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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
Las dificultades del
etnógrafo
Semejantes a
los dioses. Cerámica y cestería emberá-chamí
Luis Guillermo Vasco Uribe
Universidad Nacional de Colombia, Bogotá,
1987
Dos imágenes del etnógrafo nos son cercanas en
la actividad de su saber. Una es la presentada por Borges en su narración de 1969 como
parte del Elogio de la sombra. Otra es la del etnógrafo positivista que intenta a
toda costa monografiar aspectos de la cultura en una sociedad dada. A esta segunda imagen
corresponde el libro del antropólogo Luis Guillermo Vasco, en el que se presentan
aspectos de la cerámica y cestería emberáchamí bajo el título de Semejantes a
los dioses. Allí emergen con precisión las dificultades del etnógrafo, las cuales
son vistas con interés, dado que el autor ejerce como maestro de esta disciplina en la
Universidad Nacional, desde donde podemos entrever las dificultades en la enseñanza de la
etnografía.
El autor se ata
obstinadamente al modelo monográfico. El libro está dividido en dos partes, una dedicada
a presentar la cerámica y la segunda a la cestería, como labores artesanales
de los emberá de vertiente.
Cada una de estas partes constituye una breve
monografía, en correspondencia monotemática, articuladas bajo un título y unas sucintas
conclusiones, como resultado de un año de trabajo de
campo en las zonas del Chamí (Risaralda) y del Garrapatas (Valle del Cauca)
(1)
.
Las dos monografías presentan una
secuencia e ítems similar a las descripciones etnográficas de finales del siglo XIX y
primera mitad del presente, en las que predomina un criterio empíricoclasificatorio y
un bajo recurso conceptual respecto a estas artes de la denominada cultura
material. El autor privilegia en su presentación las variantes relacionadas con la
materia prima, las técnicas de su elaboración, la tipología, la decoración, la
mediación del trabajo, la ideologizaciónde estas artes y los
procesos de cambio ligados a su transformación en mercancías. Pero en esta opción
investigativa es donde se dan con mayor precisión sus dificultades etnográficas.
En primer lugar
señalamos que, en lo relacionado con la materia prima usada en la cestería, el autor
menciona la utilización de una cantidad de bejucos y algunas plantas cuya forma las
asemeja al bejuco sin serlo (pág. 97) y otras plantas, de las cuales es la
corteza la que suministra la materia prima para la cestería (pág. 97). De estas
plantas da el nombre común en español, y en algunos casos la designación en lengua
nativa, pero no es presentado en ninguna parte un criterio biológico, como sería su
descripción y taxonomía botánica, que permita precisarlas y elaborar una lectura
comparativa con otras territorialidades emberas u otras regiones etnológicas. Algunos de
los nombres de estas plantas, al ser referidos en español, están asociados a un espacio
animal, lo cual no queda bien explícito en cuanto a su significación a lo largo del
texto. Es sabido el criterio universal, para las sociedades amerindias, de los
enclasamientos del mundo natural entre plantas y animales determinados desde el punto de
vista particular de la cultura, como continuidad de fuerzas y presencias entre uno y otro
orden, en comunicación con lo social. Un enclasamiento no es propiamente una
clasificación de una planta o de un animal, sino más bien una designación desde un
criterio topológico, dado que uno u otro orden comportan espacios correspondientes en
expresión vital, manifestada como planta o animal, desde una misma perspectiva cultural.
Es así como una planta puede ser vista comoel alimento de un animal, los cuales
planta y animal se convierten en emblema de un segmento social.
Este sería el caso de un enclasamiento emblemático espaciado en el orden de las plantas,
los animales y la sociedad.
Esta imprecisión etnográfica del autor deja
abierto un vacío en la información, el cual no es llenado siquiera cuando se presenta la
designación endógena, puesto que estas palabras no son presentadas con un criterio
morfosemántico, lo cual ata la palabra a un significado ajeno a su criterio endógeno,
puesto que es dado como traducción al español regional y no a la significación en el
campo de la misma lengua. Tampoco se explica el tipo de grafía adoptado y sus
correspondencias fonéticas con la lengua o dialecto emberá en que han sido
recogidos.
