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Escritura
femenina
Más allá y más acá
del "continente negro"
Narrativa de
latinoamericanas, narrativa de españolas... ¿Acaso el "continente negro" de
esa feminidad, que tan temprano definiera Freud, estaría dividido por una extensión de
agua? Como acotación a tan vaga metáfora, vale recordar que el análisis de cualquier
obra literaria impone su inserción en un orden de pensamiento definido como "visión del mundo"
1
. ¿Mundo hispánico?
¿Patriarcal? Imposible desconocer aquí una noción sociológica global con respecto a
cierta homología de estructuras. Imposible desconocer, igualmente, la irrupción de una
nueva semiótica: las mujeres escriben, las mujeres se escriben, a uno y otro lado del
Atlántico. Zona de enfrentamiento entre lo real y lo imaginario, la escritura femenina se
convierte en opción ineludible. Miedo, silencio, ansiedad, rondan estados energéticos
que anuncian procesos de sublimación. A veces, cuando sobreviene la toma de palabra hay
una impresión de estallido, de emanación. Otras se intenta "una simple asociación
libre, una deriva, un engranaje de acontecimientos
narrativos"
2
Identidad, mensaje,
compromiso... El imperativo de la exégesis ha dado prioridad en estas notas a las novelas
"de personaje", en que la narradora "funciona como una voz central e integradora"
3. De cierto modo,
su postura feminista puede ser connotativa y marcar un lugar de encuentro con el
destinatario. Lugar de encuentro supuestamente situado en España, o en algún país
latinoamericano; por ejemplo, Colombia. Cierto, para españolas, para colombianas, la
coordenada sociopolítica puede adquirir tanta importancia como la evolución interior del
personaje. Así, la niñez, el gusto por canciones y modas, tópicos folletinescos o
cinematográficos, llegan a constituir funciones narrativas. En el nivel temático, la
sofocante circularidad del encierro en la familia o la casa alterna con la experiencia
iniciática del viaje, etapa de pasaje hacia una posible libertad. A partir de una
autosuficiencia narcisista, de un apareamiento amoroso o de una búsqueda de identidad, el
lenguaje intenta expresar la vida del cuerpo sin censuras ni prejuicios. Un discurso
autoreferente, analógico, oscila del registro lírico o barroco al habla de todos los
días. Vivencia fulgurante o desplazamiento migratorio, la feminidad intenta acoplarse
así al acontecimiento o fluctuar con los ritmos naturales. George Steiner dice que las
mujeres refuerzan al adjetivo y lo hacen penetrar en el mundo del nombre. ¡Dichosa fuerza
de penetración! Sólo al conservar las ideas y los hechos sin prescindir del deseo, los
significantes se acoplan a los significados arrastrando el discurso más allá de la
alineación. Al acoger plenamente la diferencia, se la puede gozar en su juego, su azar,
su placer.
La niña, las unas...
"Poner en tela de
juicio la estabilidad del rol femenino en la reproducción de la especie, es aludir a la
infancia, y por lo mismo, poner en tela de juicio la misma
especie"
4. Carmen Laforet titula La niña un relato
escrito en los años cincuenta. Si su protagonista no asume aún la cólera de tantas de
hoy, sí posee rasgos que la emparientan a esa hábil adolescente que Carmen Martín Gaite
pinta en El cuarto de atrás. Como ella, ha vivido años de guerra en que "la
felicidad era inconcebible". Entonces, las niñas sabían aguantar: cualquier
unconformismo lo reprimía la autoridad materna. Soñadoras frustradas, debían imponer el
fantaseo a una realidad programada y coercitiva. Si se insubordinaban, era para probar la
complicidad del disimulo o el rencor. ¿Quién olvida la Andrea de Laforet, la Alma de
Martín Gaite y, sobre todo, la Matia de Ana Maria Matute? Resulta difícil abordar la
narrativa de la segunda mitad de este siglo pasando por alto esa tríada precursora un
relato escrito en los años cincuenta. Si su protagonista no asume aún la cólera de
tantas de hoy, sí posee rasgos que la emparientan a esa hábil adolescente que Carmen
Martín Gaite pinta en El cuarto de atrás. Como ella, ha vivido años de guerra en
que "la felicidad era inconcebible". Entonces, las niñas sabían aguantar:
cualquier inconformismo lo reprimía la autoridad materna. Soñadoras frustradas, debían
imponer el fantaseo a una realidad programada y coercitiva. Si se insubordinaban, era para
probar la complicidad del disimulo o el rencor. ¿Quién olvida la Andrea de Laforet, la
Alma de Martín Gaite y, sobre todo, la Matia de Ana Maria Matute? Resulta difícil
abordar la narrativa de la segunda mitad de este siglo pasando por alto esa tríada precursora
5
. Si en Laforet y Martín
Gaite la denuncia del sexismo se diluye en conflictos intersubjetivos o en evocaciones de
la guerra, no deja de manifestarse en cuanto concierne la infancia. Se diría, sin
embargo, que mientras ambas Cármenes ceden allí terreno a la tradición patriarcal, Ana
María Matute se muestra más radical en esa gran novela que es Primera memoria. Al
fin, la niña reniega de sí misma, rompe las "ataduras". Su comportamiento
impone lo excesivo, en un determinismo que desconoce los límites y las fronteras.
