Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988

Un nuevo enfoque


Mataron a Gaitán
Herbert Braun
Universidad Nacional, Bogotá, 1987, 385 págs.

A Herbert Braun, como a muchos de su generación, la pesadilla de lo sucedido el 9 de abril de 1948 en Colombia, y particularmente en Bogotá, lo ha perseguido continuamente. Braun, hijo de alemanes nacionalizados, ha escogido el mejor camino para exorcisar ese recuerdo: ha intentado entenderlo. En 385 apretadas páginas se acerca a los protagonistas del “bogotazo”, destacando tres tipos de actores: un individuo que expresó políticamente a su clase —Gaitán—; una elite para la cual ese individuo fue un estorbo, a pesar de tener que aceptarlo; y finalmente, una multitud que fue pacientemente conquistada por el caudillo y lo siguió hasta su muerte.

Lo novedoso del trabajo de Herbert Braun, y en lo que se distancia de otros historiadores de ese fatídico viernes de abril del 48, radica en el estudio de las motivaciones de los diversos actores. Esto le da al texto un sabor psicológico, que lo coloca en una nueva perspectiva ante un tema relativamente trajinado por la historiografía colombiana.

Braun se apoya en diversas fuentes: acude a la memoria transmitida directamente al autor por medio de casi un centenar de entrevistas y también a través de escritos publicados ocasionalmente por políticos con diversas motivaciones —desde reivindicarse históricamente hasta culpar a sus enemigos—; y simultáneamente hace uso de fuentes convencionales como la prensa, el proceso judicial adelantado a raíz del asesinato de Gaitán, los informes oficiales de los sucesos de esos días, las novelas y la abundante literatura secundaria sobre el tema.

Intenta hacer una microhistoria centrada en los sucesos del 9 de abril, tomándolos como un momento clave para entender la cultura política colombiana. Cuando se refiere a esta última, no pretende reducirse a la elite, sino que intenta trabajar también a la multitud, sacándola de los entretelones en donde la historiografía tradicional quería dejarla.

El primer grupo de protagonistas que Braun coloca en escena es la elite política, o los convivialistas, según la terminología acuñada en la obra. Se trata de una elite que separa lo público de lo privado, que utiliza a las multitudes despreciándolas profundamente, y que, finalmente, necesita convivir; es decir, poner de acuerdo a sus facciones a pesar de las diferencias. No es temerario afirmar que el libro en su conjunto constituye uno de los juicios más duros a esa elite por su secular comportamiento político, el cual se condensa, a su vez, en el 9 de abril. Hacia el final del texto, el autor decide designar a los “convivialistas” como “oligarquía”, a pesar de la diferencia semántica de los dos conceptos. Ello se explica porque la intención del autor no es desenmascarar a la elite como grupo económico, sino como minoría política, magnificando la táctica de la convivencia para caracterizarla.

Jorge Eliécer Gaitán irrumpe en el libro incomodando permanentemente a esa elite. El rompe la rígida separación entre lo público y lo privado y, siendo él mismo de origen popular, se acerca impresionantemente a la multitud. Eso sirve a los convivialistas, pues al fin y al cabo necesitan de esas multitudes, pero también les estorba, pues dichas multitudes pueden coger vuelo propio. De ahí la constante dinámica de atracción-repulsión que la elite tuvo ante Gaitán, incluso después de muerto.

El autor presenta con lujo de detalles al multifacético Gaitán. La meteórica carrera política del caudillo no significa otra cosa, para Braun, que la expresión política de la clase que representaba: la pequeña burguesía urbana (?). A pesar del rigor con que adelanta la biografía política de Gaitán, hay problemas que vale la pena mencionar. Apoyándose en la crítica que algunos liberales hicieron de la Unir (Unión Izquierdista Revolucionaria), Braun la incluye en el subtítulo de “Gaitán derechista”. No es necesario extenderse en consideraciones sobre el carácter progresivo de la Unir, consideraciones que seguramente el autor comparte. Es extraño, en todo caso, que se cometan estos deslices históricos en nombre de una falsa fidelidad a las fuentes, o en nombre del estilo literario sin fundamento empírico. Más adelante hay un salto histórico en el estudio de la carrera política de Gaitán entre finales de los 30 y 1944, cual si momentos claves de su vida, como ejercer el ministerio de Educación en el gabinete de Santos o el ministerio de Trabajo en el segundo período presidencial de López Pumarejo poco significaran.

