|
Arte notable
de fundaciones y leyendas
R. H. MORENO-DURÁN
Ilustraciones: Esperanza Vallejo
IMEMORIA SUCINTA de los
días inaugurales de la nacionalidad, el
Epítome de la conquista del Nuevo Reino de
Granada señala: "digo que se gastó la mayor parte del año de treinta y ocho en
acabar de
subjetar y pacificar aquel
Reino. Lo cual acabado entendió luego el dicho Licenciado en poblallo de españoles y
edificó luégo tres cibdades principales. La una en la provincia de Bogotá y llamóla
Santa Fe. La otra llamóla Tunja, del mesmo nombre de la tierra. La otra llamó Vélez,
que es luego a la entrada del Nuevo Reino, por donde él con su gente había
entrado...". Exactamente cien años después de acaecidos los hechos registrados por
el autor del Epítome, Juan Rodríguez Freyle evocó y recreó en El carnero la
minuciosa consolidación de esas ciudades, no sólo desde su ángulo administrativo y
oficial, sino y aquí radica su peculiaridad desde una perspectiva inusual: la
intimidad doméstica y cotidiana de sus primeros habitantes. Por todo ello, si la sinopsis
precede con su concisión a la totalidad de la crónica, ésta le ofrece al lector un
universo particular, en el que la historia cede su lugar a la confidencia y al chisme, al
análisis del comportamiento civil y al sondeo psicológico: un vasto fresco que plasma
para la posteridad la condición humana en los primeros tiempos del Nuevo Reino de
Granada.
Concebido inicialmente
como una crónica por el estilo de las que circularon a su aire en los tempranos días de
la Conquista y la Colonia americanas, El carnero es un libro que, no obstante el
propósito de su autor, se resiste a ser ubicado en una nomenclatura específica. El dato
histórico materia prima de la crónica convive al comienzo con los conatos de
una sagaz pericia narrativa, aunque más tarde le ofrece a ésta la primacía de su
espacio para subsumirse luego en la cauda literaria que se apodera del texto. Y es
precisamente esta naturaleza ecléctica, en la que alternan secuencias históricas y
folclóricas, sociales y eróticas, políticas y picarescas, la que le brinda al libro su
extraño y sugestivo alcance.
II
Para empezar,
el autor y el título mismo de su libro plantean una serie de interrogantes e inquietudes
que no han logrado resolver siquiera los más avezados y pertinaces especialistas. En lo
que respecta a Juan Rodríguez Freyle, los datos que permiten una aproximación a su
biografía son escasos, cuando no inexactos. La mayor parte de la información de que se
dispone la ofrece el propio autor en su libro, diseminada entre diversos eventos y casi
siempre como comentario a algún suceso que quiere ilustrar con vocación
fehaciente. En cualquier caso, el breve haz de
noticias personales de que se dispone constata que Rodríguez Freyle "de los
Freyles de Alcalá de Henares nació en Santafé de Bogotá el 25 de abril de 1566.
Perteneció a una familia que gozaba de cierto predicamento social, como lo atestigua el
hecho de que el propio fundador de la ciudad, el adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada,
hubiera sido el padrino de una de sus hermanas. Tras cursar sus estudios básicos en la
escuela del maestro Segovia de esta época El carnero recoge algunas curiosas
anécdotas que el autor recrea como contexto de su infancia ingresa en un seminario
de la capital, aunque pronto abandona la vida claustral al descubrir que los hábitos
religiosos no son los más idóneos para canalizar sus inquietudes. Y contra los hábitos
elige las armas, convirtiéndose así en lo que él llama "razonable soldado",
protagonista ideal de toda clase de bizarras empresas. En este sentido, existe fidedigna
constancia de que se enroló en diversas partidas para combatir a los indios alzados
contra los conquistadores, en particular los timanaes y pijaos, probable emulación de las
gestas de su padre, quien militó en las huestes de Pedro de Ursúa contra los indios del
norte. Precisamente, una de esas partidas en las que participó el futuro cronista estuvo
encabezada por don Juan de Borja, presidente a quien Rodríguez Freyle evoca
reiteradamente en su libro. Más tarde supo ganarse la confianza del oidor Alonso Pérez
de Salazar y consiguió que éste lo llevara consigo a España, en calidad de secretario.
El interés de Rodríguez
Freyle por conocer la tierra de sus antepasados fue siempre enorme, y de ello dan prueba
reiteradas menciones en El carnero. Sin embargo, su vida en España estuvo marcada
por la penuria, y de tal experiencia cabe destacar su heroica participación en la defensa
de Cádiz contra los ataques de los piratas ingleses al mando de Francis Drake, según él
mismo anota en su libro. Cabe aquí mencionar lo que Darío Achury Valenzuela registra en
su prólogo a la edición de El carnero de la Biblioteca Ayacucho y que hace
referencia a las peripecias de los padres de Rodríguez Freyle y la comitiva del obispo
fray Juan de los Barrios cuando, en su viaje a América, fueron asaltados por los piratas
Francois Leclerc y Jacques de Sores. En cualquier caso, tras seis años de vagabundeo por
tierras castellanas y andaluzas regresa a su patria y su biografía se torna, una vez
más, brumosa. En un largo salto retrospectivo, el cronista cuenta cómo, en 1601, se casa
con doña Francisca Rodríguez, unión bendecida por fray Bartolomé Lobo Guerrero. Así
mismo, hay algunas otras breves referencias a su vida en familia, a problemas jurídicos
con un socio por negocios de ganado, litigios zanjados casi siempre con resultados
negativos para sus intereses. La muerte lo sorprende alrededor de 1642, seis años
después que su memoria, septuagenaria aunque fiel, hubiera emprendido la evocación de
los primeros cien años de la vida pública y privada de una de las urbes más importantes
de la América española.
Pero si la vida de
Rodríguez Freyle pertenece al ámbito de la conjetura, no ocurre lo mismo con su bagaje
cultural, ya que éste puede determinarse con cierta fiabilidad a través de sus citas,
parangones y ejemplos, que permiten configurar la imagen de un hombre con formación
superior a la media de la época. La Biblia es tal vez el texto que más cita,
particularmente los libros del Antiguo Testamento, de lo que se sirve para hacer glosas y
comentarios de oportuno alcance. La mitología también destaca y son múltiples las
referencias que en este sentido ofrece El carnero. De todas formas, donde mejor
sobresale la formación intelectual de Rodríguez Freyle es en el campo de la historia
política de griegos, romanos y españoles, materia que ilustra con
acierto muchas de sus reflexiones sobre la
naciente conciencia civil de los dirigentes del nuevo continente. Plutarco compite con los
consejos de Platón para el buen gobierno de la República, en tanto que "las doce
condiciones" que Marco Aurelio recomienda a los jueces son fielmente enumeradas, con
el fin de no crear ningún vacío en la casuística que le preocupa. También Horacio y
Virgilio, entre los latinos, y fray Luis de Granada y Fernando de Rojas, entre los
españoles, comparten ex abundantia cordis una elevada posición entre los
clásicos que con mayor frecuencia califican la gama cultural del autor.
En lo pertinente al
título de la obra de Rodríguez Freyle, basta citar, por simple vía de ejemplo, algunos
de sus posibles significados sugeridos por historiadores y críticos de muy diversas
tendencias. Según unos, carnero es una palabra con la que los santafereños
designaban la sepultura, probablemente apoyados en una voz derivada de la latina carnarium,
y con la que daban a entender que a la fosa iban a parar aquellos títulos de falsa
nobleza que con toda seguridad y en gran profusión se atribuían los gentiles hombres del
período colonial americano. El libro de Rodríguez Freyle, ciertamente, parece un
sepulcro, ya que el autor consignó en él la lista de apellidos procedentes de la
península, con lo que, de esta forma, revela el verdadero origen de falsas o infladas
hidalguías, rotunda prueba de vanidad que el barroco peruano Juan del Valle Caviedes
fustiga en un poema satírico en los siguientes términos: "asilos hombres, brutos
incipientes/ rinden sus almas, como el carnero/ con falsas opiniones aparentes".
