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Después
de "escuchar" los Nocturnos
de Alvaro Mutis
Un homenaje
y
siete nocturnos
Alvaro Mutis
1. A fines de 1986, como
se sabe, Alvaro Mutis dio a conocer (lo que sus lectores le agradecemos sobremanera) una
preciosa colección de ocho poemas: un "homenaje" (Después de escuchar la
música de Mario Lavista) y siete "nocturnos". Hay que decir que, con ellos,
el poeta colombiano ha entrelazado unos nuevos hilos (hilos de oro, agreguemos) a ese gran
tapiz que es la totalidad de su obra poética, y que éstos como es obvio,
tratándose de un tapiz sirven todos al bello y aleccionador dibujo que este
tapiz ha venido configurando o tramando desde hace justamente cuarenta años (pues
recordemos que el primer libro de poemas de Mutis, La balanza, fue publicado en
1948), de tal suerte que dichos hilos continúan y completan ese mismo dibujo,
esto es, persisten en él
1.
En una palabra:
Mutis, en esta nueva entrega poética, insiste (y ahonda, sobra decirlo) en los viejos
asuntos y experiencias que han alimentado siempre su poesía: la incertidumbre en
relación con la presunta virtud expresiva del poema; la temporalidad de los hombres y de
las cosas; el sentimiento de la nada; el fatalismo; los momentos iluminadores; el
ejercicio de la memoria; el fracaso y la derrota; la enfermedad; el culto del pasado
histórico.
Se reiteran, incluso, sus
habituales procedimientos: la enumeración, por ejemplo; las frases de largo aliento y de
textura compleja, a veces casi espiral. Y, en este mismo aspecto de la forma, se reitera
también un alto don suyo: la armoniosa fluidez de sus palabras, su alta calidad rítmica
(de ahí que el término escuchar, en el título de estas notas, no es, en verdad,
nada gratuito).
Se trata, pues, del mismo Mutis
que todos conocemos. Un Mutis a la altura de sí mismo. Y debemos celebrarlo, pues
significa que en Un homenaje y siete nocturnos hemos vuelto a encontrarnos con una
voz de profundo interés vital y estético; una voz que les presta goce y auxilio a
nuestros días; una voz, en fin, esencial, de aquéllas de las que "no se
podría prescindir en circunstancias dramáticas, por ejemplo en la cárcel", como de
la buena poesía dice certeramente el poeta francés Yves Bonnefoy.
2. En Nocturno
en Compostela, Mutis se refiere, entre otras muestras de su miseria, al
problema del "delirio que se agota en la premiosa/ lentitud de las palabras". Es
decir, se refiere al problema de que la rigidez de éstas aniquila el vertiginoso
prodigio de lo real: la furiosa (y también terrible) belleza del mundo es reprimida por
esa camisa de fuerza que viene a ser la palabra. Estamos, pues ante un viejo
"demonio" ya, incluso, debida y ampliamente denunciado por sus
críticos que vuelve a acosar aquí a Mutis: la ineptitud del poema en cuanto
instrumento para retener y transmitir eso que, en otro pasaje de su obra, él mismo llama
"la marea y la fiebre de la vida"
2
. La poesía de Mutis, ciertamente, viene
insistiéndonos desde sus primeros trazos que la verdad no cabe en el Poema (se le
escapa); que el Poema calla las cosas, los sueños y los hechos y no es capaz, por lo
tanto, de salvarlos del olvido.
De manera que el
Poema constituye una realización vacía: Se limita a ser un documento hecho de
declaraciones que en realidad son omisiones; un documento que sólo atestigua la terca
incomunicabilidad de lo que existe y sucede. Un ejemplo es el
Homenaje: En este poema, Mutis quiere celebrar una
música que lo ha conmovido, pero, derrotado, se resigna a admitir su imposibilidad de reseñarla,
de cantarla. Dice: "Nadie, en fin, conseguirá evocar! la despojada
maravilla de esta música..." El poeta (el poema) admite que esa
"maravilla" con sus singulares dones y rasgos, con su gracia toda ha
de permanecer fuera del alcance de su esfuerzo expresivo. Leamos: "Del diálogo del
cristal y del oboe, de lo que el clarinete propone como huida/ y la flauta regresa a sus
dominios,/ de lo que las cuerdas ofrecen como enigma! y ellas mismas devuelven a la nada,/
sólo el silencio guarda la memoria" (el subrayado es nuestro).