Enfrentándose a una sociedad rígida y mojigata que rechaza toda pasión, puede captarse
a la luz de su propia conciencia en la más pura vocación de rebeldía.
Represión sexual!
Represión política
"En la mujer -dice
Julia Kristeva toda creación se alimenta de una identificación o de una rivalidad
con respecto al gozo imaginario de la madre"
6.
La rivalidad (complejo de Electra) no es muy frecuente en la narrativa
de estas autoras. Si Laforet la toma en cuenta, Matute la transforma en abierta tolerancia
y Martín Gaite en una complicidad que admite señas de identificación. Como ella, las
que vienen después respetarán y admirarán a mujeres que burlan la legislación
patriarcal. Naturalmente, esta solidaridad retrospectiva se vincula a un compromiso
ideológico. Sabemos cómo se glorificaba en la posquerra "el heroísmo abnegado de
madres y esposas, la importancia de su silenciosa yoscura labor"
7. En realidad, el régimen pretendía eternizar una dinastía
femenina tan
castradora como inquisitorial. Defensonas del orden establecido, madres y abuelas
reproducían los esquemas de dominación que las mantenían a ellas mismas en la
dependencia y el sometimiento. Fatalmente, a través de los años, un mecanismo de
recuperación encadenaba las generaciones. De la madre sólo se podía esperar el rigor de
un "racionalismo cuadriculado y perfecto
8. De la abuela, "un trato helado, frases hechas, oraciones a un Dios de su
exclusiva invención"
9.
Contra tantos
"vejestorios grotescos que se sobrevivían enconadamente a sí mismos para
nada", la nueva mujer irrumpe en figuras femeninas que establecen una relación
personal con el mundo. Si durante la infancia apelaban a lo imaginario, inventándose
vidas sustitutivas y zonas de fantasía, durante la adolescencia se negarían a un
presente que les parecía una réplica del pasado, embarcándose contra viento y marca en
relaciones aventuradas. Así, para escritoras como Esther Tusquets, la reivindicación del
amor libre es simultánea a la denuncia de un régimen, de una clase, que mantienen a la
mujer prisionera de sus propios prejuicios. La protagonista de sus relatos rechaza la
represión sexual con la misma desesperada animosidad con que rechaza la represión
política. Sin embargo, se sabe vulnerable y se siente acosada por la censura de las
gentes "chatas y mezquinas"
10
entre quienes
ha crecido. Quizá por eso, no llega a aliarse tampoco con quienes su familia solía
llamar "rojos piojosos" durante la guerra civil
11
A pesar de haberse marchado de su casa, esta
mujer-niña sigue viviendo en función de los mil y un juguetes, libros, escondrijos en
que ayer intentaba refugiarse de una realidad demasiado prosaica. Sin resolverse a ser
adulta, puebla con ellos monólogos desgarrados, medidos en ciclos de megalomanía y
autodestrucción. Imposible para ella evitar la "fulguración amorosa", sin
acercarse al "derrumbe abyecto, al asco de sí, o sencillamente a esa versión moderada que es la soledad"
12, De
Esther Tusquets a Alba Lucía Angel
Como Carmen Riera, Ana
María Moix y otras de su generación, Esther Tusquets propone en su narrativa un
bisexualismo que concede a las relaciones con mujeres igual o mayor importancia que a las
relaciones con hombres. En su primera novela, la narradora vive una desgarrada aventura
con una universitaria que "va llevando arriba y abajo hojas subversivas para que las
firmen profesoras que vegetan perdidas demasiado lejos". Silenciosa, huraña,
"sorbe café amargo y fuma con vicio y sin placer". No es española, viene de un
país donde hay miseria y violencia política: Colombia. Y esta colombiana, además de su
compromiso ideológico, confiesa una vocación profunda, una desesperada urgencia de
"fabular historias", de perseguir imágenes"
13. ¿Será escritora?