También se ha afirmado que carnero es el nombre dado a los libros de actas
capitulares y cuadernos o archivos judiciales, así como a la calle por donde pasaban los
funerales rumbo al cementerio. Así mismo, otra opinión sostiene que la voz carnero proviene
de la obra de un historiador español, de apellido homónimo, que narró las incidencias
de las guerras de Flandes y que tuvo gran acogida popular en su tiempo por mencionar en
ella los nombres de muchos antepasados de los lectores. Anderson Imbert, en su Historia
de la literatura hispanoamericana, sugiere una curiosa hipótesis: "En el ejemplo
19 del Libro de los gatos (1400-1420) un lobo se mete a monje pero en vez de decir
Pater noster dice carnero, y así, muchos monjes, en vez de
aprender la regla de su orden, se ocupan del carnero, o sea de las comidas,
vino, vicios mundanos...". No falta tampoco la acepción sexual de la palabra, ya que
en algunos casos carnero hace relación a una excesiva efusividad carnal, tema
éste que es una de las constantes del libro, como puede apreciarse a través de los
numerosos episodios que registra.
En este aspecto, existe
un precedente que consideramos merece ser tenido en cuenta. En el Libro del buen amor, el
Arcipreste de Hita narra la historia tan autónoma en el texto de Juan Ruiz como los
eventos de Rodríguez Freyle lo son ante el cuerpo mayor de El carnero de
"Don Pitas Pajas, un pintor de Bretaña". El pintor, en vísperas de un largo
viaje, decide pintarle a su mujer, en el vientre, un corderillo, pero cuando al cabo de
dos años regresa descubre con asombro que su corderillo se ha metamorfoseado en un enorme
carnero, a su vez pintado por el amante de su mujer. Ante el reproche del marido
engañado, la respuesta de la mujer es tan admirable como su lenguaje híbrido:
"¿Cómo, monsseñer,/ En dos años petid corder non se fer carner?/ ¡Veniésedes
templano: trobaríades corder..!". Una vez más, como a menudo ocurre con los
episodios galantes de Rodríguez Freyle, la culpa de la mujer se traspasa al marido
confiado, que con su larga ausencia le abre espacio al amante en los asedios a su
cónyuge. Y la voz carnero, magnificada por la infidelidad, adquiere en el
Arcipreste el mismo sentido carnal e incluso sicalíptico de
Rodríguez Freyle.
Tampoco cabe pasar por alto aquí cómo la leyenda en el vientre de la adúltera precipita
la tragedia pasional en el episodio de la palomera Olimpia Zuleta, en la novela El amor
en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Sea el dibujo de un carnero o
la palabra cuca, el sentido sexual, expresamente señalado en el vientre de la
mujer, unifica en ambos casos el carácter erótico y clandestino de la acepción carnero.
De todos
modos, la razón por la cual la posteridad bautizó con ese nombre al libro de Rodríguez
Freyle continúa siendo una incógnita, pese a las causas que se incoan para justificar
esta o aquella teoría en tan debatida cuestión. En realidad, el título original del
libro es tan expresivo como el sumario de materias que abarca: Conquista y
descubrimiento del Nuevo Reino de Granada de las Indias Occidentales del mar Océano y
fundación de la ciudad de Santafé de Bogotá, primera de este Reino donde se fundó la
Real Audiencia y Cancillería, siendo la cabeza se hizo arzobispado. Cuéntase en ella su
descubrimiento, algunas guerras civiles que había entre sus naturales, sus costumbres y
gentes, y de qué procedió este nombre tan celebrado del Dorado. Los generales, capitanes
y soldados que vinieron a su conquista, con todos los presidentes, oidores y visitadores
que han sido de la Real Audiencia. Los arzobispos, prebendados y dignidades que han sido
de esta santa iglesia catedral, desde el año de 1539, que se fundó, hasta el de 1636,
que ésta se escribe; con algunos casos sucedidos en este Reino que van en la historia
para ejemplo y no para imitarlos por el daño de la conciencia. Compuesto por Juan de
Rodríguez Freyle, natural de esta ciudad, y de los Freyles de Alcalá de Henares en los
Reinos de España, cuyo padre fue de los primeros pobladores y conquistadores de este
Nuevo Reino. Dirigido a la S. R. M de Felipe IV, Rey de España, nuestro Rey y Señor
natural. Este libro, escrito entre 1636 y 1638, circuló en copias manuscritas durante
más de dos siglos hasta que, en 1859, Felipe Pérez lo hizo imprimir apoyándose
en el ejemplar que poseía el historiador Joaquín Acosta.
En cualquier caso, y de
nuevo con la voz carnero, lo que resulta absolutamente indiscutible es el carácter
de sepultura social que singulariza al libro y que parece justificar los citados versos de
Caviedes: su irreverencia frente a ostentosas genealogías, su iconoclastia ante
heráldidas recamadas de mentiras y
argucias,
su constante afán de fustigar la entonces precoz manía nacional por encontrar añejas
raíces en el pasado personal de cada ciudadano, todo lo cual, en fin, va a parar a la
fosa común de una procedencia cuyo linaje no causa vergüenza, aunque tampoco desmedido
entusiasmo. Es pertinente señalar aquí un curioso sentido de la voz carnero. En
su comentario sobre El Apo calipsis de Saint-Sever manuscrito francés del
siglo XI, que en realidad es un comentario al célebre Apocalipsis del Beato de Liebana
(Asturias, siglo VIII) Georges Bataille hace especial referencia a las
ilustraciones del texto, una de las cuales (la sexta) se titula Combate del unicornio y
el carnero. Dice Bataille en su explicación: "Esta página es la ilustración
del capítulo VIII de Daniel. El profeta, encontrándose en la ciudadela de Suse percibe
visionariamente un chivo unicornio combatiendo con un carnero, uno de cuyos cuernos es
más alto que el otro. Según el texto de Daniel, el carnero es el reino de los persas y
el unicornio el rey de los griegos. En el curso del combate los cuernos caen y se
renuevan, símbolo de la muerte de los reyes..." (Documents, II). Símbolo de
la muerte de los reyes..., ¿acaso no es tanto como decir símbolo de las genealogías que
se suceden, símbolo de todo lo humanamente perecedero pero que, entronizado por la
majestad del Poder, se perpetúa? ¿Qué es El carnero sino la crónica de todas
estas genealogías y entronizaciones en el Nuevo Reino de Granada? De cualquier forma, las
andanadas de El carnero debieron cumplir su cometido, sobre todo a la vista de lo
que le ocurrió a Juan Flórez de Ocáriz, cuyo volumen segundo de sus Genealogías del
Nuevo Reino de Granada fue secuestrado decenios después por una familia enfurecida a
causa del tratamiento que el autor le había dado en su libro.
