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Costumbrismo
de nostalgia
Paisajes y vivencias
José Antonio León Rey
Instituto Caro y Cuervo, serie La Granada
Entreabierta, Bogotá, 1987, 251 págs.
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En una
historia de los escritos relativos a las costumbres de los pueblos no es difícil precisar
el punto de vista desde el cual se gesta la actividad de los cronistas. Casi siempre su
escritura manifiesta opiniones plegadas a un ordenamiento de poder para establecerlo o
mantenerlo. Este es el caso de los escribas que viajan comisionados a encuentros con
culturas diferenciadas, como los cronistas de Indias o quienes realizan comisiones
parlamentarias al interior de su país. En este último caso, el escriba transcribe
su
vivencia y su recuerdo a la manera de los viajeros que en los siglos XVIII y XIX
prefiguran una imposibilidad etnográfica, pues desean un porvenir de los hechos de
cultura en una direccionalidad ajena a la posibilidad endógena de la comunidad o sociedad
con la cual se genealogiza la cultura. Así transcurre el texto de José Antonio León Rey
como crónica costumbrista de sus viajes de parlamentario en la década de los años
cuarenta por las regiones de Cundinamarca, Huila, llanos orientales, Nariño y Putumayo.
El autor expresa
claramente que su propósito es el de "observador y coleccionista" de imágenes
paisajistas y de las vivencias que se transcriben en coplerío "popular": 396
coplas en 230 páginas correspondientes a 59 "paisajes" diferentes. En ellas
predomina el tema religioso católico y las menciones al amor y
la mujer con fuerte caracter denigratorio, en cuya selección se percibe el olor
nostálgico en la intencionalidad costumbrista del libro y el autor. Junto a estos temas,
León Rey se recrea con "vivencias" de rituales de muerte, como lo es su
descripción del velorio, en el que acentúa su nostalgia ante esta práctica de los
campesinos de su provincia al oriente de Cundinamarca, que "tiende a desaparecer, si
no ha desaparecido ya", y las descripciones del dos de noviembre (día de los
difuntos), la cacería, la decapitación de gallos en la fiesta de san Pedro y la
riña de gallos. En estas dos
descripciones plasma de forma tenebrosa rituales de muerte y sangre, haciendo perder
cualquier posibilidad amena del hecho narrado.
Creencia, amor de
mujer domada y muerte son los temas privilegiados y seleccionados por el autor en coqueteo
etnográfico (la palabra etnografía es mencionada en tres ocasiones como intención de
libro, al tiempo que dedica un capítulo a Marcelino de Castelví y recuerda sus
conversaciones con Sergio Elías Ortiz). Esta trilogía de coqueteo etnográfico lo obliga
a construir el que constituye el capítulo central del libro: "Valor de lo
colombiano"
desde el cual reafirma su nostalgia costumbrista al enfatizar:
"Ambicionamos un decidido apoyo para los misioneros que se han impuesto la dura y
paciente tarea de civilización cristiana de los indios y de la conservación para la
ciencia, de las lenguas, las tradiciones, las costumbres y las creencias de los restos de
los pueblos amazónicos. Y pensamos cómo sería de provechoso para el país, para su
arrogante afirmación de pueblo soberano y de fisonomía propia el mantener en lo que
llamamos Colombia civilizada intacto y esplendente de vida lo nuestro, vale decir, la
pureza de nuestro idioma, la eficacia práctica de nuestra fe, la belleza de nuestras
costumbres. ¡Cómo sería de patriótico el propósito de llevar a la convicción del
pueblo la necesidad de tener a orgullo la conservación de lo nuestro!" (págs.
67-68).
Curiosa
labor patriótica ésta, la de conservar para la ciencia los registros de las
costumbres culturales en documentos archivísticos al tiempo que a las comunidades y
sociedades se les aplica el proceso de "civilización cristiana" para dar lugar
a la hegemonía y homogeneidad colombiana. El costumbrismo y el folclorismo sedentariza su
mirar hacia aquello que le ratifica sus raíces ideológicas respecto al deber ser de una
sociedad, dejando de lado todo aquello que deconstruye y decodifica las intenciones de
identidad y homogeneidad. Sin embargo, todo aquello que escapa al costumbrismo y al
folclorismo, todo aquello que nomadiza la cultura es, por fortuna, lo permanente en
continua movilidad, gestando posibilidades infinitas de multiplicidad a lo sociocultural.
Al leer Paisajes y
vivencias da la impresión de estar viviendo un bolero del desamor en el cual el autor
se quiere asir fuertemente a un pasado que no tiene lugar ni en el ayer ni en el presente
por venir. Es una especie de eco en nostalgia de un cántico conservador cuyo lugar queda
atado al mero texto.
WILLIAM TORRES C.
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