Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988
 

Costumbrismo de nostalgia


Paisajes y vivencias
José Antonio León Rey
Instituto Caro y Cuervo, serie La Granada
Entreabierta, Bogotá, 1987, 251 págs.

En una historia de los escritos relativos a las costumbres de los pueblos no es difícil precisar el punto de vista desde el cual se gesta la actividad de los cronistas. Casi siempre su escritura manifiesta opiniones plegadas a un ordenamiento de poder para establecerlo o mantenerlo. Este es el caso de los escribas que viajan comisionados a encuentros con culturas diferenciadas, como los cronistas de Indias o quienes realizan comisiones parlamentarias al interior de su país. En este último caso, el escriba transcribe su vivencia y su recuerdo a la manera de los viajeros que en los siglos XVIII y XIX prefiguran una imposibilidad etnográfica, pues desean un porvenir de los hechos de cultura en una direccionalidad ajena a la posibilidad endógena de la comunidad o sociedad con la cual se genealogiza la cultura. Así transcurre el texto de José Antonio León Rey como crónica costumbrista de sus viajes de parlamentario en la década de los años cuarenta por las regiones de Cundinamarca, Huila, llanos orientales, Nariño y Putumayo.

El autor expresa claramente que su propósito es el de "observador y coleccionista" de imágenes paisajistas y de las vivencias que se transcriben en coplerío "popular": 396 coplas en 230 páginas correspondientes a 59 "paisajes" diferentes. En ellas predomina el tema religioso —católico— y las menciones al amor y la mujer con fuerte caracter denigratorio, en cuya selección se percibe el olor nostálgico en la intencionalidad costumbrista del libro y el autor. Junto a estos temas, León Rey se recrea con "vivencias" de rituales de muerte, como lo es su descripción del velorio, en el que acentúa su nostalgia ante esta práctica de los campesinos de su provincia al oriente de Cundinamarca, que "tiende a desaparecer, si no ha desaparecido ya", y las descripciones del dos de noviembre (día de los difuntos), la cacería, la decapitación de gallos en la fiesta de san Pedro y la riña de gallos. En estas dos descripciones plasma de forma tenebrosa rituales de muerte y sangre, haciendo perder cualquier posibilidad amena del hecho narrado.

Creencia, amor de mujer domada y muerte son los temas privilegiados y seleccionados por el autor en coqueteo etnográfico (la palabra etnografía es mencionada en tres ocasiones como intención de libro, al tiempo que dedica un capítulo a Marcelino de Castelví y recuerda sus conversaciones con Sergio Elías Ortiz). Esta trilogía de coqueteo etnográfico lo obliga a construir el que constituye el capítulo central del libro: "Valor de lo colombiano" desde el cual reafirma su nostalgia costumbrista al enfatizar: "Ambicionamos un decidido apoyo para los misioneros que se han impuesto la dura y paciente tarea de civilización cristiana de los indios y de la conservación para la ciencia, de las lenguas, las tradiciones, las costumbres y las creencias de los restos de los pueblos amazónicos. Y pensamos cómo sería de provechoso para el país, para su arrogante afirmación de pueblo soberano y de fisonomía propia el mantener en lo que llamamos Colombia civilizada intacto y esplendente de vida lo nuestro, vale decir, la pureza de nuestro idioma, la eficacia práctica de nuestra fe, la belleza de nuestras costumbres. ¡Cómo sería de patriótico el propósito de llevar a la convicción del pueblo la necesidad de tener a orgullo la conservación de lo nuestro!" (págs. 67-68).

Curiosa labor patriótica ésta, la de conservar para la ciencia los registros de las costumbres culturales en documentos archivísticos al tiempo que a las comunidades y sociedades se les aplica el proceso de "civilización cristiana" para dar lugar a la hegemonía y homogeneidad colombiana. El costumbrismo y el folclorismo sedentariza su mirar hacia aquello que le ratifica sus raíces ideológicas respecto al deber ser de una sociedad, dejando de lado todo aquello que deconstruye y decodifica las intenciones de identidad y homogeneidad. Sin embargo, todo aquello que escapa al costumbrismo y al folclorismo, todo aquello que nomadiza la cultura es, por fortuna, lo permanente en continua movilidad, gestando posibilidades infinitas de multiplicidad a lo sociocultural.

Al leer Paisajes y vivencias da la impresión de estar viviendo un bolero del desamor en el cual el autor se quiere asir fuertemente a un pasado que no tiene lugar ni en el ayer ni en el presente por venir. Es una especie de eco en nostalgia de un cántico conservador cuyo lugar queda atado al mero texto.

WILLIAM TORRES C.