El propio Rodríguez
Freyle, frente a los adalides de la Conquista, comete errores que la historia se ha
encargado de revelar sin dilación alguna. En el capítulo primero de su crónica habla
del "marqués don Francisco Pizarro", haciéndose eco de los malentendidos que
todo aventurero en trance de conquistador difundía por doquier con el fin de escamotear
el verdadero origen de su persona y de su casta. Si hemos de creer lo que dice Germán
Arciniegas en El caballero de El Dorado libro que, por otra parte, consulta y
recrea a menudo algunos de los episodios que constituyen el magma de El carnero, fácil
y explicable sería nuestro estupor al comprobar que el mencionado "marqués" no
es más que un bastardo, porquero de oficio, que usufructuó el
apellido de su presunto padre, el capitán Gonzalo
Pizarro, y quiso sumir en el olvido el nombre de su madre, "la Francisca González,
del arrabal de Huertas de Animas". Lo mismo ocurre con Sebastián García Moyano,
alias Sebastián de Belalcázar, quien antes de su viaje a América fue un conocido
asnerizo. El propio cronista, hijo de Juan Freyle y de doña Catalina Rodríguez, antepone
el apellido materno al de su progenitor, trastocamiento nominativo que no deja de ser
curioso. Pero aún es más sorprendente lo que ocurre con la familia del adelantado don
Gonzalo Jiménez de Quesada uno de los excepcionales conquistadores con formación
cultural reconocida: licenciado en leyes, ensayista polémico y poeta y a quien se le
atribuye la autoría del Epítome de la conquista del Nuevo Reino de Granada, se
aprecia una larga serie de ardides genealógicos: no obstante provenir su estirpe en
línea directa de Sancho Palomeque (en cuyo escudo dizque había dos palomas), sus
vástagos se transforman en Palomeque, uno, y, sin saberse por qué, en Pedro Días
Carrillo de Toledo, el otro, con lo que el nombre original sufre una ininterrumpida gama
de alteraciones hasta quedar finalmente entronizado como Señor de Quesada. Si todo esto
ilustra parte de lapetite histoire de los líderes de la Conquista y no se
nos escapa el hecho de que la ordenación y estructuración legal (esto es, notarial) del
apellido es una medida relativamente tardía, establecida por los Borbones en el siglo
XVIII, ya podremos imaginar lo que pretendían socialmente los prohombres recién
desembarcados o los primeros criollos del nuevo continente.
La manipulación del
pasado es una de las armas de mayor alcance con que cuentan los reductos sociales que, a
través de la sublimación ideológica de sus antepasados, distraen la atención de los
verdaderos problemas de la realidad contemporánea. La legitimación autoritas
historiae del poder ofrece a veces más garantías de predominio que la inmediata
significación económica del concepto: "Conquistar el poder no es suficiente
dice al respecto J. H. Plumb en su libro La muerte del pasado; hay que
asentarlo sobre un pasado seguro y servicial", y eso es lo que han hecho siempre los
detentadores de prerrogativas, aún a riesgo de hundirse en vergonzosos exabruptos. La
importancia desmítificadora de El carnero sobre el balance fiel de los apellidos,
oficios y procedencias de quienes desembarcaron en América no oculta su validez constante
e irreconciliable y, al menos en este sentido, el contenido del libro se identifica
plenamente con la acepción de sepultura social.
III
Híbridos de
testimonio directo del narrador con secuencias apoyadas en fuentes poco fiables y
matizadas con ingredientes diversos en los que destaca un declarado aporte imaginativo del
autor, son, en resumen, los elementos que tipifican no sólo a un texto como El carnero
sino también a esa curiosa gama de documentos que, desde el mismísimo Diario de
Colón hasta las extenuantes relaciones de seglares y frailes, inundaron sin mesura alguna
la discutible bibliografía de la entonces naciente historia americana. En el período
comprendido entre los iniciales años de la Conquista y la mitad de la Colonia, el nuevo
continente experimenta un lento proceso de sedimentación cultural en virtud del cual se
concilian algunos elementos de la tradición vernácula con los valores que imperaban en
la metrópoli.
Hacia la primera mitad
del siglo XVI la misión colonizadora ya estaba en marcha en América, y es así como se
puede apreciar de qué forma, al lado del aparato jurídico-económico peninsular, ciertas
manifestaciones culturales
empiezan a
gestarse, advirtiéndose incluso un empalme de generaciones: la de los escritores
españoles (cronistas y licenciados humanistas) que van a radicarse al nuevo continente
(excepción hecha de viajes circunstanciales como los de Mateo Alemán a México y Tirso
de Molina a Santo Domingo) y la de los escritores criollos que marchan a España atraídos
por razones particulares o por el fasto de la corte metropolitana. El caso de los
españoles que se radican en América es frecuente y marca una primera época de
producción literaria en el nuevo mundo. Alonso de Ercilla y Zúñiga, por ejemplo, se
traslada a Chile y, sobre la experiencia de los aborígenes frente a los conquistadores,
escribe La araucana, poema épico que tuvo una serie de seguidores, de los cuales
el más aventajado fue Juan de Castellanos, que se radicó en el Nuevo Reino de Granada,
donde redactó su Elegía de varones ilustres de Indias, texto en el que daba
cuenta de los hechos y figuras de la Conquista en esa parte del continente y cuyas
resonancias se advierten en El carnero.
Consolidadas
las instituciones en América y establecido el centro administrativo en los virreinatos de
Lima y México (el virreinato de la Nueva Granada, con sede en Santafé de Bogotá, sólo
fue instaurado en 1717, ochenta años después de la vigencia de las primeras
instituciones que registra El carnero), el movimiento cultural se polarizó
también en estas ciudades ¿cómo olvidar las Cartas de las damas de Lima a las
de México, de Rosas de Oquendo?, en las que habrían de nacer dos de los más
grandes escritores criollos que se trasladaron a España: el Inca Garcilaso de la Vega y
Juan Ruiz de Alarcón, escritores que, pese a su devoción por los temas americanos,
jamás regresaron a sus lugares de origen.
El incipiente desarrollo
de una literatura en sentido estricto obedeció, entre muchas otras razones, a dos
circunstancias: primera, las disposiciones legales de Carlos V (dos en el breve lapso de
1532 a 1543), en virtud de las cuales se prohibía la redacción, publicación y
circulación de obras de imaginación pura ("libros de romance y materias profanas y
fabulosas, asi como libros de Amadis...") y, segunda, la precaria y casi inexistente
actividad editorial en América. En el primer aspecto, es evidente que la coyuntura
histórica que Europa vivía en esa época encontró obligadas resonancias en las colonias
americanas, ya que España (y por ende, sus dominios de ultramar) se había convertido en
el bastión de la Iglesia contra las doctrinas de la Reforma, enclaustrándose, en
consecuencia, en los dogmas y en la ortodoxia de los principios sub specie aeternitatis
de la escolástica. El propio Rodríguez Freyle en El carnero deja testimonio
de su "participación" en los encendidos debates que sobre el origen y la
naturaleza ontológica de los aborígenes americanos¿son los indios seres
humanos? protagonizaron en su día Juan de Sepúlveda, el padre Vitoria y fray
Bartolomé de las Casas, entre otros, y que ni siquiera cesaron con la aparición de la
bula Sublimis Deus del papa Paulo III, gracias a la cual se les otorgó un alma a
los indios sólo para que éstos fueran pronto pasto del frenesí evangelizador. El
aislamiento peninsular operó en todos los órdenes, y si en el plano ideológico la
metrópoli insistió en permanecer en la Edad Media, en el económico asumió una
perniciosa política mercantilista basada preponderantemente en la acumulación de oro y
piedras preciosas provenientes, es obvio, de las colonias, y que pronto dio al traste con
la bonanza del flamante imperio. También de este tema se ocupa El carnero al
registrar, por una parte, la impresionante cantidad de oro que se mandaba a España y
quejamás regresaba a América y, por otra, al denunciar la oprobiosa expoliación de los
indios en las minas. El historiador Bailey Diffie ratifica el testimonio de Rodríguez
Freyle al afirmar que la actual República de Colombia fue la región que más oro produjo
en todo el período colonial americano, al punto que, como también lo constata la
investigadora Raquel Chang, a finales del siglo XVI ya se habían extraído 411
5.295
pesos en oro, lo cual significó un mayor incremento de la minería y una mayor
explotación del indígena primero y del negro después.
