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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
Conmociones y revueltas
Estado
y subversión en Colombia.
La violencia en el Quindío, años 50
Carlos Miguel Ortiz Sarmiento
Cider-Cerec. Bogotá, 1985, 383 págs.
Estado y
subversión en Colombia
se destaca en
el conjunto de trabajos sobre la violencia en marcos regionales. A la afortunada
clasificación de las modalidades regionales de la violencia,
expuesta por Paul Oquist
(1)
en 1979,
siguieron los estudios de Darío Fajardo (1979), Jaime Arocha (1979), Urbano Campo (1980),
James Henderson (1980). Al abordar regiones distintas, estos autores incorporaron al
análisis aspectos peculiares de la violencia. En el libro de Ortiz Sarmiento se
identifican temas nuevos, y los ya estudiados se someten a un novedoso tratamiento.
El libro consta de seis partes distribuidas en
veintinueve capítulos, de una introducción, conclusión y anexos que incluyen mapas de
las diversas regiones del Quindío y gráficos y estadísticas sobre la violencia en el
país.
En la primera parte, el autor analiza el proceso
de configuración política de la población del Quindío. Los colonos que llegaron a
finales del siglo XIX traían consigo sus lealtades partidistas. Estas eran
particularmente fuertes, porque se vinculaban en no pocos casos a las experiencias
compartidas en las guerras civiles. En la hoja de vida de Carlos Barrera Uribe, jefe
político de Armenia hasta los años cuarenta, se destacaban sus méritos militares.
Ortiz Sarmiento describe a los grupos sociales
en los escenarios primarios: el municipio y la vereda. Señala la notable significación
del trabajo colectivo y la fuerza de organizaciones que se daba la comunidad, como eran
las juntas de pobladores que precedieron a los concejos. De ese panorama social van
emergiendo actores sociales y políticos. En el nivel más básico, y ante la débil
presencia del Estado, se destaca el hombre cívico de la vereda, quien cumple una doble
función: la organización del trabajo colectivo y la mediación entre la comunidad y las
instituciones municipales e incluso de más alto nivel.
A las mismas funciones, sólo que en diferente
escala, aparece asociado el jefe político del municipio o gamonal del pueblo, salido de
un sector en el cual se encuentran propietarios de muchas fincas y casas, compradores de
café, proveedores de mercancías, contratistas del municipio. El poder del gamonal se
derivaba de la posibilidad tanto de asignar cargos públicos corno de ofrecer trabajo
privado. El gamonal respondía a su modo a necesidades de veredas y barrios y mantenía su
función de representante de la comunidad ante el Estado. Al respecto, Ortiz señala la
paradoja consistente en que, si bien formalmente la burocracia expresaba al Estado, las
instancias estaban sujetas a las circunstancias de liderazgo político local (pág. 53).
En las elecciones el gamonal recibe su legitimación. A cambio de sus servicios obtiene
votos. Los electores van a las urnas guiados por dos tipos de motivaciones: las
ideológicas y las pragmáticas, que son diversas, como diversos son los grupos sociales
en que se originan.
En las elecciones no sólo el cacique o gamonal
recibe su confirmación. En ellas se legitima el conjunto del sistema político. Ortiz
Sarmiento trata de identificar las zonas comunes y la articulación entre el Estado
convencional, la oligarquía y el gamonal. El objetivo es loable y la argumentación
resulta convincente, cuando se trata del nivel regional. Sin embargo, el análisis se
torna confuso cuando se extiende al plano nacional.
Para el Quindío, el autor esclarece los
vínculos entre el poder económico, el gamonal y personal político.
Particularmente los exportadores quindianos
formaron parte del personal político de Armenia. Anota el autor que, a diferencia de los
gamonales, los hombres de negocios en el papel de políticos mostraban una notable
tolerancia. ¿Cuál es ese personal político? Es el integrado por los miembros de los
cuerpos colegiados y de los directorios políticos, y lo forman profesionales,
generalmente abogados, lo mismo que periodistas.
La función del politico tradicional es la de
convertir en actos institucionales las decisiones e influencias del gamonal. El coronel
Barrera y el abogado representante a la Cámara José de la Pava plasmaron, hasta mediados
de los años cuarenta, un buen ejemplo de la llave gamonalpersonal político.