Sí, el silencio.
El silencio que lo devora y sepulta todo. El silencio contra cuyo imperio las palabras
bregan tenazmente, pero con un poder que resulta demasiado débil. Esta es, sí, una vieja
y conocida preocupación de nuestro poeta. Cabe, pues, decir (y dejándonos deslizar
fácilmente hacia un calembour) que un fantasma recorre la locuaz poesía de Mutis:
el mutismo.
3. Una recapitulación del
anterior tema nos arroja el siguiente proceso:
la
incompetencia de la palabra permite la imposición del silencio; la imposición del
silencio equivale a la del olvido, vale decir, a la de la nada, pues significa que la
existencia pierde la posibilidad de ser rescatada por el Poema que la incorporaría,
preservándola, en un tiempo fijo, mítico y sucumbe, en consecuencia, a la
fugacidad de la duración, esto es, a la temporalidad. Llegamos aquí, entonces, a otro
específico "demonio" de la poesía de Mutis, que en esta colección última
vuelve a asomarse: la temporalidad de los hombres y de las cosas.
Esta poesía, en
efecto, ha tenido desde siempre la amarga lucidez de ver que el nuestro es "un mundo
en ruinas"
3,
"un mundo que viaja
ordenadamente al desastre de los años, al olvido, al asombro desnudo
del tiempo"
4
. Habitantes de ese mundo, los hombres y sus
elaboraciones (las cosas, los objetos) viven sometidos, pues, a una incesante corrupción
física, a un permanente desgaste, corroídos y humillados por "la mina secreta de los años"
5
, que acaba, desde luego, precipitándolos a la nada.
A través de toda la obra
de Mutis, los hombres y las cosas están siempre dando señales de muerte, esto es,
señales de su temporalidad. En este punto, sería bueno proponer la presencia de la
venerable sombra de Quevedo, y así poder decir que, tal como la del clásico español, la
poesía del colombiano también "enseña cómo todas las cosas [y todos los hombres,
debemos agregar nosotros] avisan de la muerte". Ahora, en Mutis estos avisos, estas
señales de muerte llegan a alcanzar un grado extremo de patética evidencia,
gracias a la intervención de la enfermedad cuando se trata de los hombres y
gracias a la intervención del atropello de la naturaleza (el verdín, el óxido, la
polilla, el polvo, el salitre, la maleza), cuando se trata de las cosas. Leamos, a
propósito:
y ese viejo vapor de quilla recta y
esbelta chimenea a punto de
caer por obra del óxido feroz que la combate.
Escorado, enseña sus lástimas y se va deshaciendo con la pausada
resignación de quien vivió
días de
soberbio prestigio entre los hombres
que lo dejan morir sin evitarle la impúdica evidencia de su ruina.
Nocturno V
Pero la mirada de
Mutis no sólo advierte la triste temporalidad de las
criaturas en aquéllas en las que la herrumbre o la llaga
dan noticia patente de ella, sino concretándonos al caso humano aun en ésas
en las que la existencia, lozana, engalanada y ungida de majestad, se muestra como algo
óptimo y firmemente animado. En Nocturno en Compostela, por ejemplo, evoca a los
"monarcas y mendigos" que en otro tiempo pisaron con fervor las losas de la
catedral de Santiago, pero si allí damos con la referencia de que estos últimos eran
"leprosos de miseria", allí también leemos que los primeros eran
"caballeros/ cuya carne también caía a pedazos" (el subrayado es
nuestro). La desencantada visión de Mutis le permite, pues, tener siempre presente que
"el tiempo devora la carne de los hombres y los acerca
miserablemente a la muerte"
6
, aun cuando esta carne llegue a mostrarse saludable.