En cuanto a las
medidas represivas que en materia cultural impuso el régimen español a sus colonias, es
pertinente reconocer diversas y fértiles transgresiones: comprobado está, y pese a los
riesgos que ello implicaba, que la violación
de
normas sobre circulación de libros de ficción fue un hecho. De contrabando llegaron a
América relatos de caballería y novelas italianas e inglesas que se difundían y
comentaban en estrechos círculos, así como docenas de ejemplares de obras como El
Quijote. Paradójicamente, en mayo de 1590 Cervantes mismo "pide y suplica
humildemente, cuando puede a V. M. sea servido de un oficio en las Indias de los tres o
cuatro que al presente están vacantes, que es el uno la contaduría del Nuevo Reino de
Granada, o la Gobernación de Soconusco en Guatimala, o contador de las galeras de
Cartagena de Indias, o Corregidor de la ciudad de La Paz", petición que,
felizmente para la literatura universal, le fue denegada. No obstante sucederse estas
aisladas violaciones, las disposiciones de la censura cumplieron su cometido en su mayor
parte y el aislamiento cultural que sufrió América en estos primeros años fue casi
total, a tal extremo que el ejercicio literario por excelencia lo constituyó la crónica,
ese sobrio "género" (que algunos entomólogos del hecho literario no
vacilarían en denominar "subgénero") que, aparte los desvaríos de ciertos
frailes, dejó testimonios fidedignos y objetivos. La crónica, sin embargo, y con la
tónica de los nuevos tiempos, pronto empezó a superar sus propósitos de exclusiva
difusión de hechos de Conquista para abordar aspectos diferentes, como ocurre con Juan
Suárez de Peralta y su Tratado de la caballería de la jineta y brida, uno de los
primeros libros publicados en América sobre tema mundano.
IV
Los cien años
transcurridos desde la fundación de Santafé de Bogotá en 1538, hasta 1638, fecha en que
el autor pone punto final a su crónica iniciada dos años antes, adquieren en el libro de
Rodríguez Freyle una curiosa uniformida casi de carácter genealógico. Una especie de
prefacio histórico basado en los testimonios de Juan de Castellanos y fray Pedro
Simón, entre otros se extiende del capítulo II al V y brinda un informe más o
menos detallado sobre-la situación de las comunidades aborígenes antes de la llegada de
los conquistadores, particularmente la jerarquía chibcha y las disputas internas entre
los caudillos Guatavita y Bogotá y, en última instancia, la intervención del jefe
Ramiriquí, de Tunja. Superado este informe, el capítulo VI aborda de plano la
recreación del coincidencial encuentro de los tres ejércitos que confluyeron en el Valle
de los Alcázares y que estaban comandados por los españoles Gonzalo Jiménez de Quesada
y Sebastián de Belalcázar y el alemán Nicolás de Federman, y que, procedentes de las
más diversas latitudes, decidieron fundar en el lugar del encuentro una ciudad
("Recibiéronse estos generales al principio muy bien; y dende a poco nacieron entre
ellos no sé qué cosquillas, que el oro las convirtió en risa...").
A partir de este
capítulo, y tras hacer las relaciones de soldados y bienes que cada conquistador-jefe
llevaba, el libro adquiere esa dimensión distinta que, precisamente, es la que le da la
peculiar identidad que lo ha hecho célebre. El carácter inmediatamente histórico que
caracteriza a la crónica alterna en esta obra, y a partir de estos capítulos, con las
incidencias y sucesos más curiosos de unas ciudades que empiezan a crecer en pleno
ambiente de hibridación cultural. Sin embargo, pronto se desentiende El carnero del
rigorismo cronológico y del dato fidedigno, sumergiéndose en una empresa de ribetes casi
lúdicos en la que la historia sólo en el capítulo XI su autor decide
autodenominarse "cronista" sirve de telón de fondo a los acontecimientos
sociales, es decir, a los relatos en los que el erotismo, la brujería o la violencia
constituyen la verdadera materia del asunto. Muestra de la desenfadada actitud de
Rodríguez Freyle frente a la historia se da cuando escribe: "en el año de 1546,
digo 56, gobernaba Don Felipe II...", sin que se le ocurra tachar la fecha
equivocada, dejándola en el texto, y con lo cual, para rabia de historiadores, deleite de
cazadores de gazapos y beneplácito de literatos, el libro alcanza gravitaciones diversas.
Lo mismo sucede cuando, acerca de uno de sus personajes, escribe: "era su madre, digo
su comadre" y continúa su relato sin hacer la menor alteración, con lo que consagra
expresamente el yerro. Pese a estas divertidas licencias, El carnero nos permite
apreciar de qué forma se afianza la
jerarquía
administrativa del régimen colonial y cómo, tras la visita a la corte de los tres
conquistadores que coincidieron en el altiplano andino, el desfile de dignatarios
españoles gobernadores, visitadores, oidores, fiscales, jueces y prelados
aumenta paulatinamente, viéndose incrementado con la fundación de la Real Audiencia de
Santafé de Bogotá en 1549. Al igual de lo que ocurrió en el resto del continente, la
Audiencia se vio acompañada siempre de una fauna muy particular de funcionarios y
licenciados en leyes que, fieles al espíritu de su profesión, incrementaron las
querellas y pusieron los litigios a la orden del día, con lo cual se abrió un amplio
campo a las diversas formas de
corrupción,
particularmente la extorsión y el soborno. El libro registra sobre este tema gran número
de acontecimientos, entre los que destaca la corrupción incontrolable del visitador Juan
Prieto de Orellana, que se enriqueció a costa de las más aberrantes expoliaciones y
cohechos.
Otro caso
singular de injusticia administrativa y que, de paso, le sirve a Rodríguez Freyle para
escribir uno de sus mejores episodios, es el que vivió el propio presidente, don
Francisco de Sandi, quien acusó tendenciosamente de robo al licenciado Salierna de
Mariaca. A punto de morir, el licenciado emplazó al presidente para que, dentro de los
nueve días siguientes al de su muerte, comparecieran ambos ante el tribunal de Dios.
Murió Salierna de Mariaca y a los nueve días exactos falleció también el presidente.
Esta secuencia de El carnero nos remite obligadamente a la historia que en el siglo
XIV protagonizó Fernando IV, mejor conocido como el Emplazado, rey de Castilla y de
León. Según la tradición, el rey promovió el proceso y la muerte de los Carvajales,
injusto a todas luces, a extremo tal que los condenados, en el último momento, emplazaron
a Fernando para comparecer ante Dios en el término de treinta días, lapso en el que,
efectivamente, falleció el monarca.
Con la llegada de fray
Juan de los Barrios, primer arzobispo, y del doctor Andrés Díaz Venero de Leyva, primer
presidente de la Real Audiencia, la jerarquización eclesiástico-administrativa está
yaconformada y la crónica cede prácticamente todo su espacio a la relación de sucesos
de índole mundano que caracterizan la obra. A partir de dicha jerarquización, el
elemento específicamente histórico subyace en las anécdotas de El carnero y
sólo vuelve a ser protagonista del mismo en los capítulos XX y XXI, que cierran el libro
y constituyen un par de catálogos que levantan, casi a manera de acta fundacional, una
densa relación de ciudades, villas y pueblos fundados, así como el minucioso y
exhaustivo registro de gobernadores, presidentes, oidores y visitadores que ejercieron sus
funciones en los albores del Nuevo Reino de Granada.
V
Libro singular
y para la época insólito, El carnero se vuelca a partir del capítulo IX en una
serie de hechos de diverso cariz y que muy bien pueden constituir una antología de
sucesos que ilustran la vida social y política en la Colonia americana.
Los cien años que abarca
El carnero son pródigos en la evocación de los más sórdidos y sonados
escándalos (aunque no faltan los incidentes divertidos que el autor eleva a una
dimensión única, gracias a su extraordinaria ironía y acendrado humor) que conmovieron
la joven pero flamante sociedad del nuevo mundo: secuencias de hechicerías de
impresionantes alcances; hazañas picarescas de no siempre amables desenlaces;
levantamientos de indios y sometimientos no muy ortodoxos ni clementes; tercerías
celestinescas con o
sin el habitual
cónyuge burlado; emplazamientos de difuntos; robos y extorsiones sin límites ni monto
establecidos; torturas y ajusticiamientos a granel; lluvia de pasquines y querellas
infames; fratricidios y venganzas por motivos -de honor; fugas, raptos y conciliábulos
nocturnos; fastos y solemnidades de dificil ponderación y, en lugar preponderante y con
sordina barroca, la lenta y callada instauración de un estilo: el de la ciudad que crece
afianzándose e imponiéndose a través de esa arquitectura mestiza que poco a poco se
hace con el escenario en el que, como cumpliendo un pacto, coincidieron en su día tres de
los más adustos conquistadores de ultramar.