La segunda parte del libro, que cubre el periodo
1945-1949, está dedicada al análisis de la transición hacia la violencia. Las
características del gaitanismo en lo nacional, y particularmente su desenvolvimiento y
efectos en el Quindío, constituyen el eje del análisis.
Con sus innovaciones en la forma de
movilización política, sus novedades en la agitación contra la oligarquía y su
caudillismo, el gaitanismo contribuyó a la promoción de un personal político hasta
cierto punto nuevo, que Ortiz llama los promotores del gaitanismo, secundados
por mandos medios locales de extracción liberal, entre los cuales ciertos disidentes
respecto a los caciques de siempre, o jóvenes políticos profesionales en ascenso (pág.
92). A la postre, y particularmente con la unificación del liberalismo, los caciques y
gamonales quedaron incorporados en masa al gaitanismo.
El autor subraya las excelentes condiciones
económicas que presentaba la región del Quindío en el período inmediatamente anterior
a la violencia. Armenia ocupa el segundo lugar después de Medellín, por la producción
cafetera. Esto condujo al auge en otros sectores de la economía, como el comercio y la
construcción, y estimuló un proceso de organización de sindicatos de patronos que
buscaban la eliminación de aquellos obstáculos que pudieran interferir los altos ritmos
de acumulación de capital.
Al mismo tiempo creció la participación
electoral, como lo evidenciaron las elecciones de 1946. El conservatismo en Armenia
capitalizó más notoriamente la participación electoral. En la misma ciudad, el
gaitanismo pasó a ocupar la posición hegemónica en el liberalismo, con el 64,5% de la
votación por ese partido. Ortiz anota cómo, al lado de algunas motivaciones
pragmáticas, los conservadores se veían estimulados por la retórica sobre el
enfrentamiento entre el bien y el mal y la defensa de la Iglesia. Al compás de ese
discurso, se fortalecían los nexos caciquiles entre los gamonales y las masas del
partido.
La
noticia del asesinato de Gaitán produjo en el Quindío, como en general en el país,
conmociones y revueltas. Ortiz anota que a la cabeza de ellas se pusieron jóvenes
profesionales y políticos de estratos medios y no liberales ricos. Las juntas
revolucionarias se mantuvieron por breve tiempo. Lo notable, después del 9 de abril, fue
el reforzamiento progresivo de los caciques y sus políticos. Esto se facilitó porque
aquellos dirigentes que habían desempeñado un papel visible en las jornadas se vieron
obligados a huir.
Las partes tercera y cuarta contienen quizá lo
más original del análisis en el libro de Carlos Miguel Ortiz. Están dedicadas al
estudio de las modalidades que tomó la violencia en el Quindío desde 1949 y hasta
comienzos del decenio de los sesenta. E autor describe la escalada de persecución a los
liberales que empieza con los aplanchamientos, castigo con el plano del machete, continúa
con los encarcelamientos y prosigue con el
fusilamiento de presos y los asesinatos. Esta cadena del horror, llevada a cabo por
civiles aplanchadores o por la policía, se desenvolvió en medio de la más
ostensible impunidad, garantizada por la connivencia de las autoridades para con lo
criminales. A los asesinatos se adicionaban el hurto y el chantaje, lo que a su vez
conducía al establecimiento de zonas solidarias entre la policía y la delincuencia
común.
En particular, resulta interesante la
identificación de los vínculos entre la policía y los gamonales y caciques.
Independientemente de cual fuera la instancia en que se producía el nombramiento de los
agentes éstos entraban en el sistema de lealtades y dependencias del gamonalismo. Sin
embargo, Ortiz trasciende el marco de la región para mostrar que lo que en ella
acontecía durante la violencia se inscribía en una lógica determinada por el gobierno
central y desarrollada en particular por ministro de gobierno y por el gobernador del
departamento comprometidos en la necesidad de usar todo los instrumentos
constitucionales hábiles para conjurar la subversión (pág. 164).
Igualmente, en la exposición se muestra cómo
en Armenia, en forma semejante a lo que ocurría en el resto de la Nación, la oligarquía
encontraba la manera de beneficiarse de la violencia, en la medida en que, en un clima
general de persecución, ésta se convertía también en represión al sindicalismo y en
castigo a los delitos y contravenciones contra la propiedad privada.