Diríase que su poesía se propone decirnos que no nos engañemos, que aun sintiéndonos y
viéndonos "divinamente" (como suele responder más de un iluso a la cotidiana
pregunta de "¿cómo está usted?"), estamos siempre, en realidad,
"mortalmente". A esta inquietud cabe también atribuirle una estirpe quevediana.
"Muerte viva es, Lico, nuestra vida", decía el solitario de la Torre de Juan
Abad, quien, incluso, también había reparado en los monarcas que, no obstante su
brillante apariencia, se estaban (se están) humanamente pudriendo por dentro:
"!Véslos arder en púrpura, y sus manos/ en diamantes y piedras diferentes?/ Pues
asco dentro son, tierra y gusanos". El español hacía notar, además (pues vale la
pena seguir con este diálogo Mutis-Quevedo), que aun "parado y durmiendo, siempre
aguijo" (hacia la muerte); tal como Mutis, en un viejo poema, habla de una mujer que
llora "por todos los que cavan su tumba en
el sueño"
7
,
esto es,
por todos nosotros, los hombres, que aun durmiendo, seguimos siendo sepultados sin pausa
por el tiempo, que trabaja calladamente ("con oculto movimiento", decía
Quevedo) en el centro de nuestra vida. A este respecto, leemos igualmente en Quevedo:
"Azadas son la hora y el momento/ que, a jornal de mi pena y mi cuidado,/cavan en mi
vivir mi monumento".
Ahora, el tiempo
ejecuta tan vertiginosamente esta demoledora labor de sepulturero, es decir, nos disuelve
tan rápidamente en la nada, hace del nuestro un tan "parco destino" (Nocturno
V), que este destino, esta nuestra deleznable vida humana, no puede menos de
presentársele a Mutis, como es de esperar, con un carácter fantasmal, irreal. Dice:
"... nuestro pobre sueño! tan breve en el tiempo! que casi no nos pertenece..."
(Nocturno en Compostela).
Pero en su obra la nada no sólo
figura como una calamidad, como una miseria, sino también como un don que es acogido con
gratitud. Tal es, por ejemplo, el caso del maltrecho y desventurado Chopin recreado en Nocturno
en Valdemosa, para quien "regresar a la nada se le antoja/ un alivio, un bálsamo
oscuro y eficaz/ que los dioses ofrecen compasivos (op. cit.). La nada, pues,
asumida como una tentación, como una positiva promesa, sin duda porque constituye
irónicamente la única salida para liberarnos de los estragos y humillaciones de la
temporalidad, dado que la nada es justo "esa otra orilla donde el tiempo/ no reina ni
ejerce ya poder alguno/ con la hiel de sus conjuras y maquinaciones" (Ibíd.).
Desde este punto de vista, resulta
comprensible que la poesía de Mutis acuse cierta "vocación de la nada"
8
.
A lo largo de sus páginas, en efecto,
encontramos que ella nos habla de "la muerte bienvenida"
9
de "la piadosa nada"
1O
; de "esa nada, inmediata y anónima, en
donde hallan los muertos el sosiego que les fuera negado durante su errancia cuando
vivos"
11
; en fin, de "la nada
bienhechora"
12
. En consecuencia, tampoco
resulta inopinado que en el Nocturno y leamos ahora lo siguiente:
Es entonces cuando el
río me confirma en mi irredenta condición! de viajero, dispuesto siempre a abandonarlo
todo para sumarme al caprichoso y/ sabio dominio de las aguas en ruta.
.
sobre cuya espalda será más fácil y menos
pesaroso cruzar el ancho /delta del irremediable y benéfico olvido.
4. "Sólo Dios
escucha, decide y concede", se lee en el poema Funeral en Viana, del volumen Los
emisarios, No es ésta, por cierto, la única señal quede la idea del determinismo,
de la Providencia, podamos encontrar en la obra poética de Mutis. Y he aquí que ahora,
en Un homenaje y siete nocturnos, esta idea vuelve a proponerse, incluso de manera
reiterada.
