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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
14, Volumen XXV, 1988
Tobón Mejía de perfil y de
frente
Marco Tobón Mejía
Míriam Acevedo
Catálogo de la exposición en Medellín y
Bogotá, s.p.i. 1986, ilustrado.
Vida y obra de Marco Tobón Mejía
Jorge Cárdenas
Museo de Antioquia, Medellín, 1987, 182 págs., ilustrado.
A pesar de nuestro limitado patrimonio
artístico, la recuperación de la vida y obra de Marco Tobón Mejía para la historia del
arte colombiano ha tardado más de medio siglo después de desaparecido el artista. Si
bien en los últimos años de su prolífica vida como ilustrador, pintor y escultor gozó
del reconocimiento de sus conciudadanos y de los concursos y salones europeos, sólo en
1986 pudo verse por primera vez una exposición de conjunto en Bogotá, complementada en
Medellín con valiosos ejemplos gráficos y piezas no exhibidas antes públicamente.
Para esta exposición, Míriam Acevedo preparó
un muy bien documentado texto donde recopiló la mayor parte de las referencias
bibliográficas disponibles sobre el escultor de Santa Rosa de Osos, y tejió una
convincente narración enmarcada en el contexto histórico, social y cultural de la
época. Tres partes integran el texto. En la primera se refiere a los años que van desde
el nacimiento de Tobón hasta 1905. En este lapso emigró a Medellín apoyado por su
madre; con grandes ambiciones y firme voluntad llegó decidido a dedicarse al arte. Según
le manifestó a un amigo, ignoro qué tan artista sea yo, pero no tengo más miraje
que el arte. Si trabajando se llega, llegaré o me quedaré muerto en el camino.., no soy
de los que se acuestan en el surco a ver brillar las herramientas.
Entró en contacto con el maestro Francisco A.
Cano, fue su alumno, participó como ilustrador de las primeras revistas gráficas de
Antioquia y se enroló en la guerra de los Mil Días. Restablecida la normalidad, se
ocupó como oficinista y produjo sus primeras pinturas, que pronto llevaron a sus amigos a
detectar su daltonismo, lo cual a la postre lo iría a conducir a la escultura. En la
segunda parte, titulada La gentil antillana, se describen las actividades que
cumplió en Cuba, a donde llegó previo viaje a Barranquilla y luego a Nueva York, donde
no encontró mayores atractivos. En La Habana obtuvo triunfos y le fueron encomendados
trabajos de ilustración. Allí entró en contacto con su paisano el errabundo y
atribulado poeta Porfirio Barba Jacob. Al respecto, la autora cometió un error que parece
un chiste por su inaudita candidez. Dice: También en La Habana conoció a los
poetas colombianos Miguel Angel Osorio [...]y Porfirio Barba Jacob [...] con quienes
trabó una gran amistad que fue testimoniada por ambos escritores.
La tercera parte resume las actividades europeas
de Tobón Mejía hasta su deceso. Se radicó en París luego de un viaje por varias
ciudades. Allí entró a estudiar en la academia Julien. Enfrentó muy dificiles
condiciones económicas, que apenas logra atenuar con los encargos de medallas
conmemorativas y monumentos, así como con un par de cargos diplomáticos en Italia.
Colabora como corresponsal de la revista Colombia, participa en diversas exposiciones en
Europa y en su país. En 1927 es premiado en el Salón de Artistas Franceses y al año
siguiente el gobierno francés lo nombra caballero de la Legión de Honor. En 1931 obtiene
un nuevo reconocimiento en París y goza del aprecio de sus compatriotas, pero no por
mucho tiempo, pues luego de un año lleno de aprehensiones por su salud, diezmada por el
polvo del mármol y los vapores de la fundición, fallece en 1933 a los 56 años. Resulta
conmovedor el testimonio que la autora recoge del propio Tobón, quien, sumido en la
depresión, consideraba la posibilidad del suicidio.
