Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988

 

Jorrar las voces


Cantos de verano
Verano Brisas
Biblioteca Pública Piloto, Medellín, 1987

 

Verano Brisas es un lindo seudónimo (no sé si Borges habría suscrito la afirmación, peno en todo caso este adjetivo le fascinaba). Y me recuerda uno de los libros marginales (no pon marginado) de la obra de Camus: El verano/Bodas, cuya traducción del francés por Aurora Bernárdez podría compararse a la que hiciera Julio Cortázar de la más conocida novela de la Yourcenar. En fin, que la mejor entrada a Cantos de verano (cuya cubierta promete muchos menos de lo que el libro en verdad otorga) ha de ser la literatura misma, porque quienquiera que sea el autor de estos poemas no es ni cojo ni manco ni corto ni perezoso. Se las sabe todas. 

Bastaría el último poema del libro, Subasta (¿esto es aliteración o qué?), para entender el juego: decir basta, poner coto, “sefiní”. Es la gracia irónica y el casi humor negro que hacen pensar en los dictados antirrománticos de José Asunción Silva. 

Cantos de verano conformaría una clase de novela poética, en la que se trataría de imaginar un autor que le cuadrara (así, pues, como uno averigura quien es el asesino en el relato policial). El tono de la pesquisa poética vendría de ese sector de la obra de Silva sazonado con gotas de Nicanor Parra: “Buscando entre las páginas! del viejo diccionario! encontré la palabra satiriasis” (Respuesta). El vocablo designa la “exacerbación sexual de carácter patológico en el hombre” (Pequeño Larousse dixit) y en este caso serviría de metáfora a la excitación poética de un sujeto que, como la brisa marina, recorre distintos puertos y está a la pesca de cualquier ocasión:” ... retorno a la biblioteca/ escribo dos o tres líneas/ destrabo los tipos/ decido cambiar de tema/ examino el cielo raso/ palmoteo el diccionario/ oprimo el espaciador/ saco el papel del rodillo/ lo lanzo contra el cesto/ introduzco la hoja limpia/ dispongo el marginador/ intento escribir de nuevo ...” (Acto creador).  

Esa autodescripción indica, ya, un alejamiento del aura naïf del principiante. Aquí el usufructo es un objeto —el diccionario, que en otros poetas se vuelve arma de dos filos— sin el prurito (¡ajá!) de la erudición. Simple y llanamente es el acompañante fiel, el perrito que le trae al dueño, en lugar de pantuflas, las palabras. 

De algunos viajes queda un aroma exótico sumamente controlado: “Qúisiera, oh Sintra, continuar mis descripciones/ y devoran pronto, si no muero,/ todas las distancias que alejan tus encantos” (Sintna). Pero de todos los poemas se puede decir que observan el precepto clásico de la equidad o mesura expresiva, que no implica una falta de sensualidad. Incluso cuando la faena descrita sea lo aparentemente estéril, el poeta impulsa sus palabras con simpatía: “A las cuatro menos cinco afianzo rumbo a la costa./ Mi barco sigue achicándose, se divisan las colinas./ Ya es una lancha perdida en el recuerdo./ La tierra está muy cerca,/ los pernos corretean jugando con el agua./ Un pequeño atún, reseco por el sol,/ es todo mi botín” (Jornada de pesca). 

En algunos casos, la voz de Maqroll el Gaviero suena como la percusión que sostiene los punteos de la guitarra. Llama la atención que, junto al diccionario, sean las tiras cómicas o muñequitos (o simplemente “chistes”, como se suele decir en Lima, traduciendo a la buena de Dios la palabra comics) otro potaje de intuiciones literarias. Por ahí también se debe picar, seria el consejo. Pero excepto (y tangencialmente) pon el primer poema (donde otra boca lo hace todo) Don Verano Brisas no alude a su actual medio de vida: la odontología. Así como Francis Bacon estudió detalladamente la anatomía bucal y todo lo relacionado con ella (saliva, esputos) para luego plasman ciertas obsesiones en sus cuadros, quizá Verano Brisas nos entregue próximamente observaciones similares en otra serie de poemas.

Al lenguaje no se le escapa nada. Menos aún cuando sale de pesca.

 

EDGAR O’HARA