Como se sabe, la miseria general
de la condición humana constituye tal vez la preocupación básica de la poesía de
Mutis. Pues bien: esa condición miserable nuestra con todos los elementos,
episodios y peripecias que la conforman se presenta en esta serie poemática como
parte integrante de un orden, esto es, de un plan universal. Leamos:
Porque las caídas, los
mezquinos
temores,
las necias empresas que terminan en
nada,
el delirio que se agota en la premiosa
lentitud de las palabras, las traiciones
a lo que un día creímos lo mejor de
nosotros,
todo eso y mucho más que callo o que
olvido.
todo es, también, o solamente,
el orden.
Nocturno en
Compostela
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Nuestra pobre vida, "nuestro
pobre sueño", pues, sucede y se cumple bajo el cuidado y los designios de una
voluntad que trasciende la nuestra. Así, en el Nocturno V leemos esta
frase:-"...
la
vida de los hombres y su parco destino ya prescrito". Y allí mismo, unas líneas
más adelante, el poeta se refiere a su atadura "a los decretos de una providencia
inescrutable". De igual modo, en Nocturno en Valdemosa, hallamos a Chopin rumiando y
padeciendo el terrible fiasco en que ha terminado su ilusionado viaje a Mallorca ("en
busca de un clima más benigno", como nos informa el poema); lo hallamos
debatiéndose en el infierno en que en lugar del paraíso con que había
soñado ha venido a hundirse en esa vetusta y espectral cartuja de Valdemosa; pero
he aquí que "por entre el viento y la vigilia
/
irrumpe la instantánea certeza! de que esta torpe aventura participa/ del variable signo
que ha enturbiado! cada momento de su vida" (op. cit.). Vemos, pues, que la
malandanza de músico es atribuida por el poema a una estrella "turbia".
Hallamos, así mismo, al san Luis rey de Nocturno en Almansurah recluido en su humilde
prisión musulmana, y lo vemos abatido por su reciente y grande derrota ("un sordo
dolor corroe su vigilia"), pero al final del poema, como un paso previo a la
conciliación del sueño, el rey se rinde y se acoge al pensamiento de la
Providencia:".
.
.
se entrega/ en manos del que todo lo dispone! en
la vasta misericordia de sus designios" (op. cit.).
Ahora bien, en la poesía de
Mutis, ¿qué representa para el yo saber que todos los avatares adversos de la vida,
todos "los elementos del desastre", tienen lugar por disposición de
una voluntad absoluta? Representa, nos
parece, el acceso a un triste y sosegado estado de resignación: la mansa aceptación de
toda esa rémora de males y de penas, de la "agria ceniza segadora"
13
de la vida. Repre
senta, pues, la serenidad, el orden interior. El poeta se
lo confiesa al apóstol Santiago:
Aquí estoy le digo
por fin,
[. . .] aquí estoy, Boanerges, sólo para
decirte
que he vivido en espera de este instante y que todo está ya en orden.
Nocturno
en Compostela
Todo está ya en orden porque el yo ha contemporizado con
el Orden Absoluto. Dicho de otro modo: armonizar con este Orden Absoluto, admitirlo,
someterse a sus designios, ha conducido al yo a su propio orden. El yo no se perturba
ahora: Lo acepta todo porque todo es necesario; todo es inevitable; así, nada de cuanto
le ocurre depende de sí. Este fatalismo le permite abstraerse de tal manera de sus
miserables asuntos, que llega a sentirlos como ajenos. Es decir, accede a una actitud de
ironía en relación con su propio destino.
Tal actitud estaba
ya presente en la poesía de Mutis, y la habíamos hallado en la persona del Gaviero: era
"algo que se traicionaba en su mirada, entre oblicua y cansada. Algo en sus hombros
carentes ahora de toda movilidad de expresión y que se mantenían rígidos como si ya no
tuvieran que sobrellevar el peso de la vida, el estímulo de sus dichas
y miserias"
14
.
