Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 14, Volumen XXV, 1988

 

El terror y la tortura


Shamanism, Colonialism and the Wild Man.
A Study in Terror and Healing
Michael Taussig

The University of Chicago Press, Chicago - Londres,
1986, 517 págs.

 

En 1907 los hermanos Arana asociaron capitales ingleses a sus explotaciones caucheras del Putumayo. La casa Arana había desalojado previamente de esas regiones a caucheros colombianos mediante la violencia. En 1909, una serie de artículos en una revista inglesa produjo un escándalo internacional al describir el comportamiento brutal de los agentes de Arana hacia los indígenas de la región. El gobierno inglés reaccionó nombrando un representante consular en el Putumayo, cuyo informe sobre la situación se publicó en 1913. Un comité de la Cámara de los Comunes hizo una encuesta sobre la situación en el Putumayo, la cual, aun para los patrones coloniales victorianos, presentaba aspectos inquietantes. La piedra de escándalo residía en la asociación de capitales ingleses con métodos brutales de explotación de los indígenas. Los informes presentaban un cuadro paradójico y difícilmente comprensible para un comité del parlamento británico: el de la irracionalidad de una explotación que exterminaba sistemáticamente uno de los recursos más escasos en esas distantes regiones: el de la mano de obra indispensable para la recolección del caucho.  

Aparentemente, el episodio de la casa Arana y los informes que suscitaron sus actividades son uno de los temas de este libro. O al menos el pretexto inicial que dispara una reflexión sobre el terror y la tortura en su primera parte. Pues aunque el libro interesa paneles enteros de la comprensión histórica, formalmente nada tiene que ver con una narrativa que vaya desgranando los hechos “como las cuentas de un rosario”. Antes que la aparente objetividad de los hechos históricos, la obra de Michael Taussig prefiere recorrer sus cavidades subterráneas, en el continuum de la imaginación y la realidad, del sueño y la vigilia. Se trata de una historia subyacente, atrapada en una mónada que condensa imágenes tan distantes temporalmente entre sí como las de la conquista española, las de las guerras civiles, las del boom cauchero o las de la violencia contemporánea.  

La aventura intelectual de Taussig es tan peculiar que sólo puede ser descrita en sus propias palabras. Ella trata de comunicar “la bruma epistemológica y la ficción de lo real [...] la creación de los indios [...] el papel del mito y de la magia en la violencia colonial, tanto como en su curación y [...] la manera como la curación puede movilizar el terror para subvertirlo, no por medio de una catarsis celestial sino a través de enredar el poder en su propia turbulencia”.  

La exploración de una poética de las ciencias sociales, es decir, de sus formas de exposición, de expresión y de representación de la experiencia humana no dominadas por las convenciones usuales de la academia, está asociada con la construcción de objetos nuevos del saber y la valoración real de experiencias alternativas. La encuesta se abre a la infinidad de mundos imaginarios en donde la fragmentación de los textos recompone un tejido diferente de asociaciones.  

Los temas del terror y de la tortura parecen familiares. Ellos forman parte de un solipsismo intelectual sin solución aparente en los escritos existencialistas europeos que arrancan desde la segunda guerra mundial. Aquí, aparece como alternativa una “curación” en un sustrato de imágenes irreductibles en aquellos que han experimentado con más fuerza la opresión. ¿Estamos de nuevo en presencia del viejo idealismo antropológico que busca el alivio de las tribulaciones de la civilización en una fuente virginal?  

Frente al terror y a la tortura, ¿cómo podría insertarse una explicación materialista? ¿Deben atribuirse simplemente a mecanismos de una racionalidad capitalista cuyos objetivos tienden a maximizar un provecho en circunstancias desfavorables o inapropiadas? En este caso, la destrucción física de un recurso tan escaso en las regiones selváticas, la mano de obra, hubiera resultado una contradicción evidente con los objetivos mismos que se buscaban. “La tortura y el terror no eran simplemente medios utilitarios de producción; eran una forma de vida, un modo de producción y, en muchos sentidos, para muchas personas, entre las cuales se contaban no pocos indígenas, eran su producto principal y acabado”.  

Autonomizados en esta forma, los rituales del terror y de la tortura adquieren su propia economía política. Una economía política que reposa en una producción de imágenes que condensan el núcleo más íntimo del fenómeno colonial. Los fantasmas del colonizador se proyectan con fuerza inusitada en el mundo de las representaciones del colonizado para convertirse en una poderosa fuerza política. “Todas las sociedades viven mediante ficciones que se toman como lo real”. Aparte de su contenido de pesadilla, “el rasgo crucial” de este mundo de fabulación colonial “reside en la manera en que crea una realidad incierta sacada de la ficción, dando forma y voz a la informe forma de la realidad en la cual un juego inestable de verdad e ilusión se convierte en una fuerza social fantasmagórica”. El poder fundado en el terror y la tortura se alimenta de imágenes confusas y ambiguas. En ese mundo peculiar, las imágenes no son meros medios de representación sino una verdadera fuente de experiencia. Por eso, en las culturas del terror las formas de representación no constituyen propiamente un problema epistemológico sino que se convierten en un medio poderoso de dominación.  

