Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988
 

En busca de una paz perpetua


La paz es una tregua
Diego Uribe Vargas
Universidad Nacional de Colombia, Bogotá,
1987, 212 págs.

La vieja discusión que pretende descubrir al hombre en "estado de naturaleza" ha sido revivida por Uribe Vargas en apoyo de Hobbes y de todos aquellos que han opinado que la guerra es connatural al ser humano. No de otra manera se explica que una de las conclusiones de este agradable libro sea que la paz es apenas una tregua. Una estadística sensacionalista sugiere que por cada año de paz se viven trece de guerra. Eso puede ser cierto, pero es una verdad incompleta e interesada.

Un vuelo a través de la historia demuestra que la paz también ha sido una necesidad angustiosa de la humanidad. Georg Stadtmtiller decía con sabiduría perogrullesca: "La guerra se acaba o por un tratado o por el aniquilamiento completo del adversario y la anexión de su territorio". A pocos interesa en verdad el mantenimiento eterno de los conflictos. Ya en el siglo XI a. de C. se ponía en práctica el más antiguo de los procedimientos para la cesación de la guerra: el arbitraje. El sumerio Misilim ponía fin a las disidencias entre las ciudades de Lagash y de Ummah. El combate singular o lucha de destreza entre dos campeones es también muy antiguo y no menos sabio. Eteocles y Polinices o David y Goliat dieron fe de aquella singular costumbre. En la mentalidad griega la guerra era inevitable, natural. De ahí tal vez su interés por las treguas pactadas. Muchos filósofos antiguos y modernos la han considerado inseparable del hombre, desde Maquiavelo hasta el Lebensraum alemán que proclamó que no importaba la justicia sino la victoria, filosofía de la violencia pregonada por Georges Sorel, pasando por Clauzewitz, para quien la guerra era la continuación de la política, o por el escritor francés Joseph de Maistre, verdadero apologista del belicismo:

"Las artes, las ciencias, las grandes empresas, las altas concepciones, las virtudes viriles, dependen, sobre todo, de la guerra". No puede pretenderse, pues, que la paz sea aspiración común de todas las culturas. Fanatismos religiosos la han repugnado, y dase el caso de los aztecas, que hicieron de lá batalla la razón misma de su existencia y suscribieron tratados, únicos en la historia, destinados a obtener más guerras.

Para algunos griegos la paz fue preocupación obsesiva. La Lisístrata de Aristófanes ilustra esta tendencia. En ella las mujeres consiguen, mediante estratagemas sexuales, que dos bandos abandonen una lucha fratricida.

Séneca decía: "La sociedad es una reunión de venados de toda especie, con la diferencia de que aquellos son afectuosos entre sí y no se muerden, mientras que los hombres se destrozan mutuamente". Si Roma fue la madre del derecho privado, pocos avances imprimió al derecho internacional. Su vocación de conquista pretendió que la única paz posible era su predominio universal. A esto se le llamó pax romana. "Aquí y allá, en el este y en el oeste, Roma creó un desierto que le llamó la paz", escribió Will Durant en César y Cristo. Sólo el jus fetiale intentó legitimar la guerra, acudiendo a los dioses antes de las batallas. Pero el arbitraje no existió para los romanos más que cuando ellos mismos eran los árbitros.

La Edad Media vivió bajo la idea de que Dios gobierna el mundo. Como su representante, el papa llegó a ser el supremo juez de toda controversia terrenal, como es el caso de Inocencio III. Igualmente nació el concepto de ‘guerra justa’, ya vislumbrado por Cicerón, en las ideas de san Agustín (guerra a herejes es guerra de Dios, quod Deus imperat) y de san Gregorio (las armas deben ser puestas al servicio de la fe). Quizá se dio un paso atrás, pues tanto Lactancio, Tertuliano, Cipriano o Ambrosio habían proscrito incluso la carrera militar como opuesta a la doctrina cristiana. De ingrata recordación es el célebre "requerimiento" de Palacios Rubios, fórmula leída a los indios para justificar la conquista. No bastó el esfuerzo humanitario de Las Casas para debilitar toda esa violencia, En el aspecto jurídico se destacó la posición del dominico Francisco de Vitoria, para quien toda guerra entre cristianos era culpa de los príncipes, Vitoria sólo justificó la guerra en caso de absoluta necesidad, pero concilió toda una teoría de la ocupación de los nuevos territorios, cosas sin dueño, res nullius, por estar habitadas por razas inferiores.