Esta actitud de ironía
proporciona una especie de plenitud de la derrota, del vacío: plenitud del abismo, cuyo
síntoma es "esta resignación, esta obediente melancolía en la que todo lo sucedido
y por suceder es acogido con gozo / y me deja dueño de un cierto orden, de una cierta
serena sumisión tan parecidos a la felicidad" (Nocturno 1). A esta sombría plenitud
sucumbe también el Chopin de Nocturno en Valdemosa: tras intuir que su desventura es obra
de su hado, siente que "hasta el incomparable edificio de su obra / se desvanece y
pierde por entero / toda presencia, toda razón, todo sentido"; y a continuación, se
siente también invadido por el deseo de "regresar a la nada" (op. cit.).
5. Pero la obra de Mutis
da cuenta de otra clase de plenitud: la que en ella misma es llamada "la dorada plenitud"
15
y de la
cual volvemos a hallar testimonio en estos nuevos poemas. A esa dorada plenitud asciende
el yo gracias a la experiencia de trances extremos, de trances iluminadores (y luminosos).
Ese trance puede
consistir en escapar al exilio del presente vulgar y vacío (de "este largo presente
de exilado", como dice en un viejo poema
16
);
escapar a "la mansa procesión de los días, a su blanca
secuencia/ de horas muertas" (Nocturno O; escapar, en fin, a la tiranía monótona de
la conciencia, y embarcarse entonces en una larga excursión en la que se remontan
desordenadamente las aguas del tiempo, en la que se recorren al azar las secretas y
"tortuosas galerías" de la memoria, tal como se nos revela en el Nocturno III.
Aquí el trance una aventura por el laberinto del pasado es inducido por el
poderoso influjo hipnótico de la noche, de suerte que puede decirse que la presencia de
ésta, de la noche cósmica, convoca en el yo su propia íntima noche: la subterránea
noche de su memoria oculta.
Ahora, estos viajes
hacia el tiempo perdido constituyen un leitmouiv en toda la poesía de Mutis. Y no sólo
los emprende el yo como una forma de librarse de la condena del presente (esto es, como
una forma de sobrenadar ese presente, como una forma de estimularse para superarlo) sino
también como un recurso dentro de la búsqueda del conocimiento de sí mismo: en la
materia de nuestro pasado, está la clave de nuestra existencia, de lo que verdaderamente
somos. Por eso, en un poema de Los emisarios
17
,
a fin de encontrar su auténtica identidad, la zona íntima
donde es lo que es (para acudir a la fórmula de san Agustín), el Gaviero repasa sus
recuerdos, esto es, el "catálogo de sus miserias y errores, de sus precarias dichas
y de sus ofuscadas pasiones" (op. cit.).
El trance iluminador puede
consistir también en la modalidad que hay que considerar culminante y aun rayana en
lo sagrado en una especie de fuga total de los límites del tiempo y del espacio y
también, por lo tanto, de los mezquinos límites de la condición humana. Se alcanza, en
este caso, un estado de absoluta pureza interior. A una experiencia tal es a la que
asistimos en el poema Homenaje, y es inducida, allí, por la presencia de la "leve
fábrica" de una música. Leamos:
De espaldas al
mundo, al polvo.
al tibio remolino de nostalgias y sueños
y de efímeras representaciones,
esta leve fábrica se levanta
por el solo milagro de haber vencido
al tiempo y a sus más recónditas argucias.
[. .
.]
No tiene signo este don de una
eternidad
que, sin pertenecernos, nos rescata
del uso y las costumbres,
de los días y del llanto,
del gozo y su ceniza voladora.
Op. cit
.