Testigo excepcional de
algunos de estos hechos es el propio Rodríguez Freyle, quien echa mano de su memoria para
darle contexto biográfico a lo que narra. De esta forma, y cuando sólo contaba nueve
años de edad y se dirigía a la escuela, atraído por los gritos de una mujer, contempla
el cadáver del presidente don Francisco Briceño. Otro cadáver que el niño observa es
el de Juan de los Ríos, asesinado, celos mediante, por el doctor Andrés Cortés de Mesa
y Andrés de Escobedo, con lo que las primeras visiones del primer narrador de la
literatura colombiana son cadáveres y componendas pasionales, sobre un agitado marco
urbano, trazo premonitorio de una bien surtida tradición. Por otra parte, el curioso
escolar es testigo de una de las anécdotas más divertidas y tan hábilmente narrada que,
de suyo, constituye un cuento literariamente autónomo. Dicho cuento, que podríamos
titular Las peripecias de Roldán el Temerario, recrea las estratagemas de que se
vale Juan Roldán para burlar al visitador Juan Bautista Monzón, empeñado en interceptar
las cartas del presidente López de Armendáriz. Roldán, como si encarnara por anticipado
las glorías de Miguel Strogoff, hace lacrar dos cartas presidenciales, una falsa y otra
verdadera. Porta la falsa y cabalga hasta la ciudad de Honda, donde el correo es detenido
y encarcelado por los alguaciles de Monzón, a quienes, no obstante su difícil
situación, logra convencer de que lo dejen libre y, merced a una astucia impresionante,
se hace incluso aprovisionar de víveres y una canoa. La carta verdadera, previamente
entregada a otro correo, libre de toda sospecha, supera los controles del visitador
Monzón y llega a su destino.
Sin embargo, de todo ese
universo registrado y explayado por Rodríguez Freyle destacan sobre todo las decenas de
crímenes pasionales de compleja factura en los que intervienen oidores, capitanes,
frailes, el inevitable marido y, en el lugar más cómodo de la inmensa cama, el ya
proverbial entusiasmo erótico de la mujer criolla. Es preciso señalar que la mayor parte
de historias que en este sentido registra El carnero responden a una sorprendente
peculiaridad narrativa, a punto tal que, extraídas del contexto, bien podrían configurar
un volumen unitario y ameno. Sobre esta cuestión es preciso señalar el interés de los
investigadores por dotar a tales historias no sólo de un apelativo específico sino
también de una estructura morfológica propia. El rosario de nombres es tan vasto como
las hipótesis vertidas, y tal profusión abarca nomenclaturas convencionales como
"cuentos", "fragmentos", "relatos" y "ficciones";
términos más difusos y exóticos como "excursus", "tradiciones" (avant
la lettre), "Kasus", "memorabiles"; y, por último, italianismos
francamente espantosos como "historielas". Descontada la circunstancia de que
Rodríguez Freyle fue por encima de todo un cronista, apegado fundamentalmente a la
realidad de unos hechos a los que su curiosidad y humor otorgan un clima propio, lo de
menos es la invención de un nombre para tales registros, ancilares por completo de la
historia que narra. Por todo ello, preferimos hablar de eventos cuando no de sucesos,
algunos de los cuales cobran cuerpo en una relación tan vasta como narrativamente
precursora.
VI
De la pluralidad de
anécdotas que ofrece la lectura de un libro como El carnero, bastaría sólo una
para ratificar su importancia en las letras americanas y justificar y perpetuar su influjo
en promociones enteras de escritores. Sirva para comenzar un singular ejemplo, convertido
en gratificante motivo para bucear en pos de la arqueología social que funda nuestra
idiosincrasia.
Tunja la muy noble
y muy leal ciudad aureolada heráldicamente por el águila bicéfala y las granadas de
oro fue el escenario donde doña Inés de Hinojosa protagonizó uno de los más
encendidos escándalos de la Colonia, al extremo que casi al mismo tiempo la literatura
optó por recrear las incidencias más notables del mismo. Los hechos ocurrieron en 1564,
apenas veinticinco años después de fundada la ciudad, aunque muy pronto la historia
se tomó leyenda entronizada por la escritura de los cronistas, tal como se advierte en el
capítulo X de El carnero. En efecto, el cronista santafereño, nacido dos años
después de los acontecimientos, recoge para la posteridad los pormenores de la ávida
pasión de doña Inés, pasión extrema que habría de precipitar una tragedia de
múltiples implicaciones. Y para que la historia no carezca de marco idóneo para su
recreación, el autor evoca los diez años de buen gobierno del doctor Andrés Díaz
Venero de Leyva, quien, conmovido por los hechos, se desplaza a Tunja, sustancia la causa
y sentencia a muerte a los inculpados.
La tragedia se había
incubado poco antes en Carora, donde doña Inés, cansada del derroche e infidelidades de
su marido, don Pedro de Ávila, planea su muerte, en connivencia con el amante, el
bailarín Jorge Voto. Tras un discreto interludio, la viuda y el bailarín se reúnen en
Pamplona, donde se casan, y más tarde se instalan en Tunja, urbe en la que los sucesos
adquieren tal magnitud, que incluso parecen desbordar la imaginación del más enfebrecido
cronista. Pronto se cansa doña Inés de los afectos de su marido y cómplice y, cautivada
por los requiebros de don Pedro Bravo de Rivera, su vecino y nuevo amante, 0pta por
reincidir en la fórmula emancipadora: Jorge Voto cae asesinado, pero esta vez el crimen
es descubierto y quienes urdieron la trama no escapan de la justicia. Rodríguez Freyle,
en una muestra de inusual pericia expositiva, recoge todos los detalles de la anécdota y
los revive en un fragmento magistral, indudable prolegómeno de la narrativa continental.
Gracias a su peculiar visión de los hechos, el autor nos lega el retrato de doña Inés,
"mujer hermosa por extremo y rica", uno de los caracteres más fascinantes y
perdurables de la vasta galería que habita las letras americanas y sobre el cual se han
volcado poetas, novelistas y pintores, e incluso moralistas de última hora, como el
propio autor, quien desde su senectud no puede menos que censurar lo que ya no puede
disfrutar: "¡Oh hermosura! Los gentiles la llamaron dádiva breve de la naturaleza,
y dádiva quebradiza, por lo presto que se pasa y las muchas cosas con que se quiebra y
pierde. También la llamaron lazo disimulado, porque se cazaban con ellas las voluntades
indiscretas y mal consideradas. Yo les quiero ayudar un poquito. La hermosura es flor que
mientras más la manosean, o ella se deja manosear, más presto se marchita".
Trescientos años
después de los hechos de Tunja, en 1864, el escritor boyacense Temístocles Avella
Mendoza recrea la historia en su novela Los tres Pedros, publicada por entregas en El
Mosaico, de Bogotá, entre el 2 de abril y el 16 de julio de 1864. Lo curioso es que,
aunque la novela de Avella se apoya en la anécdota inmortalizada por Rodríguez Freyle en
el capítulo X de El carnero, este texto sólo había sido publicado cinco años
atrás, en 1859, gracias a la gestión editorial de Felipe Pérez. ¿Conocía Avella
Mendoza esta versión? De no ser así, ¿hasta qué punto la memoria popular guardó
durante trescientos años las incidencias de la trágica pasión de doña Inés?
Obviamente, los sucesos fueron tan aireados que los libros del Cabildo de Tunja, actas,
cartas y otros documentos multiplicaron la historia, amén de romances y poemas,
repertorio que sin duda acrecentó el interés de Avella Mendoza por el tema, al extremo
de recrearlo bajo el registro de "novela histórica. Crónica del siglo XVI",
cuando el autor apenas contaba 23 años de edad. Esta es la versión que en 1979, con el
título Los tres Pedros en la red de Inés de Hinojosa, editó Vicente Pérez
Silva, con un prólogo esclarecedor y bibliográficamente imponderable, reproducido en una
nueva edición realizada por Tercer Mundo (Bogotá, 1987).
