Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988

Novedades en el frente


Partes de guerra
José Libardo Porras

Biblioteca Pública Piloto, Medell
ín, 1987

 

Con el correr del tiempo y las aguas de tinta, al asiduo lector de poesía ya no pueden sorprenderlo ni los fantasmas. Uno termina perdiéndole miedo a la supuesta solemnidad de la escritura. O como decía un compañero de carpeta, cuando aún estábamos en la escuela primaria: “yo ya no creo ni en las chapitas premiadas ni en los yoyós de la Coca-Cola ...” 

Por eso cuando uno se topa con un libro consistente, recio y a la vez lleno de encanto, la cosa va en serio. Esto me ocurrió al leer Partes de guerra, pues mientras iba de un poema a otro pensaba ahorita no más aparece la arruga, la fea cicatriz, el acné poético. ¡Fiasco total!, para orgullo de J. Libando Porras. 

Aunque no conozco su primer libro, Es tarde en San Bernardo (1984), cuyo bellísimo título parecería suficiente, puedo confesar que Partes de guerra me sobrecogió con su aureola mágica. Alí Babá Porras y los cuarenta poemas encerrados en una palpable madurez. Y esto explica el entusiasmo de la presentación de Jaime Jaramillo Escobar, que ya no es cualquier Vaca Sagrada sino la Holstein de la poesía colombiana. Con ojo certero desmenuza las bondades del libro y más: “hasta los defectos de J. L. P. pasan a ser cualidades ...“, señalando entre aquellos la falta de humor. Pero, ¿sería posible la ironía o el sarcasmo sin un previo distanciamiento? Un poema corto lo confirma: “Como en un viaje en tren, vamos.// Aunque efímero,/ cuán gracioso el móvil paisaje,/ cuán amable” (Viaje). Matices, que le dicen. 

Como el guerrero que hunde la espada (símbolo del libro) entre el ejército enemigo, el poeta esgrime la pluma (fuente) y repasa la tradición. Pero los “enemigos” no son tales; todo lo contrario; serían sus mejores y queridos compinches. ¿Nombres? Los líricos griegos arcaicos (¿vía Juan Ferraté, vía García Gual, vía J. E. Pacheco, la propia vía?); un Cavafis hetenosexual; Mutis (cf. El cuchillo, pág. 23); o Borges, el lector de los “otros” (cf. Concierto, pág. 61). 

Lectores menos optimistas podrían presentir en Partes de guerra la astucia del plagiador. Personalmente creo que el libro se defiende solo y que su apuesta es precisa y sincera. Eso sí, después de esta perfección formal sólo quedaría el chitón boca o el dinamitazo en la base de los gustos establecidos. No la vanguardia atolondrada, sino más bien un elegante desmontaje de la tradición, solamente posible para quien conoce de arriba abajo la cueva de la poesía. 

No es gratuito que los actos de vencen o caer derrotado (en la guerra del amor) se mezclen convenientemente en esta poética. J. L. Porras, como digo, repasa (en las acepciones de revisar y dar el puntillazo) sus fuentes:” ... llegará el tiempo/ en que es el recuerdo la única! ventanal que permite corren sus goznes/ y por ella se ve transitar toda suerte! de guerreros: /igual,/ vencedores y vencidos” (No importa). Y su pasión por el recuerdo puede entenderse mejor como la frecuente pregunta por la procedencia. En este sentido, cualquier poema poseería alusiones a otro nivel. Acá, por ejemplo, el diálogo no sólo sería con el padre: “Mírame./ En mí has nacido nuevamente,/igual que en mis hijos/ y en los hijos suyos./ En uno solo el hombre/ y nada nuevo agregan tantas migraciones./ Obsérvame con cuidado/ y notarás que no basta una muerte para tu corazón/ pero sí son necesarios/ infinitos nacimientos/ para que tu nombre esté completo” (Descendencia). El lugar del padre lo es también de la palabra. Y así, como dice el dicho: “de padres cojos, hijos bailarines”, también resulta refrescante advertir que en este libro el clasicismo vive sobre una sutil bomba de tiempo y respina o comparte el aire con sus pesadillas, las rupturas de la propia forma. 

Y por más que los extremos (velados) mantengan la armonía de esta poética, la vendad es que su devoción anida en lo permanente: “En la memoria! tu ida voz resonando en las paredes,/ tu canto quedo, tu aroma./ Sólo esto y/ lo que nombró tu voz, que no envejece. //Lo demás,/ estercobero nauseabundo, llaga.// Lo demás,/ cenegal en que me hundo,/ sentina a donde he caído” (En la memoria). 

Este es el eco, la constancia. ¿Vendrá más adelante la detonación?

 

EDGAR O’HARA