Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988


El desmonte


La sexualidad del feminismo
Freddy Téllez
C
arlos Valencia Editores, Bogotá, 1987,
124 págs

 

La sexualidad del feminismo es a la vez un texto revisionista y programático. Junto con la lectura crítica de las teorías que abordan el problema de la mujer dentro de una estructura patriarcal y clasista, Freddy Téllez propone nuevas perspectivas desde las cuales pueda considerarse dicha problemática. En este ejercicio crítico y transformador, el autor intenta superar la tendencia hacia la parcialización manifiesta en las ciencias sociales y médicas al abordar la cuestión femenina: ello supone la búsqueda de las determinantes y manifestaciones de la opresión de la mujer en una dimensión que integre los factores sociales, económicos, sexuales y privados.  

La oposición naturalezacultura sobre la que se fundan los presupuestos básicos de los discursos feminista, marxista, psicoanalítico y antropológico es el punto a partir del cual Téllez demuestra de qué manera éstos han excluido de sus planteamientos teóricos el espacio de la sexualidad. La sexualidad, tal como la concibe Téllez siguiendo las teorías de Wilhelm Reich, no es simplemente genitalidad: se trata de una energía vegetativa autorregulada, activa consciente e inconscientemente en todo el organismo. La exclusión de este espacio no es sólo sintomática de la perpetuación de los esquemas patriarcales en algunas de estas teorías, sino que también en ella radica la clave para comprender la forma en que la sociedad ha modelado los roles de lo masculino y lo femenino. 

En un movimiento defensivo, la cultura se ha enfrentado al caos (la naturaleza, la sexualidad), instituyendo un orden del cual derivan la distorsión de lo biológico y la relación indirecta del individuo con su sexualidad. Así las cosas, la identidad sexual se subordina a los patrones sociales: la expansión sexual es reemplazada por el rol masculino de la agresividad y del dominio y por el rol femenino de la represión y la pasividad. Dentro de esta dinámica, la sexualidad femenina es considerada como una fuerza subversiva y asocial que es necesario reprimir con miras a que la mujer reproduzca y conserve la fisonomía de la sociedad patriarcal; su pulsión sexual es mutilada al limitarla únicamente a la función reproductiva. En este punto, Téllez homologa la situación de la mujer a la del proletario en una sociedad clasista: “ella desempeña, por sanción, la función de productora, y por jerarquía, el hacia las organizaciones patriarcales; papel de dominada. Pero a la inversa del proletario que vive su condición en la protesta, es decir, en la fragilidad de lo social, la mujer vive su estatus en la ineluctabilidad de lo natural” (pág. 20). 

La lectura crítica de Téllez pretende desmontar el arraigado principio según el cual la subordinación de la mujer es un hecho natural, y con este propósito señala las diferentes instancias en que ciertas teorías femenistas y antropológicas incurren en dicho planteamiento. Tal es el caso de El segundo sexo, donde Simone Beauvoir no escapa del biologismo al explicar las formas en la mujer vive su cuerpo como fatalidad, generando un erotismo pasivo. Así mismo, los planteamientos de esta autora validan la exclusión de la sexualidad del campo de la civilización, al considerar que la institución de la cultura requiere el triunfo del espíritu masculino, que logra alcanzar su trascendencia gracias al control sobre la naturaleza y los instintos por medio de la guerra y el trabajo. 

Por otra parte, Téllez evidencia cómo el modelo estructuralista de Lévi-Strauss conduce a la subordinación del orden económico con respecto al político, motivando las apreciaciones que subestiman el papel de la mujer dentro de las sociedades matrísticas. El autor destaca el hecho de que los estudios antropológicos pertenecientes a esta línea pasan por alto la devaluación sexosocial de la mujer en el proceso de transición hacia las organizaciones patriarcales; en éstas, la función procreativa está sujeta a condicionamientos externos que tienen como consecuencia la minimización de lo sexual. Este hecho lo señala también Joan Kelly en su ensayo “Family and society” (Women, history and theory, Chicago, University Press, 1984), donde se afirma que el control paterno sobre la sexualidad con fines económicos es un rasgo común a las comunidades patriarcales.  

Desde la perspectiva de Téllez, la visión integral de la cuestión femenina conduce al planteamiento de transformaciones dirigidas no sólo al desmonte de las estructuras patriarcales que determinan en parte la subordinación de la mujer, sino al de las capitalistas, sobre las que se fundamenta la sociedad clasista, puesto que “las formas de existencia económica de lo social —afirma Téllez— son igualmente formas de regulación de lo sexual y lo privado” (pág. 93). Las propuestas de Fourier, Marx y Reich conllevan una revolución necesariamente sexosocial que, en términos del autor de La sexualidad del feminismo, se plantea como una abolición de las clases y de la opresión de la mujer a través de “la lucha por el establecimiento de una economía sexual autorregulada” (pág. 95). 

Con sensatez, Téllez propone la apertura del discurso feminista, desmontando la tendencia de estos movimientos hacia el radicalismo y el aislacionismo: no se trata simplemente de asumir una posición de denuncia y de condenar la sexualidad del machismo, ni de culpar a “los hombres” o a “la sociedad” por el tipo de condicionamiento a los que está expuesta la mujer. Inscrito en el contexto de lo político y lo privado, el problema de la mujer se hace extensivo al hombre en tanto que su sexualidad es también objeto de las distorsiones sociales. Se trata, entonces, de que tanto hombres como mujeres tomen conciencia de las formas en que han interiorizado y mantienen las estructuras patriarcales, para que llevando a cabo una transformación social y política se libere a la sexualidad de los roles impuestos que generan antagonismos artificiales.

 

ALICIA FAJARDO M.