A Maquiavelo se debe la idea del sistema del equilibrio, que aun hoy es el más efectivo componente de los modelos de desarme. Ajeno a conceptos éticos, es un corolario de la exaltación inmoderada de la simple fuerza. En cambio, el fino concepto de soberanía, creado por el moderado Bodino, ha mostrado ser engorroso en extremo en el campo de las relaciones internacionales. En sistemas pacifistas floreció la Europa renacentista, como el que propuso Sully, del que se dijo que era aún más complicado que la máquina para pensar que inventó Raimundo Lulio. Más elegante fue aquel que sugirió el poco recordado Emérico Cruceo (1623): "designar una ciudad, donde todos los soberanos tuvieran perpetuamente sus embajadores" a fin de que allí se dirimiesen todas las controversias presentadas, origen remoto de la Onu. Merece destacarse también la propuesta que por entonces hiciera Wolff. Conocedor del absurdo de las guerras, propuso que éstas se decidiesen siempre a la suerte, seguro de no menoscabar más derechos que con ningún otro método. En La paz perpetua, Kant puso los cimientos para una sociedad de naciones, pero fue un hecho, la Paz de Westfalia, el que consignó la igualdad de los estados y la autolimitación de su soberanía en aras de la paz.

La creación de la Santa Alianza en 1815 cimentó un orden jurídico internacional eficaz durante más de un siglo, y la segunda mitad del siglo XIX vio nacer numerosas sociedades pacíficas, para concluir en las dos conferencias de paz de La Haya (1899 y 1907). En la primera de ellas se creó el Tribunal Permanente de Arbitraje, intento de disciplinar la guerra en el evento de no poder evitarla. Con la creación de la Sociedad de las Naciones surgió, así mismo, la Corte Permanente de Justicia Internacional. De mayor mérito, entre la muy completa reseña de instituciones que trae Uribe Vargas en su amplio recuento histórico, es el tratado Briand-Kellog (1928), suscrito por ese gran ministro francés, Nobel de la paz, Aristide Briand, aquél que famosamente dijera: "Para hacer la paz, basta con dos: uno mismo y el vecino de enfrente". El tratado consignó por vez primera la renuncia a la guerra como solución, la proscripción de toda agresión armada, principio que sería retomado en la Carta de las Naciones Unidas. La multitud de adhesiones convirtió a aquél tratado bilateral en un documento de validez universal e inspiró entre otros el célebre pacto Saavedra-Lamas, convenio americano abierto a las naciones europeas, que mereció otro Nobel de la paz.

Entre los acontecimientos que inclinan la balanza al lado positivo en lo realizado por la Sociedad de las Naciones, está la solución a la guerra entre Colombia y Perú, en los años treinta. La Sociedad estaba destinada a morir, como lo previeron tras la Paz de Versalles los espíritus agudos de la entreguerra. "Esto no es la paz, es un armisticio de veinte años", decía el mariscal Foch. Aquél periodo se caracterizó por el auge de apologías de la violencia, que vendría a desembocar en la segunda guerra "hiperbólica".

La creación de las Naciones Unidas, en 1945, es otro hito histórico. La Onu condena el uso de la fuerza y consagra una jurisdicción no obligatoria, abierta a todos sus miembros.

Su balance ha sido altamente positivo, ayudando a solucionar los conflictos de Corea, Suez, Chipre, el Congo y Oriente Medio, entre otros. Dos grandes aportes se le deben consignar: la liquidación de los imperios coloniales y el respeto al principio de la autodeterminación de los pueblos, de data muy reciente. Sus resoluciones, por otra parte, tienen gran peso moral, sino imperativo. Organo judicial suyo es la Corte Internacional de Justicia, cuyo antecedente inmediato fue, según el autor, la Corte Centroamericana de Justicia, que sesionó entre 1908 y 1918, primer tribunal de justicia internacional en el mundo. A la Corte se puede acceder sólo por compromiso previo o adhiriendo a una cláusula facultativa, no obligatoria. Sus decisiones constituyen cosa juzgada y son inapelables, por lo que se puede acudir al Consejo de Seguridad para hacer cumplir las sentencias. La misma corte decide si es competente en cada caso. Por desgracia se ha creado un precedente inaceptable, cuando los Estados Unidos se negaron a acatar la sentencia de la corte que los condenó por violar un tratado con Nicaragua y por intervenir en sus asuntos internos, en 1984, decisión que la Asamblea General respaldó ampliamente y que crea un -antecedente moral perjudicial para un estado que se precia de derecho y que tradicionalmente ha abanderado la lucha contra el totalitarismo. "En el curso normal de los acontecimientos —ha dicho en una ocasión la Corte— la comparecencia de una parte [...] conlleva que acepta la posibilidad deque la Corte falle en su contra".