De manera clara se establece la red de apoyos
con que contaban los civiles que, sin investidura ninguna, se entregaron al asesinato y al
pillaje, fuese en forma colectiva, integrándose en cuadrillas, o de manera individual
utilizando la modalidad de los pájaros. Unos y otros entraban en el engranaje
constituido por hacendados, caciques, autoridades y policías. La cadena se iniciaba con
los trabajadores de las haciendas que, al mismo tiempo, eran cuadrilleros al servicio de
su patrono.
No queda por fuera del escrutinio de Ortiz el
examen del papel de la Iglesia. Los jerarcas aportaban argumentos que conferían a la
violencia un sabor de cruzada. Los párrocos realizaban en la práctica las orientaciones
de los obispos, en pleno acuerdo con los jefes conservadores locales y con las
autoridades. Sus nexos amplios con la población convertían al párroco en actor
privilegiado de la violencia en los escenarios locales. La lógica maniquea del
enfrentamiento político llevó a establecer una fácil convertibilidad entre
liberales, comunistas y protestantes.
La persecución llevó, a quienes era objeto de
ella, sea a la conformación de un grupo fuerte y protector, sea al apoyo a dichos grupos.
Estos mantenían estrechos vínculos con los gamonales liberales, cuyo respaldo era tan
importante como el de la comunidad misma. Al leer a Ortiz, sorprende la lentitud con que
se formaron las cuadrillas y guerrillas liberales en el Quindío, en comparación con lo
ocurrido en otras regiones. Por ejemplo, en Sumapaz y en el oriente del Tolima, en el sur
del mismo departamento, en San Vicente (Santander), los grupos armados surgieron
tempranamente desde finales de los años cuarenta.
Además de las funciones básicas de
defensavenganza cumplidas por cuadrillas y guerrillas, Ortiz identifica otras funciones
vinculadas a la redistribución privada, a la distribución del empleo originado en las
fincas. Así, los cuadrilleros no sólo cumplían funciones asignadas por los gamonales,
sino que no pocas veces los sustituían en el papel que estos desempeñaban antes de la
violencia.
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Después de proporcionar algunos elementos que
permiten comprender el funcionamiento interno de la guerrilla, el autor se adentra en el
análisis del proceso de su disolución. Este se produjo en función de causas múltiples,
dentro de las cuales se destacan: pérdida de la función defensa-venganza, debilitamiento
del apoyo de la población y de los gamonales, satisfacción, al menos parcial, de la
población liberal con los acuerdos del Frente Nacional, acción represiva del ejército.
A este respecto, Ortiz anota que en principio los grupos guerrilleros entraron en tregua
desde los comienzos del pacto bipartidista. La tregua se rompió por la ofensiva que
adelantaron las fuerzas armadas contra las cuadrillas inactivas. La parábola de
Chispas ilustra bien esa relación.
En el Quindio no se produjo la
transformación de los grupos armados en cuadrillas revolucionarias. En los casos en que
parecía posible tal evolución a través de la mediación del MRL (Movimiento
Revolucionario Liberal), ella fue interrumpida por la destrucción violenta de las
cuadrillas a manos del ejército.
A nuestro entender, el análisis comparativo
podría arrojar alguna luz sobre las causas que determinaron en unas regiones el salto de
grupos armados hacia la guerrilla revolucionaria. Sin pretender afrontar aquí ese
análisis, valdría la pena adelantar cierta verificación. Las regiones en las cuales se
produjo esa evolución habían sido escenario de luchas por la tierra en los períodos
anteriores a la violencia. No es este el caso del Quindío.
La quinta parte de Estado y subversión en
Colombia está dedicada al análisis del papel y la evolución del ejército durante
la violencia en el Quindío. No parece ser la parte más novedosa del análisis, aunque no
carece de interés retomar, a propósito del Quindío, enfoques que ya habíamos leído en
otras exposiciones sobre la violencia.
En cambio, resulta altamente sugerente el
análisis que se expone en la sexta y última parte del libro, los negocios de la
violencia o la violencia como negocio. En ella se muestra cómo sobre el lomo de los
conflictos violentos avanzaron formas nuevas de acumulación de capital. En la tupida red
de mediaciones entre el productor del café y el exportador surgieron personajes que
pudieron pescar en río revuelto. Ortiz señala en particular al fondero comprador
de vereda convertido en eslabón estratégico del comercio del grano y agente
estimulante de violencia. Igualmente, compradores urbanos de café encontraron en la
violencia los caminos del enriquecimiento personal. En uno como en otro caso, la función
económica tendió a respaldarse e imbricarse con el sistema de influencias políticas de
caciques y gamonales, preferentemente conservadores en el caso del Quindío.
