Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988

La ficción huilense


Narrativa e historia. El Huila y su ficción
Benhur Sánchez Suárez
Fundación Tierra de Promisión, Neiva, 1987,
180 págs.

Uno de los artificios preferidos por el profesor López de Mesa para “descrestar calentanos”, era preguntar cuál es el gentilicio de los nacidos en Pitalito. De hecho, pocos lo sabían. Posiblemente uno que otro “calentano”. Previa esta aclaración, no hay que temer a la aserción de que Benhur Sánchez, autor de este libro que oscila entre el catálogo y el análisis, es laboyano. Es decir, oriundo de Pitalito. Vale decir, opita y hombre de letras. 

Leemos este libro con el ánimo de pesquisar agradables sorpresas, ingenios ocultos. Su primera bondad se cifra en que es pionero como estudio totalizador de la narrativa huilense: Benhur Sánchez escogió la ficción, por ser el género más olvidado por el análisis. A la poesía huilense no le han faltado evaluadores y compiladores. Citaremos, entre otros, el Indice poético del Huila (1957) de David Rivera o Es hora de cambiar de traje y reparar la casa de Joaquín Peña Gutiérrez. 

El autor ha ensayado una aproximación sociológica a la nación huilense, una región conformada por una clase alta “conformista”, por un pueblo cuya “dulcedumbre” encomiaba el propio López de Mesa, aunque rebelde (recuérdense los comuneros del Caguán) y profundamente fanático en materia política. Hay otras particularidades, como la ausencia casi total de la raza negra en la conformación social y la expresión artística artesanal como fuente primaria de comunicación con el ambiente externo. 

Sánchez se ha apresurado a afirmar que descree de literaturas regionales. “Entiendo —dice— que no hay en lo humano raíces solitarias”. Todo autor recibe influencias extraculturales. La única literatura valiosa es la que logra acceder a lo universal y trascendente y como trasunto de un desarrollo histórico. De ahí el título del libro. “En el origen de toda literatura debe haber una historiografía de base”. Esa ausencia histórica explicaría deficiencias literarias. Evita también el autor caer en el prejuicio obsequioso de “sobrevalorar lo nuestro, simplemente porque es nuestro y no porque sea bueno”. 

Para realizar ese intento totalizador se han agrupado los autores de ficción en tres períodos ya clásicos: 1. Conquista y colonia; 2. República (s. XIX); 3. Epoca contemporánea; y alrededor de cuatro hechos sociales básicos: el choque de civilizaciones (indígena-español), la Guerra de los Mil Días, la Violencia (1947-1957) y el Frente Nacional. 

Quizá la literatura huilense se haya iniciado en los días mismos de la colonia, con dos obras desaparecidas, la una debida a Jiménez de Quesada, y la otra, una Historia antigua de los chibchas de Alonso Garzón de Tahuste, nacido en Timaná hacia 1558. 

Igualmente creo interesante mencionar, en el siglo XVII, a don Francisco Alvarez de Velasco y Zorrilla, poeta conceptista que, si bien nació en Santafé, fue gobernador de Neiva, donde casó con doña Teresa de Pastrana y Cabrera. Allí fue acaudalado ganadero cuando el Huila era prácticamente “la dehesa del Nuevo Reino”. En Neiva y en Timaná, Alvarez produjo lo mejor de su obra, como aquel poema a sor Juana Inés de la Cruz en el que con amor platónico y conciencia americana la llama “paisanita querida”. De Alvarez quedan versos sonoros dignos de memoria, acaso por lo execrables o por lo atrevidos: “Músicas, a esta Reina, que bélica/ínclita doma máquinas tártaras”. 

Sánchez inicia su recuento con la mención de la madre María Petronila Cuéllar, nacida en Timaná, autora ascética y monja de la Enseñanza en Santafé. 