El libro-catálogo está complementado con una
cronología y ricamente ilustrado a todo color solamente con obras escultóricas, que
permiten apreciar interesantes ejemplos del trabajo monumental, así como los relieves y
medallas. Con la muerte de Tobón Mejía desapareció el más significativo, y casi el
único, escultor que había dado Colombia hasta las dos primeras décadas del siglo XX. Su
expresión más cabal y sensible la logró no tanto en los monumentos públicos conmemorativos,
sino más bien en esos pequeños relieves de dimensiones íntimas, donde aparece una
insistente presencia femenina.
En 1987 el Museo de Antioquia inició la
colección Vida y Obra con la publicación de un libro sobre Tobón, escrito por el pintor
y profesor Jorge Cárdenas. Este autor ya había publicado en 1986 un trabajo titulado Evolución
de la pintura y escultura en Antioquia (véase Boletín Cultural y Bibliográfico,
núm. 8, vol. XXIII).
De entrada, la
obra sobre Tobón arranca con una advertencia que, si bien es sana, sirve al mismo tiempo
de excusa:
El presente trabajo no abarca el volumen inmenso
de la creación toboniana ni hay en sus líneas invención alguna. Apenas se intenta un
acercamiento y una comprensión que faciliten el goce de la creación escultórica de
Marco Tobón Mejía.
En efecto, el libro ofrece un breve texto, donde
se hace un rápido, a veces demasiado rápido, esbozo biográfico. El mayor énfasis y el
mayor aporte de Cárdenas se encuentra sin duda en el estudio comparativo de ciertas
piezas a las que les rastrea sus orígenes e influencias, que parten del arte griego
arcaico y se prolongan hasta el Renacimiento, demostrando el profundo lazo que une ala
obra del santarrosano con la tradición escultórica occidental. El Torso Belvedere de
Apolonio de Atenas fue retomado en el bronce Plegaria. La Joven guerrera de
Tobón parte evidentemente de obras de Verrocchio y Leonardo, para recordar sólo dos
ejemplos de los estudiados por Cárdenas en su ejercicio comparativo.
El libro está profusamente ilustrado y más de
la mitad de su contenido se dedica a mostrar interesantes ejemplos de la obra del artista.
No se centra exclusivamente en la escultura. Recoge pinturas de finales del siglo XIX y
principios del XX; algunos dibujos e ilustraciones y numerosos y bellos ejemplos de los
relieves, medallas, esculturas y de maquetas de obras cuyo paradero hoy se desconoce pero
que el autor rescata gracias a un viejo álbum de fotografías.
Es evidente que la información biográfica no
busca superar el estudio de Acevedo, pero tampoco parece aprovecharlo. El espíritu del
texto, como otros del autor, se nutre de la mentalidad que concibe el arte como un bien
supremo y como un camino insuperable para alcanzar la gloria. El arte con mayúscula es
entonces una impoluta y sublime actividad que conduce, como creía y quería Francisco A.
Cano, a crear un universo de felicidad y belleza (pág. 37). Es un instrumento
que sirve para fundar, paralelo a la mezquina realidad, un verdadero mundo dominado por la
estética, que en el caso de Tobón se debate, como hace notar el autor, entre la
tradición griega y el neoclasicismo. Un arte que cante y se alimente de los supremos
valores: el honor, el triunfo, la fuerza moral, el amor a la patria, la exaltación del
héroe, la alegoría. Valores todos ellos que habrán de remozar a la academia, pero que
pronto se verá amenazada por la generación que surgió con Pedro Nel Gómez. Debe
notarse la poca atención que prestan las obras de Acevedo y Cárdenas al pensamiento del
escultor, el cual puede seguirse en las crónicas que, con el título de Desde
París, publicó en la revista Colombia a partir de 1916.
Estos dos libros, a pesar de que a veces pueden
repetirse, entregan al lector facetas complementarias de la vida y extraordinaria obra de
un incansable artista que luchó contra toda clase de dificultades, entre ellas dos
quiebras de instituciones financieras que esfumaron dos veces sus ahorros, para cumplir
con su temprano propósito de no quedarse en el surco viendo brillar las herramientas.
SANTIAGO LONDOÑO
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