|
Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
El homenaje justifica el libro
El padre Gabriel Giraldo,
S.J.,
La fuerza del
carácter
Alberto Dangond Uribe
Plaza y Janés-Epoca, Bogotá, 1987.
Antes que a un libro, se impone la referencia a un
emocionado y merecido homenaje. Estas páginas son apenas accesorias. Trémulos de ternura
y de gratitud, los cerca de dos mil hijos del padre Gabriel Giraldo, decano y
emblema perenne de la facultad de derecho de la Universidad Javeriana y uno de los hombres
a un tiempo más conocidos y más desconocidos del país, celebraron en Medellín y en
Marinilla, su pueblo natal, ochenta años de la existencia de este sacerdote ejemplar.
El elogio quiere expresarse, pero no resultaría
iluminativo. El testimonio dado por una vida es más diciente, pero se resiste a ser
trasladado a la palabra. Desvelar los secretos del padre Giraldo tiene, me parece, algo de
impúdico, y abordamos el libro con el temor incontenible de quien está invadiendo una
esfera vedada. Sin embargo, la curiosidad impone la lectura de un documento poco usual.
Me uno al homenaje. Pero, en cierto modo, deploro
el libro. En esta breve reseña, intentaré explicar ambas aserciones.
La historia de los jesuitas está surcada por lo
emocionante. Un oscuro crimen inexpiado, una caverna, una batalla, una espada, un milagro,
los garitos y los lupanares de Montmartre, un concilio interminable y la aparición del
anticristo Martín Lutero, vieron nacer, con Ignacio de Loyola, la Compañía
de Jesús. Un apóstol se interna en el Japón, con el valor de quien hoy predicase a
Cristo en las calles de Teherán. Otros, más tarde, se aventuran en la China y llegan a
tener más influencia ante los emperadores que la que lograra Marco Polo en la corte de
Xanadú. Su secreto: fueron tolerantes. Occidente no pudo soportarlo. Fueron desterrados,
pero dejaron admirables cartas edificantes. De igual manera sucumbió la increíble
aventura de las misiones del Paraguay y del Orinoco. Humboldt y el cine lo han bellamente
atestiguado. La educación en América les debe casi todo. La Universidad Javeriana es un
ejemplo. Fue fundada en 1622 por el padre Mas Burgués (su nombre es una mera ironía del
destino). Uno de los primeros javerianos llamóse Lucas Fernández de Piedrahíta, obispo
de Panamá, ilustre cronista y descubridor de las singulares islas de los Galápagos.
Han sido perseguidos y vilipendiados; innumerables
veces expulsados. Acaso no hay mejor testimonio de sus bondades que aquél. Los campos de
concentración, monumento único a la infamia, vieron morir a un santo mártir polaco. Y
el 6 de agosto de 1945, las ruinas pavorosas y radiactivas de Hiroshima soportaron los
pasos trémulos del primer sobreviviente, del primer socorro llegado a los desdichados;
llevaba en sus manos la cruz de Cristo y se llamaba Pedro Arrupe.
Uno como ellos es el padre Giraldo. Temple
militar, carácter. La fuerza del carácter. El título constituye un real acierto. El
padre Giraldo ha encarnado como pocos, y es fama entre sus discípulos, el vigor de la
personalidad. Su presencia induce a lo que los abogados llaman temor
reverencial. Es un misterio a cuyo influjo nadie puede escapar y que se halla en muy
contados seres humanos.
Nació el 24 de enero de 1907. En la pobreza
se educan bien los caracteres, es el resumen de su infancia. Algo muy semejante a un
milagro decidió el curso de su vida (pág. 46). Se identificó con los principios de la
regla: pobreza, castidad y obediencia. El jesuita abdica por completo su libertad; es un
esclavo de la orden y de cada uno de sus superiores, al modo militar. La orden entera, a
su vez, es esclava de la voluntad papal, por expreso designio de su fundador.
Viajó a Europa. Fue testigo del
estallido de la segunda guerra mundial; lo vemos, curioso, mezclado entre el público
cuando Mussolini, en su célebre balcón de la Piazza Venezia, decide que Italia entre en
liza. Volvió el padre a Colombia, enseñó historia de la Iglesia y fue maestro en el
colegio de San Bartolomé hasta cuando el destino lo colocó en la facultad de derecho. Se
aficionó desde entonces a los tintos, al whiskey ocasional, a la universidad, al
afecto, a la charla, a la lealtad, a la severidad, a la justicia y a los avatares de la
política, sin intervenir activamente en ella, aunque muchos no lo crean, pero gozándola
a través de los periódicos, de las conversaciones o de los discursos de Laureano Gómez,
aquél que con pasión peroraba: "¡Y tu Crispín mal hombre... !".
Propaló autoridad y respeto, impulsó la
creación de la Fundación Gabriel Giraldo y se dedicó a edificar principios éticos
dentro de sus alumnos, así como a preparar con minucia cada nueva edición de la
aprestigiada revista Vniversitas.
