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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
Nada explica mejor la vida que un amanecer
Himalaya
José Fernando Machado
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1986,
269 págs.
Hay dos razones para ir al Himalaya: buscar los
límites del propio ser y comprender que el miedo a la muerte es la forma más intensa de
vivir. Por lo menos así piensan algunos montañistas. Para ellos, la montaña es tan
sólo el medio para llegar a ese límite; y para lograr un mayor conocimiento de sí.
En el fondo, éste ha sido el anhelo de muchos
viajeros. Desde Ulises. Las literaturas de todas las épocas están llenas de tales
relatos.
A través de la historia, nuestra América ha sido
la meta de innumerables aventureros que nos han dejado el recuento de sus viajes. Baste
mencionar a Colón y a todos los que escribieron las crónicas maravillosas del
descubrimiento. Otros siguieron sus pasos: Humboldt, Carlos Wiener, el doctor Jules
Crevaux. Ahora, son unos colombianos quienes viajan a un continente lejano para traernos
sus crónicas. Se trata nada menos que del relato de lo visto y lo vivido por la primera
excursión colombiana al Himalaya, escrito por José Fernando Machado, uno de los
participantes.
El 9 de mayo de 1984 salen de Bogotá el
instructor de la Cruz Roja de Ibagué, Manuel Antonio Barrios; Marcelo Arbeláez,
estudiante de geología de la Universidad Nacional, y el arquitecto José Fernando
Machado, presidente de la Asociación Colombiana de Montañismo. Posteriormente se les une
Raymond Bodenmann, empleado suizo de la firma Nestlé en Bogotá.
Van con destino a Pakistán, con el objeto de
ascender el monte Falchan Kangri, una de las catorce montañas del mundo que sobrepasan
los ocho mil metros sobre el nivel del mar, cerca de la frontera china. En realidad, es el
duodécimo pico más elevado del planeta, también denominado Broad.
La primera etapa del viaje transcurre en Europa.
En París adquieren los equipos necesarios; en Zurich finalizan los arreglos con la
empresa Ski & Berg. especializada en organizar este tipo de excursiones. Así, los
colombianos forman parte de un grupo mayor, con varios alpinistas europeos.
Pasan a Rawalpindi, la ciudad paquistaní que
tiene al norte las montañas heladas y yermas del Himalaya, y al sur el horizonte ardiente
y desolado del desierto de Thar. Allí se encuentran con sus cinco nuevos compañeros,
entre quienes están el médico Martin Kraska y la única mujer del grupo, Hanna Müller.
De acuerdo con las normas del país, el grupo debe ir acompañado por un oficial de
enlace. Les corresponde el legendario Ashraf Aman, militar paquistaní del ala del
ejército encargada del montañismo y del rescate, quien ha acompañado decenas de
expediciones a los picos más famosos.
Ultimados los preparativos, parten en avión
sobre cientos o miles de cumbres inaccesibles, agujas de granito, aristas, paredes,
cortinas de hielo, gargantas que forman desfiladeros, canaletas, collados y crestas
torturadas interminables (pág. 53), hasta Sakardu, a orillas de Indo. Tras una
corta etapa en campero a Dassu, empiezan a caminar los 140 kilómetros que los separan del
pie de la montaña. Van por senderos a orillas del río Braldo, en un lento ascenso al
sitio en donde levantan el campamento base, a cinco mil metros de altura. Hasta allí los
acompañan 67 porteadores que transportan a las espaldas 1.700 kilos de equipos y
alimentos.
En este recorrido pasan por aldeas de agricultores
y pastores; pueblos baltíes, que habitan la cuenca del Indo y hablan idiomas
descendientes del antiguo tibetano. Aquellos parajes están llenos de leyenda: con
frecuencia se topan con las ruinas de las posadas de antiguas caravanas en la ruta hacia
Turquestán o Cachemira. En ciertos pueblos, las observaciones son fantásticas. A tres
mil metros encuentran las últimas poblaciones baltíes, que no utilizan la rueda, no
beben cocacola y a cuyas calles reemplazan terrazas que son prolongaciones de las propias
viviendas.