El siglo XIX es particularmente pobre. “Tal parece que la literatura [...] se hubiera desarrollado al margen de la realidad”. Como primera novela huilense se cita El trabajo (1884) de doña Waldina Dávila de Ponce de León, dama que fuera célebre en la sociedad bogotana, miembro del grupo de El Mosaico. Sus tres novelas son muy santafereñas, cuando no europeas, aunque de marcado aire nacionalista. Creo que en nuestro medio no hubo otro autor que denotara tanto la influencia de Balzac. 

Figura cimera del siglo, aunque evadió la ficción, fue don José Maria Rojas Garrido, presidente de la confederación y máximo orador de Colombia. 

Hasta el advenimiento de José Eustasio Rivera era, pues, poco notable la producción regional. Con Rivera adquirió lustre y un matiz universal. Baste observar que La vorágine no contiene el mínimo indicio de temática regional aunque lleva en sí toda la sensibilidad huilense. 

Posterior a Rivera es La venturosa, interesante novela que retraza episodios de la guerra de los Mil Días. Es un retrato del Huila de principios de siglo, “abrumado de atavismos y de mitos”, narración impregnada de técnicas periodísticas y de visos costumbristas. 

Además de autor de ficción, Joaquín García Borrero publicó en 1935 dos libros clásicos: Neiva en el siglo XVII y El Huila y sus aspectos. Sin embargo, se quedó por escribir la novela de aquellos años novelescos, llenos de episodios dignos de la fábula. La historia de América debe ser novelada, era el parecer de Germán Arciniegas. La guerra con el Perú y el increíble viaje amazónico de Isaías Gamboa, héroe huilense, no tuvieron un Homero que los llevara a vivir al campo del mito. El simpático episodio del “embajador de la India” tampoco ha encontrado quien sepa plasmarlo con ingenio en el libro. Por el contrario, la época más impoética, la Violencia, que hoy ya merece el nombre de Primera Violencia, marcó casi todo lo que se ha escrito en la región desde entonces. Una obra, sobre todo, La sobrevivido: la novela La sombra del sayón de Augusto Angel Santacoma, personaje digno de ser llamado hombre de letras, comerciante filántropo que ofrendó su vida a la causa de su revista El Bronce. Su novela, que lleva por subtítulo Algo de la violencia en el Huila, da testimonio, entre otros, de la vida de Reynaldo Matiz, caudillo liberal asesinado, una especie de Jorge Eliécer Gaitán de provincia. Es una obra llena de odio creativo, de anatemas, e diatribas, de afán partidista. Cegado por el fanatismo, toma partido y deja de ahondar en el fenómeno histórico. Como en La vorágine, en ella el amo es el horror, con algunos destellos de ternura. El estilo de rebuscamiento barroco, como un modesto Lezama Lima. Pero su sectarismo apabullante lo opaca; como indica Sánchez, los suyos son los buenos y los contrarios son siempre los malos. 

Con la llegada del Frente Nacional de los años sesenta, es preciso mencionar una figura aislada, pero muy notable: Julián Motta Salas, humasta completo, autor, entre otras muchas obras, de una historia de las letras griegas y latinas que no tiene paralelo tal vez en ninguna literatura le una curiosa novela: Alonso Quijano, el bueno, recreación del Quijote, emparentada con obras como la de Avellaneda o con la muy erudita del ecuatoriano Montalvo. Es, ante todo, una experiencia idiomática, en un español del siglo de oro. He aquí una muestra. Don Quijote recrimina a Sancho: “¿Qué entiendes tú, escucero babitonto y pampernido, de ejercicios de jineta para que metas la cucharada donde no te corresponde, maligno mameador que tú eres?”. Para Benhur, esta novela tuvo la desventura del desubique temporal y significa “un regreso a temáticas injustamente ajenas” cuando vivimos en el apabullante conflicto de nuestra vida cotidiana. Pero quizá sea sano olvidar a veces el acíbar de nuestro tiempo. ¿Por qué despreciar el placer de la alegría y del desenfado espiritual, siquiera por unos instantes? 