Como el rey Ciro de Persia, que sabía llamar por
su nombre a todos los soldados de su ejército, el padre Giraldo ha sido memorioso. Conoce
al dedillo los nombres no sólo de sus alumnos sino los de los miembros de sus familias, y
no olvida detalle que concierna a cualquier miembro del impresionante catálogo más
por su calidad que por su cantidad de los que por sus aulas han pasado.
Ciertas facetas notables de su personalidad han
pasado casi inadvertidas. Quiero ahora hacerlas resaltar. Es escritor correctísimo, como
lo asevera el prologuista del libro, Nicolás del Castillo. Conoce admirablemente la
historia de la Iglesia. Hace unos años, tuve la rara ocasión de comprobarlo. Participaba
yo en un concurso televisual. La historia eclesiástica era una de mis muchas ignorancias.
Sólo una obra especializada podía darme los nombres de los generales de la Compañía de
Jesús. Sabedor de los conocimientos del padre Giraldo en aquellos abscónditos recodos
del saber, le pregunté, casi al azar, por los cinco primeros. Sin la menor vacilación me
respondió:
San Ignacio de Loyola, Diego Laínez, san
Francisco de Borja, Everardo Mercuriano y Claudio Acquaviva. Sin embargo, mono (todos sus
discípulos son monos, incluso los que no desmienten su ascendencia africana),
llámeme a las cinco.
Creí que lo olvidaría. No obstante, a las cinco
en punto de la tarde, escuché su voz seca y cortante. Sin preámbulos repitió la lista.
Había consultado. Y estaba en lo cierto.
Es su voz la voz del siglo XX. Sus menciones
abarcan desde un inicio, que no es fortuito, con el aciago 9 de abril, hasta los últimos
presidentes de Colombia; con todos ellos ha tenido trato. El libro pasa sobre importantes
figuras del siglo, como Gandhi, aquel hindú que enseñó que la fuerza no reside en el
vigor físico ni en las armas sino en la voluntad indomable. Ilustres sacerdotes,
políticos notables, pasan por sus hojas. Se echa una mirada sobre las supuestas crisis de
la Iglesia y de la Compañía de Jesús. Sus conceptos, los pocos que Dangond no
monopolizó, son lúcidos. Las leyes en Colombia deben antes aplicarse que reformarse.
Instituciones tenemos, recalca, cuyo único objetivo parece ser el de estorbar la labor de
las demás.
No es reprobable profesar doctrinas políticas.
Dangond lo hace. Quizá el padre Giraldo comulgue con él en sus gustos. Lo que sí no
creo aceptable es el permanente intento por comprometer al entrevistado con las teorías
del entrevistador, más cuando el primero aduce, con insistencia no escuchada, que sus
discípulos, a sus ojos, no tienen partido. No son ni liberales, ni conservadores, ni
comunistas. Son, antes que todo, javerianos.
Una referencia literaria es interesante. Dangond
trae a cuento una novela, poco conocida, de Pedro Antonio de Alarcón: El escándalo. Un
hombre, Fabián Conde, es atropellado por la vida, por la injusticia; acude al padre
Manrique, jesuita, en busca de consejo. Sus enseñanzas profundas harían merecer mejor
suerte a la novela dentro de la literatura universal, mas en un mundo de valores
trastocados no debe extrañarnos su injusto olvido.
Al final, sin embargo, nos queda el sabor
empalagoso de la excesiva referencia a Fabián Conde y al padre Manrique, en las páginas
de Dangond, relacionadas, lo que es peor, con oscuras reivindicaciones suyas, que no
quieren mencionar hechos ni nombres y que aspiran a ser avaladas por la bendición del
padre Giraldo. Si bien ellas pueden ser justas el sorprendido y perplejo lector no
puede saberlo, no parecen de recibo en un libro cuya aspiración es bien otra que la
de hacer denuncias personales.
Y es que la obra en sí, infortunadamente, es
harto pecadora. Porque Dangond, cuya inteligencia y conocimientos nadie puede desconocer,
ignora, hasta lo indecible, el sentido del humor. Prefiere a menudo los dudosos caminos
del panegírico y del autoelogio. Las preguntas son deshilvanadas; no obedecen a ningún
orden. Y no se abstiene de formular las que sugieren determinada contestación. El libro
consigna repeticiones inútiles, que apenas si indican que se pasó distraídamente de la
grabadora a la prensa. La edición, por otra parte, es deficiente. Frecuentísimas faltas
de ortografía y de puntuación. denuncian el apresuramiento. A menudo, el lector lo
comprobará, es preciso acudir al contexto para dilucidar quién es el que habla, si
Dangond Uribe o el padre Giraldo, o sise trata acaso de una página de Laureano Gómez.
El homenaje justifica el libro. La obra de la
Fundación Gabriel Giraldo debe ser impulsada. Es esta obra, por ahora, el mejor documento
escrito que poseemos de aquella vida que reclama unas improbables memorias o una
biografía bien lograda. Nada obsta para que en el futuro alguien la emprenda. Yo, por mi
parte, uno de los dos mil hijos del padre Giraldo, no puedo considerar esta serie de
entrevistas como el recuerdo palpable, definitivo y perdurable de la figura inolvidable de
un verdadero maestro.
LUIS H. ARISTIZABAL
|