6. En alguna de sus
entrevistas, Mutis ha declarado que le "interesan mucho más los vencidos que los
vencedores". Es cierto. Y eso lo sabemos los lectores de su obra, así como los
comentaristas que se han ocupado de ella. Para esta poesía, en efecto, el éxito resulta
asunto estéril en cuanto motivo para el canto; el derrumbamiento físico y moral del
hombre y el fracaso de sus empresas constituyen, en cambio, una materia substanciosa y
fecunda. De ahí que en esta poesía se respire, con frecuencia, "un olor a hombre
vencido y taciturno"
18
, un "pausado aliento de vencidos"
19
; de
ahí que por ella desfilen numerosos
personajes que se hallan postrados en un "territorio de duelo": un húsar que
conoció la gloria y que acaba sus días miserablemente en el trópico, llágado y
astroso; Proust, estragado por el asma y agonizante; Pushkin, malherido y también en la
zozobra de la agonía; y, desde luego, el desventurado Maqroll El Gaviero, aniquilado por
sus múltiples y numerosas plagas.
Así, pues, resulta natural que
ahora en esta colección Mutis evoque dos "vidas quebradas", dos "destinos
fatales": Chopin y Luis IX de Francia. Uno y otro son visitados, abordados por el
poeta (por el Poema), cuando se hallan igualmente abatidos por la frustración, por la
derrota de sus respectivos sueños, y arrasados por la enfermedad.
Detengámonos, a
propósito, en este último rasgo: la enfermedad. Nótese que, lo mismo que el delicado
músico polaco y el santo rey francés, los otros seres derrotados y malogrados de los que
se ocupa la poesía de Mutis, aparecen también, en general, enfermos. La enfermedad es,
desde luego, una forma de la derrota de esos seres, y de la criatura humana en general.
Pero constituye una forma especialmente violenta y dramática; una forma en que la caída
vertiginosa y tajante se hace patente en intenso grado. De ahí que Mutis se
interese por los hombres que pasan por la prueba de la llaga, por los dolientes, por
"los cuerpos lastimados en el hediondo aceite de los males"
2O
. Males de los que hallamos un
extenso y terrible memorial a lo largo de su obra, por cuyas páginas se pasean también,
desde luego, las respectivas víctimas: una numerosa población de enfermos, de novicios
de la muerte, de vencidos.
7. En Nocturno en
Compostela, Mutis rehace de alguna manera un prestigioso hábito de la Edad Media: la
peregrinación de fieles hasta la catedral donde se conservaban (y se conservan aún) las
cenizas del santo patrono de España. De ahí que, como a cualquier peregrino del siglo
XIII que acabara de coronar su largo recorrido en caravana por el "camino de
Santiago", le oímos decir: "En la plaza del Obradoiro, / pasada la media
noche, / termina nuestro viaje / y ante las
puertas de la Catedral / saludo al Apóstol" (op. cit.). Por otra parte, en Nocturno
en Valdemosa, revive una de las largas y muchas noches que pasó (o sufrió Chopin en un
abandonado monasterio de la isla de Mallorca, durante el invierno
de 1838
21
Y en Nocturno en Al-Mansurah, reactualiza una
noche del cautiverio del rey Luis IX de Francia en la ciudad de Al-Mansurah, a comienzos
de 1250, luego de la derrota de éste a manos de los musulmanes, en lo que había
representado el fracaso de la séptima cruzada, emprendida y acaudillada por el propio
rey.
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Todas estas remembranzas
históricas, según se sabe, no son gratuitas. Hernando Valencia Goelkel, en una de sus
Crónicas de libros, ha escrito que la de Mutis es "una imaginación enamorada del
pasado". El propio poeta ha declarado a la prensa literaria que sólo le interesan
los hechos en cuanto son "un fenómeno histórico del pasado"; que sólo le
interesan "los hombres y las cosas" que tienen ya "la dorada lejanía de la
historia". Así, pues, resulta explicable que otra de las principales preocupaciones
de la poesía de Mutis sea aproximar (y aproximarse a) esa "dorada lejanía",
esto es, "sacarla del mudo letargo de los siglos"
22
, recreándola, reponiéndola en el tiempo (en nuestro
tiempo). Cabe decir que nuestro poeta, como el altivo gorrión que se pasea por uno de sus
poemas de Los emisarios, es un "celador sin sosiego de un
pasado abolido"
23
Un pasado, sí,
abolido, pero que misteriosamente "está presente, subsiste en
los rincones"
24
,
en los lugares
donde alguna vez se cumplió y fue realidad actual, viva y palpable. Esos lugares
permanecen allí, aún en pie, delante de nuestros ojos, de modo que es posible recobrar
del olvido el caro ayer que por allí pasó y allí se alojó.