¿Cómo se darían posibles enclasamientos entre
planta, animal, cesto, diseño, cestería y uso individual o social? ¿Y cuál es su
recorrido designante y de sentido cultural? El autor presenta un dato etnográfico
valioso, que en parte responde a estas inquietudes. En opinión del antropólogo, el
consumo de la chicha de maíz hace a los emberas semejantes a los dioses; de ahí
el título del libro. Es el maíz y su transformación en chicha lo que determina un
enclasamiento, en el que alfarería, cestería, arte culinario y alimento territorializan
lo social, determinando allí una adscripción de identidad: En ese contexto aparece
en forma nítida una relación entre canastos y cántaros de barro. Los inpurr son
utilizados para llevar la semilla del maíz que va a ser regada en el monte o en el
rastrojo. Cuando la cosecha va a ser recogida, grandes e son el vehículo para
transportarla hasta la casa y, a veces, para guardarla mientras se desgrana. En el proceso
de desgranado, e, echaké, jabara, canasticas reciben el grano en su interior.
Más tarde, en la transformación de las
diferentes clases de maíz en alimentos, sea en mazamorra, chicha o harina, intervienen
ampliamente jabara de todos los tamaños y características. Y de ellos pasa el maíz a
los grandes cántaros de barro u, en los cuales va a ser tostado y convertido en crispeta.
Molido en harina, ésta es almacenada en jabara.
O bien pasa de los jabara y e a las
piedras que van a quebrarlo con miras a su transformación en mazamorra, o en colada de
maíz (chicha). La primera hervida en los kuru, la segunda fuertiada en los chokó
[...].
Todas estas asociaciones entre ambos
productos, encontradas a cada paso en la vida diaria, son corroboradas también por el
mito, como sucede en el sitado de Betata, en el cual canastos y cántaros aparecen con un
origen común, enseñada su fabricación por ese personaje femenino, y ligados claramente
con la producción y transformación del maíz (pág. 145).
Por ello el autor afirma en la sección dedicada
a la alfarería: la humanidad de los emberá proviene del maíz en su forma de
chicha. Son, entonces, hombres de maíz, hechos del maíz. Por eso, una mujer del río
Machete, afluente del Garrapatas, decía que los antiguos eran los Bembera, es decir, los
Be-emberá, gente del maíz (pág. 90). En lengua emberá, la palabra be es
la designación del maíz.
Tanto los canastos como los cántaros están
impregnados de figuras y diseños en relación con la variedad tipológica, de uso y
elaboración; sin embargo, el etnógrafo se ha encontrado ante la opinión que la enuncia
que esas figuras son de antigua y que las hacen para que se vean más
bonitas (pág. 131), anotando la imposibilidad de ir más allá en la
búsqueda de una significación más profunda (pág. 131). En esta enunciación, el
etnógrafo reconoce con precisión sus dificultades, puesto que no encuentra respuesta de
significación a los diseños encontrados, ya sea porque, según él, lo han olvidado o no
le han querido dar la información correspondiente. En este segundo caso, surgiría una
duda no respecto a los emberas sino de ellos respecto al etnógrafo, al optar por no
entregarle la información simbólica a pesar de que el autor afirma tener más de
diecisiete años de trabajo con ellos (pág. 7). Siendo ésta una zona
cultural donde persisten la mitología y el jaibanismo (chamanismo), es difícil pensar
que la significación simbólica de los diseños, que marcan su pertinencia al criterio de
gente-maíz, haya desaparecido. Tal vez el principal factor de desproporción en la
obtención de información sea la de una desorientación cultural para obtener el dato
etnográfico, cuyo camino bien puede estar dado por los senderos de la indagación
etnolingüística. Sin embargo, el autor opta por la tesis de la despersonalización
cultural de los emberá, en el camino de la desnacionalización por el cual se los empuja
diariamente (págs. 92 y 139-143).
El etnógrafo, sin ser estructuralista, indica
la necesidad de buscar una significación más profunda, como si existiese una
superficie cultural y una geomorfología de la cultura. Tanto el diseño como su
significación, a pesar del estructuralismo o del marxismo-estructuralista, se encuentra
en la inmediatez misma de la cultura, en su superficie vivencial. Nada está oculto, lo
cual es distinto de que se niegue la comunicación de la significación de la cultura.
Ante esta dificultad, es fácil optar por una opinión ideológica, como es la
despersonalización cultural y la desnacionalización.