La
historia de Avella Mendoza sigue la pauta del texto de Rodríguez Freyle, aunque en
algunos aspectos se desmarca de la anécdota inicial, con lo cual justifica su iniciativa
como novelista. Tal vez el aspecto de mayor autonomía narrativa sea el que tiene como eje
a Pedro de Hungría, personaje misterioso e inasible en la crónica del santafereño pero
que en la novela del boyacense se arroga atributos de protagonista. Ciertamente, Pedro de
Hungría es un híbrido de detective avant la lettre y de mago dieciochesco, por el
estilo de Bálsamo, ese Conde de Cagliostro cuyas artes cautivan no sólo a los
incrédulos sino también a las mentes más lúcidas del siglo de la Ilustración. Avella
Mendoza, cuya formación positivista es evidente, se encarga de desmontar con argumentos
empíricos lo que para los personajes de la trama y ciertos lectores es magia y
esoterismo, tal como sucede con las representaciones con que el "nuevo
Melquisedec" deslumbra a sus huéspedes. En efecto, Pedro Bravo de Rivera, Jorge Voto
y su mujer, doña Inés, así como Juana, la sobrina, no dan crédito a lo que Pedro de
Hungría despliega ante sus ojos: tres apariciones fantasmagóricas en las que, en su
orden, todos ven la llegada de Colón a la isla de San Salvador, a continuación la
inmersión de un indio cubierto de oro en las aguas de Guatavita y, por último, la muerte
de Sugamuxi y el incendio del templo sagrado: de alguna forma, tales motivos aparecen ya
en el sustrato anecdótico de El carnero. Sin embargo, es la cuarta representación
la que promueve el pánico entre Jorge Voto y su mujer: la limpia transposición en
imágenes de la muerte de Pedro de Ávila, en Carora, así como la voz que los asedia y
persigue: la técnica de Pedro de Hungría remite a la hamletiana preocupación de atrapar
en el escenario la conciencia de los asesinos. Ahora bien: todo este montaje, concebido
cinematográficamente treinta años antes que lo internacionalizaran los hermanos Lumiere,
es explicado por el narrador merced a la ratio positivista: un ingenioso juego de
luces y cuadros, apoyadoen una extraña lámpara camuflada en el recinto e imperceptible
para los atónitos testigos, consigue alterar la conciencia criminal de Voto y su mujer.
La obsesión técnica de
Avella Mendoza también se pone de manifiesto en otras secuencias, bien a través de
explicaciones racionales, bien a través de metáforas, como sucede con el comentario tras
la estocada fatídica que mata a Jorge Voto: su cuerpo se conmovió "como al contacto
de una pila de Volta", o cuando el autor compara la velocidad del caballo en el que
huyó Pedro de Hungría con "los secretos del vapor doscientos años antes de su
invención". Pero si la preocupación técnica subraya buena parte de la poética
narrativa de Avella Mendoza, también se advierte una curiosa anticipación simbolista en
el plano de ciertas situaciones: el presentimiento que sacude a Inés de Hijonosa cuando,
al acercarse a su ventana, advierte "un fantasma que agitaba cien brazos hacia ella,
como si quisiera atacarla y envolverla en sus largas extremidades": es el árbol de
la calle, donde a la postre será ahorcada. Este dato, como la recurrente ave negra que
preanuncia la tragedia en María, de Jorge Isaacsnovela publicada tres años
después que la de Avella Mendoza o el fúnebre búho instalado en el árbol donde
será ahorcado el Zarco, en la novela homónima de Altamirano, constata un anticipo
simbolista, en los tres casos preludio de un desenlace trágico.
Mención aparte merece la
fascinación que doña Inés de Hinojosa ejerce sobre todos los autores que la evocan,
desde la inicial devoción que, pese al aparente dicterio, despertó en Rodríguez Freyle:
"Con razón llamaron a la hermosura callado engaño, porque muchos
hablando engañan, y ella, aunque calle, ciega, ceba y engaña". Vicente Pérez
Silva, en su bien documentado prólogo, recoge una serie de comentarios sobre la belleza
de doña Inés quien, por otra parte, no se apellidaba Hinojosa sino Manrique,
según afirma el historiador Ulises Rojas y gracias a ellos puede trazarse un
retrato que resulta arquetípico y que da pie a una iconografía inconfundible. Avella
Mendoza nos la presenta como una hermosa morena de treinta y cuatro años, "de alta
estatura, talle de amazona, contornos llenos y formas voluptuosas". Herminia Gómez
Jaime de Abadía, citada por Pérez Silva, dice: "Su extraña hermosura debía
remover hondamente las fibras de algunos corazones y hacer temblar otros con misterioso
temor", e insiste en subrayar su "palidez alabastrina, que nada tenía de
enfermiza, y antes bien, era su mayor atractivo; sus finas cejas negras tenían una
movilidad inquietante, y su opulenta cabellera intensamente oscura cortaba con sombra la
blancura de su tez, en que lucían sus labios de un rojo inverosímil". Sin embargo,
quien mejor se aproxima a la etopeya del personaje a través de su leyenda es el poeta
Roberto Liévano, en un texto que Pérez Silva evoca con evidente entusiasmo:
Desnudos corazones a
tu capricho estrujas
y aquel a quien tus manos inconstantes apenas acaricias, al vértigo de la muerte
condenas, pues son tus garras crueles como vivas agujas.
Criolla de sangre cálida que a todas sobrepujas;
Agripina, Cleopatra, fina Friné de Atenas.
Un zumo de cantáridas circula por tus venas
y hay fulgores siniestros en tus pupilas brujas.
Los hombres por tus besos
desnudan sus puñales...
(¿ Qué filtros hechiceros la lujuría pondría
entre tus labios húmedos de pecados mortales?).
Mas no te satisface su
amor múltiple y vario; y gira como en danza lúbrica todavía
tu cuerpo voraz, péndulo del árbol legendario.
El propio novelista
Avella Mendoza claudica al final de su historia y no puede menos que reconocer una abierta
admiración por doña Inés: "No todo era maldad en aquella mujer: en sus ojos
habrían podido encontrarse todavía algunas lágrimas, y de su corazón habrían podido
arrancarse todavía algunos ayes. Las mujeres nunca son bastante indolentes para carecer
de sentimiento". Incluso parece exculparla: "He aquí a la mujer con todas sus
debilidades y todas sus inconsecuencias: empuña y aplica al combustible la tea
incendiaria, y no pocas veces es la primera que se arroja para apagar una nube en sus
formas, no siempre conserva un sello en su carácter...". Esta mujer, esta historia,
esta evocación de un fascinante principio femenino vigente desde las agitadas noches de
la Colonia tunjana es la que vuelve a renacer gracias a la óptica en la actualidad
bastante divulgada de Próspero Morales Pradilla, en su novela Los pecados de
Inés de Hinojosa.
Ya mitificado
el referente humano de la protagonista, el autor traza las minucias del hábitat, sus
costumbres más íntimas y los pormenores del entorno, la cotidiana arqueología de una
época que se empeñaba en permanecer secreta y que al fin se impone merced a una
reconstrucción devota y certera. Por todo ello, bajo la advocación de doña Inés, es
Tunja la que nos ofrece el Otro rostro de su historia diaria, urbe de la que con exacto
casticismo alguien dijo: "Lo bueno de esta ciudad pacata es que nadie sabe cómo
amanecerá mañana y, mientras tanto, se puede joder según nos venga en gana". El
infinitivo joder es incitante y perturbador y todo su sentido peninsular es el que
reivindica el agitado prontuario erótico de doña Inés de Hinojosa, cuya voluntad de
vida y su encendida convicción de otorgarle rostro y cuerpo a la pasión la convierten en
la figura tutelar de una tradición que, a pesar de su leyenda, ha dejado entumecer las
fibras del instinto.