Ese ayer subsiste, por ejemplo, en
la catedral de Santiago de Compostela; en la mallorquina cartuja de Valdemosa; y en cierta
humilde casa en una pequeña ciudad del bajo Egipto. El poeta (el Poema) visita entonces
tales lugares y emprende el rescate de la reserva de fabulosa y "dorada
lejanía" que ellos atesoran. El resultado son, como ya se ha visto, las hermosas
piezas titulad as Nocturno en Compostela, Nocturno en Valdemosa y Nocturno en Al-Mansurah.
8. "Justo es hablar alguna
vez de la noche de los asesinos", empieza diciendo el último de esta serie de
Nocturnos. Mutis, pues, decide asumir este tema: la dimensión criminal de la noche. El
poema indaga los poderes aviesos de la noche, su complicidad con los asesinos, a quienes
sirve y ampara.
Un rasgo
interesante que hallamos aquí es que la noche es concebida como una especie de "sala
de las iniciaciones", pues el asesinato, el ejercicio homicida que en sus tinieblas
se practica, es presentado como una prueba iniciática ordenada por alguna como sociedad
mitérica consagrada a las potestades del Mal y a cuyo culto somos extraños los
desheredados inocentes. Leamos: "El homicidio entonces forma parte / de una más
ardua teoría de códigos / de una suma de mandamientos / a los que somos ajenos y de la
que poco sabemos / por estar marcados con la precaria señal de los inocentes..."
(Nocturno VII). De modo que los asesinos
figuran como seres predestinados, señalados por una gracia especial, y a quienes la noche
se
encarga precisamente de
ungir: "Ellos son los señores de la noche propicia/ los capitanes del desespero los
ejecutores insomnes/ los que van a matar como quien cumple con un rito necesario/ una
rutina consagrante amparada/ por el humo nocturno de las celebraciones" (op. cit.).
JOAQUIN MATTOS OMAR
1 Debemos
aclarar que la alegoría del tapiz está inspirada en El dibujo del tapiz, uno de los
Cuentos breves y extraordinarios compilados y divulgados por Borges y Bioy Casares. (regresar1)
2 Cinco imágenes, en
Caravansary. (regresar2)
3 Una
palabra, en Los elementos del desastre. (regresar3)
4
Pregón de los hospitales, en Los trabajos perdidos. (regresar4)
5
Morada, en Los trabajos perdidos. (regresar5)
6 Del
campo, en Los elementos del desastre. (regresar6)
7
Ciudad, en Los trabajos perdidos. (regresar7)
8 En la
Alcazaba, en Los Emisarios. (regresar8)
9 Cita, en Los trabajos perdidos. (regresar9)
10
Caravansary, en Caravansary. (regresar10)
11 En
los esteros, Ibídem. (regresar11)
12 Noticia del Hades,
en Los emisarios. (regresar12)
13 Un
gorrión entra al Mexuar, en Los emisarios (regresar13)
14 La
visita del Gaviero, Ibídem. (regresar14)
15 Un
Gorrión entra al Mexuar. (regresar15)
16
Exilio, en Los trabajos perdidos (regresar16)
17 El
cañón de Aracuriare. (regresar17)
18 De
las montañas, en Los elementos del desastre. (regresar18)
19
Nocturno, en Los trabajos perdidos. (regresar19)
20
Fragmento, en Los trabajos perdidos. (regresar20)
21
Acerca de este amargo episodio de la vida de Chopin valga el dato, comenta uno
de sus biógrafos franceses: "¿Qué sería Mallorca en la historia del sueño
humano, sin este lluvioso invierno del año 1838?" (regresar21)
22
Regreso a un retrato de la infanta Catalina..., en Crónica regia.
(regresar22)
23 Un
Gorrión entra al Mexuar. (regresar23)
24 De
la ciudad, en Los elementos del desastre. (regresar24)
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