En la producción misma se generaron formas de
redistribución del trabajo social. También aquí se consolidaron agentes económicos que
vieron fortalecido extraordinariamente su papel gracias a la violencia. Este es el caso de
los agregados. Estos pudieron ejercer presiones tanto sobre los patronos como sobre
los jornaleros, en provecho de su enriquecimiento personal.
Contra
lo que pudiera en principio pensarse, la violencia no se acompañó del estancamiento
económico. El café no se perdía y el Quindío participaba en los beneficios que traía
la bonanza de los precios en el mercado externo. Esto se producía sobre procesos que
implicaban recomposición de capitales, surgimiento de titulares nuevos de la propiedad y
ruina y éxodo de otros, etc.
Como se refleja en lo hasta aquí expuesto, son
varios e indudables los méritos y aportes del libro Estado y subversión en Colombia. De
manera viva se presentan los agentes de la violencia en el Quindío como cifras
significativas de grupos sociales que son los verdaderos protagonistas en la obra
de Ortiz. Aunque el título destaca al Estado, éste se desdibuja en el análisis concreto
y en primer plano aparece el tejido de la sociedad civil. Al leer a Ortiz se impone la
conclusión de que las continuidades y rupturas en la historia política colombiana se
advierten más claramente en la peripecia de los partidos y la red de lealtades que ellos
comportan que en la trayectoria de las instituciones. Así, el Estado puede sufrir
derrumbes, colapsos, sin que ello signifique la quiebra del
sistema político.
Aunque el autor usa una variada gama de fuentes,
desde informes estadísticos hasta expedientes judiciales, sobresale el amplio uso de las
fuentes orales. Estas son imprescindibles por la naturaleza del trabajo. Sin embargo, en
varios pasajes de la obra asalta al lector la pregunta sobre la base factual de ciertas
conclusiones. Sobre qué número y qué tipo de entrevistas se respalda una u otra
aseveración. Esta observación es útil consignarla, por cuanto el uso de la historia
oral es creciente en Colombia y no se acompaña de la necesaria vigilancia crítica, que
suele reservarse para el tratamiento de las fuentes escritas.
No es afortunada en el libro de Ortiz la
relación entre análisis regional y nacional. Cuando del Quindío trasciende al plano
nacional, el autor termina rindiendo tributo a versiones bastante convencionales sobre
períodos de la historia de Colombia. Tal es el caso de las referencias al movimiento
sindical en la segunda mitad de los años cuarenta.
La pretensión de novedad ampliamente
justificada en su trabajo lleva al autor a mirar piadosamente hipótesis distintas de las
suyas. Sirve de ejemplo la alusión al término la violencia como revancha
terrateniente. Aunque no es aplicable para el Quindio, no pueden negarse las
posibilidades que tiene para explicar la violencia en otros entornos. Revancha
terrateniente y resistencia campesina son expresiones que guardan notable legitimidad
metodológica en el estudio de la violencia en el sur del Tolima, en Sumapaz y en otras
regiones del país.
Abunda en la exposición la utilización de
ciertos términos que se usan con sentidos tan variados que terminan vaciándose de una
connotación clara. Tal es el caso del concepto sobre trabajo.
Aunque en la obra se evidencia una preocupación
por el estilo literario, el discurso se torna a veces farragoso y da lugar a párrafos
cuyo sentido resulta indescifrable.
Estado y
subversión en Colombia
hubiera ganado
con una estructura más simple. Resulta excesivo el número de capítulos y la
proliferación de títulos y subtítulos que fragmentan innecesariamente la exposición.
Las pocas observaciones críticas no dementan el
valor general del libro de Carlos Miguel Ortiz, que goza hoy de un lugar destacado en la
investigación sobre la violencia y que a su vez invita a extender a regiones nuevas el
análisis que en forma muy competente realizó el autor para el Quindío.
MEDOFILO MEDINA
(1) Esta clasificación está expuesta en el capítulo La
regionalización estructural de la violencia, en Paul Oquist, Violencia,
conflícto y política en Colombia, Bogotá, 1978. (Regresar a
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