Si bien es
cierto que estos grupos étnicos han vivido un proceso de agresión cultural etnocida, es
bastante exagerado esbozar la tesis de la despersonalización cultural. En
diferentes contextos del libro, el autor usa ese concepto sin lograr presentarlo de manera
precisa. Lo relaciona con los procesos de cambio cultural provenientes del contacto con la
cultura occidental, y agenciados particularmente por los misioneros católicos en sus
labores de evangelización y educación amparados por el concordato, así como por los
efectos de la colonización y comercialización de tierras, objetos y fuerza de trabajo.
Pero aun así, resulta exagerado hablar de despersonalización cultural y
desnacionalización. La desaparición de algo que pudiera denominarse
personalidad cultural marcaría de facto la desaparición de la comunidad o
sociedad como tal y la disgregación de sus individuos. Estos, sin embargo, optarían
inevitablemente por otra opción de personalización cultural y por
adscribirse parcial o totalmente a otra comunidad o sociedad. Si éste fuese el caso, no
se les podría seguir designando como semejantes a los dioses, y aun así no
estarían en situación de despersonalización sino de
repersonalización cultural o de renovación de su personalidad
cultural, independiente de cualquier tipo de juicio moral respecto a si corresponde
al bien o al mal, porque a pesar del proselitismo cultural de los misioneros, de los
colonos o de las instituciones del Estado, son los individuos emberas quienes deciden
adscribirse o no a otra señalidad cultural. No existe, en sentido estricto, una
despersonalización cultural, un despojo de cultura por parte de una comunidad
o un individuo, puesto que la cultura es su impronta de existencia. Por lo demás, el
cambio cultural es innegable e inherente a cualquier existencia, y aun a pesar de las
prácticas etnocidas no es posible encontrar individuos, comunidades o sociedades en
estado de despersonalización cultural.
El concepto de desnacionalización
está relacionado con el anterior, sin ningún tipo de esbozo. Es apenas mencionado como
término. Sin embargo, corresponde a una idea impartida en los claustros de enseñanza.
Consiste en considerar a las comunidades o sociedades étnicas como tendientes, en un
evolucionismo lineal, a constituirse en naciones. Esta idea, surgida desde el
evolucionismo de Lewis Morgan y retomada por algunas corrientes del marxismo (Engels,
Lenin, Stalin, Mao), constituye otra dificultad etnográfica en el conocimiento de estas
comunidades y sociedades, puesto que la etnología hace rato mostró cómo existen
sociedades cuya posibilidad endógena no mira hacia la concreción de su existir como
nación o como estadonación. Una intención de nacionalidad implica, además de una
adscripción territorial fija y sedentaria, la conjunción y constitución centralizada de
un poder coercitivo estable. Para el caso de los emberas, y para la mayoría de las
comunidades étnicas que perviven en el territorio denominado Colombia, su propuesta de
vida social no es la de una nacionalidad o la constitución de un poder coercitivo. Si se
tiene en cuenta la documentación etnográfica respecto a las otras comunidades emberas
diferentes de las estudiadas por Luis Guillermo Vasco, como son las del litoral pacífico
o las del Sinú, se puede ver claramente cómo este criterio no existe en su
personalidad cultural, puesto que su rasgo histórico ha sido el de la
movilidad nómada. De tal manera, tampoco es preciso mencionar un camino de
desnacionalización cuando en ellos no existe una voluntad nacional o de
nacionalidad.
El libro de Vasco muestra un punto de
concreción de la etnografía enseñada y ejercida en la Universidad Nacional. Pero sólo
es un punto, puesto que allí se han puesto en ejecución prácticas diferentes en el
ejercicio de este saber, más cercanas al postulado de la búsqueda del sentido cultural
narrado por Borges en El etnógrafo.
La impresión, hecha por la Universidad
Nacional, está influida por el mismo criterio monográfico del autor, dejando grandes
espacios en blanco que impregnan una sensación de vacío textual, en contraposición a
páginas en las que se aglutinan en exceso y estrechez las ilustraciones. La impresión
fotográfica adolece de falta de precisión y contraste, además de excesiva economía en
el tamaño de la imagen y de desubicación respecto al texto.
WILLIAM TORRES C.
(1) Es de anotarse que los
emberas habitan también el litoral pacífico en el Chocó, y regiones del Caquetá,
Córdoba y Panamá. (Regresar a 1)
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