Tan rica en historias
como en bienes materiales, Tunja ya había sido señalada por el autor del Epítome de
la conquista del Nuevo Reino de Granada como centro de ávidos intereses: "La
tierra de Tunja es más rica que la de Bogotá, aunque la otra lo es harto, pero oro y
piedras preciosas y esmeraldas, siempre lo hallamos mejor en Tunja". En cuanto al
inquieto hembrerío que anima las frías noches del altiplano, doña Inés goza con
prolegómenos honrosos: "digo que la disposición desta gente es la mejor que se ha
visto en Indias, especialmente las mujeres tienen buena hechura de rostro y bien
figuradas, no tienen aquella mala manera y desgracia que las de otras indias que habemos
visto, ni aun son en la color tan morenas". Lo ocurrido en Tunja, capital cultural de
la Colonia neogranadina no en vano allí residieron y escribieron, entre otros, Juan
de Castellanos, Hernando Domínguez Camargo y la monja Josefa de la Concepción de
Castillo y Guevara, remite nuestra atención a otro sonadísimo escándalo en el que
la inteligencia de la mujer la libera de toda sospecha: en ausencia de su marido, una mujer se entrega
generosamente a sus galanes, al extremo de quedar embarazada; pero, ante el inesperado
regreso del cónyuge, contrata los servicios de la negra Juana García, una hechicera que
resuelve el enredo de forma tan eficaz que la culpa de la adúltera termina por
comprometer al confundido esposo (IX).
El caso de doña Inés de Hinojosa nos hace evocar otro, que tuvo por
escenario a Santa Marta. La bella Luisa Manjarrés mata y entierra al hijo que
tuvo de su amante Esquillus y, acto seguido, trama
la muerte de Isabel, la esposa de su fornicador, con tan mala suerte que precipita su
desgracia. Luisa le envió a su rival un plato de "berenjenas envenenadas" con
el secreto propósito de quitarla de en medio, pero fue Esquillus quien como
recuerda con humor Arciniegas, por lo visto bastante afecto a las solanáceas, las
devoró, pasando pronto a mejor vida. De inmediato se inicia causa criminal contra Luisa,
y su padre no tiene más remedio que disfrazarla de mancebo haciéndola huir a Cartagena,
primero, y luego a Santafé, con lo que, a su manera, recrea las aventuras de Catalina de
Erauso, la novicia donostiarra que sirvió de modelo a La monja alférez de Thomas
de Quincey.
El oidor doctor
Andrés Cortés de Mesa planea, con la ayuda de Andrés de Escobedo, la muerte de Juan de
los Ríos, amante de su mujer, doña Ana de Heredia, hermosa dama a quien el oidor no
vacila en "prestar" a su cómplice con el fin de ganarlo por tan deliciosa vía
para su causa. El crimen se lleva a cabo y los dos asesinos mutilan el cadáver
remitiéndole a la mujer las orejas, "las narices", el corazón y los genitales
de su amante. Al reconocerlos, doña Ana "hizo grandes extremos" y se
enclaustró en su casa (XII).
El adulterio de la
mujer del licenciado Gaspar de Peralta con Francisco de Ontanera, da pie para que se
planteen una serie de pesquisas de la más pura raigambre policíaca, al punto de que una
muerte resuelve inopinadamente la situación planteada en el relato (XV).
Doña Luisa Tafu,
de común acuerdo con su hermano y su amante, Diego de Fuenmayor, decide asesinar a su
marido, un tal Francisco Vela (XVIII).
Un individuo que
era "más cruel que tigre de Hircana, más que can de Getulia, más que osa de
Libia", liquida a su mujer sólo porque la sorprendió a solas con un fraile (XIX).
Francisco Martínez
Bello asesina a su esposa, doña María de Olivares, por negarse ésta a matar a su hija,
una niña hija de ambos. Una niñera negra denuncia al asesino y éste es condenado a
morir en la horca (XIX).
Juan de Leiva mata
a su esposa, doña María de Vargas "rica y hermosa señora, y dueña de su
libertad", viuda del capitán Antonio Mancipe, y a su amante, Antonio de
Quiñones. El homicida logra escapar a Sevilla, donde, sin embargo, no escarmienta, ya que
no tardó en casarse con otra viuda aunque aún lozana andaluza (XIX).
Tres días después
del parto de la viuda Jerónima de Mayorga, señora célebre por su falta de prejuicios
sexuales, hace aparición su hermano y la asesina no sin robarle antes todos sus bienes
(XXI).
Obviamente,
los casos que se podrían mencionar son mucho más variados y pintorescos, aunque los que
aquí hemos elegido pueden dar una aproximada idea de la forma como Rodríguez Freyle
articula en su libro, junto con la reseña histórica, los acontecimientos más destacados
de la época. Ahora bien, lo realmente singular no es tanto la inclusión de estos casos
sino la destreza literaria con que los reviste y narra. El autor, incluso, se permite una
serie de curiosas interpolaciones que, a lo largo del libro, van creando una especie de
relación directa con el lector. Rodríguez Freyle reclama su atención, solicita su
ayuda, lo increpa y, en fin, lo compromete a través de una curiosa gama de ardides que lo
único que ponen de manifiesto es su insospechada destreza narrativa.
Cuando describe la
situación de los chibchas poco antes de la llegada de los conquistadores, el autor pide
permiso al lector para abandonarlo, ya que los personajes exigen su atención, pues los
dejó rezagados, páginas atrás, "en las lomas de Vélez". En la mitad del
capítulo V, y para señalar una interpolación en su tema, el cronista escribe:
"Ponga aquí el dedo el lector y espéreme adelante, porque quiero acabar esta
guerra". Una vez acabada esa guerra, y cuando ya han transcurrido muchas
páginas, Rodríguez Freyle vuelve a fustigar el proceso de lectura al señalar: "con
lo cual podrá el lector quitar el dedo de donde lo puso, pues está entendida la
ceremonia". Otras veces aduce razones de cansancio para no seguir escribiendo, o se
interrumpe para pedir ayuda al presunto lector: "Concertadme, por vida vuestra, estos
adjetivos...
La disponibilidad lúdica
del autor de El carnero, en el plano específico del lenguaje, se aprecia cuando,
por ejemplo, escribe: "Los años nuevos, donaire y gentileza de Antonio de Quiñones,
y los tiernos de doña María de Vargas y su hermosura, que sin gozarla se marchitaba, el
trato y comunicación de los dos con la ocasión que se les puso en medio, todas estas
cosas juntas abrieron puerta a estas amistades, con palabra de casamiento, sin entender el
frasis de esta palabra, porque es lo propio que decir que en casa miento, pues
corre esta palabra con aquella respuesta que daba el oráculo al pueblo gentílico cuando
le consultaba para ir a la guerra: Ivis redivis non morieris in bello. Por manera
que con el adverbio non los engañaba. Si salían vencidos y venían a él con las
quejas del engaño, decía: Yo no os engañé porque os dije la verdad: Ivis, iréis;
non redivis, no volveréis; morieris in bello, moriréis en la guerra.
Si salían vencedores y le iban a dar las gracias, con el mismo adverbio non los
recibía:
Ivis,
iréis; redivis: volveréis; non
morieris in bello: no moriréis en la guerra. Lo propio tiene la palabra de casamiento,
porque tienen quitadas muchas flores y muchísimos honores, que tal o cual vez sale
con victoria. En conclusión, con esta palabra estos amantes, sin sacar licencia ni
esperar que el cura los desposase, ellos mismos se velaron con velas de sebo". No
está de más agregar que los protagonistas de esta historia filológico-pasional fueron
pasados a cuchillo posteriormente por un marido celoso.
