, para su estudio, un paradigma en psicosociología. Esta tesis replanteó uno de los modelos propuestos hace treinta años para clasificar y medir comparativamente la actitud, que de manera sencilla puede entenderse como un principio de organización, disposición a obrar de una manera y no de otra, o variable intermedia entre el comportamiento —activo o verbal— y una situación dada. El modelo de Guttman, conocido como escalo grama o análisis jerárquico, cuya base es el análisis matemático por matrices, insistía en trascender el unidimensionalismo algebraico que en los modelos anteriores situaba las actitudes oscilando únicamente en dirección (pro o contra) o intensidad (más o menos). Dado que el problema que debía enfrentarse era el de establecer qué características demográficas, de valores, conocimiento o contacto de los individuos, en relación con los retardados mentales, permitían pronosticar actitudes favorables o desfavorables hacia éstos, Gottlieb —y en general la corriente investigativa de Michigan— había encontrado que "muchas de las investigaciones analizadas eran contradictorias e inconclusas acerca de las variables predictorias". El director del proyecto sugería que las escalas de actitudes revisadas estaban compuestas de ítemes provenientes aparentemente de estructuras diferentes. Con lo cual aceptaba algo que Guttman sostenía en cambio, y era que "las actitudes no son entidades simples, sino que provienen de diferentes gradaciones, desde la puramente intelectual —cubierta— a una comportamental —abierta—". En el esquema de investigación acogido así, las actitudes son clasificadas desde la estereotipada hasta la acción actual informada por el sujeto. El autor del esquema sostenía que dividiendo el universo de actitudes en subuniversos, el investigador podría ejercer mayor control sobre la estructura y el contenido de la actitud, con lo cual se permitiría producir hallazgos más consistentes, estables y reproducibles. De esta manera, parte de las preocupaciones ligadas a la investigación realizada en Colombia entre 1972 y 1973 se orientó a validar el enfoque metodológico.

Ahora bien: dos consideraciones importantes cabe hacer para situar el trabajo en los contextos sustantivo y metodológico de la medición de actitudes hacia el retardo mental. Ni la comprensibilidad de la presentación de la técnica del facet analysis, ni las conclusiones alcanzadas después de su uso, dan motivos para simpatizar con tal metodología. Hay que avanzar y retroceder en la densa presentación de la técnica para finalmente tener una noción comprensiva de esta. Por su parte, las conclusiones, si bien sostienen algunas de las hipótesis, como la de que los factores afectivos predominan sobre los cognitivos en la actitud hacia los retardados mentales, dejan poco terreno conquistado en relación con la gran mayoría de aquéllas —leve apoyo, débil apoyo, parcial apoyo, etc.—. En síntesis, con los modelos para medición de actitudes hay que pensar seriamente si lo que con ellos se gana en precisión es más de lo que se pierde en el desarrollo del proyecto.

En el contexto sustantivo del estudio es donde, en definitiva, radica su importancia. Además de un detallado repaso a las investigaciones sobre actitudes hacia el retardo mental—todas ellas basadas en técnicas distintas de la innovada allí— el autor se esfuerza en presentarla organizando la documentación revisada en aspectos que incluso superan los límites del estudio (actitudes de los empresarios, actitudes ante sí mismo, actitudes de los compañeros y de la comunidad, y cambio de actitudes). La revisión también comprueba la pobreza de la investigación colombiana sobre el particular, al citar sólo cuatro documentos escritos en el país hasta entonces. Quedan también planteados varios interrogantes (pág. 151), cuya solución rebasa el terreno de la medición de actitudes. De igual manera se podría plantear, al calor de la controversia entre psicología cognitiva y behaviorismo, cómo en nuestro país el cambio de actitudes respecto al retardado mental conduce a discutir los procesos de influencia social y el poder sugeridor del prestigio. La hipótesis discernible es si el modelo actitudinal hacia el retardado mental sugerido por los portadores del prestigio social en Colombia comporta más elementos desfavorables que favorables, y en qué medida tal mensaje ha condicionado la actitud colectiva hacia el retardo mental, asociado a los efectos positivos de influencia social en su origen.

JOSE ERNESTO RAMIREZ