La temática de la violencia continuará aun durante el Frente Nacional, que vino a poner fin a los odios “como si no hubiera sucedido nada en la calma aterradora del calor, la incomunicación y la pereza ancestral de los guaduales”. Es la época en que nacen el Festival del bambuco, el Diario del Huila, la Universidad Surcolombiana y “el brote licencioso del petróleo”. Mencionaré la novela Perdidos en la jungla de Abel Díaz Manrique, “pletórica de aventuras interesantes”, basada en la célebre expedición al Guayas, un camino hacia el oriente entre Gigante y Puerto Rico. 

La década del sesenta se ha mostrado fundamental y definitoria: durante ella surgen Isaías Peña Gutiérrez, Humberto Tafur Charry; Luis Ernesto Lasso A. y Antonio Palomar Avilés, para no mencionar al propio Benhur Sánchez, quizá la figura más importante después de Rivera. El precursor fue Isaías Peña Gutiérrez, también laboyano, con su cuento ¿A usted tampoco le importa? Pero Isaías Peña se ha dado a conocer especialmente en los campos de la investigación y de la crítica literarias, en medios de tan amplia difusión como el diario El Tiempo, lo que le ha valido ser hoy ampliamente conocido en el ámbito nacional. 

Figura destacadísima fue el ya fallecido Humberto Tafur Charry, autor de los cuentos de La paz de los carteles. Escritor diestro, manejó la verdadera prosa vernácula, el idioma del Huila. Su protagonista es el campesino, a lo Juan Rulfo, con un ingrediente no despreciable de denuncia social. En El séptimo hombre, picaresca narración de derrotas y victorias cotidianas, está retratado el verdadero huilense, héroe del rebusque y de la supervivencia en un mundo hostil. La obra de Tafur está en las antípodas de la de Motta Salas. Sin embargo, ambas son cautivantes. 

Luis Ernesto Lasso publicó en 1970 Los días de la espera, libro de cuentos que obtuvo mención en Casa de las Américas. Desde entonces no volvió a publicar. Son narraciones de la violencia, ambientadas en un mítico pueblo, El Moral. Aunque el tema puede ser superior a la forma, es notable el cuento Aquí la justicia no cojea. 

Raspa es otro pueblo imaginario que se sumerge un día en la peste de las chicharras. Es el título de la obra de Antonio Palomar Avilés. Palomar acude a un lenguaje desenfadado que recuerda el de Andrés Caicedo.  

A partir de los setenta, la promesa puede estar fincada en Joaquín Peña Gutiérrez con La puerta de par en par, obra de “calidad indudable”, cuentos que denuncian la violencia sobre la niñez, desgarradores y hasta repulsivos: Peña ha escrito además Ciudad virgen, novela ambientada en la carrera séptima bogotana. 

La lista de autores actuales es larga, aunque ninguno ha publicado un libro individual. Hay que abrir, pues, un compás de espera. 

La antología de textos adjunta reviste singular interés. Ella presenta un hilo conductor cuya repetitividad es indudable: la violencia. 

Mucho hay que esperar de los nuevos autores. Se puede columbrar un aumento gradual en la calidad general. Este libro es imprescindible para iniciar una retrospectiva, cuando la universidad huilense cuenta hoy con “el mejor departamento de español y literatura del país” y cuando se ha creado la fundación Tierra de Promisión, que busca rescatar, en ediciones decorosas, la literatura regional. Ha debutado con este librito, al cual pueden achacarse, no obstante, los rutinarios y constantes gazapos ortográficos en que abundan nuestras editoriales. 

Por razones obvias, se quedó en el tintero la reseña de la obra de Benhur Sánchez, autor de novelas como La solterona, El cadáver, La noche de tu piel, A ritmo de hombre o Venga le digo, a más de numerosos cuentos y ensayos. Para no abaratar el elogio, mencionaré sólo un criterio objetivo, que si bien no es prueba irrefutable, es buen indicio de calidad literaria. Dejando a un lado La vorágine, puede decirse que Benhur ha sido el autor de ficción más publicado en toda la historia de las letras huilenses.

LUIS H. ARISTIZABAL