VII
Cuestión arduamente
debatida es la presunta dosis de misoginia que destila El carnero y de la cual
sería prueba más que suficiente la responsabilidad atribuida a las mujeres en los
crímenes que registra el libro. De cualquier forma, es preciso señalar que la andanada
de Rodríguez Freyle contra el sexo femeninocasi todos los críticos (y de manera
muy especial Antonio Curcio Altamar en su Evolución de la novela en Colombia) dan
por sentada la feroz antipatía del autor contra las mujeres lleva implícita una
coartada, evidente en el objetivo de sus ataques: no son todas las mujeres las que
reciben sus diatribas, sino apenas una selecta parte compuesta por las más bellas de la
tribu. El presunto moralista deja ver de inmediato su verdadero propósito, a punto tal
que lo que parecía una furiosa admonición de sacristía se convierte pronto en una
encendida erotomanía. El libertino asoma sus fauces tras el dicterio con que responde a
la indiferencia de las hermosas, únicas criaturas a las que se enfrenta, ya que las feas
no le interesan para nada y las despacha de entrada con aire entre pícaro y bonachón y
una frase solidaria: "cada olla tiene su cobertura".
Ya en el capítulo V de El
carnero, tras una curiosa interpretación del libro del Génesis, Rodríguez Freyle
hace un largo paralelo de las mujeres ("malas sabandijas, de casta de víboras")
que a lo largo de la historia y de la ficción y gracias al "garabatillo" de su
sexo han sabido cavar la fosa de muchas empresas, causas y, cómo no, de hombres ilustres:
ahí están para probarlo nada menos que Eva, Betsabé, la hija del Faraón (?), Dalila,
Helena de Troya y Florinda, "por quien perdió Rodrigo a España y la vida".
Este discurso no es nada
nuevo, y los ataques contra las mujeres adquieren carta de naturaleza en la evolución
literaria de un autor que, como el propio Boccaccio, rasga sin vacilación las arandelas
de una sensibilidad ñoña e hipócrita. Conscientemente se presciden aquí de los
múltiples ejemplos que se aprecian en la literatura de todos los tiempos sobre el tema de
la mujer, por lo que la digresión se centra en la obra del poeta italiano, dado el auge y
rápida difusión que tuvo en lo siglos XIV, XV y XVI, particularmente en España, y a
cuyo influjo, así como al de sus imitadores y herederos, no fue quizá indiferente
Rodríguez Freyle durante su viaje a la península. La mujer despojada de
simbologías místico-sentimentales (atrás quedaban Beatrice, Laura y compañía) y
reducidas a su más exacta condición terrena cobra cuerpo en la Elegía de
Madonna Fiammetta (traducida al castellano en el siglo XV), se regodea su antojo en
las historias semigalantes y cínicas del Decamerón y se desata, sin trabas ni
falso pudor, en el Corbaccio, ejemplo insigne de la presunta "literatura
misógina". Escribe Boccaccio: "¿,Cómo es posible que los incautos, pegados a
las faldas de las mujeres, no se den cuenta de que son muñecos de sus caprichos? Lo
cierto es que el propio diablo se dio cuenta de su flaqueza, pues la mujer es el peor
gusarapo de la creación". ¿Qué es un gusarapo? García Márquez nos ofrece
una inesperada explicación en su ya citada novela El amor en los tiempos del cólera: "Los
gusarapos eran los animes, unas criaturas sobrenaturales que cortejaban a las doncellas
desde los sedimentos de las aguas pasmadas, y eran capaces de furiosas venganzas de
amor". El "gusarapo" halla su equivalente en "la sabandija" de
Rodríguez Freyle, aunque las resonancias del eco son aún mayores por vía de la
influencia a través de las letras españolas, ya que la sátira contra la mujer se
apodera del ámbito peninsular en los siglos XIV, XV y XVI, y así se puede apreciar en
Alfonso Martínez de Toledo, que, con su Corbacho ¿cómo olvidar aquí el
título homónimo de Boccaccio?, se prodiga en improperios contra "los vicios,
tachas e malas condiciones de la malas e viciosas mugeres" (Libro II). La cohorte
crece con las celebradísimas Coplas contra las mujeres, de Pedro Torrellas
("La mujer es un animal! que se dice hombre impeffecto/ procreado, en el defecto/ del
buen calor natural"); las argucias femeniles del Espillo Libro de las mujeres, de
Jaume Roig; las damas tramposas de Curial e Güelfa y, para no ir más lejos, basta
recordar las diatribas de Sempronio, cuando en el acto
primero de La Celestina, se enf renta a
Calixto con la sana intención de hacerle olvidar a Melibea, enumerándole, de paso, las
virtudes femeninas: "inconstancia, presunción, soberbia, parlería, miedo,
desvergüenza, alcahuetería; lujuria y . ..suciedad". La invocación de la obra de
Fernando de Rojas no es aquí gratuita. Es prácticamente unánime el parecer de la
crítica sobre la influencia de La Celestina en el libro de Rodríguez Freyle,
evidente en múltipies citas y referencias expresas. Así lo ve, entre otros, Antonio
Curcio Altamar: "No obstante la natural ausencia de trama dramática y de ejecución
novelística propiamente dichas, el abolengo literario de la crónica santafereña
arranca, más que de la picaresca, del subgénero celestinesco, en donde cabalmente se
realiza esa superposición o interferencia de dos planos, tanto de estilo como de tema,
que anoté ya en El carnero".
En Rodríguez
Freyle epígono al fin y al cabo de toda esa literatura, al menos de la del ámbito
hispánico a través de la contemporaneidad o la tradición, tal actitud ante las
mujeres asume dos aspectos casi alternativos, ya que al dicterio ("La mujer es arma
del diablo, cabeza de pecado y destrucción del paraíso", refrán que también cita
Sempronio) se suman inmediatamente la velada cumplimentación y el requiebro galante no
exentos de una nostalgiá incrementada por la senilidad: "Déjame, hermosura, que
como me coges viejo lo harás por darme pasagonzalos, pero bien está. La hermosura es
red, que si la que alcanza este don la tiende, ¿tal cual pájaro se le irá? Porque es
red barredera de voluntades y obras...". Pero el autor, apoyándose aún más en la
excusa expresa de su edad, insiste en acumular unos reproches que, antes que desatar la
irritación, incrementan la admiración por un estilo pulcro y sólido que roza lo
poético: "¡Oh hermosura, dádiva quebradiza y tiranía de poco tiempo! También le
llamaron reino solitario, y yo no sé por qué; por mí sé decir que yo no la quiero en
mi casa ni por moneda ni por prenda, porque la codician todos y la desean gozar todos;
pero paréceme que este arrepentimiento está tarde, porque cae sobre más de los
setenta". Visto lo cual, cabe señalar que buscar rabiosas tomas de partido contra la
zarandeada condición femenina en un libro como El carnero es tanto como perder
deliberadamente de vista el objetivo principal. Por otra parte, una discusión sobre un
tema semejante lo único que hace es resucitar esa vieja guerra de sexos sepultada con
todos los honores y de la cual dan testimonio y ejemplo volúmenes enteros de la mejor
literatura. Baste agregar que las dos actitudes de Rodríguez Freyle ante la mujer son las
mismas que, guardadas las respetables diferencias, asumía John Donne, contemporáneo del
cronista santafereño, a saber: ira casi divina en sus sermones contra la mujer como
responsable de la Caída y ulterior expulsión del Paraíso y, a renglón seguido, erecta
lubricidad motivada por la carne siempre apetecible de esa misma mujer, ya plenamente
terrena, a la que sin vacilación se ofrece: "Mírame, ven: ¿qué mejor manta para
tu desnudez,! que yo, desnudo?". En cualquier caso, e independientemente de las
consideraciones que se hagan sobre el autor, lo que realmente importa es que El
carnero, merced a su asombrosa singularidad, ofrece una de las primeras visiones sobre
los hechos oficiales de conquista al tiempo que permite acceder al intríngulis
doméstico e íntimo de algunas de las más florecientes urbes del nuevo continente, sin
que ello impida reconocer la notable capacidad narrativa de un hombre que durante toda su
vida se dedicó a menesteres diversos y que, gracias a su testimonio, se convirtió al
final de sus días en juez y parte del complejo y, en gran medida, determinante proceso de
consolidación social americana.
|