Se diría que en este
personaje de Esther Tusquets la ficción y la realidad se confunden, en función de lo que
podría llamarse literatura comparada. Seguramente, la muchacha de "ojos color miel,
pómulos salientes y una gabardina gris ceñida a la cintura"
14,
salir
de una novela de Alba Lucía Angel. Colombiana de la generación de
Tusquets, Angel emplea un discurso menos precioso y libertino, más comprometido con los
procesos político-sociales. A la vez interiorizada y testimonial, su narrativa se
desenvuelve en secuencias múltiples e historias superpuestas, enfatizando la distancia
entre la niñez de las protagonistas y el mundo a que éstas deben enfrentarse. No sólo
una sociedad en proceso de integración, un régimen de injusticia y desigualdad, sino la
influencia alienante del pasado en entidades femeninas dependientes y ahistóricas.
Misiá señora es una novela que
busca denunciar el sexismo mediante una retórica de la insubordinación. Desde siempre,
la protagonista soporta los mecanismos de exclusión de una sociedad que honra y exalta
los falsos pudores. Narradora de sí misma en proyecciones infantiles, esta antiheroína
intuye que debe escoger entre el gozo sensual y el sentido de la decencia, del mismo modo
que deberá escoger más tarde entre una feminidad de hembra y una feminidad de madre. Al
final, la niña crecerá, conocerá hombres, tendrá hijos, pero sin liberarse totalmente
de los traumas iniciales. Cierto, la locura puede ser una invasión de impulsos extraños
a la conciencia, pero también iniciarse en una lenta pesadilla introversa, bloqueo en el
aislamiento y el rechazo. Por eso, contra el miedo, la narradora pretende ejercer su
imaginación, "proyectarse hacia sí misma, gozarse"
15.
Sin
embargo, allí será derrotada una vez más. Adicta al fantaseo,
inmersa en las simbologías del subconsciente, procurará valerse, ya mujer, de los
conjuros de la infancia, pero sabiendo que nunca son inocentes. Evidentemente, elegir la
infancia significa adherir al partido del mal, aunque al mismo tiempo se denuncie la
hipocresía y se aspire a una visión poética del mundo.
"Las mujeres somos
distintas..."
Cuando Carmen Riera publica su primera novela en 1981, algunos críticos comprueban una
estructura episódica en que el hilo conductor parece ser también
la infancia
16. ¿Acaso una intriga que incorpora brigadas rojas,
aborto, droga y otros temas sensacionalistas, puede alternar con los recuerdos de una
niña mallorquina? Sin embargo, para la protagonista, viajar a Florencia a informar sobre
el caso de un terrorista que intenta destruir Lo primavera de Botticelli, puede ser
sólo un pretexto para reflexionar, recordar, recuperar lo que se le ha venido desgastando
desde la niñez. Como Esther Tusquets y Alba Lucía Angel, Riera asimila el asunto del
viaje a una experiencia iniciática. Su travesía implica una transición hacia otra
etapa, hacia otro modo-de ser. Novelas de búsqueda, quest no-veis, llama Northrop
Frye las que tratan esta temática a partir de la leyenda y el mito. Sólo que aquí la
lucha contra las fuerzas del mal se transforma en lucha contra el poder patriarcal y la
tradición judeo-cristiana. Vinculada a la represión de la sexualidad, la práctica
religiosa desempeña un papel fundamental. Si, por ejemplo, la confesión es motivo
recurrente en la novela de Alba Lucía Angel, en la de Riera también se siente "un
pegajoso olor a cura"
17. Describiendo la
conducta autista o compulsoria de su personaje, ésta parece sublimar su animosidad contra
una niña que debe sacrificarlo todo al pudor, abominando de su genitalidad y maldiciendo
su cuerpo. Cuando, en un acceso de loca rebeldía, llega a imaginar a su madre
levantándose la ropa y acariciándose el sexo en público, se arrepiente en seguida.