Uribe Vargas examina la historia diplomática y jurídica de los estados americanos para indicar una clara vocación pacifista, desde el Congreso Anfictiónico de Panamá (1826), que consagró, cien años antes que Europa, la obligación de transigir en toda diferencia entre Estados libres. A lo largo del siglo XIX, toda una serie de congresos desnudan el idealismo político que reinaba en las nacientes repúblicas. Sin embargo, anota Uribe Vargas, el pretendido hispanoamericanismo nunca ha existido. Por el contrario, han sido los Estados Unidos los factores de ese esfuerzo de unión. Señala cómo la solución arbitral ha tenido en el continente un auge desconocido en otros lugares, dando lugar a gran número de laudos de reyes y jefes de Estado ajenos. Sólo a partir del audaz Pacto Gondra se abrió camino al método de la investigación, que procura dar luces objetivas para la solución del conflicto, y en Washington (1928) se dio paso a la conciliación como una nueva vía de paz.

Las conferencias panamericanas tuvieron tal vez su más loable intento pacifista con la Carta de Bogotá (1948), de nefastas consecuencias debido a su perfección misma. La Carta tiene un carácter tan imperativo e inflexible, que cede en efectividad al Pacto Gondra. Su vigencia, señala Uribe, ha sido casi nula, con el aditivo de que derogó multitud de sanas disposiciones anteriores, llevando a la crisis a todo el sistema americano, a pesar de que hoy funciona en Quito la Corte Andina de Justicia, con cierto éxito.

Razón tenía quien dijo que, aunque todos queramos la paz, nadie quiere realizar lo que se necesita para conseguirla. Kelsen propuso un poder militar abrumador al servicio de la paz. Pero son pocos los que van al fondo mismo del asunto. En todo caso no debe olvidarse que el derecho internacional funciona aún en un estado primitivo y que, no obstante, cada día es más difícil imponer por la fuerza una pax romana. El perfeccionismo jurídico ha demostrado atentar contra las vías rápidas y expeditas. Una actitud discreta, casi tímida, suele dar mejores resultados. El arbitraje es cada día más rechazado. ¿Por qué? Porque los conflictos revisten a menudo un carácter más polltico que jurídico. Hay que abrir más campo a las vías diplomáticas. Charles Rousseau ha llegado a preguntar si es posible hacer funcionar una institución judicial en un medio no ordenado como Estado. El profesor Dupuy ha anotado que el juez internacional adquiere más el carácter de legislador que de juez, por el tono político de las demandas. A los gobiernos repugna —como anota De Visscher— someterse a una sentencia inadecuada a las causas motivadoras del litigio. Los tribunales subregionales se han mostrado más capaces de desentrafiar tales problemas, y Uribe recomienda su estudio y su mayor uso, pero propone, ante todo, y como conclusión de su libro, la creación de tribunales internacionales de jurisdicción abierta, capaces de lidiar con conflictos no sólo jurídicos sino políticos, por las vías diplomáticas, en forma escalonada y flexible, tras una previa conciliación obligatoria.

¿Ha de desaparecer un día la guerra? Creo que es Arthur Schnitzler quien con mayor lucidez ha encarado el problema: "Mientras exista un solo hombre que por medio de la guerra pueda aumentar su riqueza o adquirirla, y que al mismo tiempo tenga poder o influencia para causar una conflagración, éstas [las guerras] subsistirán. Y en ello hay que basarse para plantear la cuestión de la paz mundial; solamente en ello. Ni en los motivos religiosos, ni en los filosófi cos, ni.en los éticos. Estos no tienen importancia alguna. No podemos apelar, con la más mínima esperanza de éxito, a la razón, ni a la compasión ni al honor... Con melancolías y sentimentalismos jamás podréis conmover el corazón de los diplomáticos, ni el de los agregados, ni el de los generales, ni el de los proveedores del ejército... La solidaridad de los poderosos es más fuerte que la de los pueblos . Estas palabras, escritas en De la guerra y la paz (1948), traídas a cuento en la obra de Uribe Vargas, darán razón, aún durante mucho tiempo a las que tras otra guerra pronunciara Paul Valéry: "Al fin y al cabo, la humanidad seguirá comportándose como un enjambre de miserables insectos, atraídos invenciblemente por la llama".

LUIS H. ARISTIZABAL