Boletín Cultural y Bibliográfico. Número16,  Volumen XXV , 1988
 

Las andanzas históricas del doctor Covo


Einstein (Relativamente fácil)
Freud (Para inconscientes)
Van Gogh (Para esquizoides)
Leonardo da Vinci (Al fresco)

Javier Covo Torres
El Ancora Editores, 1987.

Hay muchas maneras de escribir historia. Muchas más, quizá, de escribir biografías. Desde la más estricta ortodoxia (si es que alguna queda) hasta los casi infinitos prismas que prestan Marx, Hegel, Hausser, Lukács, Toynbee, la sociología, la economía, el psicoanálisis, la perestroika. . . Sin olvidar, además, el inquietante "método emocional" de Fernando González, o esa forma moderna de la historia: la novela. Javier Covo Torres (alias Covo), joven arquitecto cartagenero, ha elegido otro método para fabricar biografías: dibujarlas. O, en todo caso, unir la imagen a los textos para crear un todo en que la preponderancia gráfica se manifiesta incluso en el hecho de dibujar, también, las palabras. Estamos, pues, ante una especie de comics-collage donde las páginas entran, literalmente, por los ojos:  grabados, fotografías, dibujos, diseños, caricaturas, espacios y títulos. Y, por supuesto, las admirables glosas de este historiador desabrochado.

Covo vivió en México y allí publicó sus dos primeros títulos, ahora reeditados y continuados por El Ancora Editores. No es extraño, pues, encontrar en sus trabajos un eco del caricaturista Rius, tal vez el más conocido hacedor de este tipo de libros-imagen. La diferencia (una de ellas) está en que Rius, cuya mejor vena se expresa a través de su historieta Los olvidados, suele contaminar sus folletines históricos con una carga de confesionalismo nada plausible en la visión de un humorista. No es este el caso de Covo. El no escribe (o como diablos se llame lo que hace) para correligionarios. Lo hace más bien para "esquizoides" o para "inconscientes". Para gente amiga, en fin, y sin otro propósito que el muy mentado y poco aplicado de enseñar divirtiendo.

Resumiendo: en cuestión de originalidad, Covo está libre de sospecha. (No otra cosa podía esperarse de alguien que utiliza como seudónimo su propio apellido). Hemos de afirmar, pues, que todo en estos libros le pertenece: no sólo su forma de mostrar, de narrar y de sintetizar, sino también, y ante todo, de desolemnizar un material ciertamente peligroso, por cuanto está hecho de destinos. El asunto podría mirarse con ojo culinario (todo buen libro tiene algo de banquete): a esas vidas solemnes o trágicas, Covo les pone sal y pimienta, y las adoba con un hilo de comentarios risueños y agudos, sin perderles por ello una pizca de respeto. Cómo logra esa mezcla, digna de los mejores fogones, es uno de los amables secretos, y el mayor encanto, tal vez, de estas biografías en pantuflas.

Pruebas al canto: un imponente personaje, copa en mano, nos habla de las generosidades de Van Gogh:   " Vincent dio su dinero, su camisa, durmió en el suelo . Alguien se le asoma sobre el hombro: "żYa se le corrió la teja?". Otra más: "La importancia de las cuestiones sexuales —dice un texto de Freud— en la producción de la neurosis, y la existencia de una auténtica vida sexual en la infancia, son descubrimientos siempre presentes en la historia del psicoanálisis". "ˇBah! —lo interrumpe un hombrecillo nada convencido— ˇPura pornografía! ".

Y así, a lo largo de muchas ápocas, crónicas y páginas.

He aquí, pues, un delicioso menú, que bien puede mirarse como un aperitivo juvenil para posteriores lecturas, más rigurosas, quizá, aunque ciertamente menos divertidas. Pero no es justo ceder toda la mesa a los jóvenes. El autor de esta nota, que ya despeina canas, ignoraba que Van Gogh hubiera nacido dos veces. O que Leonardo hubiera inventado—ˇtambién!— el hombre rana. Nunca es tarde para volver a aprender a leer. O a ver.

ELKIN OBREGÓN