La exploración magistral de los resortes íntimos de las culturas del terror es apenas la obertura de este libro. A partir de allí, el autor inicia un lento ascenso lleno de vericuetos, de retrocesos y de abismos entrevistos. La exposición es voluntariamente sinuosa y fragmentaria, titubeante, como en la búsqueda de salidas a laberintos vertiginosos en los que a veces la sombra de un Virgilio moderno, Walter Benjamín, tiende su mano. El “curar”, como contradiscurso al discurso de dominación, se expone minuciosamente a partir de experiencias tangibles. Ningún dato etnográfico posee aquí la serenidad distante que proporciona una libreta de notas sino que está trabajando laboriosamente desde el primer momento de su experiencia. Las experiencias más disímiles van buscando una significación, un punto focal que las penetre como manifestación de una experiencia quintaesenciada. El mundo histórico se contrae en una mónada de la que se extrae la significación de una estructura colonial presente simultáneamente en la conquista española, las guerras civiles, las misiones religiosas y la violencia política colombiana.  

Entre otras cosas, Taussig muestra cómo el discurso sobre América, elaborado por cronistas, viajeros, misioneros e historiadores, está repleto de “imágenes eminentemente políticas, en donde chocan mito e historia para volverse accesibles al arte mágico”. El rigor de la cronología o el despliegue temporal de acontecimientos no exime a este discurso de su carácter monológico. Esta percepción, que capta la forma mítica esencial de ese discurso como descenso y salvación, parte de una imagen concreta, la del sillero o indígena que transporta en sus espaldas al hombre blanco a través de los Andes. ¿Cuáles eran los pensamientos del indígena en esta travesía? No los conocemos. Solo nos han quedado los testimonios del hombre blanco. Taussig penetra profundamente en las formas de representación, pero sobre todo en el conflicto inherente a toda forma de colonización. Superpone la descripción de una realidad, la de los indios silleros que ascienden y descienden abismos con un viajero a sus espaldas, a la imagen dantesca de la ascensión por el espinazo de Satanás. Y de esa realidad metafórica deduce el significado de imágenes profundas del inconsciente colectivo en su dualidad colonizador-colonizado. Algo semejante ocurre con el discurso resplendente de gloria de misioneros que aparece trastocado en las imágenes inducidas por el yagé.  

La experiencia intelectual única de Michael Taussig se coloca voluntariamente bajo la égida de un pensador fragmentario, Walter Benjamín, y su modo de representación es el de collage. No puede describirse sino con sus mismas palabras, cuando trata de aproximar el teatro épico de Brecht a la visión épica de un indígena provocada por el yagé: como la intención de “trastocar la relación entre lo extraordinario y lo ordinario, de tal manera que este último arda con una intensidad llena de problemas en un mundo que ya no puede ser visto entero y sin cisuras. El universo fragmentado es visto en un formato fragmentario que arroja yuxtaposiciones de escenas mal ajustadas y por eso aptas para ser cuestionadas dentro de un arte premeditado de la diferencia”
(pág. 329).  

¿Cómo se llega a través de esta fragmentaridad a una síntesis intelectual ejemplar? Hay que recorrer cuidadosamente, una y otra vez, la agonía de una inteligencia universalizadora, capaz de combinar los productos intelectuales más refinados (Benjamín, Barthes, Foucault, Bakhtin, Conrad, James) con las experiencias más inmediatas o con un don de simpatía etnográfica que escucha atentamente las manifestaciones de una cultura popular. Taussig no ofrece una exégesis interpretativa en la que la autoridad de ciertos textos imponga un sentido a sus experiencias del curar de los curacas o de las bebezones de yagé. Incluso reprocha a E. E. Evans Pritchard haber asimilado el pensamiento de los azandes africanos a la “comprensión de racionalidad” de sus lectores “antes que desarrollar los medios por los cuales las creencias en hechicería pueden servir para criticar y enriquecer esa comprensión”. Taussig, al contrario, encuentra en ciertos textos apenas confirmaciones y similitudes, como en Brecht, en Benjamín o en Artaud, sin que su tratamiento del material etnográfico lo subordine dentro de una jerarquía intelectual preestablecida. Por esta razón, los paralelismos se encuentran siempre en textos de vanguardia en donde el teatro, la semiología o la crítica cultural sugieren, en estallidos súbitos, el sentido profundo de una experiencia.  

Después de este libro deslumbrante, ninguna de las disciplinas de las ciencias sociales en Colombia deberían ser las mismas. Ni por su contenido ético, ni por su contenido estético. Pero tal vez este periplo intelectual sea irrepetible y no encontremos una forma de representación adecuada para los “espacios de muerte” ni para la esperanza.  

GERMAN COLMENARES