Una debilidad protuberante en el estudio de Braun sobre Gaitán radica en la falta de análisis de fondo acerca de la relación entre el caudillo y el movimiento obrero. El autor señala que Gaitán desechaba el apoyo sindical, pues “la clase obrera no estaba en la vanguardia de sus luchas” (pág. 216). En realidad, durante su vida Gaitán apeló a los trabajadores —recuérdese la defensa de los bananeros en el 29— y se vio rodeado de ellos —como sucedió el día de la posesión como alcalde de Bogotá en 1936 y en muchas de sus manifestaciones en los 40—, a pesar de circunstanciales alejamientos —como aconteció en la huelga de taxistas que le obligó a renunciar a la alcaldía en 1937—. El apoyo que Gaitán rechazaba era el de la cúpula sindical, especialmente de la CTC (Confederación de Trabajadores de Colombia), pero él siguió siempre apelando al trabajador raso. El débil análisis sobre las relaciones entre Gaitán y el movimiento obrero, así como también con el partido comunista, dificulta el estudio que Braun hace del comportamiento de la multitud, de la cual el movimiento obrero y el mismo partido comunista forman parte, tal vez como grupos minoritarios, y desempeñan, en todo caso, algún papel en el “bogotazo”.

Dicho lo anterior, consideremos el tercer tipo de actor que Braun hace resaltar en esta microhistoria: la multitud. El carácter amplio de esta categoría impide una mayor precisión en sus componentes, y la hace un instrumento de difícil uso en la reconstrucción histórica. Sin embargo, como el mismo autor advierte desde la introducción, cada vez es más difícil entender el pasado si no se la incluye. Aunque el ingreso de la multitud al escenario descrito por Braun se anuncia con platillos desde el principio del libro, ella en realidad aparece sólo en los capítulos finales, que tratan propiamente del 9 de abril. Esto tal vez sea consecuente con la idea del autor de que es Gaitán quien por primera vez otorga protagonismo a la multitud, protagonismo que dramáticamente va a ser asumido en aquel viernes de abril del 48. Sin embargo, uno lamenta que el estudio de la historia política del país previa a dicha fecha se centre precisamente en la elite, y la mentada multitud aparezca sólo al final. Vale la pena preguntarse si la multitud no estuvo en la movilización social de los años 20 contra la hegemonía conservadora; o en las marchas de hambre durante los años de la depresión; o en las movilizaciones de apoyo a López Pumarejo. En todo caso, aparece la multitud y, en los magníficos capítulos VI y VII, Herbert Braun se interna en las acciones y motivaciones de esa multitud anónima y urbana que se apoderó del centro de Bogotá y puso en jaque la convivencia política. (Braun, desafortunadamente, sigue considerando el 9 de abril como “bogotazo”, desconociendo en la práctica los importantes sucesos de provincia.

La multitud bogotana, según Braun, no pudo ir más allá de una protesta vengativa, y cuando empezó a pensar “en el otro día”, volvió a legitimar el orden que temporalmente había subvertido. Los convivialistas habían sufrido un duro golpe, del que no se recuperarían fácilmente, a pesar de seguir usufructuando el poder. Así termina Braun su libro y su juicio a la elite convivialista, la cual, ajuicio de un lector desprevenido, termina siendo más culpable de lo que se pensaba. Por todo ello, Mataron a Gaitán de Herbert Braun constituye un novedoso enfoque sobre un tema que ha perseguido a generaciones de colombianos aquí y en el exterior.

MAURICIO ARCHILA NEIRA