Pasarán los años y le costará superar su eterna cantilena de: "las mujeres somos
distintas, no necesitamos del placer como los hombres"
18
Algo tan feo en la vida
de una señora bien... El título ya connota lo reprobable y pecaminoso de cualquier
liviandad. Recreando el tópico del matrimonio como condena
19
Marvel Moreno rinde homenaje en este relato a una esposa
colombiana prisionera de quien la humilla en privado y la ensalza en público. Como
tantas, ha sido condenada a expiar durante su vida de casada una flaqueza de su juventud.
Depresiva, reducida a la inmanencia, se refugia en fabulaciones a las cuales no osa
anteponer nunca la acción. Sin embargo, la cobardía y la venalidad de maridos como el
suyo quedan demostradas en otro relato de Moreno sobre los prohombres de la oligarquía.
En ese caso, una forastera, pitonisa y vidente, se erigirá en testigo de sus tejemanejes
financieros, devanando la madeja del chisme y concediendo a la maledicencia dones
premonitorios. Al final, ni la policía logra callarla: ¿no se trata luego de una bruja?
Frente a estos textos
denotativos, encajados en parámetros realistas, Marvel Moreno escribe otros en que el
subconsciente irrumpe con su léxico desordenado. Allí, una sexualidad inhibida estalla
en desquiciadas proyecciones, precipitando los desdoblamientos de una fantasmática
perversa. Como en la narrativa de Alba Lucía Angel, la disposición alternada de
pulsiones que condensa energías, se resuelve en monólogos o divagaciones. De nuevo, un
régimen alusivo crea espacios enunciados por voces femeninas que irrumpen con angustia,
temor, desolación. El desvarío reina cuando una religiosa llega a creerse madre, una
niña a entregarse al mar como a un amante y una adolescente a perder la virginidad en
brazos de una aparición. Esta imaginería, que también implica venganzas y
flagelaciones, adquiere en la obra de otra colombiana, Rocío Vélez, caracteres
patéticos. En su novela La cisterna, una hija dócil, buena hermana, tía
ejemplar, halla su verdadera identidad en las estrechas piezas y duras camas a donde la
lleva su itinerario de solterona arrimada. Allí, entregada a sus fabulaciones, conocerá
"el vacío oscuro e infinito de las pesadillas". Por las noches, se
identificará con un tarro de basura, un gusano verde, un conejo ensangrentado, o se
enfrentará a un intérlocutor sonriente a veces médico, a veces sacerdote
que pretende aliviarle el "dolor del pensamiento"
desollándola viva
20
"Let. us
pretend"
¿Delirio? ¿Alucinación? Aquí, como en otros espacios de lo que podría llamarse una
estética de la opresión, hay ámbitos comunes a uno y otro lado del Atlántico.
Imposible olvidar, entre las españolas, los elementos fantásticos de precursoras como
Martín Gaite o vanguardistas como Ana María Moix. Cierto, una simbólica femenina que
imbrica lo reprimido estará siempre en los umbrales de lo superreal. Manifiesta o
subterráaea, esta corriente perdura en la novela "de personaje", aun dentro de
una temática vinculada a lo político y lo social. Basta recordar cómo una protagonista
de Alba Lucía Angel descubre el asesino de su anfitriona londinense en el momento en que
dice, imitanto a la Alicia de Carroll, "let us pretend ". Así descubre una
narradora de Beatriz de Moura el tráfico de drogas y armas que opera en su respetable
universidad ginebrina, la noche en que se convence de estar
soñándolo todo
21.
