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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
Quinientos años de economía
Historia
económica de Colombia
José Antonio Ocampo (compilador)
Fedesarrollo y Siglo Veintiuno, Bogotá, 1986
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La idea de convocar notables especialistas de
nuestra historia económica para armar un libro, en el que cada autor responde por un
capítulo, y que abarca desde el período colonial hasta el gobierno del presidente Barco,
es un proyecto de Fedesarrollo o más bien, una realidad que tiene ventajas
pero también grandes limitaciones. ¿Cuáles son las ventajas? En primer lugar, la
facilidad de consulta y el formato relativamente homogéneo de cada capítulo que los
editores lograron darle a la obra. Esto facilita, ciertamente, la consulta de quien, sin
desear informarse sobre algo demasiado abstruso, quiera de todas maneras tener una visión
no trivial o superficial de nuestra historia económica. En segundo lugar, se ha logrado
reunir un grupo excelente de colaboradores, quizás lo más granado de la nueva
generación de historiadores colombianos (Germán Colmenares, Jaime Jaramillo Uribe,
Hermes Tovar Pinzón, Jorge Orlando Melo, Jesús Antonio Bejarano, José Antonio Ocampo y
un equipo de investigadores de Fedesarrollo), que aseguran al libro un buen nivel
académico. ¿Cuáles son sus riesgos o limitaciones? El más evidente: como acontece
necesariamente con toda obra colectiva, ésta carece de un hilo conductor, de una idea o
acento predominante. Cada autor le da a su capítulo su propia personalidad, pero el libro
como conjunto no la tiene. Por otra parte, básicamente constituye un resumen capitular de
investigaciones previas, ya conocidas, de los diversos autores. Para el estudioso de la
historia económica, no deparará ni sorpresas ni enfoques realmente novedosos. Cada quien
hizo un buen resumen de lo que ya había investigado y divulgado de antemano, como era
apenas natural.
Un aspecto interesante que desearía destacar es
la importancia que en sus páginas explícitamente se otorga a las finanzas públicas como
fuerza modeladora de la historia económica del país. En obras anteriores sobre historia
económica, naturalmente el tema de las finanzas públicas está presente aquí y allá.
Pero no se le había tratado autónomamente. El país carece de una buena historia de sus
finanzas públicas, y este libro, en cierta manera, ha comenzado a llenar ese inmenso
vacío. Casi todos los capítulos dedican una parte especial a analizar explícitamente la
evolución de la hacienda pública durante el período correspondiente, lo cual da realce
a la importancia que han tenido las finanzas públicas como factor decisivo en la
formación económica del país.
El libro contiene historia económica: no
ideologismo económico. Por eso, quizá, no ha sido del agrado de algunos historiadores
que esperaban encontrar una obra más estridente políticamente. Uno de los puntos en que
los diversos autores coinciden es en que la presentación tradicional marxista de la
historia económica entre formas feudales, precapitalistas y capitalistas no es una
metodología adecuada para enmarcar la historia económica colombiana. Germán Colmenares
dirá, por ejemplo, en el capítulo primero, dedicado a la formación de la economía
colonial (1500-1740) lo siguiente: Los medios universitarios latinoamericanos
vivieron enfrascados durante años en la discusión de cómo caracterizar el modo de
producción de la sociedad posterior a la conquista. ¿Modo de producción feudal? ¿Modo
de producción capitalista? Y todavía se agregaba una inquietud respecto al modo de
producción indígena, aunque sobre éste fuera más fácil concluir que a todas luces
debía tratarse de un modo de producción asiático.
Infortunadamente, tan interesante
discusión no era el instrumento más eficaz para impulsar investigaciones empíricas que
permitieran comprender los trastornos experimentados por economías agrarias al pasar de
un régimen de explotación a otro. Cualquier verificación documental se tachaba de
empirismo, es decir, de conocimiento precario y en cierta manera inútil
frente a las certidumbres absolutas de la teoría.
Algunas investigaciones recientes permiten
modificar los términos del debate. Hoy sabemos, por ejemplo, que las economías agrarias
de grupos indígenas que gozaban de una compleja organización social fueron suficientes
para sustentar por más de una generación a los pequeños grupos urbanos de la sociedad
conquistadora.
Sin embargo, a pesar de que el libro no trata de
hacer ideologismo económico, sí destruye ciertos mitos de nuestra historia económica.
La réplica que más me llamó la atención es la que se plantea en torno al
mito de que la república liberal de los años treinta fue un período en el
que habría mejorado la distribución del ingreso gracias al avance de la legislación
laboral y agraria de aquella época. Por el contrario: en aquel período y en el
inmediatamente posterior la distribución del ingreso se deterioró en Colombia, como lo
demuestra José Antonio Ocampo, quien habla del alcance limitado de las reformas
agraria y laboral adoptadas durante el régimen liberal. Según hemos visto, la primera
benefició únicamente a un puñado de campesinos, en tanto que el avance del sidicalismo
y el régimen prestacional vino a beneficiar sólo a una pequeña proporción de
trabajadores. La evolución de los salarios reales y de la distribución del ingreso dan
nuevos indicios sobre la escasa capacidad de las reformas liberales para alterar el curso
económico. Esta es, diría yo, la gran enseñanza que se saca después de leer
todos los capítulos: la lentitud la exasperante lentitud con que Colombia ha
ido avanzando a través de su historia económica hacia una sociedad más justa y
equitativa. El último capítulo Consolidación del capitalismo moderno,
1945-1986 concluye con este párrafo, que es también el último del libro y que,
por lo tanto, debe servir para concluir esta reseña: La distribución del ingreso
sigue estando muy concentrada en Colombia. Además, al menos en las ciudades, la
distribución de los ingresos familiares no parece ser muy diferente hoy a la que era
típica a mediados de los años sesenta. En efecto, los datos existentes indican que el
10% más rico de las familias urbanas recibe hoy, como en aquella época, poco menos del
40% del ingreso, mientras el 50% más pobre recibe menos de un 20%. Estos estimativos
ocultan, por lo demás, en uno y otro momento, rentas de capital, para los cuales la
distribución es particularmente inequitativa.
JUAN CAMILO RESTREPO S.
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