El grupo disminuye a medida que avanza. Al rebajar
las provisiones, quedan porteadores cesantes, a quienes cancelan sus servicios y devuelven
hacia Dassu. A 4.800 metros sucede el primer accidente. Mahdí, un cargador, cae en una
grieta oculta entre la nieve. Manolo, el socorrista de Ibagué, lo salva. Desde ese
momento, los colombianos se hacen famosos entre los naturales y éstos empiezan a
designarlos con el nombre genérico de Man-o-lu. Pero es la primera llamada de atención.
El peligro se hace cada vez más inminente.
A cinco mil metros se topan con otra expedición:
se trata de unos suizos que se dirigen a un pico cercano. Sus campamentos base estarán
vecinos. Aquí quedan los servicios de enfermería, radioteléfono, cocina, depósito. La
mayoría de los naturales parten de regreso.
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A seis mil metros el organismo experimenta un
deterioro paulatino; la permanencia a más de siete mil en buenas condiciones se reduce a
días; y sobre ocho mil, a horas. A estas alturas, la presión del oxígeno es menor del
50% de la del nivel del mar. Hay cambios significativos en el ritmo cardíaco y en la
respiración. Comienzan el insomnio, los dolores de cabeza, la pérdida de reflejos, las
alucinaciones, la deshidratación, el mareo; piel, labios y lengua se resquebrajan por la
sed y por la intensidad de los rayos del sol; amenaza el peligro de edemas pulmonares y
cerebrales, de dedos congelados y de la necesidad de amputarlos a causa de la gangrena
gaseosa. Además, el constante riesgo de los aludes, de las rodadas a precipicios
indescriptibles, la pérdida del camino. Y como si fuera poco, disminución de la moral;
brotan los sentimientos reprimidos, comienzan las recriminaciones entre colegas, el mal
genio, la nostalgia, los sentimientos de culpa, y la pregunta obsesionante:
¿,Quién me mandó a meterme en esto?.
A partir del campamento base deben ir fundando
otros campamentos más elevados. Es una especie de yoyo. Suben un tramo y regresan. Luego
intentan otro tramo mayor. Descansar no es suficiente. Para reponerse tienen que bajar a
donde el aire no se encuentre tan enrarecido.
Todo parece estar en contra. Los días de tiempo
favorable son escasos. Las fuerzas físicas y morales se desgastan. Las semanas corren, el
dinero se acaba. Pero finalmente alcanzan el éxito. Con suerte, tesón y el apoyo de todo
el grupo, un colombiano logra plantar su bandera a 8.047 metros, en el pico del Falchan
Kangri, y todos regresan felices.
El estilo de la narración es fresco, directo, sin
pretensiones literarias. Hay una voz narrativa que refiere los hechos en forma
testimonial. Además, intercaladas de vez en cuando, aparecen notas del diario de Machado,
de cierto carácter íntimo, lo que establece un contrapunto con la objetividad del resto
del relato.
Encontramos además el producto de una interesante
investigación. Aunque no se mencionan las fuentes bibliográficas, se hace referencia a
otras expediciones, a escaladores famosos que murieron en su intento, a ciertos sucesos
históricos y geográficos, que en su conjunto forman un telón de fondo de los hechos
narrados. El texto está complementado por dos mapas muy ilustrativos sobre el desarrollo
del ascenso. Harían falta, sí, otros mapas generales y, sobre todo, fotografías.
El autor repite varias veces la misma inquietud:
¿para qué subir a la montaña?. Los mismos paquistaníes no lo comprenden.
Se unen a la expedición para ganarse una rupias. Pero se niegan a pasar de los cinco mil
metros porque saben que en lo alto apenas hay hielo, soledad y muerte. Las respuestas para
los escaladores occidentales tampoco son claras, pero no pueden dejar de subir. Tal vez
quieran afrontar y conocer sus propias miserias. O simplemente asomarse a uno de los
balcones más altos del planeta y de la creación. Después de una noche de pesadilla a
seis o siete mil metros, con treinta grados bajo cero, con hambre y sed, cansancio y
sueño atroces, solitario, perdido en medio de la ventisca, el escalador exclama ante la
llegada del alba: Nada explica mejor la vida que un amanecer (pág. 266).
ALVARO PINEDA BOTERO
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