Emparentadas a la Agatha Christie que Rosa
María Pereda caricaturiza en un relato, ambas pueden muy bien ser "esa chica"
misteriosamente asesinada en la Costa Brava porque, según la autopsia, "nada sabía del amor"
22. Como no lo sabía,
tal vez, tampoco la que estuvo en Florencia informando para la prensa española sobre un
atentado de las brigadas rojas. Al interrogarse constantemente sobre su identidad de
mujer, quizá esta autora-testigo decidió viajar más lejos, tomar el avión, cruzar el
Atlántico. De ahí que súbitamente resurgiera en Colombia, compartiendo con un
guerrillero los riesgos de la clandestinidad, o infiltrándose en una de esas fiestas
capitalinas donde los embajadores alternan con los militares y éstos con la más alta plana política e intelectual
23
Mientras tanto,
la antiheroína dudaría de sí misma, poniendo a prueba su lucidez y sus emociones. Pero
aun así sacando fuerzas de su vulnerabilidad, habría cosechado tanta experiencia en el
viejo mundo como la que legaría más tarde a quienes recorrieran con ella un continente
no tan negro como Freud se lo suponía.
HELENA ARAUJO
1
Jacques Lecnhardt, Lecture politique du Roman, Paris, Editions of Minuit, 1973, pág. 21. (regresar1)
2 Julia
Kristeva, Histoires damour, Paris, Editions Donoél, 1983, pág. 344. (regresar2)
3
Marjorie Agosin, Protagonistas en la narrativa de María Luisa Bombal, Moniclair, N.J.,
Senda Nueva Ediciones, 1983, pág. 26. (regresar3)
4 Julia
Kristeva, Un nouveau type dintellectuel: le dissident' en Tel Quel. París, 1977,
núm. 74,
pág. 6. (regresar4)
5 Por
tomar como punto de partida la gene ración anterior a la que actualmente escribe textos
feministas, hemos tenido que omitir grandes nombres como Rosa Chacel, Merce Rodoreda, etc.
(regresar5)
6 Julia
Kristeva, op. Cit., pág. (regresar6)
7.Carmen Martín Gaite.
El cuarto de atrás, Barcelona, Ediciones Destino, 1980. Pág. 93.
(regresar7)
8
Esther Tusquets, El mismo mar de rodos los veranos, Barcelona, Editorial Lumen, 1978,
pág. 14. (regresar8)
9 Ana
María Matute, Primera memoria, Barcelona, Ediciones Destino, 1959, pág. 12. (regresar9)
10
Esther Tusquets, op. cit., pág. 128. (regresar10)
11
Esther Tusquets, Siete miradas en un mismo paisaje. Barcelona, Editorial Lumen, 1981,
pág. 50. (regresar11)
12
Julia Kristeva, Histoires damour, París, Editions Denoél, 1983, pág. 344. (regresar12)
13
Esther Tusquets, El mismo mar de todos los veranos, págs. 60, 70. (regresar13)
14 Ibíd.
pág. 58. (regresar14)
15
Alba Lucía Angel, Misiá señora, Barcelona, Editorial Argos Vergara, 1982 (regresar15)
16 Entre
otros, Luis Racionero, tal como lo afirma en una entrevista a Carmen Riera, Revista
Quimera, Barcelona, 1981, núm. 9, pág 12. (regresar16)
17
Declaración de Carmen Riera en el mismo número de Quimera. pág. 12.
(regresar17)
18 Carmen
Riera, Una primavera para Domenico Guarini. Barcelona, Editorial MonteSinos, 1981,
pág. 132. (regresar18)
19 El
matrimonio como condena se vincula a la mitología de Perséfone y a varias leyendas. Cf.
Sanda M. Gilbert y Susan Gumar, The madwoman in the artic, Yale University Press, 1979,
pág. 504. (regresar19)
20
Rocio Vélez de Piedrahíta, La cisterna, Medellín, Editorial Colina, 1971, pág. 143. (regresar20)
21 Me
refiero a las novelas Dos veces Alicia de Alba Lucía Angel, Barcelona, Barral Editores,
1972, y Suma Suma de Beatriz dc Moura, Barcelona, Editorial Lumen, 1974.
(regresar21)
22 Ana
María Moix, No time for flowers, Barcelona, Editorial Lumen, 1971, pág. 35.
También me refiero a Poor Tiered Tim, relato de Rosa Maria Pereda, incluido en Doce
relatos de mujeres, Madrid, Alianza Editorial, 1983. (regresar22)
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23 Sobre una fiesta
parecida en el retrato de Marvel Moreno La noche de madame Yvonne, que esbozamos en estas
notas (regresar23)
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